Desmentida

Acabo de disfrutar la ternura de un caniche toy a la cacerola con papas a la crema. No es para hacer alarde de mis apetencias culinarias, sino que solamente deseo dejar en claro y con ello desmentir aquél dicho que afirma “salado como perro”. Si bien no se puede generalizar a partir de una muestra, debo admitir que, a pesar de lo sabroso, agregué considerable cantidad de sal para poder degustarlo como se merecía. Más de uno me dirá que la base del alimento que consumía el can era bajo en sodio, lo sé. Para ello tenemos pensado esta noche arribar a una segunda opinión, cuando gire al spiedo nuestro viejo canino, juguetón y guardián, Cebolla, alimentado desde pequeño a base de maíz, soja y frutas secas. Espero no caer en el chiste fácil, tomando como referencias su nombre y su raza ( les recuerdo que es un batata ), de que me estoy haciendo vegano.

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Calígula

Se te hirvió el agua y, para improvisar, te preparaste un té. Ahí quedó el mate con cachamay esperando otra oportunidad. Prendiste el televisor inteligente que había evolucionado a ese estatuto partiendo del mote de caja boba, pero te olvidaste que desde hacía dos días te habían cortado el cable por una factura impaga. A vos no te importaba, porque canal 13 tenía buen audio a pesar de la lluvia en la imagen. Afuera llovía tanto o más que en el comedor. Tenías varias chapas que estaban pidiendo un cambio, casi como el que rezumbaba en tu cabeza a la que se le habían volado algunas chapas. Agregaste dos de azúcar y revolviste con el pulso lento y tembloroso. El temblor de un trueno te sacudió, pero no demasiado como para despejar tus pensamientos atiborrados de sinsabores. Había viento, es cierto, pero el único árbol que te daba sombra ya estaba seco como tu bolsillo por lo que no tenías el temor de que cayera. Murió de pie, con esa dignidad que tenía todo aquél que caía en desgracia en otra época. Ahora todo cambió, la idea es que al llegar lo que se llama muerte nos encuentre viendo un buen espectáculo y después del aplauso final, ¡zaz! nos arrebate. Ya habrá tiempo para resucitar, qué apuro tenías. Bebiste un sorbo y te diste cuenta que la taza estaba rajada y tenía una pequeña pérdida por la que goteaba el té. Te miré de reojo mientras insultabas no sé a quién. Seguramente el culpable era también el presidente. Una noticia no te gustó y me pareció que blasfemabas. Qué te podía importar a vos que nunca tuviste religión… Dejaste el aparato en silencio, como si la imagen borrosa fuera a brindarte la calma que tanto te hacía falta para vivir en paz. El timbre sonó, pero era por la acción de la humedad en los cables. Corriste la mesa para que no le siga cayendo agua del techo. Ahí dijiste algo que, si bien es cierto, no sé si lo hacías para darte ánimos, consolarte o refutar la veracidad de lo que acontece en el tiempo: todo pasa. No hay mal que dure cien años, se decía en esos casos. Pero la corriente de pensamiento hace rato que no te lleva por senderos bien iluminados. Tiraste la taza en el cesto y tu mirada de desprecio llegó hasta mí. Ahí te fuiste a dormir, donde el reposo te devuelve la tranquilidad, aunque no lo puedas apreciar y al levantarte nuevamente cargues con tu peso existencial. Creo que te comprendo, por eso sigo a tu lado. Te lo diría, pero no sé hablar. Tan sólo soy Calígula, tu perro.

Los dos mosqueteros

Uno estaba triste porque pensaba como Todos
pero Todos no pensaba para Uno,
pensaba Uno. Pensaba Uno que Todos
no pensaba como Uno y Todos
le decía a Uno que piense como Todos
para que Uno se parezca a Todos
y desaparezca Uno. Además, Todos
podía observar en cualquier momento a Uno
pero Uno no podía en ninguno ver a Todos
tan sólo había una idea de Todos
entre los pensamientos de Uno
sin que Todos adjudicara su existencia a Uno
o en los de Todos pero que excluían a Uno,
Todos pensaba como Todos y no como Uno.
Uno no era en medida diferente a Todos
sino que, simplemente, era Uno
como Todos que pensaba como Uno
mas como Todos era una idea de Uno
al dejar de evocarla quedó sólo Uno.
Y como Uno, que incluía a Todos,
pensaba para Todos, Todos contento.

Sin palabras

Necesito la letra de una canción
para sostener esta efímera emoción
y prolongar en el tiempo su duración,
pero no toda, me basta con sólo un renglón.

También me puede servir alguna frase
o un pedacito de ella que no se pase
de extensa pues luego debo recordarla
cuando otro sentir venga a taparla.

Una sentencia, seis vocablos, una definición
la emoción requiere algún tipo de expresión
verbal, no me alcanza con una sensación
que la grafique, no sirve aquí la imaginación.

De una enciclopedia puede ser alguna fase
astral o un ciclo vital o un cuento que versase
de aquello para lo que no tengo explicación
ni palabras, gestos, ni una torpe declaración.

Es un poco vergonzosa esta particular situación
pero como buen lingüista no paso ningún papelón
pues siempre tengo en un bolsillo del pantalón
para que me entiendan un expresivo emoticón.

Reventar

Hubo un tiempo en que creía todo. O cualquier cosa. Creía que Colón había descubierto América, creía que el capital se iba a derramar, creía que los velociraptores poblaron la Tierra, creía que las compañías telefónicas ofrecían beneficios y creía que nada es gratis en la vida.

Así como de un cardo ruso no salen manzanas libanesas, la ignorancia rancia no da el fruto del conocimiento ni es su cimiento.

Pero a la hora del ahora tampoco ni un poco me interesa, ni a Teresa, el conocimiento y no miento. Por amor.

Porque ahora creo.

Y no me vengas a decir que el amor no existe porque lo ví. Se disfrazó de mujer y me sonrió. Se disfrazó de madre y me regañó. Se disfrazó de hermano y me abrazó. Se disfrazó de hijo y me besó. Se disfrazó de perro y me orinó. Se disfrazó de seño y me enseñó. Se disfrazó de abuelo y me aconsejó. Se disfrazó de amigo y me creyó. Se disfrazó de cuento y te gustó.

El set

Me compré un set de destornilladores que constaba de veintiocho piezas. Estaba ansioso por estrenarlo, por lo que me puse a desarmar el televisor. Estaba lleno de tierra así que decidí limpiarlo con el soplete. Como éste no funcionaba del todo bien, lo desarmé. Adentro encontré una colección de monedas que su anterior dueño escondió de la curiosidad ajena. La revisé y me faltaba una pieza para la colección completa. Recordé que la mesa estaba desnivelada así que aproveché la ocasión para desmontarla. ¿Qué más podía desarmar? Tenía la play, dos controles remotos y una calculadora científica. Los destornilladores respondían a todas mis apetencias. Bueno, no a todas. Se me apeteció un café y me lo tuve que preparar. Pero la cafetera tenía varios tornillos que podían servir para darle utilidad a una pieza del set que aún no había utilizado. Y lo hice. Después desmonté la biblioteca y de pasó leí un libro que aún no había leído. Era bueno. Creativo y original. El título no me decía mucho. “Poco”, se llamaba. Desarmé la linterna y, para mi sorpresa, dentro había un manual en inglés de cómo alcanzar la iluminación. Con el aparato. Detallaba el tipo de pilas que se debía utilizar para ello, pero no aclaraba si con ello se llegaba al nirvana. Encendí la radio y sintonicé una emisora de rock. Cuando me cansé de oírla, la desmonté. Fue gratificante pues tuve que utilizar tres destornilladores distintos para hacerlo. La habitación estaba llena de tornillos y piezas por doquier. Tenía varias cerraduras que podía desarmar y, para no parecer perezoso, lo hice. Desarmé todas las sillas de la casa y a algunas incluso les quité las rueditas. Desarmé la cama y luego el mouse y el teclado de la computadora e incluso la computadora misma. Después con el monitor hice lo propio. Me había preparado mate y casi sin darme cuenta reparé en que el mate tenía un tornillo. Lo quité. De allí se desprendió una tapa que quité con cuidado. Adentro había un pequeño pasadizo. Metí la mano y saqué una enciclopedia. Estaba manchada con yerba. Seca. Agarré un trapo y la limpié. Luego, la coloqué junto a los libros en el suelo al lado de la biblioteca desmontada. Al  parecer, el termo también tenía un par de tornillos que mi curiosidad y mi ansia por emplear todas las piezas del set hizo que los retirara. ¿Y qué había detrás? Recortes periodísticos. Estaba lleno de ellos. Los quité al principio uno por uno, pero luego los fui retirando de a varios al mismo tiempo. La habitación se había llenado de recortes de diferentes diarios. No tenía tiempo de leerlos, aún quedaban tornillos por retirar. Había una vieja lámpara de la cual retiré siete tornillos que no me dieron demasiado trabajo. Sin embargo, me llamó la atención que uno de ellos tenía una ranura diferente a todos los destornilladores del set. ¿Ahora qué hago?, me cuestioné. La misma era dentada y no podía utilizar ni los de tipo paleta ni los phillips ni los estrella. Medité largo rato sobre cómo quitar ese tornillo y se me ocurrió que una pinza podía sustituir el destornillador que me faltaba. Lo logré, no sin dificultad. Guardé el tornillo en el bolsillo para llevarlo luego a la ferretería para ver si conseguía el destornillador necesario para atornillarlo nuevamente. Antes de desarmar el teléfono, hice una llamada al azar, para darme el gusto de probar su funcionamiento. Me atendió una señora que dijo llamarse Elvira, quien me dio un poco de pena mandarla a la puta que la parió, pero no tuve más remedio ya que no quería cortar y yo tenía prisa por desarmar el aparato. Luego de hacerlo recolecté dieciséis tornillos más. El celular me costó un poco más desarmarlo, pero pude canalizar mi deseo con él. No puedo negar que lo que mayor trabajo me dio fue el lavarropas. Con él estuve trasteando una larga hora, o tal vez más, hasta separar pieza por pieza. Ya estaba todo casi listo, cuando recordé que los interruptores de luz y los tomacorrientes tenían unos cuantos tornillos que los conformaban. Después de quitarlos uno por uno, el proceso estaba concluido. Había utilizado las veintiocho piezas de mi nuevo set y tenía la alegría de un infante con su nuevo juego. Saciadas mis pretensiones, tenía mucha sed por lo que me preparé un destornillador para beber. Bebí un sorbo y comprobé que se me había pasado un poco la mano con el vodka como sospeché. Tras beberlo, un pensamiento acudió a mí con urgencia: ¿me faltará algún tornillo?

Stop

Voy a escribir algo, pero aún no sé si lo voy a hacer en primera persona o en tercera. También podría considerar la posibilidad de hacerlo en primera persona pero del plural. Podríamos probar a ver cómo queda el relato. Podríamos proseguir el mismo incluyendo al lector, aunque éste se podría confundir creyendo que está incluido entre nosotros, dejando al texto sin lector y eso sería un despropósito que no nos podemos permitir. No, no me gusta porque da la impresión de conjunto que es opuesta a la unidad, no entendida ésta como singular cantidad sino como armonía entre la diversidad, es decir entre el texto y el lector, que es un posible motivo que lleva a éste último a acercarse a la obra del autor. Sin embargo en éste último caso, el lector también ha quedado al margen y no me puedo dar ese lujo. Creo que lo mejor es incluirlo desde el vamos y para ello qué mejor opción que incluirlo utilizando la segunda persona. Vas a ver que te va a gustar. Porque desde el momento en que lo empezás a escribir así es como que te estás escribiendo. Algunos lo usan mal. Te escriben usando la segunda persona pero en realidad vos no tenés nada que ver, el lector podría ser cualquiera menos vos. Acá es distinto, porque te estás escribiendo lo que te tenés que escribir. Aunque después no lo leas, eso es lo de menos. Lo que cuenta es que te dirigís a vos mismo con el escrito, pero no a tu otro yo, sino a tu mismo tú. Porque, ¿cuántos te pensás que sos? Sí, a veces abusás de la primera persona del plural y decís nosotros tal o cual cosa, pero lo hacés para incluir a algunos y excluir o diferenciarte de otros, ya que no tiene ninguna substancia. Los incluidos por vos en ese nosotros pueden considerarse afuera de él. Pero a vos no te importa porque seguís con la perorata. A nosotros, en cambio, sí nos importa. Y ahí es donde te quedaste afuera del relato, más precisamente frente a él. Hacé una cosa: metete en el relato y sé parte de nosotros. Así lo escribimos juntos y lo podríamos enriquecer, darle diferentes matices, cambiar de personas y de tiempos verbales para darle placer al lector entendido. Y si no lo entiende es porque se quedó afuera del relato y no supo cómo entrar, pero será problema de él que no querrá empatizar con el mismo como un médico que toma cierta distancia de sus pacientes. Tu caso es diferente al de él. Él que se joda. Capaz que dejó de leer hace rato y nosotros ni nos enteramos. Nosotros seguimos con el relato, no se lo contamos a nadie. Ni siquiera nos lo contamos a nosotros mismos, porque no es un cuento. En un cuento puede haber personajes y el lector probablemente se identifique con uno de ellos y ahí lo perdemos. O se lo gana el personaje que es peor. Además nosotros no somos el personaje. Capaz que creemos que lo somos por alguna semejanza y de ahí le seguimos el paso a ver a dónde nos lleva. Pero de manera contundente el cuento termina y nosotros quedamos a la deriva y capaz que buscamos indicios de continuidad en la siguiente obra del autor o en las cartas del tarot. Y vos no querés eso. Pero ahí, involuntariamente, te saqué, sin conocimiento de lo que dije. Porque por ahí estás muy interesado en el tarot y especulé con que no. Hagamos una cosa: si estás interesado en el tarot podés olvidar el relato y hacer que te tiren las cartas o, incluso, hacer un curso para tirarlas vos; en caso contrario, lo que escribimos no tiene equivocación alguna y aunque podríamos continuar escribiendo cosas maravillosas que nos deleitarían y serían fuente de goce a aquél lector que se adentre en la lectura de nuestro relato y proseguir durante tiempo indeterminado, lo vas a tener que hacer en soledad porque tengo turno con la tarotista.