Novedoso

Hugo le había comentado que tenía algo novedoso para mostrarle, que si bien era más viejo que Dios, lo asombraría más que ver su magnífica forma de ocho brazos y diez cabezas. Caminó hasta su casa tras bajar del colectivo. Estaba fatigado pues el viaje había sido largo y no encontró un asiento disponible. Encontró, sí, varios asientos, pero o bien estaban ocupados o bien tenían el cartelito de “reservado”. Y no estaba para transgredir normas de una sociedad pulcra de la cual era todavía parte integrante. Cuando llegó a la casa, tocó el timbre.
De la puerta, inmediatamente, surgió un inmenso triceratops parado en sus patas traseras que le abrió y lo hizo pasar. Los cuernos del triceratops rozaban el cielo raso de la casa, a pesar de ser ésta una construcción antigua de amplias dimensiones. Él se lo quedó mirando, con sorpresa, pero no de la forma que tenía delante sino de que fuera otra figura la que atendiera la puerta y no aquél a quien esperaba encontrar.
-¿A quién buscás? –dijo el no-extinto bicho.
-A Hugo, ¿se encuentra?
-No y no creo que regrese. –respondió el triceratops masticando restos de algo.
-¿Por qué estás tan seguro? Él me pidió que pase hoy.
-Sucede que me lo comí. –aseguró el triceratops cerrando la puerta.
-Ah, qué lástima, ahora me voy a quedar con la espina de lo que me quería mostrar.

El triceratops escupió algunas espinas sobre el parquet.
-A todo esto, ¿vos quién sos? –inquirió él con curiosidad.
-Yo soy yo mismo –dijo el triceratops.
-Está bien, pero me refiero a qué tenés que ver vos con Hugo.
-Nada en particular, él fue mi mentor por algún tiempo hasta que pintó el hambre y no tuve más remedio que devorarlo. A mí que no me vengan con galletitas.

El triceratops emitió un grave gruñido que hizo vibrar las ventanas. Él se sobresaltó. Después, sereno, se sentó en una silla a beber el café que el triceratops le sirvió con gentileza.
-Qué cosa, eh, será el destino… vaya a saber qué me quería mostrar este Hugo.
-Despreocupate, –dijo el triceratops- seguro que era cualquier pavada.

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