Advertencias a quien ansía anclar en el presente

INTRODUCCIÓN

Desperté sobresaltado por un estruendo afuera que resultó ser un automóvil que se había estampado contra otro estacionado. Me di un baño de lógica y me coloqué las novedades en sendos pies. Luego , me puse los argumentos, rocié mis axilas con agradable y me coloqué la indiferencia. Dejé caer buena cantidad de talco en los soportes que esparcí con ahínco en su interior y, tras vestirme los razonables, me los calcé. Abotoné la distancia y anudé la impresión. Utilicé el estridente para acomodar la cabellera bajo la nostalgia. Me coloqué el queso y guardé en un capricho interno las convenciones. Me subí al tobogán y descendí en el rugir de los motores. Subí varios pensamientos, atravesé el largo panecillo y entré al subi-baja. El cortometraje fue más lúgubre que lo esmerado. Entré al escritorio, y desde un cajón apareció ana con una taza de espumoso tabaco. Lo probé ante su atenta observancia, pero antes de agregarle Zacarías, le dije que sabía maratónico. Ella me notó rancio y me interrogó si me sentaba bien, pero logré disuadirla con la moraleja de esta mañana del Cocho López, aunque en mi fuero íntimo abrazaba la incredulidad acerca de su ceso.

NUDO

Zacarías observa con sigilo el paso de los peatones y atraviesa los intersticios entre ellos con la elegancia de un ratón para no perderse en la muchedumbre, aunque a veces se confunde con ellos y cree que los que cruzan al otro lado son efectivamente él y quien espera que el semáforo le de el paso son otros. Pero eso es una sensación pasajera que se desvanece cuando algo le llama atención, posiblemente un letrero luminoso o una bocina bullanguera. En esos casos, tras el desvío, continúa su periplo. Si suena el teléfono primero observa de quién se trata y luego atiende. La conversación lo entretiene y olvida el camino que lo lleva a la rutina. El camino se le hace demasiado largo entonces es ahora él quien decide recurrir al teléfono, que sólo corta la comunicación cuando su contemplación paisajística se ve eclipsada por una belleza femenina singular, a quien se atreve a darle caza y, para su asombro, resulta cazado. No hay solución de continuidad entre aquella situación y las siguientes, ni entre las anteriores y aquella. Sigue, pero nadie debe entender que esté siguiendo algo, ni siquiera persiguiendo, aunque por momentos parezca hacerlo; así más no sea a sí mismo. Más bien se dirá que la oficina, por ejemplo, se está acercando a Zacarías. Camina la oficina hacia la inmutabilidad de Zacarías y lo envuelve, sólo en lo que atañe a su aspecto físico, rodeándolo de artículos propios, mobiliario, ventanas, pasillos, compañeros y jefes. Lo que no llega es la rutina, que se ha quedado rezagada. Entonces, es allí cuando Zacarías nota algo “raro”. ¿Qué es lo raro?, se preguntará. Las caras son similares, el entorno se asemeja al habitual, ¿entonces? El espectáculo de la vigilia es a todo momento fresco y responde a una vitalidad intrínseca a su naturaleza de la cual es parte, así esté en la decrepitud de la ancianidad y no tenga fuerza para mover un florero. Zacarías, estupefacto, decora la oficina con su semblante e intenta cubrir el silencio con una racha verbal de adjetivos insustanciales.

DESENLACE

Usted observa un cartel que dice “Callejón sin salida”. Con astucia, lo considera una estafa pues la misma entrada puede oficiar de salida. Entra a pesar de las advertencias. ¿Y qué se encuentra? Nada, bah, cosas, sí, a montones. Y gente y roedores y vegetales. Ríos, más cosas y en fin. Cuando quiere volver, usted que se creyó tan listo al desoír las advertencias, se da cuenta que no es que no haya dónde volver, sino es que no hay cuándo. Puede protestar, claro, rezongar todo lo que quiera, pero ¿quién puede comprender su desazón al embarcarse en ese bote? También puede correr como un loco de aquí allá, pero volver, lo que se dice volver, bueno, puede prender el televisor.

El crack

Pinceladas sobre “Pasta de campeón ( la verdadera historia)”, un relato de Martín Díaz.

En verano, el sol parte la tierra en dos. Sobre la parte en la que pisan los gentíos, queda una pendiente que hace que los autos desciendan a los balnearios y sus ocupantes caigan con ánimo festivo sobre las aguas que otra vez los devuelven a la orilla, pero éstos en una insistencia pueril intentan doblegar la fuerza de la inmensidad que los refresca y le hace olvidar todo lo demás, y la escena se repite hasta el cansancio de aquellos o hasta que son tragados por la otra. De un modo u otro, indefectiblemente vence el mar. Del otro lado de la tierra, los días en el barrio son largos, y el fútbol se juega de la mañana a la noche. Dependiendo la cantidad de los partícipes, si son dos, el juego es un arco a arco. Si de repente aparecen un par más, se juega un veinticinco o se corta la calle con dos ladrillos en una punta y dos camisetas en la otra armándose un picado. En éstos casos la jugada se invalida cada tanto al grito de ¡Bici! o cuando algún conductor en su auto considera que su lugar en el mundo fue un error del destino y se dispone a cruzar el abismo que lo acerque al océano y lo aleje del estupor. Pero a las tres de la tarde, siempre ( pero siempre ) estaba ahí en el parque. Un muchacho alto, con no muy buena forma física, de zapatillas negras, las medias blancas hasta las rodillas, un pantalón largo cortado sobre las rodillas, de chomba de vestir un poco gastada por los años y un gorro de lana bicolor que le tapaba los rulos. Cada tanto pasaba algún transeúnte que no sabía de qué lado de la tierra le tocaba vivir, y al atravesar la cancha su desconcierto crecía, pues la misma cruzaba todos los juegos –como hamacas, toboganes, calesitas e incluso algún monumento- que eran un obstáculo más dentro del mismo partido. Los arcos, desde ya, no tenían travesaño, lo que disparaba peleas interminables para determinar los goles; a veces algunos se iban a las manos, pero enseguida la redonda volvía a rodar y todo se olvidaba rápidamente. Como árbitro no había, cada quien cobraba lo que cobraba y todos estaban de acuerdo con esta reglamentación natural del juego, la cual le daba más respetabilidad y dinamismo a cada encuentro. Éste muchacho era descendiente de tano y, como tal, un tanto fanfarrón, pero de corazón criollo, que cualquiera con un poco de sensibilidad la vislumbraba en el brillo de sus ojos claros o en la rispidez de su sonrisa. A veces, cansado, se sentaba a mirar el partido que raramente se detenía y lo veías tomando un poco de agua desde atrás del arquero. La diferencia entre los pibes de los clubes y acá en el parque es el estado físico. Pero acá, vienen de todas partes y se comen goleadas y apenas si la ven pasar. El otro día vinieron tres de Carasucias y no la vieron ni cuadrada. ¿Sabés qué pasa? El fútbol  es un juego de vivos, acá no hay categorías, puede jugar tanto un nene como un veterano, y el instinto con la pelota se desarrolla como un embrión sin que nadie le enseñe cómo tiene que crecer y los que juegan acá escuchan hablar de escuelas futbolísticas y si no les dan el cargo de director o alguno superior no quieren saber nada. Acá el partido termina cuando ya no queda luz, si es que no se cansaron todos antes y ya no quieren jugar. Y si bien, el encuentro de cada día hace olvidar el resultado del día anterior, ganar lo es todo. El gordo, que en el parque juega de local, tira paredes con el tobogán, usa los árboles como cortina y busca la devolución con un mástil, es crack. Pisa la pelota y mete un caño de taco para pasarlo por arriba cuando el defensor queda desparramado por el piso y define con un toque suave que ni el mejor arquero adivina. Cada tanto pasa entre dos al feroz grito de ¡Ole! y esos se quedan masticando bronca mirando cómo se la cucharea al arquero. O amaga para un lado y sale para el otro, y el defensor parece un molinete de metegol que no sabe dónde está la pelota. Si nadie sabe lo que es la felicidad lo puede ver jugar al gordo y dar cuenta de que no sólo existe, sino que es posible encontrarla en vida. Algunos dicen que si no estuviera gordo jugaría en otro lado. Pero si está gordo es porque respira fútbol al levantarse, come fútbol todos los días, e incluso se le va la mano con el postre, que también es fútbol. Cuando el partido termina él no se entera de los elogios que le propinan los demás porque al caer el sol empiezan a fabricar y hay que aprovechar la temporada estival. ¿Sabés cuántos jugadores salieron del parque que después llegaron a jugar en primera? ¡Un montón! Y ni te imaginás las de veces que me quisieron llevar a mí. Pero no. Los clubes son una mentira. ¡Se la pasan corriendo! pensando horas qué van a hacer cuando llegue el partido y si le tirás una pelota no saben ni para qué sirve. ¡No se divierten nunca! Para colmo, si no tenés algún arreglo, con suerte, comés banco todos los sábados y a la redonda recién la mirás por la tele, con nostalgia. Lo mío es acá. Todos saben que tengo pasta de campeón, a mí nadie me la va a contar. El fútbol es esto papá, es picardía, viveza, no es para cualquiera, y si querés jugar vení al parque a las tres que ahí siempre te voy a esperar.

La quema

En la escalinata de la iglesia, sobre cartones, está recostado un croto. Duerme profundamente a pesar del frío, asistido por un poco de vino tinto tibio que lo ví beber poco antes de entrar en reposo. Dos señoras que pasan frente a sus barbas, largas y sucias, se apiadan y, haciendo su obra caritativa del día, le dejan una limosna que le servirá para comprar otro vino. Pero el croto no se entera y sueña que dirige una fábrica de pastas que no sólo lo alimenta sino que le da un buen pasar económico, alejado de las heridas que no cicatrizan rápido en la calle. Observo detrás de una cortina de humo espeso y negro que salen de unos neumáticos encendidos en la bocacalle. Una mujer ataviada con un pañuelo rojo y amarillo en la cabeza reparte tortafritas a quienes rodean la fogata. El ánimo es festivo y no parecen ocultar su contento; algún improvisado puede pensar que se está protestando por algo, equivocadamente. Hay gente que sale intempestivamente, eufórica, pero para expresar, compartir, su sentir que la colma de felicidad. Y en el elixir de la alegría, corta calles, rompe vidrieras, prende fuego algunos autos, asaltan a un guacho entre varios. El marco materialista en que la sociedad cimentó su personalidad ha sido testigo cómo se esfumaban sus límites, dejando en desamparo su racionalidad y ahora, algunos, han contemplado cómo el sistema jerárquico social carecía de todo fundamento como para intentar subir por las escaleras hacia un destino de gloria por lo que lo han abandonado, quedando a merced de virulentas pero fecundas manifestaciones. El resto, pantalla mediante, los contempla como inadaptados, vagos o, simplemente, delincuentes. Pero ellos ni se inmutan y siguen quemando neumáticos en frente mío. Colaboro y tiro un trozo de madera que arranqué del cartel de una verdulería y lo pongo sobre las llamas. Desde un auto le ruegan que lo dejen pasar, pues perderá el día de trabajo, pero no le prestan atención, entre mates, bizcochos y risas estrepitosas. La policía marcha formando un cordón que libera un carril de la avenida, el que va mano al sur. No hay confrontación entre efectivos policiales y el otro bando. Entonces, los vehículos que esperaban para pasar ahora lo hacen con cierto alivio para sus conductores, quienes recorren el camino de salida de a uno por vez y a paso de hombre. En el cine de la otra vereda se acoplan al festejo, pues se ve que sale humo también de allí. Me acerco y veo que se prendió fuego el pochoclo, pero allí tampoco nadie se queja. Se ve que la película es buena. Con escepticismo, pago para ver. Entro y me acomodo en una butaca en el fondo. El cine está casi desértico, sólo con la excepción de una pareja que se muestra deseosa de afecto mutuo y carente de crítica escénica. El acomodador pasa caminando con una linterna en una mano acompañando a otra pareja. En la sala hace mucho calor y, con criterio, me saco la campera que dejo sobre la butaca que está a mi derecha. La película se demora en trailers de otros films y me recuesto sobre la butaca, con desazón. Observo un ciervo olfateando unas flores que rodean un frondoso y elevado árbol. Cuando levanto la vista, leo los créditos de la película y veo las luces prendidas de la sala que me invitan a retirarme. Me quedé dormido y no recuerdo el contenido del sueño, pero no me desanimo. Me abrigo bien y salgo nuevamente a la calle. Afuera hay gente que viene y que va, autos, camiones y colectivos que circulan en ambos sentidos sobre la avenida. No hay humo negro ni policías intentado apagar algún fuego. Enciendo un cigarrillo rubio y me pongo la bufanda alrededor del cuello. De la iglesia salen los feligreses de los cuales, los más ortodoxos se horrorizan al ver que suben una bolsa plástica negra a una ambulancia. Otros, más acérrimos defensores de las bonanzas del espectáculo, corren apresurados a buscar un cono de pochoclos. El verdulero de la esquina dialoga enérgicamente con el único policía que quedó en la zona. Un linyera se le acerca y me señala. Soplo una bocanada de aire que liberan toxinas y respiro tranquilo. Por suerte, aquí nadie le presta atención a las palabras de un hombre mal entrazado.

La caja chica

En la caja encuentra un recuerdo. Pero no es un objeto que le trae recuerdos, sino que es simplemente un recuerdo. Puede que salpicado con alguna emoción, algún sentir. También encuentra una emoción cubierta de polvo y varios sentires tapados de arena. Por ahí encuentra varios pensamientos sueltos al lado de algunas imágenes que proyectan lo que se vivió, un tanto modificadas en el tiempo subsiguiente. ¿Qué más hay en la caja chica? Palabras que se dijeron o se callaron, algunas que se escucharon y varias poses tomadas que han cambiado o quedado en desuso por el desgaste. Y muchas cosas que no sabe lo que son pero sólo ve que se repiten. Una vez, otra vez y otra vez más. Hay escenas de películas mezcladas con canciones de otras y algún diálogo que reflejó algo que había, quizá, pensado, pero no le dedicó ninguna reflexión. La caja, si bien pequeña, parece no tener fin a pesar de los bordes de cartón que la delimitan con algunos agujeros en las paredes que amenazan con un desborde inminente. Hay varios mecanismos y hay sensaciones diversas, algunas que se han manifestado en situaciones esporádicas o únicas. Algún conocimiento que le ha permitido ganarse el sustento y otro que no le ha servido de mucho. Nombres. Cientos. Y claro, en la caja está Quién, desde ya, queriendo observar lo demás desde allí. ¿Pero hay algo además de cartón? En un momento en que miraba un espejo, vio detrás uno de los huecos sobre el cartón y giró para observar a su través. Pudo ver decenas de cajas, algunas nuevas otras desgastadas otras muertas, pero no su contenido si había algo más que cartón, aunque tenía comunicación con ellas y le daban cuenta de ello, quienes habían tomado forma semejante a él. Claro, Quién no era de cartón y nunca se le ocurriría pensar que fuera una caja. Además, la caja la podía ver, escuchar, percibir, pero no la podía tocar, y los huesos le dolían. Se quedó pensando en cuánto tiempo hacía que vivía en esa caja, pero los calendarios y relojes de los que disponía eran parte integral de la caja, por lo que probablemente se habrían creado con ella. Además, acostumbrado a que los demás también le comunicaban cuestiones inherentes a sus cajas en común con la propia consideró que sólo se podía vivir entre cartón. Sin embargo, algo le decía que había algo más allá de la caja. Comenzó a observar a través de los dispersos agujeros y pudo ver con sigilo, un ave en pleno vuelo. Había visto varias en la caja, pero no le daba ninguna atención, y la que observaba ahora no era diferente de aquellas, hasta que la perdió de vista en su intento de seguirla con la mirada. Escuchaba una voz lejana, tenue, pero no podía determinar de dónde provenía.

Las estatuas tienen movimiento
sobre el césped o el cemento
y ahora varias son parlantes
al igual que lo fueron antes.

Ahora le parecía que aquella voz no estaba en un lugar distante sino dentro la misma caja, por lo que la buscó entre su mujer, sus hijos, sus operarios de la fábrica y los pasajeros que esperaban el colectivo. Pero no la halló, aunque encontró un número telefónico con un signo de interrogación que había anotado, sin tener ahora registro de ello, que marcó en un acto instintivo. Escuchó una grabación que le solicitaba dejar un mensaje: Necesito comunicarme con vos, llamame, dijo Quién luego del pitido que le daba la señal de que el mensaje se estaba grabando. Después reposó su atención en la camioneta, que consideró necesitaba un lavado urgente. Cuando la puso en marcha y salió en primera, comprendió que la caja lo acompañaría y temió que se pudieran mojar algunos de sus tesoros. Pero eso no sucedería, pues al dejar la camioneta la caja se iría con él a tomar un café y no sería tocada por las aguas. Cuando la camarera se acercó con el café y, al inclinarse para dejarlo sobre la mesa, Quién pudo ver sin disimulo en el sugerente escote de la muchacha la prominencia de sus magníficos senos. La muchacha notó su mirada fija y dejó ver lo que ocultaba la blusa con una sonrisa, tras lo cual la observó marcharse con la bandeja vacía atravesando uno de los huecos sobre el cartón. Sacó varias ideas de su bolsillo y las dejó sobre la mesa. Tomó el diario que daba cuenta de la situación:

LA CIUDAD ESTÁ TAPADA DE CARTÓN

No leyó la nota, pues mientras observaba la fotografía de una montaña de cartones que la ilustraba, un hombre se sentó en una silla frente a él y se lo quitó, lo dobló por la mitad y se lo colocó bajo el brazo.
-Esto no es novedad. –le dijo al tiempo que le hacía señas a la camarera- Todo lo aprovechan para sostener al lego dominante de la ciudad que cree poder empaquetarlo, como otras creían que lo podían aniquilar.
-¿Quién es usted?
-Herbert Adison, secuaz de Inmanente. Un servidor.

Luego pidió un café y Quién se lo quedó observando, reparando en los detalles, como sus cortos bigotes, su escaso cabello rubio, sus ojos verdes y un lunar sobre el mentón. Su aspecto severo, sus manos pulcras y su traje azul opaco. Herbert Adison no llevaba corbata pero tenía todos los botones abrochados de la camisa blanca. Dejó el diario sobre la mesa cuando le trajeron la taza de café donde disolvió el contenido de un sobrecito.
-Escuchamos su mensaje. –dijo Herbert Adison revolviendo con la cuchara- Lo esperábamos desde mucho antes.

Tras el ventanal, el cartón daba paso a los diferentes vehículos que circulaban por la avenida. La gente, ataviada con cartones, discurría hacia un lado y hacia el otro. Lo acartonados semáforos emitían las señales que permitían o negaban el paso a los peatones con luces multicolor y sobre los edificios había colocadas numerosas pantallas que iluminaban los rostros de quienes se detenían a mirar. Quién bebió un sorbo. Herbert Adison le habló de cosas que Quién comprendería sabe cuándo. Luego sacó un pequeño reloj de bolsillo del interior de su traje y se lo dio a Quién.
-Este marca el tiempo natural.

Quién se lo quedó observando. Era una pieza de oro de extrema belleza. No tenía agujas, ni números. Sólo un pequeño rubí en el centro que se hundía o emergía hasta el cristal, rítmicamente. Luego lo guardó en la caja y al alzar la vista Herbert Adison ya no estaba. Había dejado dinero suficiente para pagar la cuenta de ambos y la propina. Quién terminó el café y regresó a buscar la camioneta al lavadero. Cuando subió al vehículo sintió el aroma fresco del perfume. Encendió la radio y escuchó durante el viaje una armónica melodía que se interrumpía cada tanto con las bocinas que resquebrajaban el cartón. Al entrar en la casa, su hija corrió a abrazarlo pero Quién sólo sentía las manitos sobre sus hombros a través de los agujeros de cartón que la separaban. Su mujer lo saludó con un beso fugaz, le dijo que tenía la comida a punto y luego los cuatro, con la llegada del pequeño muchacho de la casa tras regresar del colegio, se sentaron a almorzar.

Los niños hacían comentarios que combatían vívidamente el sonido moribundo de las animaciones en pantalla. Quién comía lentamente y en silencio, sin contestar cuando su mujer le preguntaba reiteradamente qué le pasaba. Demás está decir lo que comieron.
-Hay que sacar el cartón. –dijo ella luego.

Cuando terminaron de comer, los niños arremetieron en el baño conversando alegremente, mientras la mujer recogía los platos cantando un himno antiguo. Quién aprovechó para ir sacando el cartón, con pulso firme y cadencia, resuelto y sin dar un paso en falso, en miles de viajes que hizo desde el interior de la caja hacia la vereda circundante, mientras la lluvia, el viento y la corriente lo iban reciclando.

Tereré

Se entreabre la puerta y se ven cuatro tomos de una enciclopedia que hacen las veces de la pata de una cama en la habitación. Uno de ellos habla de planetas, estrellas y otros astros. Recuerda Cristófaro, recostado sobre la cama, que se los obsequió el tío de bigotes largos, parado frente a él asomando por la puerta con un mate, cuando recién le tomaba el gustito a la lectura, pero lo que más le gustaba eran las imágenes que en él se mostraban. Los demás no captaban demasiado su atención, pero el tercero particularmente lo llevó a pensar un día que al crecer se dedicaría a la astronáutica. Poco después, lo más alto que voló fue cuando tras pedir dinero a ese mismo tío recorrió ocho metros por el aire luego de un fenomenal boleo en el culo, aterrizando de rodillas sobre la arena. Al lado izquierdo de la cama, hay una lámpara sobre una improvisada aunque bien constituida mesita de luz, sobre una puerta que da al sótano, formada por cuarenta y dos videocassettes en su mayoría de grabaciones familiares o apariciones en televisión de alguno de sus integrantes. En uno de ellos, decorado con estrellas y globos multicolores en su tapa, aparece él en una ronda de tererés con amigos en la costa marplatense y en cuya grabación se le vuelca el mate sobre la arena por lo que el resto se le tira encima propinándole una clásica malteada. Aún podían verse tres lunares alineados en su bíceps derecho mientras bebía, luego tapados por un tatuaje de una lengua. Bajo la lámpara, hay una taza sin asa repleta de colillas de cigarrillos entra las cuales hay una humeante. En la pared que da sobre la cabecera de la cama cuelga una remera roja deshilachada con un rostro conocido que luego ocuparía un lugar en los alambrados de las canchas. Pegado a ella, un par de guantes llenos de tierra que un día le atajaron un penal a un diez ( o al menos es lo que solía decir Cristófaro a sus amistades ). En un rincón, arriba, hay telarañas donde yacen siete cadáveres de moscas. Debajo, un wincofon que aún funciona y por las mañanas frías deja oír un tema poco difundido de Kiss; a su lado, una pelota embarrada. Sobre los parlantes, un retrato hecho a lápiz de Cristófaro tocando la guitarra. En el lado opuesto, una foto en la que se lo observa con un micrófono en la mano presumiblemente cantando. Detrás de la puerta hay pegado con tiras de celoplin ( precursor del cintex ) un póster de Ratones Paranoicos. Más abajo en un papel amarillento una poesía de Bécquer. Al lado de la puerta un televisor cubierto de polvo y, sobre el mismo, una videograbadora. Debajo, sobre una guía telefónica, un teléfono negro a disco. En el centro, bajo el cielo raso, cuelga una araña de bronce con tres portalámparas vacíos, de los cuales penden de un hilo fotos de varias actrices hollywoodenses. Como una vibración, la puerta emite un leve chillido y se abre completamente. El calor sofoca la húmeda habitación. El teléfono suena. La pantalla del televisor absorbe las fotografías que colgaban de la araña de bronce. Un diez toma la pelota y la limpia con una remera roja deshilachada. Cristófaro, después de bostezar, recoge el mate de la arena. El wincofón emite un rugido rotundo y devora la guitarra, el micrófono, el disco y el póster. Siete moscas revolotean por el aire y una araña en un rincón comienza a tejer. Cristófaro arruga una poesía impresa en un papel blanco y se la tira al wincofón que también la devora así como también la imagen de la lengua que deja a la vista en su lugar tres lunares alineados. En la pared se abre un boquete que traga los guantes y en la araña de bronce ahora un foco ilumina la habitación. Cristófaro introduce uno a uno los cuarenta y dos videocassettes en la videograbadora que cuadruplica su volumen. Abre la puerta que da al sótano y por allí caen el televisor, la videograbadora, la lámpara, la taza, la guía telefónica, el wincofón y la cama. Cristófaro ahora arrodillado en la arena salta hacia atrás y, observando los largos bigotes de su tío frente a él, le da los cuatro tomos de la enciclopedia, quien se retira y cierra la puerta con vehemencia. Cuando Cristófaro atiende el teléfono la explosión del foco no le permite escuchar la voz que se presenta en otra punta de la línea, que repite incansablemente como el gorjeo de un gorrión: Hola.
¡Hola!

Nueve de área

El número es sólo un dibujo
lo importante es la función
nunca necesito de brujos
en el área soy sensación.

Cabeceo con los ojos abiertos
de frente o los dos parietales
de pique o al palo descubierto
si van al ángulo son letales.

Tengo olfato de goleador
no en vano soy delantero
gambeteo a cualquier defensor
en carrera esquivo al arquero.

Le doy de diestra o de zurda
la toco suave al lado del palo
o a rastrón ante la estirada,
si el arquero tiene un día malo,
se durmió o está medio en curda
se la tiro de emboquillada.

Los tiros libres son todos goles
al primer palo más que seguro
la barrera es sólo una sombra
en los flashes a la redonda
a los fotógrafos les doy laburo
y los camarógrafos aman sus roles.

Si por arriba me la tiran
la bajo de pecho y defino
con mis remates los fulmino
y los hinchas conmigo deliran.

Tiro caños, corro y la piso
y no paro aunque tenga sed,
algunos me dicen morfón
porque pocas veces la paso
y si la doy, tiro una pared
buscando la devolución.

Lo difícil lo hago sencillo
meto el taco, dalo por hecho
si viene de aire, como soy pillo
entonces la empujo de pecho.

Si en el área tengo el balón
el griterío se hace silencio
llego hasta la línea de meta
( esto es otro golazo, sentencio )
la empujo de palomita
y la gente llora de emoción.

En los penales rindo la tesis
y al arquero lo dejo manco.
Pero todo esto es hipótesis
porque siempre como banco.