Calígula

Se te hirvió el agua y, para improvisar, te preparaste un té. Ahí quedó el mate con cachamay esperando otra oportunidad. Prendiste el televisor inteligente que había evolucionado a ese estatuto partiendo del mote de caja boba, pero te olvidaste que desde hacía dos días te habían cortado el cable por una factura impaga. A vos no te importaba, porque canal 13 tenía buen audio a pesar de la lluvia en la imagen. Afuera llovía tanto o más que en el comedor. Tenías varias chapas que estaban pidiendo un cambio, casi como el que rezumbaba en tu cabeza a la que se le habían volado algunas chapas. Agregaste dos de azúcar y revolviste con el pulso lento y tembloroso. El temblor de un trueno te sacudió, pero no demasiado como para despejar tus pensamientos atiborrados de sinsabores. Había viento, es cierto, pero el único árbol que te daba sombra ya estaba seco como tu bolsillo por lo que no tenías el temor de que cayera. Murió de pie, con esa dignidad que tenía todo aquél que caía en desgracia en otra época. Ahora todo cambió, la idea es que al llegar lo que se llama muerte nos encuentre viendo un buen espectáculo y después del aplauso final, ¡zaz! nos arrebate. Ya habrá tiempo para resucitar, qué apuro tenías. Bebiste un sorbo y te diste cuenta que la taza estaba rajada y tenía una pequeña pérdida por la que goteaba el té. Te miré de reojo mientras insultabas no sé a quién. Seguramente el culpable era también el presidente. Una noticia no te gustó y me pareció que blasfemabas. Qué te podía importar a vos que nunca tuviste religión… Dejaste el aparato en silencio, como si la imagen borrosa fuera a brindarte la calma que tanto te hacía falta para vivir en paz. El timbre sonó, pero era por la acción de la humedad en los cables. Corriste la mesa para que no le siga cayendo agua del techo. Ahí dijiste algo que, si bien es cierto, no sé si lo hacías para darte ánimos, consolarte o refutar la veracidad de lo que acontece en el tiempo: todo pasa. No hay mal que dure cien años, se decía en esos casos. Pero la corriente de pensamiento hace rato que no te lleva por senderos bien iluminados. Tiraste la taza en el cesto y tu mirada de desprecio llegó hasta mí. Ahí te fuiste a dormir, donde el reposo te devuelve la tranquilidad, aunque no lo puedas apreciar y al levantarte nuevamente cargues con tu peso existencial. Creo que te comprendo, por eso sigo a tu lado. Te lo diría, pero no sé hablar. Tan sólo soy Calígula, tu perro.

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