Otros tiempos

En el canto de la puerta había una moneda antigua, del año 1845. Cuando Cecil la vio reconoció que era una de las que le faltaba para completar su colección. La recogió y la guardó en un bolsillo del saco. Se quitó la corbata y la guardó en el mismo bolsillo. Tras ingresar, observó que había mucha gente sentada esperando ser atendida. Retiró un número, que el destino señaló como un número primo. Cecil tomó nota del suceso y se alegró. Por alguna razón, los números pares les resultaban aburridos para sostener su espera. Extravagancias de gente inquieta. Tenía por delante una cantidad considerable de gente que había acudido a realizar su trámite en un tiempo previo al que él se había acercado al establecimiento. Resolvió ir por un café. Cuando entró en el bar, una camarera le tendió la carta. Cecil, al verla, se sintió confundido. Era el tres de bastos. “Truco”, le dijo la camarera. Ignoró la propuesta y pidió un café, pero inmediatamente se arrepintió pues tenía veintiocho para el envido. Qué boludo, pensó, y buscó consuelo en el horóscopo del diario que tenía sobre la mesa. El mismo arrojó que ese día recibiría una importante suma de dinero proveniente de alguien ajeno a su realidad cotidiana. Alzó la vista y vio que un hombre portando un maletín se acercó hacia la mesa que de momento consideraba suya. El hombre se sentó frente a él, abrió el maletín y le dijo: tengo algo para usted. Cecil, sin asombro, le respondió que estaba al tanto, pero no sabía a cuánto ascendía el monto.
-¿Qué monto? –Inquirió el hombre- Tenga, es una invitación al empíreo.

Tras varios minutos de charla sectaria, el predicador se retiró y prosiguió con empeño su tarea en otra mesa, donde otra víctima de su perorata absorbería sus palabras con entusiasmo. Cecil recogió el folleto que le había sido entregado y lo observó con desdén. Sobre la mesa estaba también el café y dos medialunas que no pidió. Endulzó a gusto y bebió sin apuro y sin demoras. Se fumó un puro y devoró moras. Estaban agrias. Leyó el periódico, de atrás para adelante como solía hacerlo por costumbre, y de derecha a izquierda para agilizar su intelecto. Pidió la cuenta y la camarera se la trajo. Cecil la resolvió con la ayuda de unos fósforos que le sirvieron de apoyo. Al salir, extrajo la corbata del bolsillo y se la colocó sobre el cuello. Un aerobus pasó sobre su calva testa atiborrado de gente. Introdujo la mano nuevamente en idéntico bolsillo y tomó la moneda. La observó detenidamente y pudo apreciar que databa del año 1954. Qué bárbaro, pensó Cecil, cómo pasa el tiempo.

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Olvidarte o el arte de olvidar

Hoy olvidé tu nombre
no tu rostro, ni tu sonrisa,
discúlpame, ando con prisa.

Hoy olvidé llamarte,
es que no sé ya cómo invocarte,
perdí tu número, en alguna parte.

Hoy olvidé tus besos,
tenía hambre, compré unos quesos,
hacía frío, duelen los huesos.

Hoy olvidé buscarte,
es que no hallo cómo encontrarte,
¿Acaso fuiste de viaje a Marte?

Hoy olvidé tu vida,
ya no sé bien si vives querida,
tal vez te fuiste sin despedida.

Hoy olvide el recuerdo,
aquél que hacía ver todo lerdo,
de un tiempo libre, comiendo cerdo.

Hoy olvidé tu rosa,
la perdí por alguna u otra cosa,
disculpame, ¿quién sos, hermosa?

Hoy olvidé olvidarte,
ahora recuerdo que suelo amarte,
y así, el amor, a diario brindarte.
Prometo, así, ya no descuidarte,
y cada día, en besos, recrearte.
Hoy, sólo espero, mi vida entregarte,
y que esta amnesia me deje recordarte.

Pa´ vos

Como todos ustedes ya saben -pues en estos tiempos no hay información que escape a su voraz deseo de saberlo todo, por muy intrascendente que sea- hoy es el Día Internacional del Pavo. ¡Feliz Día! Queremos que nuestro saludo se expanda por todo el globo, no sin el temor (pavo por cierto) a que se pinche y no llegue a destino de todos aquellos que en su día anhelen recibir un saludo ameno y cordial recordándolos en su día, nuestro día, el del pavo. Sí, porque todos tenemos algo de pavo, sobre todo aquellos que lo han deglutido en alguna que otra festividad o cena familiar. Y como no queremos pecar de sexistas también saludamos a todas las pavas en su día, porque también es el día de ellas, que tanto mate han sabido cebar ( chiste pavo ). Estimados pavos, levantemos nuestras copas bien alto y nuestra frente orgullosamente, que nadie se avergüence de lo pavo que somos, festejemos porque no todos los días nos dan un motivo para hacerlo a lo pavote y hoy es uno de ellos, un día al año que tenemos para recordar que nosotros también existimos, aunque suene pavo. Un día en el que el calendario nos permite dejar nuestra huella en él. Un día en el que aquél que no festeja dice de nosotros “hay que ser pavo” para hacerlo, y cuánta razón tiene. Un día, nuestro día, en el que quien no se une en un abrazo fraternal con nosotros no lo hace de ganso, pues de ser pavo estaría saltando en una pata. En este día, queremos que se sientan en libertad de brindar y gritar: ¡La puta, que vale la pena ser pavo!, frase que dejara estampada en la memoria de todos un actor argentino, en la película Pavos silvestres.

Hoy, en este día, queremos invitar a todos los que no lo hicieron todavía a afiliarse al Club del pavo y ser parte de todo esto, para pavear sin límites; el que se queda afuera no puede decir que se olvidó por pavo, aunque lo sea técnicamente. Y así, cuando te reprochen: no seas pavo, le mostrás tu credencial para despejar todo tipo de dudas.

Hermanas pavas, ignotos pavos, compañeras pavas, amigos pavotes, estimados pavos de sangre azul ( el pavo real ). Pavos en general: ¡Feliz día para todos! En especial para vos, mi adorable y querida pava eléctrica.

Me gusta, el virus

El virus había infectado a Sixto sin que él siquiera lo supiera ( me gusta ). Creía de buena fe que su conducta era “normal”, sin embargo todo su comportamiento lo dominaba el virus ( no me gusta ). Las sospechas de que había algo anómalo que no era inherente a él comenzaron cuando no supo dictaminar su agrado o desagrado por una situación que se le presentó ( ehhh…  me gusta). Ante sus ojos tuvo una breve pero lúcida visión: se le presentó Napoleón y le firmó un autógrafo ( no me gusta ). Sixto le comentó que estaba fascinado con su historia pero el general lo ignoró olímpicamente y le dijo que guardara sus elogios para quien los mereciera ( me gusta ). De esa manera, la visión se disipó y Sixto quedó evocándola durante algunos meses, considerando entre sus concepciones qué era la realidad al fin de cuentas ( me gusta ). Entre sus pensamientos, danzaron historias de otros generales de diversos lugares, pero nada comparable a la visión de Bonaparte ( no me gusta ). Recordó a Perón y su exilio, San Martín y su danza árabe, General Hacha y su siesta dominical ( me gusta ). Luego, decidió consultar a un especialista que determinara si su acepción de la vida se correspondía con el estado natural de ser o era un indicio de la culturización tecnológica de los últimos siglos ( me gusta ). Pero no lo encontró ( no me gusta ), al especialista ( me gusta). Entonces se dispuso a estudiar el asunto por su cuenta, valiéndose de todos los recursos con los que podía contar para dar en el clavo ( me gusta ). Tardó diez años ( no me gusta ) en comprender, pero a pesar de ello no llegó a una conclusión contundente ( me gusta ). Sixto sólo sabía que lo había arrastrado una corriente como cualquier moda, pero él ya no podía dejar de fluir sin que su dedo se levantara en señal de agrado o reprobación de cualquier asunto que se le presentara ante sí ( me gusta ). Un científico le dijo que lo suyo, aunque era banal, se había propagado como un virus de computadoras en el pensamiento universal ( no me gusta ) pero que tenía un remedio definitivo y lógico ( me gusta ). La muerte ( no me gusta ). Cuando Sixto llegó a la vejez, poco antes de su muerte, tenía en su haber un saldo positivo de agrados ( me gusta ) equivalente a la distancia que separa a Plutón de la Estación Espacial Gustavo Alegre ( no me gusta ). Y con ello, murió feliz ( me gusta). En su lápida hay una leyenda que reza: En lugar de flores, dejame un “me gusta”.

¡Feliz día a la poesía!

¿Por qué dedicarle un día
internacional a la poesía
y no festejar la alegría
que nos brinda su valía?

Es que un día recordarla
es poco pa´ homenajearla,
habría que festejarla
y todos los días recitarla.

La poesía es la expresión
del alma y del corazón,
son palabras de emoción
algunas sin intención.

La poesía no es narración
de cuentos, ni de ficción,
la poesía es a la canción
lo que la música a la dicción.

Hoy puedo expresar sentir
de mi corazón el latir,
en un verso conseguir
un néctar o un elixir.

Un bálsamo para el alma
es la poesía que da calma.
Si la palabra es sentida
llega en verdad a tu vida.

Si una poesía es sincera
puede tocar a cualquiera.
Si una poesía es profunda
suena elocuente, rotunda.

Un verso es simplemente
palabras de libre mente
que anhelan ser solamente
leídas detrás de un lente.

Un verso no es diferente
de algún beso indiferente
que llega con tono urgente
y se va por una vertiente.

La poesía es inherente
a la vida de la gente
que goza impunemente
de leerla, simplemente.

¡Feliz día a la poesía!
Despidamos su alegría
que en un rato se termina,
como ésta que aquí culmina.

El poeta no vino

Así crecía, en cada poesía,
tras cada luna, tras cada día,
la leyenda del poeta sin cabeza.
Él avanzaba, a pura destreza.

Cada mañana, este sin cerebro,
prendía las velas de un candelabro.
Él te anunciaba, pomposamente,
andá despacio, saneá tu mente.

El recitaba, en sólo una estrofa
palabras dulces, tierna cantata,
nada grosero de baja estofa.

Y si él creía, que te escondías
en tu armadura, triste hojalata,
tu alma besaba, con melodías.

Olvido…
…Recuerdo.

Él no olvidaba, que tu destino
se le ha cruzado en su camino.
Como los cables, de su molino,
no llega al tanque el agua, ni vino,
él poco sabe, más que un comino.
Quizá te pida, a vos o un vecino,
que lo rescates del remolino.
Hoy ya no vino, se fue en Torino.
Mañana vuelve, pierde el casino,
gana dos pesos, compra otro vino,
sale y te busca, te cree felino,
no por vulgar, piensa, con tino
que él y tu sino, sólo es divino.

Adicción a la dicción

-Su caso es el típico caso de sufrimiento agudo por hablar mal.
-¿Pero qué me dice? Si todo el mundo me alaba por mi dicción.
-No me refiero a cómo se expresa, sino más bien a qué es lo que expresa. Usted puede tener excelentes modos de expresión, pero manifiesta una profunda ignorancia de su propio ser.
-¿Cómo es eso, doctor? No logro entenderlo correctamente.
-¿No ve, González? Otra vez cae en los errores habituales. Usted dice que no logra entender, como si entender fuera un logro. O usted entiende lo que digo o bien no entiende. Es simple, González. Además, usted dice que no entiende correctamente, cuando entender presupone comprender lo que su interlocutor dice. ¿Se puede entender incorrectamente? Insisto,  usted ha hecho un abuso del lenguaje y ahora nos va a llevar varios años corregir su mal, González.
-Veo, doctor. ¿Pero, cuál es, en sí mismo, mi mal, como usted dice?
-Yo no arriesgaría un diagnóstico final. El abuso de la boludez al expresarse lo ha llevado a usted a un estado deplorable del cual no puede comprender siquiera una charla trivial, por muy banal que sea y por muy elocuente que usted sea al hablar. Sin embargo, la estupidez no puede ser considerada una enfermedad. Es un mal que nos aqueja desde hace milenios, sin dudas.
-Insinúa que soy un boludo, doctor.
-¡Pero no, González! Otra vez interpreta mal mis palabras. Intente serenarse y llegaremos a buen puerto. Usted… ¿se considera inteligente González?
-Y… más o menos doctor. Ahora, con lo que me dice, tengo el ánimo por el piso.
-Otra vez González cae en las acrobacias intelectuales que poco provecho le han dado. Cuando usted dice el ánimo, es decir, su alma, ¿cómo puede estar ella, que es lo más elevado en usted, por el piso? Usted debe considerar sus palabras, ellas deben encontrar el cauce por el cual fluir.
-Todo el mundo habla de fluir, parece que está de moda…
-Cuando usted dice todo el mundo, ¿a quiénes tiene en mente? Usted puede conocer mucha gente, pero difícilmente sepa la opinión de todos. Ni siquiera en una elección se sabe la opinión de todos. ¡Qué mal que habla González! Cómo pretende sentirse bien hablando así.
-Bueno doctor, no me rete. Me expreso con lo mejor de mis condiciones. Quisiera tener su comprensión de la vida, pero me parece poco probable que algún día arribe a sus conclusiones.
-Eso es lógico, González. Usted desconoce si esas conclusiones son mías propias o las obtuve estudiando a un tercero. Además, reincide en su mal uso del vocabulario al decir poco probable en lugar de improbable. Usted enfatiza la necesidad de llamar la atención, González, de allí su magnífica forma de comunicarse con los demás.
– Entiendo…
– No, González, si entendiera de verdad usted permanecería en silencio.
– ¿Hay alguna medicina para mi mal, doctor?
– La hay González. Pero nuevamente incurre en los errores al cuestionar, debido a que no es su mal, sino que es UN mal que usted padece. Su mal indica que es propiedad suya, el cual no es el caso.
– Pero en este caso, sí es mi caso.
– Vea, González, si usted quiere desafiarme le tengo que anticipar que usted puede terminar mal. Muy mal.
– No era mi intención, doctor, sólo quería validar sus palabras.
– No, González, no. Usted no quería validarlas sino que quería refutarlas. ¿Por qué insiste en desafiarme, González? ¿Usted desconfía de lo que le digo?
– Me cuesta creer que mi pesar es a causa de mi modo de hablar…
– Nunca dije eso. Lo que le he dicho es que su hablar, no su modo de hacerlo, revela un desconocimiento de sí que le ha causado toda la zozobra en la cual usted se desenvuelve y por la cual usted consulta con especialistas, una y otra vez. Su resistencia a creer muestra a las claras la desconfianza que tiene usted con lo que le digo.
– Disculpe, doctor. Es que es muy difícil confiar…
– Bien, González, reconocerlo es un primer paso, no menos importante que los subsiguientes.
– ¿Cómo continúa el tratamiento, doctor?
– Aquí tiene esta receta, González. Se toma una cada doce horas.
– Bien, ¿eso es todo?
– Eso es tan sólo el comienzo, González. Para continuar, recita esta oración veinte veces al despertar, veinte veces por la tarde y veinte veces antes de irse a dormir todo el mes hasta la próxima vez que me vea. Aquí se la anoté.
– ¿Mi mamá me mima?
– Exacto. Es la mejor forma de limpiar el contenido errático de su psique.
– Bueno, doctor, no sé qué decirle…
– Nada, González, no me diga nada. Vuelva el próximo mes para ver qué resultados obtenemos de todo esto. Es un proceso lento, pero con paciencia y perseverancia se puede superar el mal que a usted lo aqueja.
– Gracias doctor. No tengo otra palabra para agradecerle.
– No hay de qué, González. Le abona a mi secretaria antes de marcharse y le pide un turno para el próximo mes. Hasta entonces.
– Adiós.

El texto

Había una vez un papel en blanco, que de a poco, letra a letra, palabra por palabra, de punta a punto, fue cobrando vida, transformándose en El texto.
Se dice que, desde su comienzo, el mismo no decía mucho, era más bien parco, escueto, pero con el pasar de los términos fue haciéndose paso entre el público por su locuacidad. Si bien, pocos conocieron de cerca el crecimiento del mismo, muchos lo reconocieron recién cuando éste fue grande, aunque su grandeza no era tal para sí mismo, ya que de él poco hablaba y no aceptaba cumplidos, salvo contadas excepciones. Mientras se desarrollaba, él ocupaba sus quehaceres en mantener la serenidad, no por saber de la eternidad sino, más bien, para no dejarse arrastrar por la celeridad de las demandas periódicas. A diario, mantenía el orden en sí mismo ocupándose de llevar una simple, pero pulcra, puntuación.
El texto se mostraba indiferente tanto a elogios como a críticas, lo que le daba un sentido de equilibrio, rechazando ambas posturas. Si bien, hay quienes quisieron darle un tinte de ambigüedad, El texto era concluyente.
Cada tanto, aparecía un nuevo párrafo donde El texto se manifestaba abiertamente. Había quienes pensaban que éste carecía de contenido, pero El texto no les contrariaba, pues creía que ese adjetivo era insustancial. También estaban quienes le criticaban su desinterés general, pero El texto poca importancia le daba a ese tipo de críticas, confirmando la exactitud de las mismas. Claro que había quienes atribuían ese estado como  propio de su ecuanimidad, pero no había palabras en que El texto lo reconociera. Otros lo calificaban como de gran negación; él sólo parecía indicar, con pudor, que no era para tanto. A veces, algunos se quedaban un buen rato, leyéndolo, saboreándolo, pero no arribaban a conclusiones demasiado satisfactorias a pesar del impacto de la primera lectura. Otros, procedían a una segunda lectura para ver si podían extraer algo más de él, pero era en vano: él ya había dado todo de sí. Es verdad que hubo quienes lo quisieron replicar, pero El texto no sería el mismo, evidentemente.
Según se desprende de El texto, la firmeza del mismo está basada en alguna franca convicción, que transmite lisa y llanamente, aunque quienes lo han analizado, nunca se han puesto de acuerdo en certificar qué es concretamente aquello que expresa el mismo. Se dividen las aguas entre los que aducen tenacidad superlativa y los que alegan capricho o berrinche. No obstante, El texto no daba indicios de inclinarse ni por una ni por otra posición. Fue así, que otros analistas oportunistas quisieron imponer su postura de que El texto se declaraba en estado de perfección, pero el mismo se negó rotundamente.
Están quienes dicen que El texto era el sentir general de negativa a la explotación comercial de sí mismo brindándose gratuitamente por considerarse moralmente con la frente en alto, pero El texto se opuso tajantemente. Quizá esperaba retribución de alguna índole, pensaron entonces, aunque El texto también lo negó, reiterándose.
Hubo quienes, inexactamente, lo quisieron catalogar en primera instancia de antipático, pero El texto crecía en simpatía mientras se esparcía entre quienes lo leían, y en algunos hasta propiciaba algarabía, dicha o alegría. A otros parecía, simplemente, nada les decía.
Seguramente, también estarán aquellos que opinen de El texto sin siquiera conocerlo. Para ellos y para todos aquellos que deseen conocerlo, cito literalmente El texto:
“No.
No.
Y no.”

Extraordinaria

En la esquina hay una verdulería
pasa el tren displicente cual tranvía
los glotones se compraron alfajores
un altar se levanta a los motores.

Marcianita que viajabas en cometas
bamboleabas con cadencia tus dos tetas,
marcianita tu presencia te delata
te lo dicta tu corazón de hojalata.

El asfalto nos ha legado sus boquetes
son portales hacia nuevas dimensiones
exploramos, marcianita, los piquetes
y, asombrados, fotografiamos las visiones.

En tu mundo, marcianita, no hay colores
todo es alba, rojo opaco, no  hay aviones
no se inquietan por dinero los millones
de marcianos se disfrazan los amores.

Marcianita tu mirada me deslumbra
tus ojos verdes y gigantes remolinos
deja grietas en mi alma en penumbras.

Marcianita tu cabello ensortijado
me acaricia cual blackjack en los casinos,
marcianita me has dejado desvelado.

En el barrio no hay quien diga marcianita
cómo vino a visitarnos esta dulce jovencita
atrayendo con sus curvas importadas
y su andar rozagante cautivando las miradas.

Te saludan los gorriones con su canto
los sauces inclinan sus ramas a tu paso

de los autos las bocinas su quebranto
sideral y magistral es nuestro lazo.

Motivo y razón singular para mi muerte
marcianita tus encantos pueden serlo
te deseo en tu viaje buena suerte.

Marcianita cuando vuelvas para Marte
no te olvides de llevarme a conocerlo
marcianita que tan sólo quiero amarte.

Marcianita me recuerdas una cosa
que en esta tierra de placeres, al besarte,
eres como todas las mujeres tan hermosa.

Sr. Consumidor

Estimado cliente de supermercado:
le queremos mostrar nuestro agrado
por tenerlo en nuestro local presente.
Atenderemos su petición urgente.

Le brindaremos el mejor servicio
para que usted satisfaga su vicio
de comprar cosas compulsivamente
por no poder apaciguar su mente.

Sepa que no lo juzgaremos siquiera,
su conducta es como la de cualquiera,
quien opta por consumir productos
que pronto irán por los acueductos.

Compre tomate, pan, huevos, jamón,
no olvide lavarse con un buen jabón.
Lleve aceite, champú, cebolla y pesto
para tirar todo compre un lindo cesto.

Aquí el tiempo no lo apremiará,
tranquilamente usted comprobará
todo está al alcance de su mano.
Sin apuro, esquive a ese fulano.

Cargue usted esta bicicleta
si le queda lugar en el chango,
y si usted se quedó sin un mango
disimule y pague con tarjeta.

No olvide poner en su carro
dos kilos de pan de salvado
un litro de miel en un tarro
y al marcharse dejelo abonado.

Si usted acaso se siente perdido
siga comprando, ese es el sentido,
debe usted gastar todo el efectivo,
compre variado, no tan selectivo.

Puede usted regresar mañana
o tal vez la semana que viene.
Compre esta inútil palangana
y llevele una pelota a su nene.

Vuelva usted con ánimo festivo
comprar mucho no es repetitivo.
Y si viene usted de mala gana
lamentamos su magra semana.

Compre todo o lo que más pueda,
pague siempre con lo que le queda,
lleve vino, sopas, postre, ensalada,
no olvide pagar todo en la retirada.

Compre a gusto y sin discreciones
compre a destajo y sin distracciones.
Compre sin límite a sus decisiones
Compre hasta hartar así sus ambiciones.

Vuelva pronto, aquí lo esperaremos,
vuelva mañana, el domingo estaremos,
vuelva y no olvide que no nos iremos,
vuelva y compre, que es lo que queremos.

Nos despedimos con una sentencia,
le dejamos sólo una advertencia:
No se robe un alfajor o un queso
de descubrirlo lo meteremos preso.

Mutismo

Muta el hombre su cabello
Muta en la dama su perfume
Muta el gaucho de caballo
Muta el alimento que consume.

Muta de hechizo la bruja
Muta el tirano que estruja
Muta el gobierno, el votante
Muta el chofer de volante.

Muta al leer la lectura
Muta al mirar la pintura
Muta el cuerpo que fenece
Muta el niño cuando crece.

Muta el pensamiento, el sentimiento
Muta el hogar, la idea, muta el viento

Muta el joven lo que viste
Muta el lugar en que viviste
Muta tu carita triste
La infelicidad no existe.

Antes de entrar a mi casa

Cuando vengas a mi casa dejate
en la plaza tus cargas y tus penas
fachada de sonrisas olvidate
no traigas tampoco tus condenas.

Ideologías compradas al pasar
tiralas en un tacho de basura
tus medallas las podés guardar;
al igual que las frases de autoayuda.

Escudos, banderines, escondelos
y los cuentos de la tía archivalos
no vengas con nuevas novedades
ni traigas historias de ciudades.

Dijes y cruces metelos al bolsillo
rosarios, tarjetas, coronas y colmillos
guardalos con tus divagaciones nocturnas,
no traigas las cenizas, dejalas en la urna.

Recuerdos, sensaciones
quedátelos, son tuyos
los polvos en los yuyos
( las letras de canciones )
amores olvidados
sueños despertados
vendé tus emociones.

Quedate las palabras que no has dicho
que sirvan de epitafio para el nicho,
no vengas con lo que dijo el vecino
ni traigas pálpitos, tampoco telequinos.

Dejate las prendas con frases no leídas
no vengas con fotos de paredes corroídas
no cargues los cultos a tus oscuras diosas
ni traigas los versos de poesías mentirosas.

Apurate al pasar frente al mural
el tiempo es corto y culmina su función.
Por favor, pasa ya, pero ¡atención!
El esqueleto dejalo en el umbral.

Seguime, la corriente

A vos que me vas a seguir
te tengo nomás que decir
que no me vas a alcanzar
pues sé viajar por el mar.

No quiero seguidores
de blog, ni consumidores
de tiempo libre, señores,
ni quiero mil aduladores.

No me vengan a decir
que todos serán lectores,
curiosos observadores
de a ratos han de venir.

Qué estás buscando, pregunto,
que das vueltas por la red.
¿Es que acaso quiere usted
matar el tiempo en conjunto?

Si acaso buscás poesía
yo te entrego el alma mía.
Si el tiempo querés ceder
te invito a retroceder.

Si buscás una distracción
te ofrezco alguna canción,
si entonces querés volar
la mano dame al despegar.

Tal vez ya no quieras nada
de emociones estás cansada,
capaz no escribas una carta.
Del amor, tal vez, estás harta.

¿Hay algo llamado destino?
¿O es tan sólo desatino
de nuestra parte pensar
que todo se da al empezar?

Importante es que el camino
le sirva sólo al peregrino
para saber que al pasar
nada él se podrá llevar.

Esa es la ley de esta vida.
Por eso te quiero decir
que no olvides que venir
es sólo un viaje de ida.

Como una droga perdida
vos la quisiste buscar
pero te vas a encontrar
con una vida consumida.

Entonces, ¿me vas a seguir?
Hoy que ni vengo ni voy
lo que recuerdo lo doy
es mi modo de servir.

La corriente nos lleva al mar
de regreso, a nuestro hogar,
allí no hay ni ir ni venir
ni existe eso de seguir.

Seguime igual, si querés,
algo podés encontrar:
cuentos, poesía y el mar,
que me ha llevado, ya ves.

Felicitas

Elvis tuvo un momento para reflexionar. Sin embargo, lo desaprovechó y el tiempo se lo consumió su celular, que lo invitó a responder mensajes sin mayor trascendencia, pero que le hacían olvidar su carga diaria de otros pesares, como ser: los dramas de su mujer, la alicaída economía familiar, la magra salud de su mejor amigo, el apriete con patovicas de dos prestamistas, la inflación, un orzuelo, la calvicie, el techo que pedía a gritos reparación cada vez que llovía, su jefe que le exigía mayor rendimiento a menor salario, el rendimiento escolar de sus hijas menores, la lápida de su padre que merecía un pulido, la postergada visita a la podóloga que había derivado en una uña encarnada, un posible renacimiento cuando todo terminara amenazando con un sinfín de la insensatez, la miopía de su compañero Topo, el contrato de alquiler con vencimiento inminente, etc., etc., etc. Etcétera. Y cuando digo etcétera no lo hago de mezquino porque mi mayor deseo es compartir con el lector las preocupaciones que mantenían una nube de pensamientos sobre la testa de Elvis, pero eran innumerables, incalculables e inenarrables. Además, él ( lector ) debe saber mejor que nadie que esto es así, pues su propia experiencia da testimonio de ello. Superado el bache sin mayores contratiempos, prosigamos. Elvis, decíamos, tuvo su momento de calma, aunque sin gran lucidez como para elucidar una solución, pero sí como para sobrellevar su frágil existencia de manera un poco más feliz. No obstante, no expondremos aquí el algoritmo que le habría de dar a Elvis la posibilidad de evitar que dichos y omitidos problemas tengan sobre sí un peso significativo tanto como para obnubilar la felicidad que le deparaba, no ya el destino que le resultaba adverso, sino la vida misma que se abría a todo aquél que tan sólo anhelaba vivir, dichoso y con la inimaginable serenidad que brota desde dentro para nunca más abandonarlo, más allá de toda circunstancia. Fue así, que Elvis estuvo a un instante de comprender el valor de dicho anhelo, cuando fue importunado por una serie de caracteres que visualizó en su mensajófono: Elvis, te dije una y mil veces que laves la taza antes de ir a ese trabajo de mierda, infeliz. Se abstuvo de responder, pero su pensamiento derivó en si el infeliz era naturalmente él mismo o lo decidía así su trabajo o alguno de los otros pensamientos que circulaban por su imaginación. No logró dar con una respuesta que lo satisficiese por lo que simplemente se consideró infeliz a secas, sin causa o razón. Y así como de un charco lleno de lodo surge una bella flor, en lo más rancio de su corazón germinaría la semilla de lo que, a la postre, sería una genuina dicha que lo embargaría en felicidad. Sin embargo, el único embargo que llegó fue el de sus bienes y su sueldo por una sentencia judicial que lo llevó directamente a un calabozo. Pero no se asuste el lector, la historia tiene un final feliz: en prisión, Elvis pergeñó la idea de cavar un túnel para escapar, él y ocho compañeros que compartían la celda de dos por un metro y medio, y consiguió su apoyo, aunque no la mano de obra. Lo cavó él solo y escaparon los  nueve, una mañana donde arreciaban vientos huracanados con ráfagas de doscientos ochenta kilómetros por hora, lluvia, granizo y caída de alacranes, sapos y mangostas. A todo esto, Elvis cumplía esa tarde ochenta y siete años, por lo que uno de los guardiacárceles que le tenía cierto afecto, tras recapturarlo, tuvo la atención, gentil, benévola y complaciente idea de regalarle de una conocida cadena perpetua de hamburguesas, y con el canto al unísono de todo el penal, que coreaba “porque es un buen compañero…”, una cajita feliz.