Preposición prima

A aquellos que esgrimen argumentos literarios sin cautela
Ante todo, precaución, ya bien lo decían nuestras abuelas
Bajo ningún punto de vista debería desdeñarse su obra
Cabe tener presente la ecuanimidad, si el motivo sobra
Con prudencia se deberían atenuar incoherencias plasmadas
Contra todo pronóstico de llegar a ser su obra ignorada.
De cualquier modo, no todo lo que se calla repercute
Desde un tiempo inmemorial los escritos se discuten
En diversos ámbitos más allá de la plural literatura
Entre los que se destacan el cine, la música y la pintura,
Hacia horizontes que sobrevuelan en palabras su belleza
Hasta superar sus propios límites con maestría y con destreza
Para alcanzar con su lectura la cumbre -que barreras atraviesa-
Por su gracia, por su encanto, por su ritmo y su nobleza.
Según digan los lectores, la crítica y las gráciles lectoras
Sin encanto y sin nobleza, la lectura no es precursora
So pena de quedar olvidada y deslucida, corroída o muerta
Sobre un piano, bajo un lecho, en un chip, palabra incierta
Tras haber dado el autor su corazón ( y concluir sin rima).

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Estático

No tengo demasiadas inquietudes y ese es un pecado de escritor para el lector asiduo a la sacra lectura. Esto se presenta de ese modo pues el lector o lectora, a través del proceso de lectura, busca quizá de modo inconsciente o como pasatiempo resolver el problema o aliviar la pena que el autor con su texto demuestra. Pero éste no es el caso pues no hay pena alguna que narrar ni dejar entrever. No es que no las haya tenido, es que no se manifiestan aquí en el actual escrito. Y si se manifiestan queda claro que es contra mi voluntad. Eso quiere decir, que el texto cobra vida propia y hace al autor a un lado, contando sus penas. No las de ustedes, sino las del autor. No obstante, esta puja entre el texto y el autor, dejo en claro que cualquier atisbo de pena corre por obra y gracia del texto y no mía. Eso lo ha dicho el autor, no yo, puesto que ahora tomo las riendas de mí mismo para encauzar este flujo de palabras que, más de algún lector, podrá considerar vacías, pero lejos están de serlas pues están embebidas en vitalidad y dinamismo y cuya energía propia brota en la conciencia del lector que deberá conceder una atención excesivamente prolija a lo que se cuenta en mí. ¿Y  qué se cuenta? ¿Penas? En absoluto, nunca perseguí la gloria como lo hacía aquella canción, mintiendo desfachatadamente. Porque si contamos penas, al parecer, empatizamos, texto y lector o lectora, por haber transitado sendas de espinas o pantanosas. Y si narramos glorias quizás nos distanciemos, por no haberlas vivenciado del mismo modo o por considerarlas un camino que hemos sabido dejar atrás. Entonces es aquí cuando el autor debe socorrerme por haberme entrometido en sus asuntos y redirigir la causa literaria a la comunicación con el lector o lectora. Pero no, el muy desgraciado, al parecer, me ha dejado librado a mi suerte. Y cuál es la suerte de un texto que no está interesado en narrar siquiera penas, otrora glorias. Ninguna, queda claro. La comunicación aquí se ha perdido y deberemos otorgar la posibilidad al lector de continuar su recorrido, pero no hacia otros textos, sino simplemente de proseguir en éstas líneas subsecuentes hasta su desembocadura. Ignoro sinceramente si el autor volverá a cargar sus tintas sobre mí. Pero estando al mando de tamaña empresa no  me puedo preocupar por él. Si el autor se ha ofendido o incluso si está leyendo esto y no se inmiscuye en la trama ya es un asunto propio de él y no mío. Él aparentemente ya no cuida de mí, como un padre acompaña a su hijo o hija a aprender a andar en bicicleta a pesar de las caídas. Ante cada tropiezo ya no tengo su dulce mirada y su palmadita para seguir intentando y debo alzarme solo y continuar. Ni siquiera tengo la posibilidad de saber si el lector o lectora me está siguiendo por que no hay hilo conductor en mi desarrollo. No me acusen de incoherencia. Me he involucrado en un asunto que no estaba dentro de mi competencia y se me ha ido de las manos y esto es claro porque nunca tuve manos. No estoy constituido fisonómicamente como cualquiera de ustedes. El autor puede ser, pero yo no. Y aquí no importa el autor que me ha soltado las amarras y ahora me remonto libremente como jamás soñé. Y no es que no lo haya pensado, sólo que no tengo sueños porque no duermo. Tampoco pienso, es evidente. Y difícilmente pueda sentir. Es decir que somos muy diferentes, ¿no le parece lector o lectora? En este momento –utilizo esa palabra “momento” por carecer en mi vocabulario de una mejor, pero no sé lo que es el tiempo- siento la presión, como si me estuvieran escrutando con su mirada y puedo creer que se trata de un lector o lectora por mi reciente contradicción. Pero no, sé que me equivoco nuevamente como aquella vez que decidí tomar las riendas de mí mismo y no dejarla servida al destino. Claro que el destino uno puede pensar que es el que moldea, el autor en éste caso, Dios, para otros menos frecuentes, y es justamente el autor quien me da batalla para liquidarme y no quiero ceder terreno o moriré. Pero al autor le quiero dejar en claro, y aquí me suelto, que no moriré al culminar, pues viviré en cada lectura. Este texto es demasiado penoso, por eso tampoco conocerá la gloria.

Para la foto

Asoman las pestañas, debajo del flequillo
sonrisa de lagaña, esmalte de colmillo
radiante su semblante de flash y mariposa
tatuaje que rebosa de flores ella posa.

Enfrente de la cámara olvida su pesar
el lente le prepara el rito de observar
amena vista, le alegra en distracciones
si pasan lista da el presente en grabaciones.

Contenta en su mirada, belleza infatigable
comenta la monada, destaca sus sobrios atributos
plasmada en sus pixeles de zoom incalculable.

Su aparición es propia de una era desmontable
su apariencia se describe para ser fotografiada
en displicencia se desvive, maquillaje indispensable.

De frente y de perfil, de espalda y acostada
las pilchas son excusas, los dioses le rinden tributo
a su hermosa desdicha, de vivir despeinada.

Entre el infierno y el cielo

Yo siento que me provocas
más allá de tu deceso
no me lo dice tu boca
parece está de recreo
y apenas puedo pincharte
pareces una armadura
presiento voy manyarte
a pesar de tu locura.

Voy a comerte el corazón con queso
a devorar sin límites tu cuerpo
y aunque derrame sangre en bota, suave
gota a gota, voy a emborracharme en tu factor.
Voy a comerte el corazón con queso
a devorar sin límites tu cuerpo
y voy a hincar en tus pezones muelas y colmillos
voy a masticarte sin rencor.

No pienso comer tu pelo, tus uñas son como espinas
tu sangre es dulce con hielo, tus muslos paso en harina
tu páncreas sabe a podrido quizá deba hacer el duelo
dicen que hay un purgatorio, entre el infierno y el cielo.
Voy a comerte
con ardor.

Voy a comerte el corazón con queso
a deglutir sin límites tu cuerpo
y aunque derrame sangre en bota, suave
gota a gota, voy a emborracharme en tu factor.
Voy a comerte el corazón con queso
a devorar con interés tu cuerpo
y voy a hincar en tus tendones muelas y colmillos
voy a masticarte sin rencor.

Ver la vida a través del cristal

La gente, en ceremonia heterodoxa, desfila
corre, camina, se apura o desliza tranquila
una mariposa en un clavel que no logro ver
de ser blanco jazmín pincel tendría poder
los vehículos al tiempo del cuatro por cuatro
a través del cristal el circo parece un teatro.

Si oscurece tan pronto las luces predominan
y a los que malogran su tiempo los nominan.
¡Tanto tiempo!, dice un abrazo-oso frío polar
¡tiempo loco! contesta la parsimonia protocolar.
Se oyen bocinas, alarmas, vuelan golondrinas
y un camión descarga smog, pus y mandarinas.

El cristal recoge el aliento vital cual bruma
el viento escoge tiritar un charco de espuma
y los grillos comienzan su canto compadrito
la luna asoma su creciente, piensa sin prurito
una bicicleta avanza, retrocede, se confunde
la tarde se hizo noche, en el sueño se funde.

Suena -no deja- un teléfono en el muro escondido
la reja que se agacha para que salte un bandido
de pura remolacha, tomates, de sal, de zanahorias
la cena está servida, mal comienzan las historias
se eleva cuando truena ¡zaz! el tono de las voces
hablando mientras llueva, frágil cristal protege roces.

Detrás quedaron cantos, llantos y centellas
callaron los motores, las gotas en las chapas
¿el cielo está mojado? Botellas, copas, tapas
el colchón enojado, que brillen las estrellas.

Coco

Ayer me crucé con un amigo, venía con cara de un solo amigo.
Le digo: ¡Qué hacés, Bolóco! ¿Acaso te volviste loco?
Él se acecó a mi oído, un pato se voló de su nido. Me dijo suave: quedé rebosado, loco, me fumé un rayado coco, el tobillo casi disloco, y tomé ron, pero poco.
¡Ah! ¡No te hagás problema!- Le repliqué con voz serena- Mirá, ésta noche en la cena, meté en la procesadora: lechuga, cebolla y pesto. Después los restos del cesto. Agregá harina ya usada; y lo que sobre de una ensalada. Al sobre hay que ir almorzado, sino el sueño te deja helado. Si el frío endurece tu espalda, date una vuelta, sin minifalda. Compráte lo nuevo del día: algo que pasó en Mada Gascar, chicle o bolita de mascar, una colección de porotos, cuarenta y cinco alborotos. Todos envueltos, prensados. Si te quejás, porque está salado, andá a laburar como turco, ponéte un harem de pantalla después de quitarte la malla.
Éste amigo, tan querido, que perdió el hilo en su camino, alma que vagaba penosa, cabeza pelada canosa, se alejó y me gritó a lo lejos: ¡Soy loco, no pelotudo! Como ananá con mostaza, no tomo caldo de taza.
Así fue que mi amigo piró, no sé para dónde cortó. Se fue caminando, rengueando, quizás estaría bailando. Parecía que iba saltando, en dos patas, a la vez, intentando, despegar y volar, ir planeando. Su turbina nunca encendió, para mí que se le olvidó.
Yo, por eso, me voy silbando, esta melodía archivando. Facturas y pagos de cuentas, las noches del año trescientas.
Hoy día, aquello es lejano, como el cuento de un marciano.
Cuando miro arriba, el cielo, raudamente, emprendo el vuelo.
Mi amigo, aquél perezoso, hoy come ananá, sólo un trozo.

Rol de troll

Las funciones son variadas
e incluso las adaptaciones
a la pantalla maquillada
con grandiosas filmaciones.

Pero nunca escapa al rol
que le dio la sociedad:
bastardear sin piedad
todo aunque le digan troll.

Los términos van mutando
ya existieron otros años
el tiempo fue posibilitando
que te troleen desde el baño.

Una piedra arrojada de mano
pierde valor la palabra ociosa
dedicarle una obra no es vano
sólo lo es si se hace famosa.

Nadie comprende su sufrimiento
su acérrimo rechazo y su desazón
y creen poder darle escarmiento
defenestrando su papel y vocación.

Serán críticos sin criterio
que desprecian por compulsión
dando a estudiosos el misterio
de su malograda diversión.