Del canto al espanto

Aldo
Era un canto
a la alegría.

Pero
poco
a poco
igual que un tero
se repetía
tanto
que la armonía
parecía un llanto,
y no embargaba de algarabía
con su quebranto
y su melodía
arremetía
como un espanto
que se expedía
y los cubría
igual que un manto
de cortesía
pero fulero
y sonido fiero
a sus oyentes
que hizo que un toco
de gente
en el ambiente
pensaran Aldo
se volvió loco.

Y en el remate
de su aventura
se sumergió
dentro de un caldo
y pereció
ahogado en sopa.

Uno afirmó
que en su locura
Aldo creyó
que aquella olla
sólo era un mate
y se lanzó
para el rescate
de un pedicura
en su disparate.

Se lo despidió
y más de un santo
alzó su copa
llena de sopa
que se sirvió
de aquella olla
bebiendo caldo
y se brindó
por aquél canto
del pobre Aldo.

Ya no hubo llanto
nadie lloró
no había cebolla.

Y cada uno
ya percibía
un nuevo canto
a la alegría
en sus corazones,
pero ninguno
reconocía
muy claramente
de dónde provenía
la melodía
y nuevamente
volvió el espanto.

Y no hubo razones.

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