El tren de la vida

En el tren “A ningún lado”, sube gente dos por tres.
Multitud de jovencitos, hombres, mujeres, gerontes
Todos preguntan: ¿a dónde va este tren? Responden:
A ningún lado. ¡Perfecto! Dicen mirando el andén.
Al costado de la vía ( el tren frena en cada estación )
se agolpa la muchedumbre, entonando una canción:
qué lindo que se viaja/ en este tren concurrido/
tomande mate cocido/ de acá ninguno se baja.

Días grises

No me da tristeza la lluvia
ni días grises que empañan la fiesta
que opacan y embarran la siesta
en mezcla de negro y de blanco
de cabezas gachas en cola de banco
que nos recuerdan en su aleluya

que tras de sí habrá un arco iris
majestuoso, colorido, nada gris
que la luz se esconde y no huye
que el agua purga y todo diluye
y si el techo aguanta este chaparrón
el sol seguirá brillando en mi corazón.

Esperando redención

Cien vidas aún, de muertes sin darne cuenta, han pasado y pasarán. De ser rey, ruin, vil y botella, a salsa, bachata y agasajo. De cortocircuito cerebral a oráculo invernal; de cortometraje sideral a tentáculo carnal. Passeportout, me han llamado justificadamente. Mi vida es morir para vivir, es soñar para despertar, es levantarme para caer. Cien sueños que se mezclan en una canción: stairway to heaven; y al golpear las puertas del cielo los nudillos han sangrado esperando redención. Fugitivo de la intrépida muerte, esquivo de la nostalgia donde la memoria se desvanece, he caído en el olvido, he surgido de lo cautivo del pensamiento, de las cenizas de la desaparición. Cien años, dejando grabada en pinturas rupestres mi historia de los cien cuentos; he legado en poemas terrestres mi obra de los cien versos. Vivo, libre de la melancolía en una eternidad tirana, vivo en principio, vivo al fin. Y vivo tiempos temporales y eternidades superficiales, vivo razones y vivo sentidos. ¡Oh sepulcro! Eres la nadería de la historia. ¡Ah cuna! Eres la greguería de la noria. Escape celestial de mis tormentos, te he hallado en el lecho del romance, donde me rindo a tus encantos. Soberano del amor, erudito sin rencor. Cumplo mi condena sin cadenas, mi leyenda que se extiende entre los duendes que entre risas se han burlado  de mis desdichas. Las alegrías no han faltado y a ellas he sucumbido. Hambre y dolor, presentes en cada existencia. Frío y calor, sentidos en la vivencia. Y la liberación por vía y gracia del amor, que en noches de fiebre y desvaríos me han llevado a soñar que moría de una vez y para siempre.

Sociedad de fachadas

¡Ah! Sociedad de fachadas
de máscaras y encrucijadas,
asomad el rostro a cámaras
de vacuidad y algunas caras
que hace rato no dicen nada
al tiempo que desfachatada
posa y habla como si supiera
fraude propio de esta era
donde dicen más emoticones
que el sonido de las canciones.
Oíd hermano la voz latente:
sed humano, sed noble gente
que bajo ese manto superficial
está la dicha -regia- magistral
la dulce dimensión existencial
de armónica sinfonía sideral
donde sólo vive en libertad
(uno en esta mágica realidad)
quien sincero a ella se arrima
cual estrofa y termina en rima.

Oda al silencio

Manto sideral, espacio acústico
soporte vital de término rústico
interín entre cada vocablo soltado
alfa y omega del discurso dado.

Unidad cristalina que teje
el entramado sonoro que deje,
brecha en el tiempo hablado
apariencia durante lo soñado,
métrica rítmica de lo expresado
totalidad vacua de lo narrado.

Cercanía en la pureza del alma
puñado de palabras en la palma
mutua expresión y comprensión
engranaje milenario de la unión.
Fortuito patrón de la libertad
insustituible rector de realidad.

Momento eterno que complace
inclusión inteligible que disfrace
ruidos, símbolos, sonidos
en el tiempo vibran reunidos.

Donde no hay ninguna verdad,
todo mundo puede hablar.
Donde brilla magna la verdad,
todo mundo ha de callar.

Libre

La belleza de tu risa
calidez en tu sonrisa
tu palabra tan serena
sin un resabio de pena.

La alegría matutina
tu locura vespertina
tu nocturna calidez
y tu canto, una embriaguez.

Tu diáfana mirada
tu llanto, una cascada
tu berrinche cotidiano
la suavidad de tus manos.

La caricia palpitante
tu silencio susurrante
compañía penetrante
profunda acompañante.

Tu sincera gratitud
tu verdad, una actitud,
tu magna libertad
eres pura realidad.

Pocas veces comprendida
ni buscada, eres temida
por aquellos que te evaden
diversas técnicas persuaden.

Por todos tan sentida
con la vida comprometida
pero con ninguno casada
de todos y libre, mi amada.

Tan simple como una vela
iluminas con sólo tu estela,
eres pulcra claridad
bien amada soledad.

Infinitum

Bajo la sombra de un viejo y frondoso sauce en el fondo de la quinta, reposaba semidormido Demetrio. Interrumpió su descanso el crujido emitido por una rama que se quebró cuando una comadreja se posó sobre ella. Demetrio alzó la vista y pudo ver al animalejo haciendo acrobacias para mantenerse sobre el árbol. De hecho, no sólo hacía acrobacias sino que además hacía malabares con envases de cerveza, puesto que tenía dotes de artista y se habría desempeñado como animador en un circo ambulante que, de pueblo en pueblo, divertía a los concurrentes que, estupefactos pero agradecidos, contemplaban el show del animal, entre otros variopintos espectáculos. Demetrio cruzó su pierna izquierda por sobre la restante y volvió apoyar su espalda contra el tronco del sauce. A su lado descansaba el mate ya frío sobre un tronco que otrora conformara un gran pino. Se le apeteció fumar de su vieja pipa por lo que la cargó con abundante tabaco con tranquilidad pero persistentemente y, tras encenderla e inhalar, lanzó una bocanada de humo que se disipó luego en el ambiente. A algunos metros de distancia divisó una figura irreconocible. No supo, en ese momento, si se trataba de un anciano afirmado sobre un bastón, o de una mujer elegantemente vestida, un felino parado sobre sus patas traseras, un ave de alas cortas o simplemente era un espejo que lo reflejaba al que no le había prestado atención con anterioridad. Pero no era esto último pues la forma avanzó sigilosamente en dirección al sauce y Demetrio, que se había puesto de pie desde que estaba fumando, estaba quieto apoyado sobre el árbol. Conforme la figura avanzó, Demetrio fue observando algunas particularidades, a saber: sobre la cabeza llevaba un casco negro; una barba tupida asomaba por debajo del mismo; llevaba guantes a pesar del calor agobiante que hacía; vestía todo de azul, incluso los zapatos que llevaba calzados.
-Buen día. –dijo Demetrio.
-Buen día. –dijo el otro quitándose el casco.
-¿Qué lo trae por acá?
-Aquella moto que ve allá. –dijo aquél señalando algo lejano sobre el camino.
-Ya veo… pero le pregunto cuál es el motivo de su visita.
-Ninguno en particular. Lo observé fumando desde allí y quería saber si me podría convidar algunas pitadas.
-¡Desde ya, hombre! –dijo Demetrio tendiéndole la pipa- Tenga, es tabaco del bueno.

El hombre se presentó como Alcides y comentó que hacía una hora estaba buscando la salida del pueblo, sin éxito. Había girado aparentemente en círculos, pasando reiteradamente por idénticos lugares una y otra vez, a pesar de lo pequeño que era el sitio. Demetrio sonrió y le explicó con paciencia que la salida del pueblo era diferente a cualquier lugar conocido.
-Para salir -le dijo-, debe entrar. Usted ha estado sólo en la periferia. –aclaró.
-Y claro, me quería ir, no quedarme.
-Verá –dijo Demetrio aclarando la garganta-, Infinitum ha sido diseñado por un hombre que construía laberintos para parques de diversiones y demás. Cuando empezaron a construir el pueblo, los trabajadores que se decidían a marcharse no hacían más que ensanchar las construcciones del lugar. Quienes llegaban, por su parte, al no hallar la salida tenían la opción de asentarse, por lo que resolvían construir. Así, poco a poco, este lugar fue creciendo no sólo en construcciones, sino lo que es mucho más en fama y leyenda, por eso son pocos los que llegan y menos aún los que desean marcharse. Hay un cartel afuera que advierte sobre esta situación, debería haberle prestado atención. O quizás, pensándolo cuidadosamente, dicho cartel ya no esté advirtiendo a los visitantes. De todas formas, puedo darle un indicio de cómo encontrar la salida.
-Lo escucho atentamente. –dijo Alcides.
-Si usted da vueltas y recorre el lugar no la hallará jamás. Simplemente, deje de girar y la salida estará ante usted en menos de lo que canta un gallo.
-¿Quiere decir que no tengo escapatoria?
-No he hecho otra cosa más que indicarle cómo salir de aquí. –dijo Demetrio tras pitar de la pipa.
-Una pregunta más…
-Sí, cómo no. –dijo Demetrio.
-¿Usted por qué no se fue?
-Yo me fui hace rato.

Alcides se quedó pensando. Desconfió de las palabras que oyó y, montando su moto, recorrió el lugar. Efectivamente, allí donde terminaban las construcciones no había caminos, parajes, vegetación. Ni siquiera puede decirse que era un desierto el lugar, pues no lo era. Intentó recordar el lugar por el que había llegado, era un camino angosto de tierra de una sola mano y había, al ingresar, una estación de servicio donde cargó combustible. Recorrió el lugar en busca de la estación, pero no la halló. El pueblo tendría apenas diez o doce manzanas donde se habían asentado los habitantes y no más que eso. No había caminos para salir ni para entrar. Sin embargo, Alcides estaba “dentro”. Detuvo su moto y dejó el casco sobre ella.
-Bien… parece que estoy confinado a pasar el resto de mis días aquí.

Alcides construyó una casa en un terreno del pueblo. Se dedicó a plantar los alimentos que le dieron su sustento, además de criar una vaca que producía leche para su consumo y otros derivados que aprendió a fabricar, y criar gallinas ponedoras. Aunque nunca pudo irse del pueblo, aprendió a vivir feliz en él y comprendió que aquellas palabras mostraban la verdadera salida de Infinitum.

Un día de intenso calor, vio llegar a un joven que hacía un periplo como mochilero. El muchacho se le acercó y le preguntó por la salida.
-Verá –dijo Alcides- para salir usted debe entrar.

Uno

Cada día que termina la función
que nos cubre la noche y su telón
me pregunto qué será de esta ilusión,
de este sueño con ritmo de canción
de existir y ser uno más del montón
que ha dejado por la vida el corazón.

Uno más que se llena de esperanza
que al compás del vivir vive la danza.
Uno más que entre risas e ilusiones
se abre paso entre miserias y millones.
Uno más que es el mismo pese a todo
que trabaja y se divierte codo a codo.
Uno más, singular, entre tanta gente
como muchos que respiran de repente
ese aire de magia, de luz, ese ambiente
pulcro, benévolo, gentil, inteligente
donde se valida la existencia -capaz-
de saber que cada uno es uno más
y al ser uno en unidad es como el oro
que se funde pieza a pieza cual tesoro.

Sublime

La luz es tan veloz, que el hombre-hormiga
viajando a mil por hora, con ritmo de tango
llorón y compadrito, escuchando reggaetón
se confundió, salió de la catacumba, fango,
donde el croar de las ranas suena a canción
sin letra: está todo dicho, aunque no lo diga.

Todo se va llenando de emoticones, me gusta
escuchar canciones que nadie oyó, cuidado
con las caretas ( y las veletas ) que a diario
venden falacias económicas en el mercado.
Hay un cantante que a nuestro abecedario
le agregaría letras: alfa u omega; me asusta.

El chat es popular, pero el arte irá muriendo
se habla por ahí, se dicen cosas, los claveles
y mariposas tienen precio, que nadie regateó
la música no es pulcra, sublime, en los laureles
que otrora conquistó, sueños, el genio despertó
el arpa tocaremos,con precisión, al ir subiendo.

Y en esa melodía, ritmo de rock, escucharemos
en voz de algarabía un ruiseñor, y dormiremos.

Se repite

Se repite el hombre en su camino
repite palabras, se repite su destino
se repite su tormento y su desatino
repite su plegaria, su llanto, su oración
se repiten sus actos, su voz y su pasión
se repite mi poesía, de rimas e ilusión.
¿Por qué más que poesía, una canción?
Por la constante, arpegiada, repetición.

Sin fortuna

Álvaro caminó hasta la parada de colectivos. Allí esperaban, impacientes, próximos pasajeros. Esperó su colectivo, el que lo llevaría de regreso a su departamento. Mientras lo hacía, vio pasar caminando cerca de sí a Galíndez, a quien notó con un gesto de preocupación en el rostro.
– Adiós, Galíndez, le dijo Álvaro alzando su mano.
– Hola Alvarito, ¿cómo anda usted?, preguntó Galíndez deteniendo su marcha, ¿espera el colectivo por aquí?
– Sí, señor, parece que viene con alguna demora. ¿A dónde va usted?
– Estoy yendo a ver a mi anciana madre. Está mal, sabe usted, problemas de salud y propios de la edad. Es mañosa la vieja. Bueno, Alvarito, prosigo, que siga usted bien, dijo Galíndez despidiéndose.
– Adiós, esperemos que mejore su madre, saludó Álvaro.
– Gracias, pero lo dudo. Hasta luego.
Al rato llegó el colectivo. Álvaro se subió y vio que el mismo venía sobrecargado de gente. Buscó un asiento libre, pero no encontró uno, por lo que se acomodó como pudo en el pasillo, apoyándose en una butaca ocupada por una señora mayor. Se oía el resoplar de más de un pasajero, en clara queja por el malestar de un viaje incómodo. Una pareja hablaba entre susurros, como queriendo crear para sí mismos una atmósfera circunscripta sólo a ellos. Otro hombre observaba por la ventanilla las casas y los edificios. Álvaro siguió observando el interior del colectivo y divisó, sentada en el fondo, en un rincón, a Nancy, una novia que había tenido en sus años de juventud. Quiso acercarse, pero fue imposible por estar atestado de gente. La notó aún más bella que cuando salían juntos, que tenía la desgracia de por ser tan linda atraer las miradas, hasta de gente no deseada. Le hizo un gesto con la mano, saludando, pero no fue percibido por ella. Observó sus facciones bien marcadas, seguramente estaría haciendo algún tipo de gimnasia, determinó. Observó sus cabellos bien cuidados, pensando que lo bueno mejoraba con el tiempo. Un tramo del recorrido más adelante, Nancy se bajó del colectivo y Álvaro sintió el deseo de intercambiar unas palabras ahogándose dentro de él mismo. La buscaré y la llamaré, pensó, seguramente se alegrará después del tiempo que habían pasado juntos.
Esa misma tarde, ya en la comodidad de su hogar, Álvaro entró en su cuenta de Facebook y buscó a Nancy. La encontró rápidamente, y leyó, en su último estado público, lo siguiente: “Hoy lo ví. Está pelado, panzón y encima ciego, lo saludé tres veces en el colectivo y ni me vio. O se hizo el distraído, que puede ser porque ya lo era bastante en su momento. Gracias a la vida por haberme llevado por otro camino”. Mierda, pensó Álvaro. Desistió tristemente de su idea de contactarse con Nancy, no sin antes dejarle un mensaje privado: No te creas que sos Michelle Pfeifer, estás bastante venida a menos, últimamente. Además, te saludé y la que no vio fuiste vos, quizá se te atrofiaron los nervios ópticos después de tantos años, le escribió.
Luego de un rato, sonó el teléfono. Era Nancy. Fue breve: “Escuchame bien, trozo de adoquín, el estado que publiqué era para mi padre, a quien no veía hace catorce años y me cayó mal volver a cruzarme con él después de su separación. El cariño que te guardaba acaba de irse por el inodoro. Agradezco por no haberme cruzado con vos, que estás tremendamente idiota. No te vuelvas a dirigir a mi, sin antes hacer treinta y cinco años de terapia, salame napolitano”. Y cortó. Álvaro tiró el celular de la bronca que le dio su propia estupidez, nacida de un malentendido, con tanta mala fortuna que el mismo dio contra la canilla de la cocina y ésta se salió de lugar. El agua salió instantáneamente como un chorro hacia arriba, inundando todo el comedor. Álvaro quiso colocarla nuevamente en su sitio, pero su torpeza se lo impidió, por lo que se le ocurrió taparla con un trapo lo mejor que supo y llamar al plomero. A su teléfono celular le había entrado agua, por lo que había dejado de funcionar. Se fue a buscarlo a su casa. Ya casi de noche, cuando llegó, lo atendió la mujer del mismo:
– Buenas noches, saludó Álvaro, disculpe la hora y la molestia, ¿se encuentra Galíndez? Tengo una urgencia, dijo.
– En estos momentos está velando a su madre, sepa disculpar, dijo la señora de Galíndez.
– Mierda, qué mala suerte, dijo Álvaro teniendo en mente su inconveniente y no el propio de Galíndez suscitado por el deceso de su madre.
– Ya tenía sus buenos años, era cuestión que se la lleve el tiempo.
– Bueno, gracias de todas formas. Adiós, se despidió Álvaro.
– Adiós, saludó la señora, y cerró la puerta.
Álvaro tras perder un colectivo a escasos metros de la parada, se tomó el siguiente de regreso a su casa. Cuando se bajó, miró hacia arriba y en el mismo iba Nancy, otra vez, quien esta vez lo miraba fijamente desde atrás de una ventanilla y, al instante de ser percibida por Álvaro, le levantó el dedo mayor de su mano izquierda y el colectivo prosiguió su rumbo. Álvaro, indignado, pasó por una agencia de lotería y se compró una raspadita, para ver si cambiaba su racha de mala suerte. Pero no, le salieron una campana, un trébol y un arlequín.

Palabra autorizada

Hay gente que necesita siempre una autoridad
que le diga a diario, que le venda, alguna verdad
un periodista, un gobernante aunque mienta
un sicólogo pago, que justifique lo que sienta.
Una ciencia, que le diga lo que ya sabía
un doctor que ratifique lo que conocía.
A menudo se ampara en la voz de un profeta
o en la letra, la palabra autorizada de un poeta,
que se ajuste, que rectifique lo que bien piensa,
o sus actos tengan raíces en lo que dice la prensa
que lo cerciore algún libro en prosa, un cantante
para salir airoso del trance, que le diga un amante
un amigo, un vecino, que lo dicho es certero
que le haga creer, considerar que es valedero.
Necesita una palabra, una voz o un millón o cien
un crítico, que le diga que esta poesía está bien.

Carga virtual

Encendí la computadora y apareció un cartel que decía “Cargando” y mostraba un indicador de progreso que no avanzaba. Amagué a reiniciarla cuando observé otro cartel que decía “¡Espere!”, por lo que decidí hacerle caso a la máquina y aguardar algunos minutos más, puesto que disponía de tiempo adicional para cedérselo a la misma y que ella los utilice para lo que le plazca, si es que algo le placía.
Luego de un tiempo en que no dio indicios de progreso alguno, el indicador avanzó apenas una mísera línea. Ni siquiera indicaba en pantalla el porcentaje de carga que ya había completado, por lo que, si quisiera saberlo, debía hacer el cálculo correspondiente al gráfico que tenía frente a mí. Pero lo rechacé, debido a que no tenía otra opción más que esperar por lo que sería inútil saber los detalles del proceso. Verdaderamente, tenía otra opción, que era reiniciar la máquina, pero la había descartado en el momento en que decidí esperar aquél proceso de carga.
En un momento, me pareció ver otro cartel iluminado sobre la pantalla durante un breve instante para, después, desaparecer rápidamente: “Estúpido”, decía. Dudé. Quizá fuera producto de mi propia ansia de ver completada aquella carga. Miré mi reloj, habían pasado once minutos sin que haya ningún avance. Me agaché hacia donde estaba el gabinete central de la máquina, harto, con la clara intención de reiniciarla, cuando en la pantalla apareció un cartel: “Paciencia, por favor”. Parece que sabe leer mis pensamientos, pensé. “Sí”, indicó un cartel en la pantalla. Esa es una respuesta que, aunque parece contundente, en este caso es muy ambigua. Ahora mismo podría estar pensando cualquier cosa y esta máquina, al tan sólo decir sí, no está indicando nada más allá de eso. “Así es” apareció en pantalla. El indicador mostraba un pequeño avance. Peor es nada, pensé. La máquina no mostró leyenda alguna en pantalla, tan sólo seguía allí ese gráfico. Observé mi reloj nuevamente: ocho minutos más habían transcurrido. De mi frente cayeron un par de gotas de sudor. No hacía calor, pero mi mente bullía. A dónde iremos a parar, pensé, y en pantalla apareció una imagen de un vertedero cloacal, en un instante inferior a un suspiro. Luego, continuó allí el gráfico mostrando que la carga había avanzado una línea más. Eso no pude haberlo imaginado, la imagen apareció delante de mí, aunque no podría probarlo. ¿En verdad esta máquina podía saber qué es lo que estaba pensando delante de ella? “Nuevamente, sí”, fue lo que leí en ese momento en la pantalla. Apareció otro cartel: “Espere. Tranquilo”. La máquina mostraba signos volitivos. Intenté buscar formas de pensamiento que neutralicen la lectura de la máquina, pero fue imposible. Sentía que me rendía ante una inteligencia superior, que, además ahora, tenía acceso a los recovecos más profundos de mi ser.
Volví a mirar mi reloj: diecisiete minutos más habían pasado. “Lo estamos cargando”, decía el cartel en pantalla, que pronto se corrigió a “Estamos cargándolo” y un tiempo después retornó a su estado habitual simple de “Cargando”. ¡¿Cuánto puede tardar una carga?!, pensé enérgicamente, mientras en pantalla aparecía una breve explicación:

El proceso de carga puede demorar algunos minutos
debido a que durante el mismo intervienen diversos factores,
dependiendo del potencial de su equipo.
Por favor, tenga paciencia y sepa disculpar la molestia.

Eso no evacuaba mis dudas con respecto al tiempo que me demandaría, ya que habían pasado demasiados minutos, más de los que podía esperar. Además, no tenía bien en claro qué es lo que estaba cargando la máquina allí y, cuando apareció este pensamiento en mí, simultáneamente, en pantalla apareció otro cartel:

Estamos cargando PAPEL:
Programa de Adaptación de Personal al Entorno Lunático.

De qué diablos me está hablando, pensé, si nunca cargué ese programa en esta máquina, yo sólo quería jugar una partida de tetris, porque estaba triste. En pantalla apareció otro cartel indicando que PAPEL, era un programa secreto de los servicios espaciales de la nación y había sido instalado con mi autorización, contrato que los servicios espaciales tenían firmados por mí.
Intenté recordar cuándo pude haber firmado tal contrato, pero no logré hacerlo. Ya sé, pensé, y luego pensé detenidamente la siguiente oración: quisiera saber cuándo y dónde firmé el contrato en el que autorizaba a instalar el programa. Inmediatamente, en la pantalla apareció un cartel que decía:

Soy un programa, no el genio de la lámpara de Aladino.

Maldición, es demasiado listo. No sabía cómo despojarme del asunto.
El reloj indicaba que habían pasado treinta y dos minutos más, y el indicador de carga mostraba apenas una línea de avance. Tomé una franela y la pasé sobre la pantalla para quitarle el polvillo que en ella había. “Gracias”, decía un cartel sobre la misma. El indicador de progreso se quedó, pareciera, detenido. Al menos no avanzaba en el tiempo que deseaba. Tengo que ir al baño, pensé, mientras en la pantalla un cartel decía “No, todavía” y desaparecía luego para dar paso al habitual “Cargando”. Quizás es uno de esos programas graciosos para asustar niños, creí. Si tan sólo tiro del cable enchufado en el tomacorriente de la pared el asunto estaría liquidado. Otro cartel en pantalla me llenó de pasmo: “Tire del cable y el liquidado será Ud.”. Nada podía hacer. La espera me había paralizado. El indicador no avanzaba. Mi reloj se había detenido. Mis párpados se habían quedado inmóviles. No sabía cuánto tiempo había transcurrido. La oscuridad de la habitación y el silencio que había allí no me permitían determinar si alrededor mío todo continuaba con normalidad.
De pronto, por una claraboya, emergió majestuosa, la luna. No pude girar mi cabeza para verla, puesto que mi cuello estaba tieso, pero al verla de reojo allá en lo alto, cierta paz acudió a mí y respiré profundamente con cierta calma que había perdido desde que esperé esa condenada carga. Volví a mirar la pantalla, pero no había indicios de avance.
De repente, apareció delante de mí un nuevo cartel:

El proceso de carga ha fallado.
Por favor, reinicie la máquina.

Allí fue, entonces, que quedé en la disyuntiva, de si obedecer al programa o no, por temor a que, nuevamente, me vuelva a cargar el desgraciado.

De caras y de caretas

De caras y de caretas se va llenando el valle.
De genios y de idiotas está plagada la calle.
De ideas y opiniones se va formando el lenguaje.
De medias, toallas, calzones se carga el equipaje.

De puntos suspensivos…se va creando el suspenso
De pasión y amor efusivo se va gestando lo intenso.
De rimas y versos sugestivos se fragua la seducción.
De gestos y dulces vocablos se entabla conversación.
De silencio, pausa y teatro se da una buena actuación.
De encanto, calor y roces va creciendo esta relación.

De risas, abrazos y besos se va curtiendo la algarabía.
De haber dicho casi todo se va terminando la poesía.
De muchas acumulaciones el mundo se repartió.
De haberte querido tanto mi corazón se partió.

Los poemas

Hay poemas que conmueven
que sorprenden y promueven
la ternura, encanto y pasión
llenos de delirio y decisión
soberbios, pacatos, precisos
de magnas metáforas, concisos
llenos de simbología e ilusión
que al lector se unen por fusión,
poemas regios y preciosos
simples, libres, luminosos
con ritmo, tono y melodía
llenan el espacio de alegría,
hay poemas dulces, bellos
y éste no es uno de ellos.

Vivir

Es la ideología de añares de “te veo mal, te maltrato”.
Es la insensibilidad, la falacia, la superficialidad.
Es lo que un indio dijo: mentir es violencia.
Es acumular bienes en nombre de los bisnietos y mi noción de yo.
Es rendir cuentas a quien sabe quién.
Es creerse vivo por joder.
Es saberse idiota y perecer.
Es tener para creer ser.
Es pensarse superlativo por coger.
Es comer y no sentir.
Es hablar y no pensar.
Es juntar para asombrar.
Es soñar acaparar.
Es dormir, no despertar.
Es morir.

Ambivalencias

Salvadores y salvados
van por el mismo lado,
poetas y cretinos
tienen mismo destino,
ministros y soretes
se van por el retrete,
santos e hijos de puta
siguen la misma ruta,
cínicos y escultores
todos serán rumores,
asesinos y valientes
volverán a la fuente,
cobardes y fuertes
corren la misma suerte,
maniáticos y doctorados
todos serán olvidados,
profetas y pelotudos
se quedarán sin escudos,
débiles y mendigos
ya no serán testigos,
magnates y gentiles
se volverán sutiles.

Ocaso

El agua no moja
el sol no calienta
las placas de Crónica
nunca fueron rojas
el viento no sopla
el fuego no quema
poesías y coplas
nunca fueron buenas
el azúcar no endulza
ya Charly lo dijo
la luna no asoma
estrellas no brillan
ni puntos ni comas
están puestos bien
la muerte no existe
ni sorgo ni alpiste
degluten las aves
no vuelan las naves
en el firmamento
los niños no dicen
ahí viene un tutú
ni en mi corazón
mi cielo eres tú
pero por tus besos
pierdo la razón.
.

Sobria

La acusan de ser infantil
neurótica, simple, pueril;
dicen cosas de esta poesía
que tiene una triste alegría
no es profunda, no llega
no conmueve y no pega
no seduce y aún no trasluce
que no dice nada se deduce;
a todo ello ha de considerar
que algo de razón debe dar.
Mas no es que sea vanidosa
la poesía es sobria, orgullosa
podrán ver los que la sigan
que no le afecta lo que digan.

La quinta revelación

-Veintidos, a la cabeza. –dijo Arturo al empleado de la agencia.
-¿Nacional o provincia?
-A las dos.
-¿Vespertina o nocturna?
-A las dos.
-¿Cuánto le quiere jugar?
-Dos a cada una.

Arturo pagó y se fue. Al pasar por un quiosco compró un encendedor y un atado de cigarrillos. Abrió con una mano el atado y, luego, con la misma extrajo un cigarrillo que encendió seguidamente. Al exhalar, el humo formó una figura en el aire. Era una cabeza. Se quedó contemplándola y pudo ver que se asemejaba a la figura de un prócer representado en el billete de dos. ¿Era una señal? ¿O sólo se la estaba imaginando? Volvió a exhalar humo y la figura, lejos de disiparse, creció.
-Hola, soy Bartolomé. –dijo una voz frente a él.

En el aire había una densa neblina con una visibilidad de algunos pocos metros. La figura formada por el humo se mantenía visible frente a Arturo. Se quedó observando estupefacto sin reacción ni respuesta.
-Hola. –Insistió la voz- Tengo algo que decirte.
-¿Qué sucede? –preguntó por fin.
-Estuve viendo todo y has sido víctima de una estafa. Esa boleta no es la ganadora.
-¿Y cómo sabes si aún no se ha sorteado?
-Todo ya ha sucedido, sólo que tu concepción del tiempo no te permite conocer los sucesos hasta tanto se revelen.
-¿Vienes del futuro? –preguntó Arturo contrariado.
-Más bien del pasado. O mejor, ni vengo ni voy, sólo las cosas se mueven.

El humo se disipó y Arturo pudo ver frente a él la silueta de un hombre vestido con un sobretodo. Llevaba un sombrero sobre su grisácea testa. Tenía en su mano izquierda una pipa de la cual acababa de inhalar. Arturo dio una pitada al cigarrillo.
-Y bien, qué número se supone que va a salir.
-Ya salió, el cuarenta y ocho.
-Il morto qui parla. –dijo Arturo.
-Así es. Repite en las cuatro jugadas.
-Bueno… lo tendré en cuenta. –dijo Arturo.
-Cuando cobre la apuesta, recuérdeme. Adiós.

El hombre se perdió entre la niebla. Arturo dio la última pitada al cigarrillo y arrojó la colilla al suelo. Dio media vuelta como para volver a ingresar en la agencia de quiniela, pero pensó que todo ello era un disparate. Nadie puede predecir el futuro y mucho menos un número en un sorteo, el cual era puro azar. Se marchó del lugar caminando a paso lento pero firme. En su recorrido, tropezó con una mujer a la cual no había visto. Había comenzado a llover. Caía una garúa finita que mojaba su gabán levemente. Llegó a su casa y echó leña en la salamandra para calentar el ambiente. Luego la encendió e hizo lo propio con la televisión. El sorteo había comenzado y la pizarra mostraba que en la ubicación número tres había salido favorecido el número 1022. Arturo maldijo. Se preparó una taza de café y se sentó cerca de la salamandra. Desde allí observó en la televisión los sorteos de lotería. Sacó de su bolsillo un vuelto que tenía para acomodarlo en su billetera. Uno de los billetes de dos captó su atención. Tenía inscripta una leyenda con birome azul la cual decía:

Si te toca este billete
no compres barrilete
ni lo gastes en cerveza
hay un número escondido
que va a ser favorecido.
Jugá todo a la cabeza.

Arturo buscó algún número en el reverso pero no encontró nada. Miró la numeración del billete y observó que era de la serie B, y el número era 48.484.848. Coincidencias de la casualidad, pensó Arturo. Inmediatamente, salió el primer puesto en el sorteo de la lotería provincial. Era el 4848.
-¡La puta madre! –exclamó Arturo.

No quiso ver más. Apagó el televisor con el control remoto, que luego se le cayó al piso. Al mismo se le había salido la tapa del compartimento donde iban las pilas y éstas habían rodado por el suelo. Buscó un paraguas y se puso nuevamente el gabán. Salió a la calle y comprobó que la lluvia había cesado y hasta se podía ver sol poniéndose detrás de los edificios y algunas nubes. Qué tiempo loco, pensó Arturo. Llegó a la parada de colectivos y esperó junto a un hombre la llegada del mismo. Como no pasaba la línea que esperaba, decidió tomarse el 48 y caminar unas cuadras luego, que también lo dejaba bastante cerca de la casa de su novia. Durante el trayecto, divisó sobre un asiento a un lado al hombre que le había vaticinado los sorteos. Arturo se puso de pie y se sentó a su lado.
-Bartolomé.
-¿Lo conozco? –inquirió el hombre.
-Usted me dijo qué números saldrían sorteados hace unas horas, ¿recuerda?
-Lo siento, mi memoria es muy mala. A esta altura, todo se disipa rápidamente.
-Pero… ¿Cómo sabía usted…?
-Aquí me bajo yo. –Dijo el hombre y se puso de pie- Su novia está en este momento manteniendo relaciones con un joven apuesto. Tal vez lo vea salir de su casa.
-¿Cómo?

Arturo le cedió el paso y el hombre se bajó del colectivo. Arturo se quedó mirándolo por la ventanilla. Pudo ver que el mismo extraía la pipa de su bolsillo y la cargaba con tabaco. El colectivo dobló y Arturo lo perdió de vista. Al llegar a donde debía bajarse, tocó el timbre de la puerta trasera para hacerlo. Caminó presuroso hasta la casa de su novia y cuando estaba a unos ochenta metros vio salir a un muchacho que se despedía de ella con un beso. ¿Se besaron en la boca o fue un beso en la mejilla? La distancia le impidió saber con certeza. Caminó rápido hasta la puerta pero ya la había cerrado. Tocó timbre y esperó. Pronto ella abrió la puerta.
-¡Arturo!
-¿Quién era ese?
-¿De quién me estás hablando? –preguntó ella.
-Dale, Nancy, no te hagás la distraída. Ese que acaba de irse. ¿Quién era?
-No sé de qué me hablás. Estoy sola. ¿Vas a pasar?
-Bueno…

Arturo ingresó a la vivienda. No observó nada fuera de lugar. Miró desde el umbral de la habitación la cama que estaba hecha impecablemente.
-¿Me vas a decir con quién estabas recién?
-No estaba con nadie, Arturo. ¿Te volviste loco?
-Si no estabas con nadie, decime, ese sombrero ahí colgado de quién es.
-Tuyo, salame. Te lo dejaste el domingo.
-Es verdad… Pero, entonces, ¿por qué hay dos tazas de café en la pileta?
-No tenía ganas de lavar. Tomé dos tazas para mantenerme despabilada así podía estudiar.
-Suena creíble… pero, no veo que hayas estado estudiando.
-Ya guardé todo porque me estaba yendo a la peluquería, ¿me querés acompañar?
-No, dejá, prefiero volver mañana. ¿Cuándo rendís?
-El viernes.
-Entonces vuelvo el viernes así podés prepararte para el examen.
-Dale mi amor.

Ella lo abrazó y le dio un cálido beso que Arturo correspondió. Luego se despidieron y él se marchó caminando en dirección opuesta a la que había recorrido para llegar. Su ritmo era lento pero decidido. Estaba a pocas cuadras de la sala de cine a la que solían ir juntos y resolvió que podía distenderse un poco con alguna proyección. Cuando estaba a punto de sacar el boleto, alguien le chistó detrás. Él se dio vuelta y el hombre del sobretodo con la pipa en la mano lo saludó.
-¿Qué quiere ahora? –cuestionó Arturo.
-Le mintió descaradamente.
-¿Cómo dice?
-Lo que oye. Subestimó su inteligencia con mentiras para dispersar niños.
-¿A usted le parece?
-Desde luego. Sólo le quería advertir una cosa: la proyección del film no terminará bien.
-Ha visto la película parece…
-No hablo de eso, sino de lo que sucederá en la sala. Lo preferible sería que no ingresara, aunque podrá evitar el incidente si se retira quince minutos antes de que culmine.

Arturo se dio vuelta y pagó la entrada al cine. Se proyectaba “Sirena de Bergerac”. La película lo mantuvo entretenido un buen rato pero no tenía demasiado vértigo por lo que su desarrollo fue bastante lento hasta promediando la película. Cuando quedaban alrededor de quince minutos para el final de la misma, en la entrada del cine se produjo un incendio que puso a la gente, que había llenado la sala, en un estado de exaltación. El film se interrumpió y las luces se encendieron. Varios –incluido Arturo- corrieron hasta la salida de emergencia, pero la misma estaba sellada. El griterío era unánime. La gente arrojaba sus gaseosas a las telas que rápidamente habían entrado en combustión. Un hombre se acercó corriendo con un matafuegos, pero al accionarlo comprobó que no tenía carga. Algunos tosían por el humo inhalado. Otros corrían de un lado al otro de la sala. Finalmente, llegó una dotación de bomberos que pudo apagar el incendio en pocos minutos. Hubo gente que necesitó atención médica. Arturo cuando pudo salir de la sala se marchó indignado. En la calle todo estaba muy oscuro. La noche caía sobre el asfalto y los faroles no se habían encendido aún. El cielo estaba nublado y caían algunas gotas de lluvia. Arturo abrió el paraguas y encendió un cigarrillo. Caminó unas pocas cuadras y paró un taxi. En el auto se escuchaba la octava sinfonía de Beethoven. Cuando llegó a destino, Arturo pagó y se bajó. Sobre la acera, estaba, pipa en mano, el hombre del sobretodo. Arturo lo reconoció inmediatamente.
-¿Qué hace usted acá? ¿Me está siguiendo?
-¿Cómo podría? –Dijo el hombre- Más bien usted sigue mis pasos.
-Yo vine a ver a mi madre.
-Hace mal. Su madre tiene una enfermedad altamente contagiosa. Además, le va a atiborrar el pensamiento contándole de la muerte de sus amigas de toda la vida.

Golpeó la puerta y, luego de un tiempo, salió su madre con un pañuelo cubriendo las fosas nasales.
-¡Arturo! ¿Qué hacés por acá? Me encontrás hecha pelota.
-¿Qué te pasa mamá?
-Tengo una peste que me tiene a la miseria.

Ambos ingresaron a la vivienda. La madre estornudó. Había olor a enfermería o a medicamentos. Sobre la mesa había un nebulizador. La madre de Arturo le habló durante más de media hora de sus amigas fallecidas, dos en el último año, y todas las demás bastante tiempo atrás, pero que seguía extrañando. Arturo se despidió y cuando le estaba por dar un beso, estornudó. Salió caminando y la noche era aún más oscura que al entrar. Los pocos focos que, dispersos, emitían alguna luz, era tan débil que sólo iluminaban apenas un sector tenuemente. No llovía, pero el frío se hacía sentir. Caminó hasta la parada de colectivos y allí estaba, una vez más, el hombre del sobretodo.
-Se pescó un resfriado. –le dijo.

Arturo sacó un pañuelo descartable y se limpió. El hombre continuaba con la pipa en su mano que acababa de encender. El hombre se quitó el sombrero y lo sacudió. Pasaron varios colectivos pero ninguno subió. Arturo esperaba el veintidós.
-¿Hace mucho que espera?
-Treinta años. –dijo el hombre.
-Me refiero al colectivo. –aclaró Arturo.
-No espero colectivo alguno. Sólo quiero ver cuando se lo lleve la parca.
-¿A mi?
-Si. Es cuestión de minutos.
-¿Y no podría haberme advertido de esto antes?
-Lo siento. Sólo puedo anticipar hechos con cierta antelación. Pero quédese tranquilo, que no va a dolerle nada.
-Bueno, gracias.

Arturo sacó un cigarrillo y lo encendió. Tras toser divisó la figura de un hombre cubierto con una túnica negra portando una afilada hoz caminando en dirección hacia él. Cuando estuvo cerca lo reconoció: era la muerte. Estaba más delgada que de costumbre. Temblando dejó caer el cigarrillo al suelo y el cuerpo se desplomó.
-Vení conmigo Arturo. –dijo la muerte.
-¿A dónde vamos?
-Quiero mostrarte unas cosas…

El cadáver quedó tendido en el piso. Arturo y la muerte caminaron a la par. Ya no pudo ver al hombre del sobretodo que había quedado atrás ni a su cuerpo, en el suelo. El paisaje había cambiado drásticamente de la penumbra de la noche y los edificios a una claridad inusitada en un lugar vacío donde reinaba la calma.
-Las historias a veces revelan algún secreto. –Dijo la muerte- Otras veces apenas si propician esbozar una sonrisa con sus contradicciones. ¿Querés un cigarrillo?

Volverán esas musas fugitivas

Volverán esas musas fugitivas
otra vez con sus cantos a inspirar
y de nuevo con la pluma y con la tinta
escuchando escribirás.

Pero aquellas que lejos de inspirarte
te hacían temblar y tiritar
con sus cantos de guerra y de violencia
esas…¡no volverán!

Volverán cabalgando cual jinetes
las musas en todo su esplendor
llenando tus papales de hermosura
poesía y seducción.

Pero aquellas lúgubres y vanidosas
que te hervían la sangre al delirar
cuyas lágrimas caían noche y día
esas…¡no volverán!

Volverán en amor, prosa y gemidos
sus palabras ardientes a inspirar
tu corazón, tu sexo, tu latido
vibrando escribirá.

Pero si no les das todos tus sentidos
ni te abres con su regia inspiración
por más haikus que escribas… desengáñate
¡una mierda serán!

Cristalino

Nada estaba pensando
Cuando, para mi sorpresa,
Un pensamiento acudió.
Lo acogí con ternura
Le brindé calor, lo arropé,
Y hoy día lo llevo presente
Y le cuento a tol mundo orgulloso:
Mire usted, no deje de mirar,
Vea que bello pensamiento
Qué pulcro, sensual y cristalino.
¿De dónde lo ha sacado? ¿Es suyo?
Me preguntan los vecinos,
Lleve, lleve, les digo bondadoso,
Más se comparte, mayor su crecimiento.
Y la gente va contenta nuevamente
Con un bello pensamiento en el bolsillo.
Ahora surgen, cada tanto, de repente,
Pensamientos simples y maravillosos
Que le alegran la vida a toa la gente.
Los comparten, los reparten, como vos
Que das todo lo mejor de corazón.
Y por eso le pedí un favor a Dios
Que te lleve a tu casita esta canción.

Tándem

No es que la vida se nos vaya
Es que la muerte se nos viene.

No es que no hallemos sentido
Es que sintamos el vivir.

No es que muramos de a poco
Es que despilfarramos tiempo a lo loco.

No es que cosechemos triunfos
Es que compartamos la cosecha.

No es que se gane o se pierda
Es que se acumula y se va a la mierda.

No es que el amor se ha perdido
Es que lo hayas conocido.

No es que la vida es injusta
Es que es variada y asusta.

No es que la vida no diga
Es que sensibles la oiremos.

No es que el mundo será destruido
Es que el bochinche hace ruido.

No es que no sé lo que digo
Es que lo dicho se pegue contigo.

No es que un día no la contemos
Es saber que contás conmigo.

Desilusión

Creía que el mundo le debía
felicidad, verdad y libertad.
Reflejo de sí cual un espejo
hallaba allí falsedad, fallaba.
Desencanto, mentira y canto
voces, ruidos, besos, roces
olvido y recuerdo, descuido
rezo, plegaria, soledad, preso
barrotes de ideas en el marote.

Fragua

Por la esquina, orgullosamente madruga,
Pasa la mentira creyendo ser verdadera.
Estafa, engaña, amilana las almas en pena
Se yergue en su envoltura de caucho
Y a veces viste de seda, o desnuda so pena.
Otrora, mañanas, pasa en cajón de madera.

Nebulosa

Siempre buscando alguna ventaja
sacar tajada, de la madeja existencial
vencer el tiempo, robarle días
al vencimiento, minutos al inveterado
reloj. Jactarse, lograr joderlos
jodidos estáis. Estar a secas
no existe más, todos están para ver
cómo poder pringar. Hablar in english
o en arameo, lo mismo da, sólo es
cuestión de ver cómo poder joder
jodido estáis. La nebulosa y acrítica
situación humana del siglo veinte
y uno más, jodido estáis, lo mismo da
buscar ventajas y beneficios en la
ilusión de la madeja, lograr joderte,
existencial, lo mismo da, no existe más.
Vencer el tiempo, lograr joderlos
al vencimiento, sacar tajada en el siglo
veintiuno, en arameo, poder jactarse
en situaciones de anglosofismo
jodidos estáis, si habla en inglés
cómo pringar tu chula hermana
globalizada, estar a secas, sacar
tajada, lo mismo da. El inveterado
reloj existencial roba minutos
al arameo de nebulosa inhumana
y acrítica situación, todos están
en la madeja, no existe más, siempre
buscando el tiempo, jodido, estoy.

Sueña la humanidad

Sueña el hombre ser grande
tan monstruoso que asusta.
Sueña la dulce niña inocente
tan sólo quiere un megusta.

Sueñan el déspota y el tirano
arrasar con las poblaciones,
sueña el pobre niño jugando
alegría pintada en emoticones.

Sueñan el vil y el rastrero
cómo joder al hermano,
sueña en el vientre materno
criatura con ser humano.

Sueña el avaro, el mezquino
cuánto acaparar más poder
sueña triste el inquilino
poder pagar un alquiler.

Sueña el pueblo y la esperanza
que brille (al fin) el amor y la paz,
sueña la humanidad en su danza
que el sueño sea verdad… capaz.

Un vago recuerdo

“Veáis lo que veáis, es ficción; y si una voz os perjura lo contrario, no creáis”. Grafiti en Conde de Godó.

El médico le había encomendado caminar, pero ella rehusó hacerlo. Y no sólo eso, sino que se negó tajantemente a comer mezcla de vegetales que se da por llamar ensalada. El colesterol le había dado por las nubes, pero Mirna creía que había que vivir a pleno y esa plenitud se la daban los placeres sensoriales, ni más ni menos. Se preparó un par de bifes a la plancha con dos huevos fritos, acompañando el almuerzo con un cavernet sauvignon, cosecha 2001. Cuando terminó de comer, se desprendió el cinto y se reclinó sobre el respaldo de la silla. Evaluó durante esos instantes su proceder posterior a la comilona y resolvió dejar todo como estaba y dormitar un rato sobre el sommier. Ni bien se acomodó sobre la cama, se planchó, durmiéndose profundamente, lo que le posibilitó olvidar sus males y experimentar así la relajación en un estado de serenidad gracias al olvido. No obstante, al despertar, lo primero que le recordó la memoria que la subyugaba fue la condición de salud que la apremiaba. Mirna quiso ignorarla, pero aquella se reveló y le repitió, palabra por palabra, el diagnóstico del médico. Para no ser menos, Mirna le mencionó unas palabras que había leído en una revista de salud: el colesterol es necesario para que el cuerpo funcione normalmente. Su memoria no se quedó atrás y le retrucó: pero su exceso puede tapar arterias y provocar enfermedades cardíacas. Mirna, ni lerda ni perezosa, le dijo que para contrarrestar el problema acudía a la bienaventuranza de la ingesta de vino. Así estuvieron enfrentadas durante buena parte de la tarde, Mirna y su memoria, pero llegaron a un feliz acuerdo; Mirna recorrería las calles y bulevares de la ciudad para aminorar el impacto y la memoria se dejaría de hinchar las pelotas. Se vistió de jogging y caminaron juntas hasta “paso del buey” según recordaría con el tiempo, pero cuando atravesaban el mismo un automóvil interrumpió su trayectoria impidiéndole llegar al otro lado. Tendida sobre el pavimento, Mirna oía voces y, al rato, la sirena de una ambulancia en la cual fue trasladada al hospital seguidamente. Cuando estaba sobre la camilla, una enfermera le preguntó qué había pasado, entre otros datos que certificaran que aún estaba consciente. Mirna buscó apoyo, pero sólo lograba oír aquellas palabras del doctor Leguizamón que le insistían con salir a caminar. Miró a la enfermera y le preguntó: ¿Conocés algo más hijoeputa que la memoria?

Domingo sin verano

Desperté temprano, un domingo sin verano
salí de la cuna, y alcancé a ver que la luna
fumaba contenta, se movía en cámara lenta
el sol se asomaba, la calzada iluminaba.
Había unos gorriones, cotorritas y buchones
y cantaban lindo, los jilgueros variopintos,
los perros hambrientos me sacaban del asiento
autos y camiones, hampas, maulas y bribones
hacían de las suyas, y vos también de las tuyas.
Respiré dichoso, este nuevo día hermoso
me tomé unos mates, y escribí este disparate.