Tereré

Se entreabre la puerta y se ven cuatro tomos de una enciclopedia que hacen las veces de la pata de una cama en la habitación. Uno de ellos habla de planetas, estrellas y otros astros. Recuerda Cristófaro, recostado sobre la cama, que se los obsequió el tío de bigotes largos, parado frente a él asomando por la puerta con un mate, cuando recién le tomaba el gustito a la lectura, pero lo que más le gustaba eran las imágenes que en él se mostraban. Los demás no captaban demasiado su atención, pero el tercero particularmente lo llevó a pensar un día que al crecer se dedicaría a la astronáutica. Poco después, lo más alto que voló fue cuando tras pedir dinero a ese mismo tío recorrió ocho metros por el aire luego de un fenomenal boleo en el culo, aterrizando de rodillas sobre la arena. Al lado izquierdo de la cama, hay una lámpara sobre una improvisada aunque bien constituida mesita de luz, sobre una puerta que da al sótano, formada por cuarenta y dos videocassettes en su mayoría de grabaciones familiares o apariciones en televisión de alguno de sus integrantes. En uno de ellos, decorado con estrellas y globos multicolores en su tapa, aparece él en una ronda de tererés con amigos en la costa marplatense y en cuya grabación se le vuelca el mate sobre la arena por lo que el resto se le tira encima propinándole una clásica malteada. Aún podían verse tres lunares alineados en su bíceps derecho mientras bebía, luego tapados por un tatuaje de una lengua. Bajo la lámpara, hay una taza sin asa repleta de colillas de cigarrillos entra las cuales hay una humeante. En la pared que da sobre la cabecera de la cama cuelga una remera roja deshilachada con un rostro conocido que luego ocuparía un lugar en los alambrados de las canchas. Pegado a ella, un par de guantes llenos de tierra que un día le atajaron un penal a un diez ( o al menos es lo que solía decir Cristófaro a sus amistades ). En un rincón, arriba, hay telarañas donde yacen siete cadáveres de moscas. Debajo, un wincofon que aún funciona y por las mañanas frías deja oír un tema poco difundido de Kiss; a su lado, una pelota embarrada. Sobre los parlantes, un retrato hecho a lápiz de Cristófaro tocando la guitarra. En el lado opuesto, una foto en la que se lo observa con un micrófono en la mano presumiblemente cantando. Detrás de la puerta hay pegado con tiras de celoplin ( precursor del cintex ) un póster de Ratones Paranoicos. Más abajo en un papel amarillento una poesía de Bécquer. Al lado de la puerta un televisor cubierto de polvo y, sobre el mismo, una videograbadora. Debajo, sobre una guía telefónica, un teléfono negro a disco. En el centro, bajo el cielo raso, cuelga una araña de bronce con tres portalámparas vacíos, de los cuales penden de un hilo fotos de varias actrices hollywoodenses. Como una vibración, la puerta emite un leve chillido y se abre completamente. El calor sofoca la húmeda habitación. El teléfono suena. La pantalla del televisor absorbe las fotografías que colgaban de la araña de bronce. Un diez toma la pelota y la limpia con una remera roja deshilachada. Cristófaro, después de bostezar, recoge el mate de la arena. El wincofón emite un rugido rotundo y devora la guitarra, el micrófono, el disco y el póster. Siete moscas revolotean por el aire y una araña en un rincón comienza a tejer. Cristófaro arruga una poesía impresa en un papel blanco y se la tira al wincofón que también la devora así como también la imagen de la lengua que deja a la vista en su lugar tres lunares alineados. En la pared se abre un boquete que traga los guantes y en la araña de bronce ahora un foco ilumina la habitación. Cristófaro introduce uno a uno los cuarenta y dos videocassettes en la videograbadora que cuadruplica su volumen. Abre la puerta que da al sótano y por allí caen el televisor, la videograbadora, la lámpara, la taza, la guía telefónica, el wincofón y la cama. Cristófaro ahora arrodillado en la arena salta hacia atrás y, observando los largos bigotes de su tío frente a él, le da los cuatro tomos de la enciclopedia, quien se retira y cierra la puerta con vehemencia. Cuando Cristófaro atiende el teléfono la explosión del foco no le permite escuchar la voz que se presenta en otra punta de la línea, que repite incansablemente como el gorjeo de un gorrión: Hola.
¡Hola!

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