Pinceladas XII

En Punta Alta, durante el otoño, el ocaso y el crepúsculo coinciden, se encuentran y se compenetran en un rosado cálido natural mezclado con el naranja ocre artificial de las luminarias de la ciudad. Las veredas se transforman en arroyos de hojas secas sacudidas por el viento y las escobas. Con el alba también aparecen las palomas en busca de alimento y los primeros motores que irrumpen entre los silencios matutinos. Las callecitas de la ciudad, vistas desde la óptica del transeúnte, se muestran tranquilas, coloridas y con un movimiento acompasado por el falso tic-tac de los celulares que marcan las horas, día y noche, en el que puede observarse a los conductores prendidos a las luces de la pantalla grabando un mensaje por audio o contestando otro de texto, cuando no manteniendo una conversación durante el trayecto. Ese ícono de la época que se acomodó en la palma de la mano de los seres humanos que atraviesan el siglo marca la dinámica mental que circunscribe el ambiente, y la ciudad no queda al margen, sino que pasa a un segundo plano, y está ahí –a la vista de todos- cuando se acaba la batería. No obstante, si no tiene algo que ofrecerle a la fotografía en pocos casos se le presta atención. El cielo, abierto, infinito, colorea las fachadas de las casas bañándolas de luz, cuando no de agua. Algunos comerciantes protestan con razón justificada y otros por deporte, mas las pinturerías nunca ven mermar sus ventas. Pintar es un método sencillo de dar vida a algo muerto. Ver aparecer color y vida nueva sobre lo viejo con las primeras pinceladas renueva también las sensaciones del alma, como al darse un baño de espíritu y dejar caer la suciedad que envolvía las ropas que cubrían el cuerpo. Cada pincelada en la pared colorea el interior y refresca el pensamiento aletargado, obliterado por la sucesión irreflexiva de imágenes que llegan sin fin y rara vez tocan lo profundo de nosotros. Cambié el teléfono por un pincel y pinté un arco iris multicolor, un ocaso sobre la playa, una multitud en un estadio, una ciudad que nunca duerme al despertar, y los colores comenzaron a caminar delante de mi vista, pertinaces, negando la muerte, como máxima de vida. La pintura, en tanto arte, conmueve incluso al que dice haberlo visto todo. Mi vista seguía recorriendo la ciudad, donde los gorriones competían ahora con las palomas por el poco alimento que podía haber sobre las veredas y las calles. Un chimango en el poste telefónico, bien alto, espera al acecho que los perros, dueños del barrio, olviden algún resto de carne. Latas de pintura, rodillos y pinceles desfilan desde los baúles hacia el interior de las viviendas. A todo el mundo se le ha dado por pintar, levantando la bandera aquella de “pinta tu ciudad y pintarás el mundo”, y todos –un poco- estamos pintando el renacer diario del mundo. Los automóviles también buscan con colores distinguirse del resto y ser vistos, y justo veo pasar un Twingo de un color único, o me parece verlo por vez primera, que se camufla entre el follaje de algún cedro. Hay motivos de sobra para pintar con palabras sentimientos y sensaciones, impresiones y movimientos que afloran en la superficie de las cosas, como el perfume del barniz y del esmalte impregna, inconfundible, el ambiente. Algunos conservadores se cubren la boca y la nariz para evitar la sensación de estupor que le causa la novedad, arraigados en lo antiguo. Pero la novedad es inevitable, como los sueños. Y en los sueños sin tanta posibilidad de colores para elegir también pinto, con acuarelas o con crayones, lo que surgía movido por el ocaso y las luminarias de la ciudad que apaga la noche. Pronto, a la luz del día, emergerán nuevos colores y tonos. Por lo pronto, sueño que tengo sueño, entonces me duermo.

Vacío de silencios

Vacío de sonidos, de palabras, de alaridos
libre de contenidos, murmullos y aullidos
una capa espesa de silencio cobra vida
y se yergue sobre el césped extendida
a lo ancho y a lo largo, como avenida
que derrite los discursos de bienvenida.
Oscura capa insomne vigila sin dormir
tu solemne insolencia tiende a malherir;
subyace lo que dijimos por las noches
entre recuerdos, discusiones y reproches
sostiene lo que callamos por raciocinio
como látigos que golpean en vaticinio
de lo que viene o se acerca, de lo que acecha
del malogrado oleoducto entre la cosecha,
los disparates que penetran en la escritura
serán las flechas que clavarán con la lectura
entre ceja y ceja o cual punzantes escarbadientes
aflorarán viejos recelos que a veces sientes
pues el ahínco no es otra cosa que ronroneo
para los ricos hay esperando gran mausoleo
que lo visiten entre coronas algunos pobres
que a sus pesares y lamentos les lleven flores.
De un vago ruido se han tejido furtivamente
miles de cuentos que sacraliza porfía gente
y en la espesura de ese silencio, oportunamente,
yace el ocaso de nuestros días genuinamente.

Mentes en sintonía

Afinan sus conceptos, retomas las ideas
y parla que te parla, inundan las mareas
de a ratos: desencuentro; mas de a ratos
hay encuentro, es decir, momentos gratos.
Los choques sin semáforo en el diálogo
producen sensaciones de algún vértigo
algunas discusiones justifican las razones
para sellar con besos, afín a las emociones.
Un abrazo intuitivo sentencia las jornadas
el acuerdo es mutuo, mentes sintonizadas
que se arriman, que se rozan, que se aman
se escabullen por los cuerpos que reclaman
el calor de los suburbios en el justo momento
que parco, sin disturbios, sobre el cemento
y bajo techo, al fragor de un buen colchón
o en el lecho, soporten el aguijón del sacudón.

Gotitas

Suaves gotas, dulces gotas
gotitas que se esparcen por el aire
que vuelan, que planean, se distraen
gotas que atraviesan el espacio
que muy rápido, ni lento ni despacio
estampan su sello en superficies,
gotitas de saliva, de estornudos
gotitas de aguardiente, de cerveza
que irrumpen lo sonoro del ambiente
como el agua del algún termo caliente.
Gotitas tristes, gotitas de alegrías
desparraman por el aire las alergias
al cruzar por la avenida te saludan
que con sus caras tapadas se escudan
las gotitas que surcan sin tropezón
el sentimiento que envuelve tu corazón.

DECIR

Se me escapa el día y tengo la sensación de que hay que decir algo, no importa si una pequeña verdad o una gran mentira o viceversa, o en todo caso decir lo contrario de algo ya dicho, vibrante escuálido estúpido inteligente, algo que no se sepa cómo surge la ocurrencia ni hacia dónde se dirige un mensaje como tal, algo sin igual sin final casi casi medieval, adaptado a la cultura de los tiempos que corren, de agitada atención, de inusitada distracción, de los tiempos que corroen las entrañas por la abundante información, mucha de ella descartable, pero toda opinable, y no es loable largar las cosas así como me vienen sin trabajarlas un poco antes, porque tiene que llegar lo dicho y no es capricho, decir lo justo, si breve bueno, si malo ameno, sin susto, decirlo sin pudor, sin pedir algo a cambio, sin cambiar, decir algo que cambie con una segunda mirada, no me tengo que quedar con esta sensación de que el día pasó y no lo he dicho. No, algo tengo que decir y decirlo sin más.

Pía

Ella es Pía.
Observa todo con mucho sigilo,
con cuidado,
no canta victoria
nada escapa a su observación.
Contempla,
admira,
enfoca la visión
sin perder el mínimo detalle.
Dicen que tiene vista de lince
y que todo lo vigila,
en la calle
o desde el balcón
lo que entra o sale
de su corazón.
Todo lo ve, como un dios,
mira de frente
de reojo
de costado
y hasta tiene ojos en la nuca,
todas las virtudes del observador
se encuentran en ella.
Ella es Pía.
Ella espía.

Pautas para leer este texto

Arrancaste muy embalado, pará. ¡Pará! Detenete un minuto. No sigas leyendo. ¿Seguís leyendo? ¿Ya pasó el minuto? Salteate la presente oración. Bueno, la leíste, se ve que no acatás órdenes debido a una rebeldía presuntamente tardía. Es difícil explicarte cómo tenés que leer este texto si lo vas a leer a tu modo. Hacé una pausa, respirá hondo y volvé a leer esta oración de tres a siete veces, ahí tenés más libertad de acción. ¡Pero ojo! Tenés que cumplir con lo pautado, sino no sirve. Bueno, sigamos, ¡bah! seguí vos, leyendo digo. Esta oración la podés leer al revés, de atrás para adelante. Esta no, porque el orden de los factores altera el producto, es matemático, incluso quizás más entretenido que lo literario, porque no hay tanta interpretación que darle, los números hablan por sí solos dicen los expertos. Además, son fríos, en tanto el texto puede elevar la temperatura del ambiente y del cuerpo cuando aparece una figura despampanante que te eriza la piel. A eso le podés dar la interpretación que más te plazca, no escatimes placer al leer ni imaginación que incite la misma. Deleitá, saboreá, degustá, sílaba a sílaba, palabra por palabra, y después seguí con las oraciones y con las frases hasta que se forme algo en tu imaginación que le otorgue sentido a lo leído hasta el momento. En caso de no encontrarlo, dale vueltas al asunto hasta dar con él, mirá que no es poca cosa. Porque tiene sentido, desde ya, además del humor. Muchos confunden las cosas y creen que lo humorístico no lo tiene, o no tiene mensaje, pero no siempre es así. En el caso de las burlas, en fin, no hay mucho jugo que sacarle; pero en otras cosas, el humor además transmite y comunica, ¿no te parece? Entiendo que como seguís enfrascado en la lectura no tenés tiempo para responderme, y lo acepto, no te lo tomes como un reproche. Vos por ahí querés seguir leyendo a ver hacia dónde te conduce el texto y el tipo interrumpe haciendo preguntas que no vienen al caso. En realidad, la pregunta surge como por inercia, como sucesión de un diálogo que se pierde al dar las instrucciones para la lectura del texto. ¿Qué? ¿Te perdiste? No vuelvas, acordate de la máxima: retroceder nunca, rendirse jamás. Proseguí con la lectura de las palabras que se van sucediendo, atendiendo a las indicaciones. Ahora avanzá dos casilleros y tocá el timbre. Ah no, disculpá, esa instrucción era para otro juego. Los dos casilleros avanzalos igual y seguí con la siguiente indicación, salvo que la misma te lleve a alguna instrucción anterior, porque habrás notado que es medio vueltero el texto este. En fin, no hay que bajar los brazos cuando las cosas se presentan de manera un poco difícil. Lo más importante es la perseverancia, recordá eso. Y entonces nos acercamos al fin que nos propusimos. ¿Terminaste? Bueno, ahora arrancá.

Era de luces

Era que pregonaba individualismo
Era de luces, cámaras y acciones
No hubo quién, raro, en el abismo
Que en el show revelara direcciones
Tan siquiera un reflejo de ti mismo
Chimpancé que forjaba relaciones,
Se encariña con mascotas y exitismo
Le festeja al esquema tentaciones.
Hay verdugos del neoliberalismo
Que triunfan en todas las defunciones.
El aplauso ni tan sólo es eufemismo
Es un signo de una era de emoticones.

Espejos-Fotografías

El espejo refleja un momento de la existencia, un tiempo particular de la forma, de su apariencia. La fotografía hace lo propio, en canon invertido, y el tiempo da la sensación de que se ha logrado perpetuar la apariencia de índole temporal. El divague al que sucumbe el intelecto ante las impresiones recogidas hace creer que se ha logrado vencer el plano temporal de la existencia, o al menos da la pauta de que todo lo pasajero se puede retener por algún tiempo más de lo que dure.
Para ver un espejo, hay que asomarse a él; para salir en la foto, hay que peinarse.

Iniciación

Muchos dicen que la ciencia es la salvación.
Otros, la resurrección.
Hay quien dice que sólo cuenta la información.
Otros, la revolución.
Está aquél que a todo le busca la solución.
Otros, la corrección.
Y hay quien sospecha que la suerte es maldición.
Otros, la redención.

A todo esto, no recuerdo bien su pronunciación,
otros, la entonación.

Literatura que trasciende

No hay que decir cosas trascendentes en espacios intrascendentes como este…aunque pensándolo bien, hoy día cualquier intrascendencia toma carácter de trascendente y se propaga en espacios como este o redes. Sucede que lo que cambió es el sentido de lo trascendente dándole relevancia a aquello actual que contradiga la corriente intrascendente de la estupidez.
En síntesis, éste es un buen espacio para decir, por ejemplo, ¡qué frío, che!

Los números hablan

Yunta de bueyes
Trío de canarios,
Dos abecedarios
Un par de reyes.
Doce catequistas
Cuatro apóstoles
Cuarenta goles
Diez conquistas.
Cincuenta soles
Trece mitómanos
Dieciséis romanos
Tres mil frijoles.
Setenta palomas
Sesenta soldados
Veintidos clonados
Quince mil lomas.
Millón de cometas
Ocho barriletes
Quince billetes
Millar de planetas.

Brotan palabrotas

La fina finalidad final
Empieza por el principio
En el medio medianeras
Separan parándose,
El traslado a cada lado
De numerosos números
Deambulan en ambulancia,
Revelados dos velatorios
Confirmaron con sus firmas
Del célebre cerebro
La carátula del caradura
Rechazó con un hachazo
Que mató al quemado
Tomando el mando
El servil ser vil,
Quien escucha en cuchas
Cucharadas de cucarachas
Estrenando al entrenar
Zapatillas y patillas
Como dato en comodato
Que la tónica retórica
Vomitó sus mitos propios
Y enajenado en ajenjo
Suprimió a su primogénito
Reencontrándose en contraste
Con su modo consumado
Al perecer de pereza al parecer.

El beneficio de la duda

No saber qué va a pasar, como si algo pasara, tiene sus beneficios. Eso me decía Ahíto cuando le preguntaba acerca de nuestras excursiones, acerca de qué esperábamos encontrar, filmar, fotografiar u observar, sencillamente.
Salimos un viernes de abril y en el baúl cargábamos, entre telescopios y cámaras, la heladerita llena de cervezas. Recuerdo que atravesábamos la tarde cuando estábamos llegando al monte Pirámide, en el cordón serrano de las pampas. Junto con Véctor, los tres ascendimos al mismo hasta que nos encontró la noche, allá en lo alto.
-Ya estuve probando jonca –dijo Véctor, siempre dramático-. El M me queda chico, y según me dijo un médium de confianza, al más allá hay que viajar cómodo. –enfatizó- Así que ¡Vamos con el extra large!
-¡Cortala, boludo! –le paré el carro- Lo único que te queda largo son los años por vivir.
-Y si no es en el más allá, será en el más acá, otra vez. –añadió Ahíto.
-Ustedes no tienen sentido del humor, se les avejentó el espíritu.

Las primeras cervezas refrescaron nuestras gargantas. Ahíto colocó un telescopio sobre el trípode y comenzó la observación. ¡Era una noche magnífica! El cielo se puede apreciar en todo su esplendor en espacios abiertos, tanto que impresiona. Divisó un avión que surcaba los aires y le pedí que me dejara observar. Pude ver a un anciano vomitando con claridad. O lo intuí. Estrellas fugaces caían al norte y al oeste. Al otro lado, se mostraban algunas pequeñas nubes que impedían, momentáneamente, vislumbrar la Cruz del Sur.

Después Véctor se puso a boludear con el telescopio. Miraba el auto allá abajo, las luces de la ciudad a lo lejos, los vehículos que iluminaban la ruta…
-La próxima excusión es de pesca. –dijo, ya cansado.
No pasaba nada, solo la refrescante amargura de la cerveza por nuestras gargantas. Ninguno, ni siquiera Ahíto, esperaba que pasara algo, no éramos espectadores privilegiados de algún suceso. Era una noche de abril ( ¿Era abril?) que todavía no había traído el frío, eso explicaba las cervezas, la charla y el cielo despejado, una ventana abierta, indescifrable, para nosotros. Había dicho que era viernes pero la noche me permitió, al menos, dudar. Ante nosotros se desplegaba un calendario novedoso que nada tenía que ver con el gregoriano. Véctor vio una luz descendiendo sobre el campo que le llamó la atención y Ahíto se hizo cargo del telescopio, mientras me pedía que preparara la videocámara.
Aparentemente, la distancia del objeto de observación era de unos tres kilómetros y medio. Ahíto nos narraba lo que iba viendo:
-Una especie de avión plano… dos luces… hay movimientos. Aterrizó en el empedrado viejo.

Había en ese lugar un camino antiguo, abandonado por el gobierno, que atravesaba las rutas paralelas del cordón serrano. Nadie lo usaba, estaba muy estropeado por los años y la dejadez.

-Descargaron algo…cajas. –proseguía Ahíto.
Véctor y yo nos miramos con asombro, el asombro propio de esas situaciones que suceden, cuando nada pasa. La noche cobraba intensidad. La noche, la apacible noche, entraba en una fase de actividad neuronal.
-Se van. –nos dijo Ahíto. Y vimos despegar la aeronave en sentido opuesto al que la habíamos visto aterrizar sobre el empedrado.
Los tres nos pusimos a debatir qué acción emprender. Sentíamos total curiosidad por verificar lo que había sucedido. Ahíto decía que las cajas estaban allí, las habían dejado, lo cual nos inquietaba un poco. Resolvimos que teníamos que ir al lugar. Las opciones que teníamos eran dos: en auto, bordeando el cordón serrano, por ruta hasta llegar al empedrado; o caminando, atravesando el campo, bajando del monte Pirámide. Con la primera opción, estimamos, tardaríamos dos horas; la segunda, que fue la finalmente decidimos, menos de media hora.
Véctor se quedó a guardar los equipos, los telescopios y las cervezas que quedaron, en el auto, mientras Ahíto y yo emprendimos la misión, sólo con la videocámara y linternas.
En el camino nos asustamos cuando se nos apareció un pequeño zorro a unos metros, que quedó filmado con nitidez, para luego salir huyendo entre los pastizales. Cruzar una zona de cardos espinosos fue lo más complicado de la travesía. Estábamos a pocos metros del empedrado cuando Ahíto me pidió que filmara.
Finalmente, llegamos. Estábamos a unos doscientos metros de las cajas, según había estimado él. A medida que caminábamos las pudimos ver. Eran entre ocho y diez cajas, grandes, del tamaño de una motocicleta cada una.
Mientras no dejaba de filmar con intensa curiosidad, Ahíto con un cortaplumas abrió una. Lo que había dentro nos desconcertó. Entre blancos y rojos, pudimos leer claramente “Marlboro”. Rápidamente, abrió otra caja que estaba a un lado, para un resultado lapidario: “Phillip Morris”.
Me pidió que dejara de filmar. Bajé la cámara y la guardé en el estuche. Luego me la colgué al hombro, al tiempo que Ahíto abría otra caja.
-Camel. –dijo, yo había quedado un poco atrás.- Es un cargamento de cigarrillos.
-Podría haber sido peor. –le dije. Ahíto entendió.
-Vámonos antes que vengan. Esto se puede poner feo.
-Sí, mejor rajemos.
La llegada de un Vespa al empedrado desde el oeste no nos dio tiempo siquiera a poner los pies sobre el campo. Con las luces altas, atiné a responder con la linterna. Una figura desgarbada se bajó del auto, que mantenía las luces encendidas y el motor en marcha. Parado al costado del mismo, preguntó quiénes éramos y qué hacíamos allí.
-Bueno –respondió con displicencia Ahíto-, es un poco la pregunta que nos hacemos todos.
-¡Vamos! –retrucó la voz metálica y aguda- ¡No se hagan los tontos! Querían los cigarros.
-No, señor. Vinimos por curiosidad. –le dije sinceramente- No sabíamos con qué nos íbamos a encontrar.
El tipo bajó las luces y apagó el motor. Caminó unos pasos hacia nosotros y lo iluminé con la linterna. Tenía una cabeza triangular, de color verduzco, y en el centro un ojo pequeño. Vestía un sobretodo que le cubría toda la piel. No pude ver sus manos hasta que nos amenazó con un arma. Eran escuálidas.

-¡Lárguense! –nos indicó.
Comenzamos a andar, campo adentro, cuando nos llamó nuevamente.
-¡Un momento! Dénme el bolso ese. –se refería al estuche con la videocámara.
Se lo arrojé resignado. Caminamos otra vez, atravesando los cardos espinosos, y ya desde la espesura miramos hacia atrás, observando la sombra del tipo, subiendo el cargamento al carro que arrastraba el Vespa.
Ahíto había quedado enmudecido. Bordeamos el monte Pirámide, ya muy cansados, hasta llegar al auto. Véctor bebía cerveza, recostado sobre el capot.
-¡Muchachos! ¡Creí que los había raptado un marciano! ¿Qué vieron? ¿Qué había?
-Si te lo dijéramos, no creerías. –le dije con fatiga.
-¡Vamos! Concédanme el beneficio de la duda.
-Cigarros. –dijo Ahíto por fin.
-¿Cigarros?
-Es hora de largarnos de acá.
-Ya les dije, la próxima excusión es de pesca. –sentenció Véctor.

Hechizaba con su encanto

Están los que hacen bien, sin mirar a quién. Y están quienes hacen mal, sin mirar a cuál, o mirando a tal. Hay gente que ha hecho mucho por un mundo mejor, que es el presente; y si fuera peor, notoria sería su ausencia. Mas la presencia de algunos ofrenda la diferencia, marca el paso y el ritmo de lo que podría ser, o llegar a ser. Y están quienes se ofrecen como salvadores, con un currículum decorativo que oculta sus intenciones.

Entre todos, el mundo se mueve, avanza, se paraliza, retrocede. ¿Qué será de las naciones, imbuidas de cultura globalizada, sin precisiones? ¿Y será la información sólo nuestra salvación? ¿Tendrá cabida el arte, en este mundo, o en alguna parte? ¿Quién le dará la estocada a la patria estrangulada? ¿Será el amor tan genuino, como perla, tan divino? ¿Habrá un vivir natural, en los gestos, escultural? El desarrollo te envuelve, transcurre y se desenvuelve, te toca, te marea, te trastoca las ideas que se entremezclan en el pensamiento o en el horizonte de los sentimientos que buscan con tesón la tranquilidad del corazón. ¡Oh salvadores de la humanidad! ¡Salváos de la inhumanidad humana! Y la herida, como dice el refrán, si no sana hoy sanará mañana. Pues la vida que nos sofoca, que hierve, que nos provoca, es la misma que algún día nos colmaba de alegría, y hechizaba con su encanto, como el canto de un jilguero, tan profundo tan certero que quizá nos dejaba helados, derretidos y fascinados. Bello y puro el amanecer, mas luego se contamina, de ruido, vida también, de rutinas y quehacer que le van otorgando al día euforia y algarabía, murmullo, tal vez poesía; y se colma de colores, de luz, de ricos sabores, y también por qué no de olores, de humo y de bendiciones. ¡Oh salvadores! ¡Escuchad también las plegarias de aquellos que claman el fin, el fin de su sufrimiento! Que no tienen escarmiento, ni voz, ni voto, ni pluma. Que se pierden en la bruma, o en la espuma de la orilla, que encuentran en la parrilla un placer tan intenso, olvidando del inmenso mar y oleaje de la existencia, que no encuentran referencia para plasmar su vivencia, y adorando la opulencia pierde la paz su vigencia, obtendrán así la reverencia. Alzad la voz por los locos, por los pobres, por los pocos, y guiadlos con su estrella por un camino veraz, mas que no sea fugaz, pueril y perecedero. Es cuando veremos crecer, y en la tierra florecer, aquello que llamamos bueno, aún frágil, bello y ameno, como un roce de ternura, simple, del alma pura. Podremos decir, acaso: ¡Miren! ¡Es el ocaso! Nos queda, entonces, la inercia, si pueda la complacencia, quizás seguiremos andando, anhelando sueños, buscando, con el frío tiritando.

Aquellos que todo lo saben

Escribo para que no leas, leo para no escuchar, escucho para que no hables y hablo para poder callar. La gente sólo escucha lo que quiere escuchar, hay un deseo previo que antecede al orador y si éste nos complace, le prestaremos atención; caso contrario, hay mucha gente hablando.
Eso decían los visitantes interplanetarios de nuestra Tierra: es un lugar con mucha gente que habla. Poco decían del lugar, el lugar era precisamente la gente, las estructuras pasaban a segundo plano y los paisajes poco llamaban la atención de aquellos, que sólo se interesaban en gente. En fin, como nosotros, que nos envolvemos en frazadas hechas de cuerpos, ideas y sentimientos cuando tenemos frío y nos zambullimos en mares hechos de cuerpos, emociones y pensamientos cuando hace calor. Y dicen –bien- que la sal cura las heridas, mas nosotros no estamos heridos, estamos más bien como Stella: Artois. Y quien se adentra en la lectura puede salir malherido o, al menos, todas sus concepciones previas corren el riesgo de hacerse añicos o, al menos, de encontrar otro enfoque, una vuelta de tuerca al punto de vista arraigado. No así aquellos, que todo lo saben. ¿Y por qué vienen? Sencillamente curiosidad.
Uno de ellos, alto, robusto, semejante a un pívot de básquet, blanquecino, parecía dirigir la comitiva con ademanes bruscos hacia la tropilla, pronunciando toda suerte de sonidos ininteligibles para mí. Los demás asentían, o eso era lo que me parecía desde la observación atenta que hacía de la situación. De repente, el grandote subió y los demás arremetieron con furia por la escalinata detrás de él, casi atropellándose los unos a los otros. Serían no menos de veinte, con indumentaria de colores parcos y oscuros, a rayas. Luego de un leve sonido agudo, comenzaron a crujir las hojas secas y los troncos sobre los que se asentaba el navío, que en un rápido despegue se alejó de mi visión, perdiéndose en el horizonte en breves milisegundos.
Todavía me pregunto por qué no me habrán querido llevar y optaron por dejarme sin la compañía de mi amigo Fermín. Él descreía de estas cosas, al punto de tacharme de loco cuando le hablaba de las apariciones que hacían en uno u otro punto del espacio terrestre, cuando le mostraba los archivos desclasificados de la NASA que daban cuenta de valiosos testimonios de su llegada o de las misiones que se filtraban a través de radios que interceptaban su mensaje y habían podido decodificar. Fermín, más Dios que ateo, sólo creía en la verdad, libre de ambigüedades y de contradicciones culturales. Tal vez mi perorata haya sido capaz de inocularle la duda en tales ámbitos, no lo sé, tal vez. O quizás de tanto escucharme quiso obtener algo en mano que no pudiese refutar y a las pruebas me remito ahora él está… bueno, vaya uno a saber dónde se encuentra Fermín.
Por lo pronto, espero que se encuentre bien. Aquí lo espero para que me cuente, con lujo de detalles, la travesía sideral.

Sueños de vigilia

A veces los sueños de los hombres se hacen realidad o, mejor dicho, tienen su reflejo en la vigilia ( ¿por qué razón deberíamos llamar al sueño irreal? ). Y a veces, no obstante, los sueños que tienen lugar cuando dormimos no desaparecen totalmente con la llegada de la vigilia, al abrir los ojos, sino que se entremezclan en un todo que nos envuelve. Y a veces, sin embargo, algunos de esos sueños se tornan pesadillas que creemos olvidar al despertar, o al menos evitamos con ello su discurrir que parecía –en sueño- inevitable.
Lo mismo ocurre con la vigilia, que no siempre es pura y carga con ella sueños y ensueños, visiones y fantasías, ilusiones y temores, que con el transcurso del día se van desvaneciendo hasta que caemos dormidos en algún sueño maravilloso del que no querríamos despertar.

Chasco

Llueve hace tres días ¡un asco!
Confinados a vivir ¡un fiasco!
Sin puchos, un chicle ¡lo masco!
Y si me pica el tujes ¡me rasco!
Si no te bancás la pelusa: ¡damasco!
Encima se quemó el ¡churrasco!
Por favor, no me hables ¡en vasco!
De pedo sé lo que es un ¡peñasco!
Si de pronto vuelve algún ¡chubasco!
En el ropero hoy ¡me atasco!

El trovador baqueano poetiza el cenit

Mediodía sobre la ciudad, sobre el césped castigado por la bordeadora, sobre los árboles que dan vida a lo que le falta. Aquí nada sobra, nada está de más, nada es por demás demasiado poco, por supuesto mucho. El calor no es agobiante en otoño como en enero y las veredas ya despliegan sus mantos de hojas secas que crujen ante mis pasos, frente a cualquier paso, cansino o ligero, cobarde o austero, que pregona movimiento torpe o sutil, elegante o tosco, dándole tintes de colores intensos al gris predominante. Las casas pierden su color también, las pinturas que cubren las fachadas se decoloran precisamente en abril o principios de mayo, coincidente con la llegada de las lluvias, justo cuando aparezcan insectos y especies amantes de las bajas temperaturas y de la degradación ambiental. Por si fuera poco, es poco, y como mucho, debería ingerir menos alimentos. Pero es entendible o al menos intento entenderlo, al menos, es atendible, por lo que presto atención, a interés compuesto. Lo daríamos por supuesto si no fuera cierto, si el cenit no fuera momentáneo y sucedáneo, día tras días, tras la noche, y nadie ya le llevara el apunte, ni siquiera las sombras que atestiguan. Pero ahí están, como contraposición a la luz interceptada por objetos, algunas moviéndose displicentemente, otras estáticas. Veo estatuas cansadas de estos tatuajes, veo estatutos que dictan dónde distribuir los frutos de la riqueza, bien lejos de todo indicio de pobreza o ligereza que atente contra el progreso tecno, que tanta luz ha arrojado más que nada sobre los ojos. Y más que nada, todo. Me pregunto a qué le llamaré el todo sino al cosmos, aquello que todo incluye: cerdos, gavilanes, mujeres y lunáticos, trofeos y fanáticos, espadas y ensaladas. ¡Bah, puros berrinches de berretín! Tanto aquí como allá, hay mediodía, al menos tenemos esa certeza, verdad de Perogrullo. Pero, ¿Qué pasaría si…? No, no es posible pensar qué pasaría si, ya que evidentemente no. En qué extrañas formas se desenvuelve el pensamiento cuando el cenit atraviesa nuestros huesos, en qué rarezas se desentrañan los sentimientos cuando el alba ha dado nacimiento al mediodía, al trajín y al ajetreo, a la parsimonia, al letargo, a la siesta y a la prisa interrumpida repentinamente por legislación. La maquinaria retrasa el momento de ponerse en marcha, quizá por escarcha, tal vez por frío polar, demora su plan-plan, atenta a la excentricidad y a la excepcionalidad que se torna norma, devorando tradiciones y costumbres arraigadas. Particularmente, nada me resulta irrisorio cuando río bajo la corriente. Hoy no hay misa, ni ayer ni mañana, y no hay dioses rezando en el Purgatorio.

Buenos aires

Con sesudas reflexiones se va purgando el ambiente, se libera de impurezas, de las partículas de pensamientos retorcidos que expelen los caños de escape de los colectivos, automóviles y camiones; también de las motocicletas a vapor que lanzan humeantes sentimientos de rechazo al mundo moderno con sonoros rugidos de puerco espín. En las calles todo sigue igual: los gorriones buscan alimento desde bien temprano el amanecer y hacen migas con palomas, mientras los chimangos posan sobre los postes del tendido telefónico acechando algún resto de carne que dejen los perros, que son los amos del vecindario, con respeto al peatón y desconfianza de todo tipo de carteros, ciclistas y cartoneros. Y que no se le ocurra pisar las veredas a un rengo, porque va a tener que recordar lo que era correr con el atropello canino de estos ejes de la discordia. En concordato y a tono con el movimiento de los vehículos que atraviesan la avenida y cruzan las callecitas del barrio, los que realizan el reparto de mercadería, luego de escupir, se sacan la tensión que les provoca la rutina con la descarga física de energía al bajar las pesadas cajas y cajones desde los acoplados. No hay parejas ni enamorados caminando de la mano, ni niños corriendo o andando en bicicleta, no hay pelotas rodando ni gente grabando en los celulares. ¿De qué se trata todo esto? La normalidad perdió todos sus velos y se muestra desnuda, delgada, raquítica, afeada. Si uno no la conociera, probablemente se la confundiría con la muerte despojada de túnica. El aire es más limpio de lo que he dicho; basta con respirar profundo para vivir eternamente o hallar la fuente de la juventud, tan huidiza en las memorias de los literatos. Pero, ¿quién quiere juventud? La regresión es una perversión de una mente cansada, agotada, saturada de placer, como el que da la luz del día tras el crepúsculo rosado, ocre, amarillento, anaranjado que vaticina que el día llega cargado de bendiciones, y que el pesado sueño parece desdibujarse ante la aparición. Quién diría que la luna se apaga, así nomás, como un acto simple de delicadeza y reverencia. Salud. Y vida, desde ya, vida es todo lo que hay. No basta con hacer menciones a las frases que, recortadas con decoro, simulan reflexión, no, no basta. En el ambiente, bañado de silencios, un emoji vale más que mil palabras.

Fotografía de Jorge Guardia

Aunque no lo veamos, el cielo siempre está

Rondan la Tierra, entre brumas recuerdos
de los pelos al viento, de frente al sol
bicicletas rodando por la ancha avenida
de la gente paseando, festín, distendida,
de que el confinamiento era del caracol
y de su paso lento, de caminantes lerdos.

Al mirar hacia arriba, esquivando pantallas,
sólo veo los techos que dibujan montañas
y detrás de barbijos la sonrisa se empaña
si los números cuadran, hospital de campaña
seguirá con su vida si al mirar tras pestañas
quien la dificultad va sorteando cual vallas.

Aunque no lo veamos, reflejando infinito
en su aura majestuosa que redime las vidas
que se lleva en el pecho, junto al corazón,
ese sol tan radiante que brilla en la razón
y en palabras sencillas va curando heridas
si reflejan valientes este cielo bendito.

Alí Babá y los 40 jabones

Circula una teoría conspirativa, con crédito de altos científicos ( metro noventa y dos), que dice que el circo de lavarse las manos y usar barbijo es para que no podamos reconocernos y nos volvamos extraños en nuestro mundo, ya que a cara tapada nuestros rostros resultan indistinguibles unos de otros ( hoy me confundieron con un alcahuete de policía que portaba cubrebocas en una foto del diario) y con tanto jabón, es sabido, nuestras huellas digitales se borran. Por mi parte estoy empezando a desconfiar, y cada vez que miro un espejo le pregunto: ¿Quién sos? ¿De dónde venís, a dónde vas? ¿Estamos solos en el Universo?

Literatura y Web

La lectura puede también ser un momento de soledad, de intimidad con uno y la obra literaria, de encuentro con lo desconocido, de bienvenida a lo que en principio nos parecía extraño pero que luego se reconoce y resulta tan querido al saborear; la lectura abre, despierta y puede llegar a sacudir y, empleando la terminología actual, puede ser un momento de desconexión. No obstante, la lectura de literatura en la web o digital no proporciona ni facilita esta facultad a las obras publicadas. Tanto en redes como en blogs el lector sigue rondando o, mejor dicho, su cabeza sigue rodeada de todo lo que ello involucra y es difícil que tenga tal independencia mental como para desprenderse y abocarse o zambullirse en la lectura de lleno, salvo en contados casos. Pareciera como que el lector tuviera la intención de nadar en la piscina pero sólo se moja los pies, o ni siquiera eso, los zapatos. Y no hay allí cuestión de culpabilidades, ni de pereza del lector, sino que la misma dinámica audiovisual que se le imparte –lo quiera o no- lo lleva a eso, ni tampoco se puede responsabilizar al autor de las obras que despierten la atención, ya que cada escritor ofrenda lo que tiene para ofrecer al mundo dentro de sus posibilidades, talento y capacidad.
Ahora bien, el momento de lectura que antaño era consagrado ( y probablemente lo siga siendo entre aquellos que se abocan a la lectura de libros ) se pierde irremediablemente entre el consumo periódico de otro tipo de publicaciones de las que dan cuenta la inabarcable web. Y esto no quiere decir que no haya libros que sean malos y que sólo las redes son capaces de proporcionar basura, ya que los desechos de la cultura son más antiguos que lo que registra la historia escrita y máxime en materia artística. Tampoco se indica aquí que lo masivo sea bueno, sino que tiene algún atributo o virtud que hace que le llegue a mayor cantidad de gente, entre los cuales puede haber escaso criterio y entendimiento poco desarrollado o estar dando sus primeros pasos en lectura literaria. No obstante, estas obras, veneradas a veces, son las que tantas veces terminan por alejar al público de la literatura, ya que se forman ideas del conjunto en base a lo que van conociendo y, donde se presenta alguna con cierta dificultad, se alejan para consumir productos –en principio- más fáciles de consumir, valga o no la redundancia.
Por otra parte, leer literatura es como seguir el hilo de un pensamiento o, más bien, del pensamiento; y éste tiene idas y vueltas, curvas y contracurvas, avances y retrocesos, claridad y oscuridad, lucidez y regresión, dependiendo del autor y su talento, nuevamente, para comunicar. No se trata de que leer literatura sea una cuestión difícil o exclusiva de eruditos, sino que merece su dedicación, atención y esfuerzo y, por si fuera poco, muchas veces no ofrece frutos demasiado sabrosos. Por todo esto y por más ( la desvalorización de la literatura en sociedad, la proliferación de libros de autoayuda en librerías, la publicación constante y masiva de frases recortadas en redes ) es deber del autor esmerarse con tesón al momento de escribir literatura para que, al aparecer el lector adecuado navegando por la web, le salte a la yugular.

La acción del pensamiento

Escribir no es hablar, hablar no es redactar
escribir es al habla lo que la música al respirar,
y el llanto busca consuelo reptando también el suelo
el canto por aquél duelo no emprende tampoco el vuelo,
sólo nos queda la aurora y el presente a toda hora
no tiene, perdón, demora quien al hablar devora
ni tiene, disculpe, gracia quien vende torpe falacia
ni hay dolor, qué desgracia, que otorgue la verbigracia.
Por eso, entiendo, callar; hablar, opinar, comentar
es la acción del pensamiento que tiende a recompensar
y escribir -así al fallar- sublimando el sentimiento
puede dar cauce al pensar, morigera las alas del viento.

Un libro relegado

Hoy quise agarrar un libro con la premisa de que “los libros no muerden” y fracasé. Es decir, agarrarlo fue todo un éxito pero a la hora de la lectura fue un rotundo fracaso. El libro en cuestión se titula “Aguardando al año pasado” y cuando lo quise leer, ya desde el comienzo, en mi cabeza circulaba un rumor, como un virus esparcido por el aire, que entre línea y línea, entre cada párrafo, me distraía de la lectura en la que procuraba enfrascarme, errático por la temática actual: pandemia. Dejé su lectura para otro momento y me dispuse a escuchar algún tango. Era el momento de que Piazzolla me sacara de aquí, ya que afuera era un lugar prohibido, una vía de escape cerrada por la ley vigente. Y vi gente cuando me asomé a la ventana mientras escuchaba Libertango: eran los encargados de que los alimentos llegaran a los hogares, o al menos les facilitara la llegada a los mismos para quienes podían costearlos. La música, mágicamente, me transportaba no a otros lugares sino a otros tiempos; mal digo: me transportaba a momentos, a sensaciones, a fantasías, a sentimientos no localizables en el tiempo ni en el espacio. Eran vuelos naturales del espíritu que sólo ese tipo de arte, con artilugios, podía propiciar en mí. La lectura de la que tantos frutos había saboreado en tiempos de menor convulsión era ahora una suerte de lujo que los medios informativos esparcidos por doquier que difundían ininterrumpidamente la virulencia de la situación me impedían degustar, por lo que no había nada mejor que el deleite placentero de escuchar la buena música que me gratificaba ante tanto dolor y muerte atravesando todas las latitudes de la vasta Tierra y que prometían aumentar y proseguir en un curso desprovisto de beatitud y con tintes de amargura y desazón en un panorama lamentable. La muerte no es lo que nos cuentan, es lo que sufrimos; las pérdidas no son los cálculos que se hacen, es lo que nos duele. Y a pesar de todo, con el dolor y el sufrimiento a cuestas, tenemos que seguir: alguien espera que le lavemos los pisos, que le cocinemos un bife, que le cebemos un mate, que le sirvamos un café, que le escribamos un cuento. Y hay un libro relegado esperando ser leído. Afuera el sol ofrece tentaciones, no es otoño en los árboles ni en la calle; las estaciones se han distanciado del almanaque y un primero de mayo puede resultar veraniego, nadie sabe a priori.
El ambiente que se respira es de cautela, tampoco nadie sabe cómo será el curso de las cosas a posteriori, ni quiénes lo seguirán, los planes pueden variar “sobre la marcha” y aunque no tengamos planes, la vida continúa. ¿Será el fin de las certezas? No lo sé, las garantías que parecíamos tener se tornaron ilusorias. Ahora sólo queda aferrarse a la vida, que es cada uno de nosotros y más también, con lo que quede de ello, y desde las ruinas retirar los escombros y sembrar. Porque el corazón es tierra fértil si se lo sabe labrar. Y la música, por ejemplo la de Piazzolla, es una magnífica semilla para los frutos del mañana.

Ya no sé qué hacer conmigo ( Versión n°40)

Ya tuve que ir obligado a misa
ya repasé, ya ordené la repisa
ya me bañe con alcohol en gel
ya desayuné tres veces con miel.

Ya cambié de lugar la cama
ya lavé con lavandina el pijama,
ya postié en redes los buenos días
ya me preocupé y tuve alegrías.

Ya fui ético y fui atlético
y me quedé en casa como deber cívico,
ya leí a Coehlo y a Jorge Bucay
ya fumigué todo con spray.

Ya me cambié el pelo de color
ya sufrí las miles de muertes y el dolor
ya le di like a quinientos memes
ya estudié setecientos informes.

Y oigo una voz que dice con razón
vos siempre lavándote las manos con jabón,
cambiándome cada dos horas el barbijo
ya no sé qué hacer conmigo.

Ya me ahogué en un vaso de agua
ya leí los diarios de Managua
ya me tomé la fiebre diez veces
ya tomé vino, ya cené peces.

Ya creí en los milagros
ya me creí parte del agro
ya miré treinta horas de Netflix
ya escuché reguetón en remix.

Hice un curso de mitología
ya soy doctor en infectología
ya estudié la curva de contagios
y escuchando canciones dije: esta la plagio.

Ya me reí, ya freí, ya preferí, ya bailé, ya canté, ya interferí.
Ya salté, ya sufrí, ya charlé, ya chatié, ya videollamé
ya escribí, ya soñé, ya fumé, ya perfumé.

Y entre tantas dificultades
muchas de estas proezas son oportunidades
que serán las complicaciones
de las nuevas generaciones.

Y oigo una voz que dice con razón
vos a cada rato lavándote con jabón,
cambiándome cada dos horas el barbijo
ya no sé qué hacer conmigo.

Cuarenta

Son cuarenta los colores de este cuarto
y son cuarenta los dolores en el parto,
son cuarenta los parientes del reparto
son cuarenta anzuelos que me ensarto.

Luego cuento, uno a uno, los agujeros
de este queso, aún sin saber de números,
luego cuento con palabras los veleros
también canto con palabras los boleros.

Son cuarenta los días que me quedan
y cuarenta las noches que me esperan,
son cuarenta los ladrones que se llevan
las cuarenta canciones que me elevan.

Luego escucho, una a una, la melodía
los sonidos y las voces en la armonía,
no se estanca en la quietud la travesía
vibra el corazón, en la música confía.

Paradojas


Llueve,
se corta la luz
vuelve
y vuelve a llover,
en tanto
aparece el sol
mientras llueve,
otra vez
se corta la luz
y sigue lloviendo
cuando vuelve.
Entre tanta paradoja
es probable
que hoy
no haya noche
sólo luces
y que hoy
no sea ayer
ningún día.

Sería un desafío

¿Qué sería de nosotros sin la música
sin el baile, sin humor,
qué sería de nosotros sin la lírica
sin el canto, sin amor?

El fraternal, incuestionable
el creativo, indispensable
el maternal, inigualable
el sensitivo, incomparable.

Sería un desafío de supervivencia
nos haría buscar locos por la sed
como el agua tan vital, que en una red
atrapara el corazón de la existencia.

Y como peces, dubitativos,
añoraríamos, contemplativos,
nadar ligeros, y volitivos,
profundos mares, resolutivos.

Será entonces que nos encontramos
al nadar libera todo lo que amamos
y es en lo sincero donde lo soñamos
que todo prosigue cuando despertamos.

Algo de repente, con tal armonía
aparece lúcido, como una poesía
como tras la noche esa luz del día
que nos reconforta como la alegría.

Y luego olvidamos lo que nos aterra
y nos aferramos, al amar se aferra
y como una vela hay paz en la Tierra
vuela nuestra alma, ella no se encierra.

Tenemos brújula

La mente cósmica
Lamento típico
La menta rítmica
La manta ríspida
El manto o túnica
El monte lúdico.

El mito estético
El mote impúdico
La mata clínica
El mate térmico
La meta química.
La mota rústica.

El muro ilógico
El mudo lánguido
La muda higiénica
La musa insípida
La masa tórrida
El mazo acérrimo.

Y sin esdrújula
Nos queda el cúmulo,
Tenemos brújula
En la currícula
De algún forúnculo
saldrá la música.

Que digan vértigo
No es la carátula
Es sólo el término
Que no es recíproco.
No espero el látigo
(Tan sólo un céntimo).

Hay algo utópico
Y un deber cívico
Que como mínimo
Me deja pétrido,
Y tan poco lúcido
Que quedo incrédulo.

Pensando vívido
Durmiendo incómodo
Te escucho prístino
Tu voz nostálgica,
Y sin mecánica
Suena narcótica.

Donde pongo la atención

Esta tarde, un pensamiento me hacía feliz, hasta que de repente llegó otro a ocupar su lugar que me entristeció bastante; sin embargo, detrás, otro se acopló para excitarme, lo quise retener pero fue desbancado por otro que me enfureció; no obstante, otros pensamientos me dieron algo de calma hasta que apareció otro que me preocupó un poco. Algunos acontecían sin reacción de mi parte, tan sólo los veía pasar sobre mi cabeza.

Y así se sucedían los pensamientos, uno tras otro en el tiempo y el espacio, como distracciones de la atención sobre diversas cosas, como moscas volando sueltas en un establo, hasta que me dormí sin saber en qué estaría pensando.

Ánimo y desaliento

La palabra infunde ánimo
Y combate el desaliento,
Hace retroceder el viento
Despejando así el camino,
Si es valiosa con atino
Desenreda el pensamiento
Desbarata un mal destino.
Si pura, llega oportuna
Si dura, sería fortuna
Sincera, es placentera
Si triste, es pasajera
Si alegre, te moviliza
Si dulce, te tranquiliza
Si torpe, haz caso omiso
Si justa, es tan preciso.
Y no sólo que sea escrita
Ni que en rimas se repita,
Es como la voz que llega
Que toca y que se despliega
Abriendo posibilidades
Cual vuelos sutiles de aves,
Como las manos que ayudan
Que sirviendo también sudan
O como flores de redención
que emergen en su estación.
A veces lo que trae el tiempo
No es un otoño elegante
Ni siempre llueve en el campo
Ni es la palabra intrigante,
La vida entonces prosigue
Con el cambio, con declive
Por momentos se estanca
Noches que salta la banca,
Y entonces el mar reanuda
Es la luz quien lo desnuda
No es el mundo que avanza
El hombre le da esperanza.
Si encuentras la buena estrella
Será tu guía y doncella,
Como la palabra atraviesa
Y penetra en la dura corteza
Del árbol que es fuente y vida
Al hombre ofrenda comida,
Y lo que ella no endereza
Él lo hace a sombra entereza.

Transmitir

El apacible transmite paz,
el sabio, sabiduría,
el paranoico sus paranoias
el temeroso todos sus miedos.
El humorista transmite humor
el amigo nos da valor,
el estúpido, estupideces
el escritor, escritureces.

Suspensión

Se suspende todo hasta nuevo aviso
disculpe que se lo digamos así tan impreciso.
Se suspenden los partidos, el mate cocido
se suspenden espectáculos, la cosecha de tubérculos
se suspende el estornudo, sobre el pecho los escudos
se suspende tomar mate, los besos, el chocolate
los polvos, las reuniones, las comuniones
las orgías, el sauna, las estaciones
las funciones, los trastornos, las defunciones
el antropocentrismo, las transacciones
la ceremonia del té, la parsimonia, la siesta
se suspende la orquesta, el tereré y toda fiesta.
Todo el mundo quieto, en lo posible no exhale
que el malestar le resbale, no cambie fusibles
no baile, no cante, no tosa, piense en otra cosa
se suspende ser humano y abrazar al hermano
se suspende el rocanrol, gritar un gol
el saxofón, el colegio, el reguetón
se suspende la cerveza y el tabaco
el comercio, la delincuencia y el olor a sobaco
se suspenden los cambios radicales en el mundo
se suspende la rotación de los planetas (sin exageración)
se suspende la ideología y la biología
y se suspende la puesta del sol y el alba
la visita interplanetaria, la malaria
se suspende la pobreza y suspendan la tristeza
se suspende la paranoia y la hipocondría
se suspende seguir el ritmo del viento,
se suspende la información y la televisión
se suspende el llanto, la bronca, el espanto
se suspende la lectura y todo atisbo de locura.
Se suspende la existencia sin resistencia.
Se suspende el uso inadecuado de la mente
se suspende el sufrimiento de la gente.
Se suspende el orgullo y el murmullo
se suspende el desánimo y la frustración
se suspende la circulación, la rendición
el juicio, el criterio y toda ambición
se suspende la extremaunción
la irritación, el ansia, la procreación,
se suspenden las películas de suspenso
los sabores y el olor de un café intenso
la música que suena a lo desconocido
se suspende todo pensamiento retorcido
y la literatura de ciencia ficción,
se suspenden los traumas y la empatía
se suspende toda ficción y la fantasía,
se suspende desde ya la preocupación
se suspende la numismática y la astrología
se suspende el tiempo y la diversidad
tomaremos la suspensión con seriedad
se suspende el sentido del humor
se suspende todo indicio de temor
con la máxima que sea de su elección
para algunos será omnia vincit amor,
y este texto ahora queda en suspensión…

Háblale de calma

No le hables de muerte
Háblale más bien de amor,
No digas destino o suerte
Dile que se vaya al temor
No calles tu voz serena
Deja que extinga las penas,
No toda sombra es obscura
Hay presencias sutiles, puras,
Háblale de posguerra
Y del renacer de la Tierra
Del noble sentir fraterno
De un cielo envuelto en infierno,
Dile que sortearemos ésta
Y otra vez tocará la orquesta
La preocupación atravesaremos
Que haciendo el amor reiremos,
Que el niño, al amanecer,
Duerme y sueña en placer
Que su mundo se despliega
Con todo por conocer,
Que la experiencia se renueva
Y vivaces podremos crear
Por ello hay que descansar.
No es la noche que se abalanza
Es el alba que da esperanza.

Sueños y Vida

No saldremos vivos
si sólo soñamos,
aunque nos muramos
en sueños esquivos.

Y entre pesadillas
y sueños lascivos
sentir las costillas
del génesis vivo.

La vida es sueño
la muerte gracia.
Pero ¡Ay qué desgracia
morirse de insomnio!

Seguidor que sigue para ignorar

Me enredé en las redes
Y nada sucede,
Me morí de hambre
Y cené matambre,
Me aburrí del mundo
Y lo encontré profundo,
Te seguí siguiendo
Y tú te ibas yendo,
Me perdí en el centro
Y fue lindo el encuentro,
Me quedé sin aliento
Y brindé el momento,
Me acalló el ocaso
Y fue el primer paso.

Lo necesario

Trabajar con entusiasmo
por el plato de arroz
o las razones que se tengan,
hacer la paz con el ocio
aceptar lo que venga,
de lo inútil un arte
el amor a la existencia,
cultivar con paciencia
el lenguaje amable
la palabra sincera
esa voz verdadera
a veces impredecible,
recordar lo necesario
recobrar el impulso
vaciarse de lo insulso
mantenerse en calma
ante el atropello inaudito,
al sentir que algo falta
con aplomo buscarlo
al temor descartarlo
jugar la última carta
aprender si has perdido,
reconocer los yerros
un suspiro al oído
levantarse muy pronto
dar el hombro al caído
no creerse el más tonto
ni el más vivo dormido
despertar del letargo
y escapar del hastío
sumergirse en el río
navegar como el barco
-timonel en estío-
despedir el verano
como un diablo bravío:
Nos veremos prontito
en el próximo infierno;
mientras tanto, este invierno
unas letras recito.

Detrás el hombre

Delante un texto
Parco
Detrás luces
Centelleando
Detrás una pantalla
Moderna
Detrás espacio
Irrefutable
Detrás el hombre
Disperso
Detrás la hoz
Simbólica
Dientes gastados
Una sonrisa
Túnica negra
Razgada
El silencio.
¡Momento!
Si el hombre no escucha
¿Por qué habría de leer?
Detrás la vida.

Tubérculos

Me salió un tubérculo en el medio de la cara. Ahí justo debajo de los ojos, por encima de la boca. ¿Qué hacía ese tubérculo incrustado en el rostro? ¿Cómo había llegado a asomar sin que antes siquiera lo intuyera como un grano o alguna imperfección? Qué distraído soy. Era como tener una papa, una batata, colgando de frente. La quise retirar, con cuidado de no dañarme, pero era imposible, estaba literalmente adherida al rostro. La examiné con cuidado y observé que tenía dos orificios por debajo, realmente una rareza. Me lavé bien el rostro para detenerme a pensar qué podía hacer con ese tubérculo. Lo seguí observando con sigilo, cuidadosamente. Tenía entendido que los tubérculos proliferaban en buenas condiciones ambientales, ¿y si me seguían apareciendo otros en el rostro? ¿Cómo me miraría la gente si tenía la cara llena de tubérculos? Me llené de pasmo.
Estaba decidido a consultar un doctor, cuando recordé que en la biblioteca tenía un libro de anatomía lleno de polvo. Me puse a leer y luego de horas de investigación llegué a la conclusión de que el tubérculo no es otra cosa que una cosa misteriosa llamada ´nariz´, cuya función es respirar y percibir los olores.
Y así lo hice, respiré profundo, con un poco de alivio. Por un momento me sentí una huerta orgánica.

Toc Toc

Tu odio computa
triste odisea cósmica
tras otros cacharros.
Tienes ojeras, cariño,
¿Traes oprobios comunistas?
Tengo oído catártico
trato, Olivia, conquistarte
tuviste olfato conmigo
tipo ontogénico coloquial;
tus ojos castaños
tiritan obtusamente, circulares,
tus obscuros cabellos
transmutan ocres-carmesí,
tu osamenta cabalga
tus orejas cotizan,
-tu ordenanza corrijo-
tu origen cómplice
te ofrenda clamor.
Traigo oficios catalanes
tendrías, observa, ¡cientos!
Trata orientarte, colibrí
tus orificios complotan
toda ostentación cómoda
tiene oropeles camaleónicos,
tengo organizado, corazón,
templarte, ósculos compartidos,
todo orgasmo, clímax,
trae orden, cosquilleo,
trae óptimas calorías
tras orbitar centrífugo
tu orbe caliente.
Tuviste otras complacencias,
temer oírme colapsa
tu óptica cortoplacista
tiene opulencia cabal.
Tiro otra colilla.
Te otorgo campante
tener orgullo capital.
Tuyo, Odín Carranza.

Símbolos

La humanidad, un espejismo
La sociedad, contradicción
Lo natural, un paisajismo
Lo cultural, una atracción.

Tu encanto es optimismo
Esta rabia es desazón
La igualdad, un hermetismo
El llanto es caparazón.

Qué será la distracción
La atención, el magnetismo,
Dónde hay satisfacción
Amén del capitalismo.

Quién tendrá la sinrazón
O la llave del abismo
Donde cede el corazón
Al embrujo del cinismo.

Qué será esta contracción
De la imagen de sí mismo
La expansión, la retracción
De este cosmorelativismo.

Quién sabrá por diversión
Donde existe el exitismo
Sin más cámara y acción
Frutos del ilusionismo.

Quién ve alguna dirección
La pintura del oculismo
Que no tiene discreción
Cuando escapa al egoismo.

Dónde queda la tracción
De ese verso de erotismo
Que sólo por penetración
Se te impregna de lirismo.

Espectáculo o redacción
un poema no es culturismo,
medicina no es refacción
ni un versículo aforismo.

Queda al margen la nación
los héroes y el patriotismo
no tiene cabida y función
las finanzas y el fascismo.

Luego de esta introducción
carente de  virtuosismo
qué será la producción
del poeta sin simbolismo.

El valor de la cultura

No lo dijo Roosvelt en aymará:
“Una de las fórmulas más fáciles de aplicar para conquistar y sojuzgar una cultura, y por ende un pueblo, sin tener que recurrir a las armas es destruir su lenguaje. Empezaremos con sopa de letras en inglés very good, seguiremos taladrando con imágenes para luego hacerlo con pequeñas imágenes supliendo palabras , y por último con degenerar todo lo que quede del mismo, amigues. Y hasta que se den cuenta que han perdido todo, nos servirán complacidos.”

Definiciones de la RAE

¡Salieron las nuevas definiciones de la RAE!
¡Tomá nota, gurrumino!

Apostatía: Apostar a la tía.

Asaltar: todo el mundo a mover los pies.

Supuesto: el lugar que ocupa Usted.

Eximio: era gorila pero ya no lo es.

Gentío: Fragmento del ADN del cromosoma del tío.

Inteligente: dícese de todo aquello capaz de conectarse a internet.

Millonada: camada de amigos de Roberto Carlos.

Noche: ¡eso no, amigo!

Sobaco: o en todo caso so´ Dioniso.

Parlamento: mientras charla se lamenta.

Viscoso: oso estrábico.

Un hombre bosteza

Un hombre bosteza en la parada del colectivo. Estira su mandíbula a más no poder. Bosteza largo y tendido, pronunciado y extendido. Bosteza como modo de protesta ante la tardanza del servicio público, bosteza como una queja ante tanta espera que la vida en sociedad le propone. Bosteza para no llorar, bosteza para no insultar. Un método válido, bostezar cuando algo no sale como esperamos. Bosteza mostrando los dientes, la lengua, la campanilla. Bosteza porque no tiene otra cosa mejor que hacer. Bosteza y, en un descuido, se le cuela un gorrión en la garganta.

Con quién hablar cuando no queda nadie

A veces tengo la sensación de estar hablando en soledad
( edad edad edad )
No sé, pareciera como que nadie me da bola
( hola hola hola )
Y sólo me queda acudir a algún recuerdo
( cuerdo cuerdo cuerdo )
O quizá me creo el centro del universo
( verso verso verso )
Por momentos siento que me descoloco
( loco loco loco )
Y no tengo más remedio que hablar en un recoveco
( eco eco eco )
Aunque lo escucho y se parece bastante a mi pensamiento
( miento miento miento )

¿Dónde están los otros nueve?

Uno pasó por una cervecería y se pidió una pinta con fritas. Cuando se quiso acordar iba por la décima.
Otro se quedó jugando a la play y se le pasó toda la noche. No se acordó.
El tercero tenía raptos de amnesia repentina.
El cuarto era nihilista.
El quinto, ateo.
Otro se tomó un colectivo y cuando se acordó estaba muy lejos como para volver.
Otro se engripó y cayó en cama.
El octavo era muy haragán y no le gustaba caminar.
El último estaba por volver cuando se acordó que lo esperaban para jugar al póker.

Versos de agua

Se me pierde un verso en el tintero
se me va como agua entre las manos,
qué serían sin humor estos humanos
un cadáver transitando el aguacero.

Una lluvia de incesante insensatez
un axioma que no logro proponer,
el orgullo que no puede deponer
cabalga como ebrio la embriaguez.

Y retorna como pájaro a su nido
como bumerang lanzado al vacío
es un verso esquivo incomprendido
va posando como gota de rocío.

Es espejo de este cielo colorido
ya contiene de las nubes el sabor
y refleja de las flores el rubor,
el color en él está comprometido.

Esa gota de rocío es parecida
a la misma que este verso pinta,
si la punta de la pluma tiene tinta
la palabra puede luego ser leída.

Entre agua y tinta hay diferencia:
si a la tinta se le rinde reverencia
y es el agua asociada a la pureza
en un verso se funden con destreza.

Escritora XXII

Éntre sus conocidos nadie leía ya. Había quienes, luego de la época escolar, habían llegado a cierto hartazgo por la lectura y ni siquiera la tomaban en cuenta como recreación. Para el resto, mayoría, no le llamaba la atención ante tantas distracciones y entretenimientos más ´fáciles´ de consumir, ya que la lectura implicaba cierto esfuerzo.
Pero Clara Migno creía, intuía, o al menos deseaba que más allá de toda esa masa de gente uniforme en ese aspecto que rechazaba la lectura, había quienes esperaban y sentían el impulso de leer, por lo que era a quienes apuntaba cuando se sentaba hora tras hora a escribir sus más nobles pensamientos. Es decir, era un tiro al vacío, lanzar una botella al mar esperando que en alguna isla desierta, alguien, un náufrago solitario que aún conservara la capacidad de leer, la recogiera y leyera sus textos.
”Escribo para mí”, se mentía a veces, “para leerme”. Ella buscaba explorar la comunicación en sus vertientes más profundas que en lo cotidiano no encontraba forma, o quizá medios para hacerlo, ya que cada quien seguía como burro a zanahoria sus pensamientos, y no los de otros. Entonces, sabiendo esto, se preguntaba por qué alguien habría de hacerlo a través de sus textos, de su obra literaria que se expandía en número y florecía en calidad. Tenía inquietudes que, por momentos, la paralizaban.
No obstante, era tal vez eso lo que mantenía vivo el impulso de escribir: lo desconocido. No saber quiénes llegarían a leerla, ignorar si entenderían lo expresado, desconocer si sería de su agrado o si le serviría como un puente para cruzar abismos o como alas para surcar el cielo. Ella escribía, como quien planta un árbol en tierra lejana y le deja el crecimiento a las lluvias y la fructificación a las estaciones; los frutos los saborearía alguien con quien quizá Clara nunca cruzara dos palabras.
Escribir en la pluma de Clara tenía tanto de misterio como de conocimiento, era una mezcla de sensaciones que convergían y divergían desde y hacia distintos puntos no localizables, salvo en su mente, su sexo, su corazón y, desde ya, sus manos y sus ojos, esos oscuros ojos negros donde uno se podía perder con sólo mirarlos.
Su razonamiento era el siguiente: un texto ya no es un lugar de morada, un lugar para estar, para un lector; mucho menos lo es un libro, un blog, etcétera. Un texto es un espacio donde el lector pasa y, dependiendo de su apertura al mismo, degustará, saboreará o se podrá llevar algo, por muy efímero que le resulte. Pero, pensaba, el texto no es algo inerte como un trozo de cartón, sino que puede llegar a tocar al lector en uno o varios aspectos. De eso se trataba la comunicación, el arte, la literatura, de llegar. Por eso Clara Migno seguía insistiendo a pesar de los intentos del mundo que la llevaban a desistir, una y otra vez, en su impulso natural, o cultural si se quiere, por escribir, por narrar, por describir, por contar, por darle vueltas a las letras, hilar caminos de palabras y estampar, con tinta o color, oraciones que le dieran –al menos- la sensación de que escribir tenía un valor que sólo el lector, tan escurridizo como pez entre sus manos, podría apreciar.

Instinto lector

Terminó de leer el libro y quedó exhausto. No lo agotaba leer, sino penetrar en una intrincada mente como la del autor de ese libro, particularmente ese y no otros que le habían resultado tan ligeros, de una lectura que podía alternar con música, alguna conversación o, incluso, la televisión encendida de fondo. Pero en esta ocasión, se detuvo varias veces preguntándose a dónde conducía la narración, intentando adivinar, o tal vez descifrar la trama.
Lo intentó sin logro alguno. A medida que avanzaba en la lectura, saboreaba las frases más sobresalientes y degustaba las escenas tanto rutilantes como las más comunes, todas tenían ese toque maestro que las destacaban.
Sin embargo, llegó el final, como era una obviedad para todo libro. En este caso no habría continuidad, el autor había fallecido hacía veinte años y ese era el último que le faltaba leer. Algo le decían sus letras o, al menos, le hacían pensar. Nunca resultaba ileso de esas lecturas, siempre en casos así había algo que se desmoronaba desde las alturas y había, a su vez, algo emergiendo nuevo, fresco, desde lo más profundo de sus ideas.
Le quedaba como opción, como alternativa ante la falta de nuevas obras del autor, buscar un hilo conductor transitando lecturas del género que le aportaran la saciedad que le había dado ese libro en particular.

QEPD

Había tomado por costumbre mirar, en el diario local, las necrológicas. No lo hacía nomás por curiosidad sino porque esperaba alguna reacción de mi parte al ver mi nombre escrito allí, con una fecha de caducidad. Era una motivación con poca sabiduría, pero me entretenía. El tiempo era arena entre mis dedos y sospechaba que cierto día, no muy lejano, llegaría a su fin, la guadaña tocaría mi puerta y ya nada sería lo que fuera hasta entonces. ¿Y qué era hasta entonces? Poco más que lo hasta allí conocido. En principio, no es que lo esperara con deseo o lo rechazara por temor. No. Mis cartas ya estaban jugadas, sólo era cuestión de que el croupier pagara la apuesta o me dejara en la calle, de los dos lo uno. No temía perder, pero me intrigaba saber. Ese era el punto en cuestión: saber. Había dudas e inquietudes que no se habían despejado.
Hay un dicho que dice que la curiosidad mató al gato, pero si no tuviéramos el instinto de curiosidad seríamos sólo un tronco de madera que deambula insensible y sin voluntad como mera subsistencia de las especies más bajas. Seríamos una especie de gusano vestido de frac.
Mientras tanto, sigo esperando y curioseando a cada momento. Por lo pronto ya tengo tallado el epitafio en la lápida para dejar constancia de mi legado. Dice Nicasio, mi nombre, junto a mi apellido y debajo la leyenda: “Aquí ya sé”, con la que espero sembrar la curiosidad en la posteridad.