Los chinos mandarines

Por si algún caído del catre todavía no se avispó, creyendo que la hegemonía norteamericana gobierna el mundo con su influencia económica-política-social-cultural-mercantil, sabrá a su debido tiempo por los coros de voces que se harán oír cuando sea merecedor de tal conocimiento que es la dinastía Wong la que rige los destinos del universo, no ya de los astros, estrellas, cometas y galaxias, sino en lo que respecta a la esfera del ser humano y sus actividades.
Sin necesidad de realizar una revisión histórica, pues es conocida ampliamente por la población, cabe destacar cómo es la influencia desde las sombras de esta casta privilegiada del imperio. Ellos, vale decir, no están interesados como muchos creen en la acumulación de riquezas, el dominio territorial o las directivas políticas, aunque en tales ámbitos también actúan acordemente a lo que los motiva, que es, para sorpresa de otros, la pacificación, el amor por sus semejantes, la felicidad –suya y de terceros- y, por qué no, la diversión. En esa línea se ufanan en pos de una humanidad sin dioses pero con una alta dosis de hermandad entre sus integrantes. Claro que no hacen de ello una religión ni proponen afianzar un nuevo o viejo culto, que para los tiempos corrientes sería desechada por la confianza popular. De ese modo, conociendo los recovecos más profundos del alma, realizan todo tipo de experimentos, a veces con infantes otrora con países emergentes enteros, para llevar adelante sus beatíficos planes en concordancia con su filosofía. Tal es así, que por ejemplo los dispositivos electrónicos actuales surgieron de los conocidos experimentos ya clásicos con mascotas virtuales que los niños tenían que alimentar, cuidar y proteger, sean ellas alguna especie de animalito en extinción o alguna artemisa u otra simpática plantita que había que regar y darle luz solar. Hoy, esas mascotas se han difundido a gran escala y se respira cierto aire de paz en el ambiente. Los Wong lo sabían muy bien: si el hombre está muy entretenido no tiene tiempo ni ánimos de belicosidad con sus semejantes. Pero no sólo el entretenimiento les propiciaba buenos augurios a la población con sus planes; también lo fue en su momento el trabajo: hombre con trabajo, contento a destajo, decía un viejo proverbio. Ellos diseminaron la cultura del trabajo por todo el globo hasta tal punto que en un momento faltaba mano de obra en muchas fábricas. Pero no fueron los únicos entretenimientos que diseñó la dinastía Wong; es más, la mayoría de los entretenimientos actuales son ideas originarias de ellos, aunque luego los usufructuaran otros entes. Aunque los Wong no son tontos y algún rédito le sacan a sus invenciones, ellos no se preocupan por los beneficios que a posteriori le redituará a alguna empresa, pues son también ideólogos de las leyes del mercado. Ellos, tras ser los primeros en acuñar monedas para facilitar el intercambio de bienes, pergeñaron la idea de los billetes que diseminaron en todas las economías subsiguientes para quienes se relamían por acaparar. Fue de la dinastía Wong la idea de contar billetes en cantidad. En su socialismo ideal, consideraban que era de mayor beneficio para la sociedad en su conjunto que los de mayor capacidad de ahorro cambiaran la propiedad de muchas cosas por la potencialidad de propiedad sobre muchísimas más, y que los más acaudalados se regocijaran sobremanera en su imaginario con la idea que aún hoy está vigente, aunque vaya mutando el dinero de cambio. Los que no comprenden la estratagema de la dinastía Wong se creen en la cresta de la ola, mostrándose como en la cúspide de la pirámide y los chinos mandarines se tapan la boca para no morirse de risa ante la ingenuidad de los que practican el extendido ritual. Así mismo, las democracias occidentales fueron también pensadas por la dinastía Wong, a fin de darle un sustento a la identidad del hombre y crear la sensación de que es uno quien gobierna, pues era sabido por ellos que el mismo necesita aferrarse a alguna idea que lo contenga pues sin ella se sentiría minusválido. Así se desarrollaron los nacionalismos que proliferaron los últimos años y que le daban sentido de pertenencia pues se mostraba la contraparte como algo a lo cual rechazar. Cuando la gente dejó de creer en ellos ( bueno, en Argentina aún quedan vestigios de nacionalismo duro de domar), pues los nacionalismos contenían en sí mismos valores que los propios nacionalistas terminaron por rechazar también, se concretó la idea de liberar el mercado, que es en lo que todos confían hoy por hoy. Pero eso no es todo, si el día de mañana el mercado pierde la confianza de la gente amenazando con acrecentar el descontento popular con la existencia, la dinastía Wong tendrá preparado un nuevo designio para la humanidad. Lamentablemente no lo puedo adelantar, aunque estimo que será para beneplácito de todos, como casi todo lo que han creado en la cultura desde las raíces de la humanidad. Claro que mucho de ello no lleva su firma porque para algún caído del catre le resultaría inverosímil ver un film o un libro con su sello. Esto lo sé porque también crearon el marketing publicitario y, a mí, que soy parte de la dinastía, me aconsejaron firmar con otro nombre. Pero mi verdadero nombre es Wong. James Wong.

Anuncios

Un comentario en “Los chinos mandarines

Comente ad honorem

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s