Estático

No tengo demasiadas inquietudes y ese es un pecado de escritor para el lector asiduo a la sacra lectura. Esto se presenta de ese modo pues el lector o lectora, a través del proceso de lectura, busca quizá de modo inconsciente o como pasatiempo resolver el problema o aliviar la pena que el autor con su texto demuestra. Pero éste no es el caso pues no hay pena alguna que narrar ni dejar entrever. No es que no las haya tenido, es que no se manifiestan aquí en el actual escrito. Y si se manifiestan queda claro que es contra mi voluntad. Eso quiere decir, que el texto cobra vida propia y hace al autor a un lado, contando sus penas. No las de ustedes, sino las del autor. No obstante, esta puja entre el texto y el autor, dejo en claro que cualquier atisbo de pena corre por obra y gracia del texto y no mía. Eso lo ha dicho el autor, no yo, puesto que ahora tomo las riendas de mí mismo para encauzar este flujo de palabras que, más de algún lector, podrá considerar vacías, pero lejos están de serlas pues están embebidas en vitalidad y dinamismo y cuya energía propia brota en la conciencia del lector que deberá conceder una atención excesivamente prolija a lo que se cuenta en mí. ¿Y  qué se cuenta? ¿Penas? En absoluto, nunca perseguí la gloria como lo hacía aquella canción, mintiendo desfachatadamente. Porque si contamos penas, al parecer, empatizamos, texto y lector o lectora, por haber transitado sendas de espinas o pantanosas. Y si narramos glorias quizás nos distanciemos, por no haberlas vivenciado del mismo modo o por considerarlas un camino que hemos sabido dejar atrás. Entonces es aquí cuando el autor debe socorrerme por haberme entrometido en sus asuntos y redirigir la causa literaria a la comunicación con el lector o lectora. Pero no, el muy desgraciado, al parecer, me ha dejado librado a mi suerte. Y cuál es la suerte de un texto que no está interesado en narrar siquiera penas, otrora glorias. Ninguna, queda claro. La comunicación aquí se ha perdido y deberemos otorgar la posibilidad al lector de continuar su recorrido, pero no hacia otros textos, sino simplemente de proseguir en éstas líneas subsecuentes hasta su desembocadura. Ignoro sinceramente si el autor volverá a cargar sus tintas sobre mí. Pero estando al mando de tamaña empresa no  me puedo preocupar por él. Si el autor se ha ofendido o incluso si está leyendo esto y no se inmiscuye en la trama ya es un asunto propio de él y no mío. Él aparentemente ya no cuida de mí, como un padre acompaña a su hijo o hija a aprender a andar en bicicleta a pesar de las caídas. Ante cada tropiezo ya no tengo su dulce mirada y su palmadita para seguir intentando y debo alzarme solo y continuar. Ni siquiera tengo la posibilidad de saber si el lector o lectora me está siguiendo por que no hay hilo conductor en mi desarrollo. No me acusen de incoherencia. Me he involucrado en un asunto que no estaba dentro de mi competencia y se me ha ido de las manos y esto es claro porque nunca tuve manos. No estoy constituido fisonómicamente como cualquiera de ustedes. El autor puede ser, pero yo no. Y aquí no importa el autor que me ha soltado las amarras y ahora me remonto libremente como jamás soñé. Y no es que no lo haya pensado, sólo que no tengo sueños porque no duermo. Tampoco pienso, es evidente. Y difícilmente pueda sentir. Es decir que somos muy diferentes, ¿no le parece lector o lectora? En este momento –utilizo esa palabra “momento” por carecer en mi vocabulario de una mejor, pero no sé lo que es el tiempo- siento la presión, como si me estuvieran escrutando con su mirada y puedo creer que se trata de un lector o lectora por mi reciente contradicción. Pero no, sé que me equivoco nuevamente como aquella vez que decidí tomar las riendas de mí mismo y no dejarla servida al destino. Claro que el destino uno puede pensar que es el que moldea, el autor en éste caso, Dios, para otros menos frecuentes, y es justamente el autor quien me da batalla para liquidarme y no quiero ceder terreno o moriré. Pero al autor le quiero dejar en claro, y aquí me suelto, que no moriré al culminar, pues viviré en cada lectura. Este texto es demasiado penoso, por eso tampoco conocerá la gloria.

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