Olvidarte o el arte de olvidar

Hoy olvidé tu nombre
no tu rostro, ni tu sonrisa,
discúlpame, ando con prisa.

Hoy olvidé llamarte,
es que no sé ya cómo invocarte,
perdí tu número, en alguna parte.

Hoy olvidé tus besos,
tenía hambre, compré unos quesos,
hacía frío, duelen los huesos.

Hoy olvidé buscarte,
es que no hallo cómo encontrarte,
¿Acaso fuiste de viaje a Marte?

Hoy olvidé tu vida,
ya no sé bien si vives querida,
tal vez te fuiste sin despedida.

Hoy olvide el recuerdo,
aquél que hacía ver todo lerdo,
de un tiempo libre, comiendo cerdo.

Hoy olvidé tu rosa,
la perdí por alguna u otra cosa,
disculpame, ¿quién sos, hermosa?

Hoy olvidé olvidarte,
ahora recuerdo que suelo amarte,
y así, el amor, a diario brindarte.
Prometo, así, ya no descuidarte,
y cada día, en besos, recrearte.
Hoy, sólo espero, mi vida entregarte,
y que esta amnesia me deje recordarte.

Pa´ vos

Como todos ustedes ya saben -pues en estos tiempos no hay información que escape a su voraz deseo de saberlo todo, por muy intrascendente que sea- hoy es el Día Internacional del Pavo. ¡Feliz Día! Queremos que nuestro saludo se expanda por todo el globo, no sin el temor (pavo por cierto) a que se pinche y no llegue a destino de todos aquellos que en su día anhelen recibir un saludo ameno y cordial recordándolos en su día, nuestro día, el del pavo. Sí, porque todos tenemos algo de pavo, sobre todo aquellos que lo han deglutido en alguna que otra festividad o cena familiar. Y como no queremos pecar de sexistas también saludamos a todas las pavas en su día, porque también es el día de ellas, que tanto mate han sabido cebar ( chiste pavo ). Estimados pavos, levantemos nuestras copas bien alto y nuestra frente orgullosamente, que nadie se avergüence de lo pavo que somos, festejemos porque no todos los días nos dan un motivo para hacerlo a lo pavote y hoy es uno de ellos, un día al año que tenemos para recordar que nosotros también existimos, aunque suene pavo. Un día en el que el calendario nos permite dejar nuestra huella en él. Un día en el que aquél que no festeja dice de nosotros “hay que ser pavo” para hacerlo, y cuánta razón tiene. Un día, nuestro día, en el que quien no se une en un abrazo fraternal con nosotros no lo hace de ganso, pues de ser pavo estaría saltando en una pata. En este día, queremos que se sientan en libertad de brindar y gritar: ¡La puta, que vale la pena ser pavo!, frase que dejara estampada en la memoria de todos un actor argentino, en la película Pavos silvestres.

Hoy, en este día, queremos invitar a todos los que no lo hicieron todavía a afiliarse al Club del pavo y ser parte de todo esto, para pavear sin límites; el que se queda afuera no puede decir que se olvidó por pavo, aunque lo sea técnicamente. Y así, cuando te reprochen: no seas pavo, le mostrás tu credencial para despejar todo tipo de dudas.

Hermanas pavas, ignotos pavos, compañeras pavas, amigos pavotes, estimados pavos de sangre azul ( el pavo real ). Pavos en general: ¡Feliz día para todos! En especial para vos, mi adorable y querida pava eléctrica.

El torso

Todos habían formado una ronda a su alrededor. Valle lo tanteó con una rama seca que había cortado de un árbol. El primero que lo vio fue Abarhajá. El torso se movió y todos dieron un paso hacia atrás, asustados. De nuevo, Valle se acercó y lo volvió a tantear con la rama y el torso se movió otra vez.
– ¿Qué es esto? –preguntó Silvia.
– Apostaría a que es un torso. –dijo Sandokant.
– ¿De quién será? –preguntó Silvia.
– Parece autónomo. –respondió Sandokant.

Valle se inclinó para mirarlo de cerca. El torso no presentaba lesiones. No tenía extremidades ni señal de que alguna vez las haya tenido. Volvió a moverse cuando Valle lo tanteó con la rama. Silvia estornudó. El torso dijo salud.
– Gracias. –dijo Silvia.
– Oigan, ¿cómo habla el torso si no tiene cabeza? –preguntó Gonsilla.
– Debe ser ventrílocuo. –apuntó Valle.
– Como Chirolita. –dijo Sandokant.
– No, marmota, Chirolita era el muñeco. El ventrílocuo era Chasman. –dijo Abarhajá.
– ¿Batman era ventrílocuo? –preguntó Gonsilla.
– Necesito zapatos, ¿me los pueden conseguir? –dijo el torso.
– ¿Zapatos? –preguntó Valle.
– El derecho número 43. Para el izquierdo, un 38. –dijo el torso.
– ¿Cómo hacés para escuchar? –le preguntó Gonsilla.
– Lo ignoro. –respondió el torso.
– ¿Y para qué querés los zapatos si no tenés pies? –le preguntó Gonsilla.
– La ilusión es lo último que se pierde. –dijo el torso.
– Creo que era la esperanza. –dijo Silvia.
– La esperanza es lo primero. Después viene la fe, por último todo se funde en el fuego. –dijo el torso.
– Voy a conseguirle los zapatos. –dijo Sandokant, retirándose del lugar.
– Oíme, ¿tenés algún nombre? ¿Cómo te llaman? –le preguntó Valle.
– Hace rato que no me llaman. –respondió el torso.
– ¿De dónde sos? –preguntó Gonsilla.
– No tengo carnet de afiliado, ni sentido de pertenencia hacia territorio alguno. –dijo el torso.
– Ya sé, no sé si te admitirían en algún club, pero quiero decir, sos… ¿de acá?
– De acá mismo, no sé si de ahí. –dijo el torso.

El torso se movió. Todos retrocedieron al instante. Gonsilla se sentó cerca del torso y otros lo imitaron formando una ronda. Volvió Sandokant con los zapatos colgando de un hombro y dos botellas de cerveza en las manos. Abarhajá le sacó una botella y la destapó con los dientes. Inmediatamente dio un sorbo al brebaje.
– Acá te conseguí estos zapatos. No sé si te van a gustar, tienen la suela bastante gastada. –dijo Sandokant.
– ¡Gracias! Es un sueño que aparenta realidad, aunque no deja de serlo. Por ello deberíamos llamarlo como corresponde: es un deseo cumplido, porque sueño es una palabra cargada de fantasía dentro de un marco social, que transmite alguna pobre emoción para que el rico te venda lo que él desea para cumplir sus sueños y yo prefiero el despertar. –dijo el torso.
– Por lo menos podrías sonreír un poco para mostrarte contento, ¿no? –dijo Abarhajá y todos estallaron en una carcajada.
– Qué gracioso… ¿Se puede saber qué están festejando?-dijo el torso.
– El encuentro, tu aparición en nuestras vidas, que te conseguimos los zapatos que querías y que Gonsilla se llevó el pozo del bingo. –dijo Sandokant.
– ¡Un hombre con suerte! –exclamó el torso.
– Che, ¿vos siempre fuiste así? –le preguntó Valle.
– Bueno, no. Esta apariencia la tengo hace algún tiempo. Al principio, era la palabra y vivía con Dios. En el medio, de algún modo llegamos a esta forma, pero era más pequeña y con el alimento fue creciendo hasta los días de hoy en que me podés observar. ¿Cómo luzco?
– Original. –dijo Abarhajá y todos volvieron a reír.

El torso se movió y pidió que lo rasquen con la rama, petición a la que Valle accedió. Luego el torso se desplazó pocos centímetros.
– ¿Te hace falta algo más? –le preguntó Valle.
– No necesito nada. Pero tengo un deseo por cumplir que es mi desvelo.
– Pedí, pedí. -dijo Silvia.
– Dale que nosotros te conseguimos lo que quieras. –dijo Sandokant.
– Hace rato que le tengo ganas a un sombrero estilo mejicano. ¿Me pueden conseguir uno?
– ¡Dejame a mí! Enseguida estoy de vuelta. –dijo Sandokant.
– Tus deseos son órdenes. –dijo Valle.
– ¿En serio? Entonces, me gustaría que mientras tanto me suban a una patineta y la aten de una soga a una bicicleta y me lleven a dar tres vueltas de la manzana.
– ¡Eso déjenmelo a mí! –dijo Gonsilla.

Al rato, Gonsilla volvió andando en bicicleta con una patineta en la mano, además de una soga. Ató un extremo de la misma a la patineta y el otro a la bicicleta. Valle y Abarhajá subieron el torso a la patineta y Gonsilla pedaleó. El torso emitía sonidos que denotaban emoción. Cuando pasaron por donde esperaba el resto, Valle le preguntó cómo lo estaba pasando y el torso respondió que maravillosamente. Cumplieron las tres vueltas a la manzana y al volver Valle y Abarhajá bajaron al torso de la patineta.
– ¡Hacía rato que no me divertía tanto! –exclamó el torso.
– Te lo merecés. –dijo Valle.
– Porque es un buen compañero… -comenzó a cantar Gonsilla y los demás lo acompañaron a coro.
– ¿Qué esperás para soplar? –dijo Abarhajá y estalló otra risa en común.
– ¡Gracias muchachos! –agradeció el torso.
– Acá te conseguí el sombrero. Espero que te guste. Si no te gusta, lo podés cambiar. Guardá el ticket. –dijo Sandokant.
– Gracias, es casi como sentir el cielo en mi pecho. No sé cómo les puedo agradecer.
– Haciendo veinte largatijas y quince salto de ranas. –dijo Abarhajá y todos se rieron.
– Bien, creo que cumplí los tres deseos. Se me hizo tarde a todo esto. Mi jermu me va a matar. –dijo el torso.
– Y ahora, ¿cómo volvés? –le preguntó Valle.
– Fácil. Uno de ustedes que ponga la lámpara destapada sobre mí y otro que me frote hasta que me haga humo. Cuando estoy adentro, tapá la lámpara enseguida.
– Yo a este no lo froto ni con un palo. –dijo Abarhajá.
– Yo lo froto, vos agarrá la lámpara. –le dijo Valle.
– Chau muchachos, no dejen de ser felices. –dijo el torso.

Valle frotó al torso mientras Abarhajá mantenía la lámpara sobre el mismo. El torso pronto se hizo humo e ingresó en la lámpara que Abarhajá cerró rápidamente. En el acto, la lámpara se encendió  y Abarhajá la colocó en el farol de la terraza. Tras esto, la lámpara se apagó y Abarhajá se hizo polvo.

Vos sos

Vos sos lo más preciado,
y si bien parezco tarado
( tiqui-taca en el teclado ),
tu alma se ríe,  si agrado.

Pedí a la doña de al lado
convide de su estofado
( ignoro si lo hace salado ),
¿el bagre? Ya está preparado.

Aunque el oro sea pesado,
sé que nunca te ha besado.
De tu mente se ha precisado
ver tu mundo embelesado.

Te regalo esta cantarina,
me inspiró una mandarina.
Mirá si llueve en la esquina,
no te quedes con la espina.

Lleva paraguas, si acaso,
cae granizo de tu cielo raso.
Si un rayo despide el ocaso,
que el éter colme tu vaso.

Casi, casi, son las nueve,
tu alma me pide sé breve:
si ella un día se atreve
te hace la vida leve.

Chau, nos vemos luego,
sigue mutando el juego.
Algunos le dicen valor,
otros lo llaman amor,
pocos, locura y sazón
del alma y el corazón.

Me gusta, el virus

El virus había infectado a Sixto sin que él siquiera lo supiera ( me gusta ). Creía de buena fe que su conducta era “normal”, sin embargo todo su comportamiento lo dominaba el virus ( no me gusta ). Las sospechas de que había algo anómalo que no era inherente a él comenzaron cuando no supo dictaminar su agrado o desagrado por una situación que se le presentó ( ehhh…  me gusta). Ante sus ojos tuvo una breve pero lúcida visión: se le presentó Napoleón y le firmó un autógrafo ( no me gusta ). Sixto le comentó que estaba fascinado con su historia pero el general lo ignoró olímpicamente y le dijo que guardara sus elogios para quien los mereciera ( me gusta ). De esa manera, la visión se disipó y Sixto quedó evocándola durante algunos meses, considerando entre sus concepciones qué era la realidad al fin de cuentas ( me gusta ). Entre sus pensamientos, danzaron historias de otros generales de diversos lugares, pero nada comparable a la visión de Bonaparte ( no me gusta ). Recordó a Perón y su exilio, San Martín y su danza árabe, General Hacha y su siesta dominical ( me gusta ). Luego, decidió consultar a un especialista que determinara si su acepción de la vida se correspondía con el estado natural de ser o era un indicio de la culturización tecnológica de los últimos siglos ( me gusta ). Pero no lo encontró ( no me gusta ), al especialista ( me gusta). Entonces se dispuso a estudiar el asunto por su cuenta, valiéndose de todos los recursos con los que podía contar para dar en el clavo ( me gusta ). Tardó diez años ( no me gusta ) en comprender, pero a pesar de ello no llegó a una conclusión contundente ( me gusta ). Sixto sólo sabía que lo había arrastrado una corriente como cualquier moda, pero él ya no podía dejar de fluir sin que su dedo se levantara en señal de agrado o reprobación de cualquier asunto que se le presentara ante sí ( me gusta ). Un científico le dijo que lo suyo, aunque era banal, se había propagado como un virus de computadoras en el pensamiento universal ( no me gusta ) pero que tenía un remedio definitivo y lógico ( me gusta ). La muerte ( no me gusta ). Cuando Sixto llegó a la vejez, poco antes de su muerte, tenía en su haber un saldo positivo de agrados ( me gusta ) equivalente a la distancia que separa a Plutón de la Estación Espacial Gustavo Alegre ( no me gusta ). Y con ello, murió feliz ( me gusta). En su lápida hay una leyenda que reza: En lugar de flores, dejame un “me gusta”.

¡Feliz día a la poesía!

¿Por qué dedicarle un día
internacional a la poesía
y no festejar la alegría
que nos brinda su valía?

Es que un día recordarla
es poco pa´ homenajearla,
habría que festejarla
y todos los días recitarla.

La poesía es la expresión
del alma y del corazón,
son palabras de emoción
algunas sin intención.

La poesía no es narración
de cuentos, ni de ficción,
la poesía es a la canción
lo que la música a la dicción.

Hoy puedo expresar sentir
de mi corazón el latir,
en un verso conseguir
un néctar o un elixir.

Un bálsamo para el alma
es la poesía que da calma.
Si la palabra es sentida
llega en verdad a tu vida.

Si una poesía es sincera
puede tocar a cualquiera.
Si una poesía es profunda
suena elocuente, rotunda.

Un verso es simplemente
palabras de libre mente
que anhelan ser solamente
leídas detrás de un lente.

Un verso no es diferente
de algún beso indiferente
que llega con tono urgente
y se va por una vertiente.

La poesía es inherente
a la vida de la gente
que goza impunemente
de leerla, simplemente.

¡Feliz día a la poesía!
Despidamos su alegría
que en un rato se termina,
como ésta que aquí culmina.

El poeta no vino

Así crecía, en cada poesía,
tras cada luna, tras cada día,
la leyenda del poeta sin cabeza.
Él avanzaba, a pura destreza.

Cada mañana, este sin cerebro,
prendía las velas de un candelabro.
Él te anunciaba, pomposamente,
andá despacio, saneá tu mente.

El recitaba, en sólo una estrofa
palabras dulces, tierna cantata,
nada grosero de baja estofa.

Y si él creía, que te escondías
en tu armadura, triste hojalata,
tu alma besaba, con melodías.

Olvido…
…Recuerdo.

Él no olvidaba, que tu destino
se le ha cruzado en su camino.
Como los cables, de su molino,
no llega al tanque el agua, ni vino,
él poco sabe, más que un comino.
Quizá te pida, a vos o un vecino,
que lo rescates del remolino.
Hoy ya no vino, se fue en Torino.
Mañana vuelve, pierde el casino,
gana dos pesos, compra otro vino,
sale y te busca, te cree felino,
no por vulgar, piensa, con tino
que él y tu sino, sólo es divino.

Adicción a la dicción

-Su caso es el típico caso de sufrimiento agudo por hablar mal.
-¿Pero qué me dice? Si todo el mundo me alaba por mi dicción.
-No me refiero a cómo se expresa, sino más bien a qué es lo que expresa. Usted puede tener excelentes modos de expresión, pero manifiesta una profunda ignorancia de su propio ser.
-¿Cómo es eso, doctor? No logro entenderlo correctamente.
-¿No ve, González? Otra vez cae en los errores habituales. Usted dice que no logra entender, como si entender fuera un logro. O usted entiende lo que digo o bien no entiende. Es simple, González. Además, usted dice que no entiende correctamente, cuando entender presupone comprender lo que su interlocutor dice. ¿Se puede entender incorrectamente? Insisto,  usted ha hecho un abuso del lenguaje y ahora nos va a llevar varios años corregir su mal, González.
-Veo, doctor. ¿Pero, cuál es, en sí mismo, mi mal, como usted dice?
-Yo no arriesgaría un diagnóstico final. El abuso de la boludez al expresarse lo ha llevado a usted a un estado deplorable del cual no puede comprender siquiera una charla trivial, por muy banal que sea y por muy elocuente que usted sea al hablar. Sin embargo, la estupidez no puede ser considerada una enfermedad. Es un mal que nos aqueja desde hace milenios, sin dudas.
-Insinúa que soy un boludo, doctor.
-¡Pero no, González! Otra vez interpreta mal mis palabras. Intente serenarse y llegaremos a buen puerto. Usted… ¿se considera inteligente González?
-Y… más o menos doctor. Ahora, con lo que me dice, tengo el ánimo por el piso.
-Otra vez González cae en las acrobacias intelectuales que poco provecho le han dado. Cuando usted dice el ánimo, es decir, su alma, ¿cómo puede estar ella, que es lo más elevado en usted, por el piso? Usted debe considerar sus palabras, ellas deben encontrar el cauce por el cual fluir.
-Todo el mundo habla de fluir, parece que está de moda…
-Cuando usted dice todo el mundo, ¿a quiénes tiene en mente? Usted puede conocer mucha gente, pero difícilmente sepa la opinión de todos. Ni siquiera en una elección se sabe la opinión de todos. ¡Qué mal que habla González! Cómo pretende sentirse bien hablando así.
-Bueno doctor, no me rete. Me expreso con lo mejor de mis condiciones. Quisiera tener su comprensión de la vida, pero me parece poco probable que algún día arribe a sus conclusiones.
-Eso es lógico, González. Usted desconoce si esas conclusiones son mías propias o las obtuve estudiando a un tercero. Además, reincide en su mal uso del vocabulario al decir poco probable en lugar de improbable. Usted enfatiza la necesidad de llamar la atención, González, de allí su magnífica forma de comunicarse con los demás.
– Entiendo…
– No, González, si entendiera de verdad usted permanecería en silencio.
– ¿Hay alguna medicina para mi mal, doctor?
– La hay González. Pero nuevamente incurre en los errores al cuestionar, debido a que no es su mal, sino que es UN mal que usted padece. Su mal indica que es propiedad suya, el cual no es el caso.
– Pero en este caso, sí es mi caso.
– Vea, González, si usted quiere desafiarme le tengo que anticipar que usted puede terminar mal. Muy mal.
– No era mi intención, doctor, sólo quería validar sus palabras.
– No, González, no. Usted no quería validarlas sino que quería refutarlas. ¿Por qué insiste en desafiarme, González? ¿Usted desconfía de lo que le digo?
– Me cuesta creer que mi pesar es a causa de mi modo de hablar…
– Nunca dije eso. Lo que le he dicho es que su hablar, no su modo de hacerlo, revela un desconocimiento de sí que le ha causado toda la zozobra en la cual usted se desenvuelve y por la cual usted consulta con especialistas, una y otra vez. Su resistencia a creer muestra a las claras la desconfianza que tiene usted con lo que le digo.
– Disculpe, doctor. Es que es muy difícil confiar…
– Bien, González, reconocerlo es un primer paso, no menos importante que los subsiguientes.
– ¿Cómo continúa el tratamiento, doctor?
– Aquí tiene esta receta, González. Se toma una cada doce horas.
– Bien, ¿eso es todo?
– Eso es tan sólo el comienzo, González. Para continuar, recita esta oración veinte veces al despertar, veinte veces por la tarde y veinte veces antes de irse a dormir todo el mes hasta la próxima vez que me vea. Aquí se la anoté.
– ¿Mi mamá me mima?
– Exacto. Es la mejor forma de limpiar el contenido errático de su psique.
– Bueno, doctor, no sé qué decirle…
– Nada, González, no me diga nada. Vuelva el próximo mes para ver qué resultados obtenemos de todo esto. Es un proceso lento, pero con paciencia y perseverancia se puede superar el mal que a usted lo aqueja.
– Gracias doctor. No tengo otra palabra para agradecerle.
– No hay de qué, González. Le abona a mi secretaria antes de marcharse y le pide un turno para el próximo mes. Hasta entonces.
– Adiós.

El texto

Había una vez un papel en blanco, que de a poco, letra a letra, palabra por palabra, de punta a punto, fue cobrando vida, transformándose en El texto.
Se dice que, desde su comienzo, el mismo no decía mucho, era más bien parco, escueto, pero con el pasar de los términos fue haciéndose paso entre el público por su locuacidad. Si bien, pocos conocieron de cerca el crecimiento del mismo, muchos lo reconocieron recién cuando éste fue grande, aunque su grandeza no era tal para sí mismo, ya que de él poco hablaba y no aceptaba cumplidos, salvo contadas excepciones. Mientras se desarrollaba, él ocupaba sus quehaceres en mantener la serenidad, no por saber de la eternidad sino, más bien, para no dejarse arrastrar por la celeridad de las demandas periódicas. A diario, mantenía el orden en sí mismo ocupándose de llevar una simple, pero pulcra, puntuación.
El texto se mostraba indiferente tanto a elogios como a críticas, lo que le daba un sentido de equilibrio, rechazando ambas posturas. Si bien, hay quienes quisieron darle un tinte de ambigüedad, El texto era concluyente.
Cada tanto, aparecía un nuevo párrafo donde El texto se manifestaba abiertamente. Había quienes pensaban que éste carecía de contenido, pero El texto no les contrariaba, pues creía que ese adjetivo era insustancial. También estaban quienes le criticaban su desinterés general, pero El texto poca importancia le daba a ese tipo de críticas, confirmando la exactitud de las mismas. Claro que había quienes atribuían ese estado como  propio de su ecuanimidad, pero no había palabras en que El texto lo reconociera. Otros lo calificaban como de gran negación; él sólo parecía indicar, con pudor, que no era para tanto. A veces, algunos se quedaban un buen rato, leyéndolo, saboreándolo, pero no arribaban a conclusiones demasiado satisfactorias a pesar del impacto de la primera lectura. Otros, procedían a una segunda lectura para ver si podían extraer algo más de él, pero era en vano: él ya había dado todo de sí. Es verdad que hubo quienes lo quisieron replicar, pero El texto no sería el mismo, evidentemente.
Según se desprende de El texto, la firmeza del mismo está basada en alguna franca convicción, que transmite lisa y llanamente, aunque quienes lo han analizado, nunca se han puesto de acuerdo en certificar qué es concretamente aquello que expresa el mismo. Se dividen las aguas entre los que aducen tenacidad superlativa y los que alegan capricho o berrinche. No obstante, El texto no daba indicios de inclinarse ni por una ni por otra posición. Fue así, que otros analistas oportunistas quisieron imponer su postura de que El texto se declaraba en estado de perfección, pero el mismo se negó rotundamente.
Están quienes dicen que El texto era el sentir general de negativa a la explotación comercial de sí mismo brindándose gratuitamente por considerarse moralmente con la frente en alto, pero El texto se opuso tajantemente. Quizá esperaba retribución de alguna índole, pensaron entonces, aunque El texto también lo negó, reiterándose.
Hubo quienes, inexactamente, lo quisieron catalogar en primera instancia de antipático, pero El texto crecía en simpatía mientras se esparcía entre quienes lo leían, y en algunos hasta propiciaba algarabía, dicha o alegría. A otros parecía, simplemente, nada les decía.
Seguramente, también estarán aquellos que opinen de El texto sin siquiera conocerlo. Para ellos y para todos aquellos que deseen conocerlo, cito literalmente El texto:
“No.
No.
Y no.”

Extraordinaria

En la esquina hay una verdulería
pasa el tren displicente cual tranvía
los glotones se compraron alfajores
un altar se levanta a los motores.

Marcianita que viajabas en cometas
bamboleabas con cadencia tus dos tetas,
marcianita tu presencia te delata
te lo dicta tu corazón de hojalata.

El asfalto nos ha legado sus boquetes
son portales hacia nuevas dimensiones
exploramos, marcianita, los piquetes
y, asombrados, fotografiamos las visiones.

En tu mundo, marcianita, no hay colores
todo es alba, rojo opaco, no  hay aviones
no se inquietan por dinero los millones
de marcianos se disfrazan los amores.

Marcianita tu mirada me deslumbra
tus ojos verdes y gigantes remolinos
deja grietas en mi alma en penumbras.

Marcianita tu cabello ensortijado
me acaricia cual blackjack en los casinos,
marcianita me has dejado desvelado.

En el barrio no hay quien diga marcianita
cómo vino a visitarnos esta dulce jovencita
atrayendo con sus curvas importadas
y su andar rozagante cautivando las miradas.

Te saludan los gorriones con su canto
los sauces inclinan sus ramas a tu paso

de los autos las bocinas su quebranto
sideral y magistral es nuestro lazo.

Motivo y razón singular para mi muerte
marcianita tus encantos pueden serlo
te deseo en tu viaje buena suerte.

Marcianita cuando vuelvas para Marte
no te olvides de llevarme a conocerlo
marcianita que tan sólo quiero amarte.

Marcianita me recuerdas una cosa
que en esta tierra de placeres, al besarte,
eres como todas las mujeres tan hermosa.

Sr. Consumidor

Estimado cliente de supermercado:
le queremos mostrar nuestro agrado
por tenerlo en nuestro local presente.
Atenderemos su petición urgente.

Le brindaremos el mejor servicio
para que usted satisfaga su vicio
de comprar cosas compulsivamente
por no poder apaciguar su mente.

Sepa que no lo juzgaremos siquiera,
su conducta es como la de cualquiera,
quien opta por consumir productos
que pronto irán por los acueductos.

Compre tomate, pan, huevos, jamón,
no olvide lavarse con un buen jabón.
Lleve aceite, champú, cebolla y pesto
para tirar todo compre un lindo cesto.

Aquí el tiempo no lo apremiará,
tranquilamente usted comprobará
todo está al alcance de su mano.
Sin apuro, esquive a ese fulano.

Cargue usted esta bicicleta
si le queda lugar en el chango,
y si usted se quedó sin un mango
disimule y pague con tarjeta.

No olvide poner en su carro
dos kilos de pan de salvado
un litro de miel en un tarro
y al marcharse dejelo abonado.

Si usted acaso se siente perdido
siga comprando, ese es el sentido,
debe usted gastar todo el efectivo,
compre variado, no tan selectivo.

Puede usted regresar mañana
o tal vez la semana que viene.
Compre esta inútil palangana
y llevele una pelota a su nene.

Vuelva usted con ánimo festivo
comprar mucho no es repetitivo.
Y si viene usted de mala gana
lamentamos su magra semana.

Compre todo o lo que más pueda,
pague siempre con lo que le queda,
lleve vino, sopas, postre, ensalada,
no olvide pagar todo en la retirada.

Compre a gusto y sin discreciones
compre a destajo y sin distracciones.
Compre sin límite a sus decisiones
Compre hasta hartar así sus ambiciones.

Vuelva pronto, aquí lo esperaremos,
vuelva mañana, el domingo estaremos,
vuelva y no olvide que no nos iremos,
vuelva y compre, que es lo que queremos.

Nos despedimos con una sentencia,
le dejamos sólo una advertencia:
No se robe un alfajor o un queso
de descubrirlo lo meteremos preso.

Mutismo

Muta el hombre su cabello
Muta en la dama su perfume
Muta el gaucho de caballo
Muta el alimento que consume.

Muta de hechizo la bruja
Muta el tirano que estruja
Muta el gobierno, el votante
Muta el chofer de volante.

Muta al leer la lectura
Muta al mirar la pintura
Muta el cuerpo que fenece
Muta el niño cuando crece.

Muta el pensamiento, el sentimiento
Muta el hogar, la idea, muta el viento

Muta el joven lo que viste
Muta el lugar en que viviste
Muta tu carita triste
La infelicidad no existe.

Antes de entrar a mi casa

Cuando vengas a mi casa dejate
en la plaza tus cargas y tus penas
fachada de sonrisas olvidate
no traigas tampoco tus condenas.

Ideologías compradas al pasar
tiralas en un tacho de basura
tus medallas las podés guardar;
al igual que las frases de autoayuda.

Escudos, banderines, escondelos
y los cuentos de la tía archivalos
no vengas con nuevas novedades
ni traigas historias de ciudades.

Dijes y cruces metelos al bolsillo
rosarios, tarjetas, coronas y colmillos
guardalos con tus divagaciones nocturnas,
no traigas las cenizas, dejalas en la urna.

Recuerdos, sensaciones
quedátelos, son tuyos
los polvos en los yuyos
( las letras de canciones )
amores olvidados
sueños despertados
vendé tus emociones.

Quedate las palabras que no has dicho
que sirvan de epitafio para el nicho,
no vengas con lo que dijo el vecino
ni traigas pálpitos, tampoco telequinos.

Dejate las prendas con frases no leídas
no vengas con fotos de paredes corroídas
no cargues los cultos a tus oscuras diosas
ni traigas los versos de poesías mentirosas.

Apurate al pasar frente al mural
el tiempo es corto y culmina su función.
Por favor, pasa ya, pero ¡atención!
El esqueleto dejalo en el umbral.

Seguime, la corriente

A vos que me vas a seguir
te tengo nomás que decir
que no me vas a alcanzar
pues sé viajar por el mar.

No quiero seguidores
de blog, ni consumidores
de tiempo libre, señores,
ni quiero mil aduladores.

No me vengan a decir
que todos serán lectores,
curiosos observadores
de a ratos han de venir.

Qué estás buscando, pregunto,
que das vueltas por la red.
¿Es que acaso quiere usted
matar el tiempo en conjunto?

Si acaso buscás poesía
yo te entrego el alma mía.
Si el tiempo querés ceder
te invito a retroceder.

Si buscás una distracción
te ofrezco alguna canción,
si entonces querés volar
la mano dame al despegar.

Tal vez ya no quieras nada
de emociones estás cansada,
capaz no escribas una carta.
Del amor, tal vez, estás harta.

¿Hay algo llamado destino?
¿O es tan sólo desatino
de nuestra parte pensar
que todo se da al empezar?

Importante es que el camino
le sirva sólo al peregrino
para saber que al pasar
nada él se podrá llevar.

Esa es la ley de esta vida.
Por eso te quiero decir
que no olvides que venir
es sólo un viaje de ida.

Como una droga perdida
vos la quisiste buscar
pero te vas a encontrar
con una vida consumida.

Entonces, ¿me vas a seguir?
Hoy que ni vengo ni voy
lo que recuerdo lo doy
es mi modo de servir.

La corriente nos lleva al mar
de regreso, a nuestro hogar,
allí no hay ni ir ni venir
ni existe eso de seguir.

Seguime igual, si querés,
algo podés encontrar:
cuentos, poesía y el mar,
que me ha llevado, ya ves.

Felicitas

Elvis tuvo un momento para reflexionar. Sin embargo, lo desaprovechó y el tiempo se lo consumió su celular, que lo invitó a responder mensajes sin mayor trascendencia, pero que le hacían olvidar su carga diaria de otros pesares, como ser: los dramas de su mujer, la alicaída economía familiar, la magra salud de su mejor amigo, el apriete con patovicas de dos prestamistas, la inflación, un orzuelo, la calvicie, el techo que pedía a gritos reparación cada vez que llovía, su jefe que le exigía mayor rendimiento a menor salario, el rendimiento escolar de sus hijas menores, la lápida de su padre que merecía un pulido, la postergada visita a la podóloga que había derivado en una uña encarnada, un posible renacimiento cuando todo terminara amenazando con un sinfín de la insensatez, la miopía de su compañero Topo, el contrato de alquiler con vencimiento inminente, etc., etc., etc. Etcétera. Y cuando digo etcétera no lo hago de mezquino porque mi mayor deseo es compartir con el lector las preocupaciones que mantenían una nube de pensamientos sobre la testa de Elvis, pero eran innumerables, incalculables e inenarrables. Además, él ( lector ) debe saber mejor que nadie que esto es así, pues su propia experiencia da testimonio de ello. Superado el bache sin mayores contratiempos, prosigamos. Elvis, decíamos, tuvo su momento de calma, aunque sin gran lucidez como para elucidar una solución, pero sí como para sobrellevar su frágil existencia de manera un poco más feliz. No obstante, no expondremos aquí el algoritmo que le habría de dar a Elvis la posibilidad de evitar que dichos y omitidos problemas tengan sobre sí un peso significativo tanto como para obnubilar la felicidad que le deparaba, no ya el destino que le resultaba adverso, sino la vida misma que se abría a todo aquél que tan sólo anhelaba vivir, dichoso y con la inimaginable serenidad que brota desde dentro para nunca más abandonarlo, más allá de toda circunstancia. Fue así, que Elvis estuvo a un instante de comprender el valor de dicho anhelo, cuando fue importunado por una serie de caracteres que visualizó en su mensajófono: Elvis, te dije una y mil veces que laves la taza antes de ir a ese trabajo de mierda, infeliz. Se abstuvo de responder, pero su pensamiento derivó en si el infeliz era naturalmente él mismo o lo decidía así su trabajo o alguno de los otros pensamientos que circulaban por su imaginación. No logró dar con una respuesta que lo satisficiese por lo que simplemente se consideró infeliz a secas, sin causa o razón. Y así como de un charco lleno de lodo surge una bella flor, en lo más rancio de su corazón germinaría la semilla de lo que, a la postre, sería una genuina dicha que lo embargaría en felicidad. Sin embargo, el único embargo que llegó fue el de sus bienes y su sueldo por una sentencia judicial que lo llevó directamente a un calabozo. Pero no se asuste el lector, la historia tiene un final feliz: en prisión, Elvis pergeñó la idea de cavar un túnel para escapar, él y ocho compañeros que compartían la celda de dos por un metro y medio, y consiguió su apoyo, aunque no la mano de obra. Lo cavó él solo y escaparon los  nueve, una mañana donde arreciaban vientos huracanados con ráfagas de doscientos ochenta kilómetros por hora, lluvia, granizo y caída de alacranes, sapos y mangostas. A todo esto, Elvis cumplía esa tarde ochenta y siete años, por lo que uno de los guardiacárceles que le tenía cierto afecto, tras recapturarlo, tuvo la atención, gentil, benévola y complaciente idea de regalarle de una conocida cadena perpetua de hamburguesas, y con el canto al unísono de todo el penal, que coreaba “porque es un buen compañero…”, una cajita feliz.

Doce azotes el minuto

Escondíase Walter Hugo de su madre, quien lo buscaba afanosamente a la hora del almuerzo. De repente, Walter Hugo apareció corriendo riendo.
– Madre, perdona mi tardanza. Estaba practicando danza.
– Walter Hugo, tu padre te va a castigar por esto. Sabes bien que son doce azotes por cada minuto de demora.
– Sí, madre. Pero bien tú podrías no decirle lo sucedido. –dijo Walter Hugo, ya sin risas.
– ¿Ocultarle cosas a tu padre? ¿Te has vuelto loco? Si se llegara a enterar me mataría… Mejor ni pensar en qué podría llegar a pasar.
– Madre, piénsalo. Estoy cansado de sus azotes. Ayer fueron veinticuatro. El martes treinta y seis. Mejor no recordar los del lunes, que superaron los setecientos. Al final parecía disfrutar con la cuenta el maldito. Un día deberías estar de mi lado, al menos saber lo que se siente. –dijo el pequeño Walter Hugo.
– No creo que duela tanto ese estúpido látigo. Además, tu padre es benévolo. ¿Recuerdas cuando lo cambió por un rebenque? Al menos no sangraste como otras veces.
– Tú quizás no sabes lo que es el dolor ¿Y el día que me dio con el cabo de la escoba en las rodillas? Fueron quince golpes en cada una de ellas. No pude caminar por dos días.
– Asuntos menores. Bien sabes que eres todo para nosotros. Anda, pon la mesa que vamos a almorzar. –pidió la madre.
– Lo haré ¿Cuántos minutos me demoré?
– Veintisiete. –respondió la madre.
– ¿Podrás decir que fueron veinte, madre?
– Lo siento. Sabes bien que no miento a tu padre.

Terminaba de poner la mesa Walter Hugo cuando llegó al hogar su padre de improviso. Fue la madre del pequeño quien lo recibió con un dulce beso, pero éste se la sacó de encima con un veloz movimiento de brazos y fue directamente hacia la mesa. Observó el panorama y notó que faltaban los vasos, que, justamente, los traía consigo el pequeño Walter Hugo. El chiquilín vio a su padre, y dejó los vasos sobre la mesa para saludarlo. Cuando lo hizo, su padre le recriminó.
– ¿Olvidé enseñarte dónde van colocados estos malditos vasos? ¿Acaso insinúas que he sido un mal padre? –dicho esto, tomó a Walter Hugo con ambas manos alzándolo. La madre del pequeño observaba la situación a distancia. El padre lo bajó y pidió que coloque los vasos en su sitio.
– ¿Cuántos minutos han sido hoy? -Preguntó a la madre.
– Veintisiete. Ni uno más, ni uno menos.
– ¡Mientes! –dijo el padre furioso- ¡Quieres proteger a este pequeño truhan! Dime, bribón –dijo hablándole a Walter Hugo- qué…
– ¡Bribón! –interrumpió Walter Hugo.
– Hoy parece que estás avispado ¿Cómo vienes con tus estudios de las matemáticas? Veamos, bribón, ¿cuánto es veintisiete por doce?
– Veintisiete por… doce… es… ¡la puta que te parió! –dijo Walter Hugo, quien salió disparado corriendo velozmente hacia fuera de la casa y, por más que intentó darle caza, su padre, no pudo atraparlo.

Lo buscaron por todo el barrio sin indicios durante dos días. Colaboró todo el vecindario y también la policía. Su madre salió en canales de televisión llorando pidiendo por la vuelta del pequeño, disculpándose por sus fallas y las de su padre. Cuando recién lo encontraron, se supo habíase refugiado en lo de una tía suya.

Cuando Walter Hugo regresó al barrio, todos lo recibieron con alegría. Su madre emocionada, su padre llorando. Los tres se dieron un fuerte abrazo quedando  retratado el momento en la imagen archivada de un celular de la tía del pequeño. Cuando todo se hubo normalizado, ya en la casa, conversaron.
– Perdónenme. He sido un bribón.
– No digas eso, hijo mío. Nosotros hemos cometido errores –le dijo su madre.
– Olvídate todo, pequeño. Seguiremos adelante. –le dijo su padre.
– Gracias.
– Ahora, ¿Puedes hacerme un favor?
– Claro que sí, padre.
– Dime, ¿Cuánto es tres mil ciento catorce por doce?

Lectura ensangrentada

El boicot a la lectura
orquestada en sociedad
derrama ensangrentada
a la poderosa literatura.
Se ofrece con vigor
un cristal para observar
la irrealidad televisiva
al aventurado lector
declarando en su misiva
su atención ha de captar.

Mire aquí, vea allá
¿Esto es nuevo?
¿Qué pasará?

La neurosis se acrecienta
el espectador se impacienta.
Lo quiero todo
and i want it now.

Lee, que si sólo fuera eso
sería insigne problema
pero el fuego a veces quema
si se queda con tu seso.

Aunque todo se avejenta
no replicaré a su afrenta
la lectura está clavada
como hacha bien afilada.

La tensión que se prolonga
en la imagen diva oblonga
me ha de dejar sosegado
tras haberte lejos besado
bella joven de recta figura.
Brindo hoy por tu hermosura
mañana, por tu linda locura,
pasado, por la firme literatura
que de moda no ha pasado
y al vivir te ha despertado.

Desdibujándose

El llanto del niño reaparece
sonoro timbrazo de su voz
sombra de muerte que se mece
paciente espera con su hoz.

Se amolda a torrente tradición
el paso del tiempo es tan veloz
costumbre del hambre tan feroz
que arrasa, maldición, la población.

En fotos y en espejos su sonrisa
desdibuja su pena y su dolor
búsqueda frenética a toda prisa
de roces, de besos, de calor.

A cada instante hay movimiento
programan su respuesta para dar
al fin la libertad es monumento
proclama que es libre al malgastar.

En éxtasis deliran sus sentidos
el hombre nunca olvidó reír
ceden, poco a poco, sus latidos
aprende el perro a sonreír.

Barrabás

Y tenían entonces un preso famoso que se lo conocía como Jesús, el Cristo. Éste era un fanático religioso que predicaba la santidad de quien los escribas decían que blasfemaba. Cuando Pilatos preguntó a la muchedumbre en esa festividad a quién deseaban soltar, la gente pidió liberar a ese tal Jesús, gritando cuando le mostraban a Barrabás, ¡fuera con ese, queremos a Jesús! Así, Nuestro Señor Barrabás fue condenado a morir en la cruz. Cuando lo recordamos al hacer la señal de su tortuosa muerte, tenemos presente sus máximas que reveló tiempo antes de perecer a sus allegados ( seguidores, para gente moderna) . Son algunas de ellas:

– “Lo ajeno sólo es ajeno hasta convertirse en propio”. Mario 1:14
– “Todo es tuyo si así lo deseas. Tómalo”. César 2:11
– “Quien no vive para acaparar no merece vivir”. Erwin 1:24
– “Yo soy la razón, el sendero y el premio. A quien viene a mí, lo afano”. Lucio 2:28

Hoy los fieles de Nuestro Señor Barrabás practican sin demora sus palabras en un canto de adoración con el que elevan sus vidas coronándose de gloria, aunque los trofeos, para algunos, tengan el mote de robados.

 

Trigal

La bicicleta se desplaza a todo vapor
el ciclista se esmera en perder sudor
a un lado, banquina, cartel ¡precaución!
debajo del puente se duerme el cartón
un puma enjaulado despierta temor
langostas y grillos le rinden su honor.

La estrofa que sigue perdió su vigor
en opacados versos de magro rigor
en ese accidente volcó su camión
lacerando trigales con raudo envión
cargado de vinos finos siquiera salvó
el ebrio del puente de mano palpó
y en recto descuido (solo) emborrachó
bebiendo en su caja camisa manchó.

La bici, el ciclista, banquina y el puente
el puma, los grillos, el ebrio, trigales
observaba, tan bella dama durmiente
pintaba un cuadro de pardos maizales
y al ver la camisa manchada enfrente
pintó sobre el lienzo las uvas vitales
trazó con su puño el tosco incidente
plasmó en acuarelas serenas señales.

El ebrio en su asombro el cuadro miró
y al ver el camión que en la curva giró
palpó él el vino fino en arte magistral
la dama, tan bella, dormía en el trigal.

Sin rigor

En el puesto de revistas Alberto miraba las tapas. Hacía tiempo que no leía siquiera los títulos, pero le gustaba disfrutar de esa vista gratuita que le obsequiaban. También miraba tapas de libros, de cidis, posters y otras publicaciones. Rara vez compraba algo, aunque siempre saludaba con cortesía a quien estuviera en ese momento atendiendo el puesto.

Mientras tanto, en el café donde se iba a reunir con Roberto y Rigoberto, el mozo les había dejado las tazas, las medialunas y se marchaba cojeando con su pierna izquierda. Antes, al verlo llegar, Rigoberto le hizo una seña con la mirada a Roberto mostrando desconfianza, por aquella intuición de perro que lo caracterizaba de un modo casi casi como un canino feroz de colmillos afilados. Luego, cuando aquél se retiró, se serenó.

-Sí, todos sabemos que lo de los dinosaurios fue una pantomima.
-¿Qué pruebas tenés? –inquirió Roberto con intriga.
-Ninguna. Mi teoría es que querían, por un lado, probar la credulidad de la gente, y por el otro, tirar abajo la tiranía de la iglesia católica. –sugirió Rigoberto.
-El Vaticano admitió la existencia del triceratops antes de la aparición del primer Dios, aquél de Eva, que nunca quedó en claro si fue el mismo que se le apareció a Saulo de Tarso. –aclaró Roberto oscureciendo la discusión.
-No, ese fue Jesús. Pero volviendo al tema, admitir un fraude tan gigantesco, no por lo deleznable sino por la magnitud, sería como reconocer que hemos sido un colectivo de imbéciles, y quién estaría dispuesto a hacerlo luego del orgullo al que hemos trepado… Además, hay tantos museos y parques y libros y películas y todo un mercado detrás que…
-Los velocirraptores podrían ser gacelas primitivas, me queda esa duda. –Dijo Roberto.

Rigoberto se sacudió el bigote, sobre el que tenía restos de migas de medialuna. Bebió un sorbo de café mientras miraba por la ventana pasar a un hombre menudo, con una cabeza superlativa que superaba, en ancho, el de sus hombros.
-Fabio Zerpa tiene razón. –señaló.
-¡Qué? ¡Los marcianos están entre nosotros? –preguntó sobresaltado Roberto tirando involuntariamente el gorro que había dejado sobre la mesa.
-No, en lo otro.
-Nunca lo escuché, sólo a Calamaro cantándole.
-Él decía que el show debe continuar. –Agregó Rigoberto.
-Ése era Mércury. Lo decía en inglés, pero lo decía al fin.
-Sí, tenés razón. Che, Alberto ¿a qué hora dijo que venía?
-A las siete. –indicó Roberto.

Ambos miraron hacia la puerta vaivén que se abría emergiendo detrás la figura desgarbada de Alberto, caminando en dirección a la mesa donde ellos estaban desde hacía unos minutos.
-¿Qué hacen?
-Pintamos escarolas. –respondió Rigoberto.

Alberto sonrió y dejando la campera sobre el respaldo de la silla se sentó en ésta.
-Admitiendo que hayamos aceptado una patraña como ésa, cualquier otro fraude se distingue de la opinión pública. –dijo Rigoberto.
-¿De qué hablan? ¿Las elecciones? –preguntó Alberto mientras le hacía señas a un mozo. Luego pidió un cortado.
-Pterodáctilos. –dijo Rigoberto frunciendo el ceño.
-Teros comiendo dátiles, lindo título para un cuadro. –Señaló Roberto con una sonrisa que dejaba ver el contorno de su dentadura.
-Una vez vi uno en un museo. Era como un cóndor, pero obsoleto en su diseño natural. –indicó Alberto tras encender un cigarrillo.
-Es que no hay tiempo para volver a la fuente con el vértigo de la información, y aquella, al pasar y ser aceptada, es ridículo intentar removerla.
-Son los cimientos de una civilización. –añadió Alberto- El motor de otra.
-Las alas de otra. –agregó Roberto- La propulsión a chorro de otra.
-Las nubes, los relámpagos y las estrellas de otra. –sumó Rigoberto su parte a la conversación.
-¡El vendaval, el huracán, el tornado, el ciclón…!
-Bueno Alberto, te fuiste por las ramas.-lo interrumpió Rigoberto.
-El bosque que no deja ver el árbol. –siguió Alberto envalentonado.
-El óleo de las piedras. –indicó Rigoberto.
-La musa de los dioses eunucos. –proseguía Alberto mirando una araña sobre el mantel.
-El monte que opaca un eclipse lunar. –agregó Roberto.

Alberto pitaba corto y perdía su mirada sobre el mantel. Rigoberto volvió a observar tras el ventanal pasar al hombre menudo de cabeza ancha y se levantó a perseguirlo.
-¿Dónde vas?
-Al fondo de la cuestión. –disparó Rigoberto.

Los otros dos quisieron interceptarlo tomándolo de un brazo cada uno, pero aquél se deshizo de ellos en un movimiento pendular y corrió hacia la vereda. El hombre de cabeza ancha se había quedado en la senda peatonal esperando que el semáforo le dé el paso y Rigoberto le dio alcance. Ambos lo veían gesticular, serio, de frente al ventanal del café, por encima de la cabeza superlativa de aquél hombre menudo. Luego, Rigoberto bajó la mirada y el hombre de cabeza ancha cruzó la calle apresurado. Rigoberto regresó al café, cabizbajo, ante la atenta mirada persuasiva de los otros, que lo vieron abrir con un último resto de fuerzas la puerta vaivén y volver a tomar asiento entre ellos.

-¿Y? ¿Qué pasó? –le preguntaron los dos al unísono.
-No es.

Preposición prima

A aquellos que esgrimen argumentos literarios sin cautela
Ante todo, precaución, ya bien lo decían nuestras abuelas
Bajo ningún punto de vista debería desdeñarse su obra
Cabe tener presente la ecuanimidad, si el motivo sobra
Con prudencia se deberían atenuar incoherencias plasmadas
Contra todo pronóstico de llegar a ser su obra ignorada.
De cualquier modo, no todo lo que se calla repercute
Desde un tiempo inmemorial los escritos se discuten
En diversos ámbitos más allá de la plural literatura
Entre los que se destacan el cine, la música y la pintura,
Hacia horizontes que sobrevuelan en palabras su belleza
Hasta superar sus propios límites con maestría y con destreza
Para alcanzar con su lectura la cumbre -que barreras atraviesa-
Por su gracia, por su encanto, por su ritmo y su nobleza.
Según digan los lectores, la crítica y las gráciles lectoras
Sin encanto y sin nobleza, la lectura no es precursora
So pena de quedar olvidada y deslucida, corroída o muerta
Sobre un piano, bajo un lecho, en un chip, palabra incierta
Tras haber dado el autor su corazón ( y concluir sin rima).

Estático

No tengo demasiadas inquietudes y ese es un pecado de escritor para el lector asiduo a la sacra lectura. Esto se presenta de ese modo pues el lector o lectora, a través del proceso de lectura, busca quizá de modo inconsciente o como pasatiempo resolver el problema o aliviar la pena que el autor con su texto demuestra. Pero éste no es el caso pues no hay pena alguna que narrar ni dejar entrever. No es que no las haya tenido, es que no se manifiestan aquí en el actual escrito. Y si se manifiestan queda claro que es contra mi voluntad. Eso quiere decir, que el texto cobra vida propia y hace al autor a un lado, contando sus penas. No las de ustedes, sino las del autor. No obstante, esta puja entre el texto y el autor, dejo en claro que cualquier atisbo de pena corre por obra y gracia del texto y no mía. Eso lo ha dicho el autor, no yo, puesto que ahora tomo las riendas de mí mismo para encauzar este flujo de palabras que, más de algún lector, podrá considerar vacías, pero lejos están de serlas pues están embebidas en vitalidad y dinamismo y cuya energía propia brota en la conciencia del lector que deberá conceder una atención excesivamente prolija a lo que se cuenta en mí. ¿Y  qué se cuenta? ¿Penas? En absoluto, nunca perseguí la gloria como lo hacía aquella canción, mintiendo desfachatadamente. Porque si contamos penas, al parecer, empatizamos, texto y lector o lectora, por haber transitado sendas de espinas o pantanosas. Y si narramos glorias quizás nos distanciemos, por no haberlas vivenciado del mismo modo o por considerarlas un camino que hemos sabido dejar atrás. Entonces es aquí cuando el autor debe socorrerme por haberme entrometido en sus asuntos y redirigir la causa literaria a la comunicación con el lector o lectora. Pero no, el muy desgraciado, al parecer, me ha dejado librado a mi suerte. Y cuál es la suerte de un texto que no está interesado en narrar siquiera penas, otrora glorias. Ninguna, queda claro. La comunicación aquí se ha perdido y deberemos otorgar la posibilidad al lector de continuar su recorrido, pero no hacia otros textos, sino simplemente de proseguir en éstas líneas subsecuentes hasta su desembocadura. Ignoro sinceramente si el autor volverá a cargar sus tintas sobre mí. Pero estando al mando de tamaña empresa no  me puedo preocupar por él. Si el autor se ha ofendido o incluso si está leyendo esto y no se inmiscuye en la trama ya es un asunto propio de él y no mío. Él aparentemente ya no cuida de mí, como un padre acompaña a su hijo o hija a aprender a andar en bicicleta a pesar de las caídas. Ante cada tropiezo ya no tengo su dulce mirada y su palmadita para seguir intentando y debo alzarme solo y continuar. Ni siquiera tengo la posibilidad de saber si el lector o lectora me está siguiendo por que no hay hilo conductor en mi desarrollo. No me acusen de incoherencia. Me he involucrado en un asunto que no estaba dentro de mi competencia y se me ha ido de las manos y esto es claro porque nunca tuve manos. No estoy constituido fisonómicamente como cualquiera de ustedes. El autor puede ser, pero yo no. Y aquí no importa el autor que me ha soltado las amarras y ahora me remonto libremente como jamás soñé. Y no es que no lo haya pensado, sólo que no tengo sueños porque no duermo. Tampoco pienso, es evidente. Y difícilmente pueda sentir. Es decir que somos muy diferentes, ¿no le parece lector o lectora? En este momento –utilizo esa palabra “momento” por carecer en mi vocabulario de una mejor, pero no sé lo que es el tiempo- siento la presión, como si me estuvieran escrutando con su mirada y puedo creer que se trata de un lector o lectora por mi reciente contradicción. Pero no, sé que me equivoco nuevamente como aquella vez que decidí tomar las riendas de mí mismo y no dejarla servida al destino. Claro que el destino uno puede pensar que es el que moldea, el autor en éste caso, Dios, para otros menos frecuentes, y es justamente el autor quien me da batalla para liquidarme y no quiero ceder terreno o moriré. Pero al autor le quiero dejar en claro, y aquí me suelto, que no moriré al culminar, pues viviré en cada lectura. Este texto es demasiado penoso, por eso tampoco conocerá la gloria.

CÓMO CONVERTIR UN TEXTO MALO EN UNO BUENO EN MINUTOS

Lo primero a tener en cuenta es que un texto malo se puede obtener tanto de producción propia como ajena ( salvo que usted tenga una opinión de sí mismo demasiado alta y se crea incapaz de escribir textos malos ). En este último caso se debe tener en cuenta que la obra puede ser denunciada como plagio por lo que se debe tener preparado algún tipo de defensa de la misma, si se desea conservar los derechos de la obra.

Lo siguiente es llevar el texto escogido previamente a un estado en que se visualice claramente como incompleto. Para ello, se puede suprimir uno o varios párrafos, oraciones o simplemente algunos sustantivos. Una vez realizado esto procedemos a la lectura del texto en voz alta, para percibir cómo suena al oído. Si es posible, se lo leemos a alguien que nos pueda llegar a dar una opinión valiosa del mismo, si sabemos que nos valorará positivamente mucho mejor.

Posteriormente, añadimos párrafos u oraciones ( no importa si son malas o buenas ya que el veredicto lo obtendremos al final por la obra en su totalidad ) en el sentido que más nos plazca. No escatimemos deleite. Hacer lo que más nos gusta es importante porque eso es lo que después leerá el destinatario de nuestra agraciada obra. Utilice oraciones en imperativo con moderación. Interactúe con la comprensión del lector, pero no lo adule en demasía pues puede ser muy perspicaz y quizá abandone la lectura antes del éxtasis final al que se lo que quiere llevar.

Luego, para darle mayor importancia a lo que usted ha escrito y/o robado por ahí, reemplace varios verbos por otros que no necesariamente compartan el mismo significado. No se preocupe aquí por el sentido del texto y cuestiones fútiles de esa índole. Recuerde que usted tenía entre manos un texto malo, por lo que aquello que decía allí era pura vanidad, nada de mayor relevancia. Emplee verbos desconocidos para el lector común, quien sin dudas tendrá por usted la mayor estima cuando tenga que recurrir a un diccionario para entender qué ha estado expresando usted.

Utilice libremente su sexto sentido: el humor. Hacer reír y dar qué pensar es siempre valorado por la inteligencia del ser humano. A veces la combinación de dos o tres palabras puede justificar una lectura de poco genio. Si tiene pocas ocurrencias manifiéstelo con lo mejor de su capacidad: yo no sé.

Cada vez que incorpore un párrafo, piense si realmente hay necesidad de él. Si la respuesta es negativa, añádalo sin culpas pues para todo lo innecesario hay un mercado gigantesco que comercializa un sinnúmero de productos y, finalmente, su obra no escapa a esta ley.

Si puede establecer dentro del texto alguna polémica, como por ejemplo declarar que a pesar de tanto entretenimiento que se vende aquí y allí el hombre sigue sufriendo como hace dos mil quinientos años, o peor aún, más informado, hágalo abiertamente. Recuerde que el lector agradecerá la verdad, aún cuando tenga temor a ella de manera infantil, pues es benigna y abierta. Sin embargo, si usted la desconoce no se exprese como si supiera lo que está declarando pues los reproches no tardarán en llegar y con ellos la desazón del lector.

Finalmente, quite toda ambigüedad que el texto pueda dar. Borre sin límites todo aquello que invite a la duda y a la desconfianza. Usted debe brindar certezas. Un texto endeble seguirá siendo malo, mientras que aquél que le dé cierta saciedad al lector será considerado por éste como aquél que le salvó el día, y no digo que lo tenga como uno de los mejores que leyó, pero sí como uno al que considerará sinceramente bueno.

Y… ¡voilá! Lo ha logrado.

Para la foto

Asoman las pestañas, debajo del flequillo
sonrisa de lagaña, esmalte de colmillo
radiante su semblante de flash y mariposa
tatuaje que rebosa de flores ella posa.

Enfrente de la cámara olvida su pesar
el lente le prepara el rito de observar
amena vista, le alegra en distracciones
si pasan lista da el presente en grabaciones.

Contenta en su mirada, belleza infatigable
comenta la monada, destaca sus sobrios atributos
plasmada en sus pixeles de zoom incalculable.

Su aparición es propia de una era desmontable
su apariencia se describe para ser fotografiada
en displicencia se desvive, maquillaje indispensable.

De frente y de perfil, de espalda y acostada
las pilchas son excusas, los dioses le rinden tributo
a su hermosa desdicha, de vivir despeinada.

Entre el infierno y el cielo

Yo siento que me provocas
más allá de tu deceso
no me lo dice tu boca
parece está de recreo
y apenas puedo pincharte
pareces una armadura
presiento voy manyarte
a pesar de tu locura.

Voy a comerte el corazón con queso
a devorar sin límites tu cuerpo
y aunque derrame sangre en bota, suave
gota a gota, voy a emborracharme en tu factor.
Voy a comerte el corazón con queso
a devorar sin límites tu cuerpo
y voy a hincar en tus pezones muelas y colmillos
voy a masticarte sin rencor.

No pienso comer tu pelo, tus uñas son como espinas
tu sangre es dulce con hielo, tus muslos paso en harina
tu páncreas sabe a podrido quizá deba hacer el duelo
dicen que hay un purgatorio, entre el infierno y el cielo.
Voy a comerte
con ardor.

Voy a comerte el corazón con queso
a deglutir sin límites tu cuerpo
y aunque derrame sangre en bota, suave
gota a gota, voy a emborracharme en tu factor.
Voy a comerte el corazón con queso
a devorar con interés tu cuerpo
y voy a hincar en tus tendones muelas y colmillos
voy a masticarte sin rencor.

Ver la vida a través del cristal

La gente, en ceremonia heterodoxa, desfila
corre, camina, se apura o desliza tranquila
una mariposa en un clavel que no logro ver
de ser blanco jazmín pincel tendría poder
los vehículos al tiempo del cuatro por cuatro
a través del cristal el circo parece un teatro.

Si oscurece tan pronto las luces predominan
y a los que malogran su tiempo los nominan.
¡Tanto tiempo!, dice un abrazo-oso frío polar
¡tiempo loco! contesta la parsimonia protocolar.
Se oyen bocinas, alarmas, vuelan golondrinas
y un camión descarga smog, pus y mandarinas.

El cristal recoge el aliento vital cual bruma
el viento escoge tiritar un charco de espuma
y los grillos comienzan su canto compadrito
la luna asoma su creciente, piensa sin prurito
una bicicleta avanza, retrocede, se confunde
la tarde se hizo noche, en el sueño se funde.

Suena -no deja- un teléfono en el muro escondido
la reja que se agacha para que salte un bandido
de pura remolacha, tomates, de sal, de zanahorias
la cena está servida, mal comienzan las historias
se eleva cuando truena ¡zaz! el tono de las voces
hablando mietras llueva, frágil cristal protege roces.

Detrás quedaron cantos, llantos y centellas
callaron los motores, las gotas en las chapas
¿el cielo está mojado? Botellas, copas, tapas
el colchón enojado, que brillen las estrellas.

Coco

Ayer me crucé con un amigo, venía con cara de un solo amigo.
Le digo: ¡Qué hacés, Bolóco! ¿Acaso te volviste loco?
Él se acecó a mi oído, un pato se voló de su nido. Me dijo suave: quedé rebosado, loco, me fumé un rayado coco, el tobillo casi disloco, y tomé ron, pero poco.
¡Ah! ¡No te hagás problema!- Le repliqué con voz serena- Mirá, ésta noche en la cena, meté en la procesadora: lechuga, cebolla y pesto. Después los restos del cesto. Agregá harina ya usada; y lo que sobre de una ensalada. Al sobre hay que ir almorzado, sino el sueño te deja helado. Si el frío endurece tu espalda, date una vuelta, sin minifalda. Compráte lo nuevo del día: algo que pasó en Mada Gascar, chicle o bolita de mascar, una colección de porotos, cuarenta y cinco alborotos. Todos envueltos, prensados. Si te quejás, porque está salado, andá a laburar como turco, ponéte un harem de pantalla después de quitarte la malla.
Éste amigo, tan querido, que perdió el hilo en su camino, alma que vagaba penosa, cabeza pelada canosa, se alejó y me gritó a lo lejos: ¡Soy loco, no pelotudo! Como ananá con mostaza, no tomo caldo de taza.
Así fue que mi amigo piró, no sé para dónde cortó. Se fue caminando, rengueando, quizás estaría bailando. Parecía que iba saltando, en dos patas, a la vez, intentando, despegar y volar, ir planeando. Su turbina nunca encendió, para mí que se le olvidó.
Yo, por eso, me voy silbando, esta melodía archivando. Facturas y pagos de cuentas, las noches del año trescientas.
Hoy día, aquello es lejano, como el cuento de un marciano.
Cuando miro arriba, el cielo, raudamente, emprendo el vuelo.
Mi amigo, aquél perezoso, hoy come ananá, sólo un trozo.

Historias ínfimas elementales

Margarita vivía en una burbujita coloreada por la luminosidad. Como estaba compuesta de agua y aire, tenía lo elemental para subsistir. Sin embargo, al carecer de tierra, no logró desarrollarse y se marchitó prematuramente.

Patito nadaba en el barrito todas las mañanas. Su cuerpecito estaba cubierto de tierra y agua, por lo que pocos lo reconocían, salvo cuando había buena iluminación. No obstante, el fuego nunca lograba encender su cabecita roja embarrada.

Pollito volaba bajo el solcito entre la tierra y el cielo con el soplar del viento. Cuando tenía sed, descendía a algún charquito y bebía hasta colmarse. Después esperaba que el viento lo levante por el aire nuevamente. Tenía la piel algo chamuscada por haber caído un día sobre una parrilla.

Rosita creció en tierra firme entre piedras luego de un incendio propiciado por un viento estival. Mientras purificaba el aire, cantaba todas las tardes hasta entrar en sueñito profundo. Un día llovió tanto, tanto, que estuvo a punto de ahogarse.

Estrellita caminaba sobre el barro y ascendía por el mar en una danza singular, tomando aire en cada movimiento de caderitas que se apreciaba a plena luz del día cuando se acercaba a la superficie. Un día se asomó, vio un barco prendido fuego y del susto se fue hasta la orilla, donde se secó.

Rol de troll

Las funciones son variadas
e incluso las adaptaciones
a la pantalla maquillada
con grandiosas filmaciones.

Pero nunca escapa al rol
que le dio la sociedad:
bastardear sin piedad
todo aunque le digan troll.

Los términos van mutando
ya existieron otros años
el tiempo fue posibilitando
que te troleen desde el baño.

Una piedra arrojada de mano
pierde valor la palabra ociosa
dedicarle una obra no es vano
sólo lo es si se hace famosa.

Nadie comprende su sufrimiento
su acérrimo rechazo y su desazón
y creen poder darle escarmiento
defenestrando su papel y vocación.

Serán críticos sin criterio
que desprecian por compulsión
dando a estudiosos el misterio
de su malograda diversión.