Era

Época de zapping y de emoticones

Era de travestis y de maricones

Ruido de comparsas, ruido de tambores

Época de farsas, rugen los motores.

Era de visiones, era de ficciones

Época de prisas y de sensaciones.

Música de mierda, letras a montones

Poesías obsoletas, fotos, reggaetones

Pueblan la atención, bocinas y goles.

Era de pastillas, sexo y rocanroles

Nubes de pantallas y lluvia de imágenes

Lágrimas, gemidos, cristos en los márgenes

Colección de frases, flash de informaciones

Muertes cerebrales, videos, grabaciones

Polvo inmaculado, paraguas, terciopelo

Encuentro, tacto, palabras, vamo’al telo

Encanto de sonrisas, el llanto en la novela

Publicidad, cornisas, el santo, vieja escuela.

Era de vitrinas, de apariencia, de fachada

Era muchas cosas, era tanto que era nada.

Anuncios

Quesería

¿Qué será del ensueño vespertino?
¿Qué será de las marcas del destino?
¿Qué será de las huellas del camino?
¿Qué será de lo que ha vertido el vino?

¿Qué será de tu beso matutino?
¿Qué será del malogrado desatino?
¿Qué será de ese luto del vecino?
¿Qué será del deceso repentino?

¿Qué será del recuerdo memorable?
¿Qué será del secreto inenarrable?
¿Qué será del vocablo impronunciable?
¿Qué será del suceso inexplicable?

¿Qué será de ese amigo entrañable?
¿Qué será de esa música adorable?
¿Qué será del sopor insoportable?
¿Qué será de ese poema admirable?

De cadencia

Hablar en serio,
sufrir el tedio,
jugar un poco
palabras, coco.

Pensar, sentir,
amar, vivir,
deber cumplir,
tras dar, pedir.

No me hagás pensar
que me duele la cabeza.
A mí dejame rezar
no quiero ninguna certeza.
Por mí, podés bostezar
mas no te duermas en la mesa.
¿Hay algo que alcanzar?
Mirá los trofeos en mi pieza.

Sube y alcanza la cumbre
baja y no encuentra la lumbre,
estatua de bronce no crece
pasa el tiempo y oscurece,
habla poco y dice mucho
subí la voz, no te escucho,
ser o no ser no me importa
¿dónde ha quedado la torta?
un ratón quiere un pedazo
si es paranoico lo abrazo.
Canta un rockero forradas
se empachó con empanadas,
otro se viste y no canta
algunos lo llamarán chanta.

El que entiende se opone
a todo lo que se propone,
tu estado me cobra impuestos
toda la culpa es de éstos,
menos mal que se termina
esta poesía o letrina,
malas palabras no dice
sin querer, así lo hice.

Ríos de rosa destiñen
blanca la casa, no riñen,
me gustan las marionetas
llegaron las bicicletas,
miedo no dan las caretas
más temor dan las veletas
que te dicen, tras el corte,
viento llegando, es del norte.
¡Suerte! Estoy acondicionado,
hasta el aire ha cambiado.
Y eso que dicen del clima
con ¡qué cagada! no rima.

Un favor

-Tres flautas.
– ¿Qué más?
– Una gaseosa esa de naranja con limón.
– Agarrá, agarrá la que te guste. –le dijo la almacenera.
– Qué porquería esas gaseosas, doña Rita. ¡Puros químicos! –dijo otra cliente.
– ¡Ah! Una mayonesa, no me podía olvidar.
– ¿De cuál le gusta, joven?
– Cualquiera, es para darle un poco de sabor a los chegusanes. – dijo el muchacho.

En ese momento, al almacén entró un hombre encapuchado, quien apuntando desde adentro de un bolsillo sin dejar ver el arma ordenó:
– Todo el mundo quieto. Al primero que se mueva lo limpio como que hay Dios.
– Tranquilo, nene.
– Si, querido, te damos todo lo que nos pidas pero no te mandés una cagada. –le dijo doña Rita.

El muchacho movía la cabeza hacia todas las direcciones, buscando con la mirada algún posible factor de desequilibrio.
– Ponga todo el dinero en esta bolsa usted. –le dijo el malviviente a doña Rita.

La almacenera hacía como le había pedido el delincuente.
– Rápido, rápido, no tengo tiempo que perder. Ustedes dos, dénme todo el dinero que tengan. –les pidió el delincuente al joven y a la otra señora que estaba en el comercio.
– Tomá nene, me vine con 100 pesos nomás para comprar el arroz que necesitaba para el guisito. –le dijo la señora tendiéndole el único billete que portaba.
– Vos, rápido, todo el dinero. –dijo el malviviente al joven.
– ¿Dinero? No le doy ninguna utilidad al dinero.
– Dale, no te hagás el boludo que te lleno de agujeros.
– Sinceramente, no sé de qué me estás hablando. Del lugar de donde vengo no sabemos de dinero. Nosotros nos manejamos con favores. Cada uno lleva una cuenta de cuántos favores hizo o cuántos debe, manteniendo el cálculo actualizado de su balanza comercial, ya sea a favor o en contra. Así, si vos necesitás algo basta con realizar algún favor para costearlo. Todo el mundo se siente útil porque siempre tiene algo que ofrecer, sea un servicio, alguna práctica, prestar alguna herramienta o, simplemente, tender una mano.
– Mirá qué piola. ¿De dónde venís vos?
– Yo soy de Venus. Hace seis meses que ando por acá. Ver este tipo de situaciones es algo que a uno le entristece un poco el alma. De donde vengo no hay necesidad de robar. A uno le basta con pedir lo que desea y costearlo de algún modo. Cuanto mucho lo que hace falta es un poco de tiempo para después poder pagarlo, nada más. Pero como nadie tiene ningún tipo de apuro no se dan estos dramas.
– Antes buscaba trabajo, pero me cansé. Me tenían todo el día transpirando por 2 con cincuenta al rayo del sol. –dijo el malviviente.
– Si, te entiendo. Sabemos que no es tu culpa. Acá doña Rita me conoce y ya hace rato que entablamos una relación en la que nos manejamos con favores, ¿verdad doña Rita?
– Sí, por supuesto. Federico ahora me debe 7 favores pero la confianza que nos tenemos es mutua, entonces como yo sé que él me los va a pagar le entrego la mercadería.
– Así es.
– Pero, ¿y si uno hace trampa con el cálculo de los favores acumulados? –preguntó el malviviente.
– Es imposible. Tenemos unos aparatitos que te lo apoyan en la frente y te lee los cálculos acumulados. Si se da que mentiste, te sancionan y tenés que cumplir con trabajos comunitarios, además podés perder favores. No te conviene. Casi nadie miente en estos temas, tenés que ser medio pavo o un ingenuo. Una vez por mes hacen controles. La mentira se usa más en cuestiones amorosas, donde ahí sí resulta efectiva.
– Me imagino. ¡Qué interesante! ¿A vos te parece que si voy para allá me va a costar adaptarme? –dijo el delincuente.
– Para nada. Tenés un futuro promisorio. ¿Tenés alguna habilidad que se destaque? –dijo el joven.
– Soy bueno trabajando con maderas.
– Qué cagada, loco. En Venus no hay árboles…
– También pinto bastante bien. De chico me decían Vangot, por el de la oreja.
– Ahí tenés una enorme posibilidad de recolectar favores. Mirá, vamos a hacer una cosa: devolvele todo el dinero a doña Rita, que igual, era una miseria. Si querés vivir así tenés que robar cinco comercios por día y no es negocio para nadie. Acá las señoras te van a disculpar por tus intenciones porque saben que cualquiera puede equivocar el camino, ¿verdad? –dijo el joven mirando tanto a doña Rita como a la otra señora que esperaba para comprar el arroz.
– Sí, claro. –dijo doña Rita.
– Olvidate, nene.
– Sacate esa capucha y andá, esperame afuera que ahora te explico cómo llegar.

El delincuente quitándose la capucha se retiró del negocio acomodándose los pelos. El joven, mientras tanto, conversaba en el comercio con doña Rita.
– Yo soy actor. Realizo improvisaciones a la gorra en parques y plazas cuando hay público al que pueda brindarle un momento ameno.
– Querido, me salvaste las papas. Yo me había creído eso de los favores, sonó muy convincente. –dijo doña Rita.
– Sí, nene. Ya me había empezado a imaginar cómo era la gente de tu planeta.
– Qué gracioso, ¿se imaginan? Bueno, ahora lo termino de despachar al muchacho. Por lo pronto no pensarán que trabajo gratis, ¿no? –dijo el joven quitándose la gorra y acercándosela a doña Rita, primero y luego a la otra señora- A propósito, doña Rita, ¿cómo supo que me llamo Federico?

Al rato, en el banco de una plaza, comían unos sándwiches el joven junto a quien había entrado encapuchado al comercio.
-¿Y? ¿Cómo nos fue? –preguntó el malviviente.
– 15 pesos y la comida del día. ¿Te acordás si nos fue peor alguna vez?
– Sí, el día que el viejito ese me pegó con el bastón. Tuviste que dejar la gaseosa o te la cobraban.
– Tenés razón, no me acordaba de esa.

Discurso vacío

Arquitecto de castillos de naipes

Vendedor de inocuas ilusiones

Charlatán de quincho malbec

Protocolo de quimeras digitales

Dale al megusta hasta morir

Erudito en era de emoticones

Franco trecho al aplauso cerrado.

Histórico hablador prominente

Que se agrieta la palabra herida

Las curvas que rozan el pecho

De vez en cuando clorofila

Tu vecina te regala una sonrisa

De su abuela era esa dentadura.

Vuelve fogueo y cardúmen corporal

El neurótico prosigue en su perorata

Ni un silbato lo logra callar.

En la danza mueven sus caderas

Vista fija en ese par de tetas

La multitud ruge sin parar

Shakira sigue de viaje en bicicleta.

Esta sociedad es puro espectáculo

Poesía sin culo no tendrá alquitrán.

Me fumo un puro y sigo escuchando

Palabra rancia a punto de explotar.

Sarta

-Estás confundida con respecto a tí, my darling. Y hasta que no deshagas el hechizo de esa confusión caerás presa de cualquier malentendido.

-El mundo podrá ser una mierda, pero de nuestros bellos culos salen flores hermosas.

-Oh yes. Estamos acostumbrados al empleo de las palabras cargadas con las tintas de otros, my sweety.

-De todo lo vivido, son tus ojos los que iluminan el rincón de mi alma.

-¿Has vivido en mis ojos, my preety?

-Siempre. Resucito en cada parpadeo.

-¡Oh la lá! Eres una estrella a punto de extinguirse, un ejemplar de una especie que escasea, una diosa sin templos ni feligreses, una luz que tienta mi espíritu y la carne que alimenta mis colmillos, my Bonnie.

-¿Qué dices, filántropo agnóstico? Eres reo de tus emociones.

-Te besaría hasta el dolor, my lady.

-Pues lo haré en este fugaz instante, antes de tu sumisión.

-¡Oh! My donna.

En el limbo

Nada me mueve un pelo
ni es razón para desvelo
que discutan, que se maten
las peleas, los dislates.

Ni siquiera me preocupa
aquello que tanto te ocupa,
que se sufra, que te duela,
los problemas de la escuela.

Si el mundo se vino abajo
o si todo se ha ido al carajo
pintar la cara color esperanza
y así renovar la confianza.

La ideología moldea
el pensar de nuestra aldea
lo que digan lo repito
afirman que eso es bonito.

Terminales de un sistema
ese no es mi problema
quien sucumbe a la alternancia
ha de perder su ganancia.

Más vale pronto que tarde
no es razón para el alarde,
¿quien quiere ser billonario?
Salió un nuevo calendario.

¡Eso no sirve pa´ nada!
se preparó la emboscada
y en el limbo continuaba.
La burbuja no explotaba.

El dolor ahora es azul,
¿Cuántos viven en Seúl?
Ayer me crucé con un loco
me contó que aumentó el coco.

No sé bien si será cierto
no seré vivo ni muerto
nunca tuve ese dilema
no encajaba en el esquema.

Y si la vecina llora
busque un dios así le implora,
el chancho no tiene la culpa
el ya ofreció una disculpa.

Los billetes de quinientos
vinieron para el contento,
no me sirve de escarmiento
leer un nuevo mandamiento.

El futuro (hace rato) llegó,
y de qué estamos hablando,
Él sólo sigue esperando
saber por dónde fugó.

¡Qué me puede importar!
Uno sólo quiere comprar
alcornoques de la Europa
y de Boston, una copa.

No es que sea indiferente
no confunda este presente
lo que pasa es simplemente
que soy parte de la gente.

Al natural

En la naturaleza suelo escuchar
de las ranas, dulce croar,
de los gatos, tierno maullar,
del canario, bello cantar,
del ratón, dale cliquear
y de ti, vida mía, roncar.

Cada mañana suelo pensar
cómo me pude olvidar
de esa manera de actuar
tan frágil, sublime, de estar
en este escenario vital
que vida has osado llamar.

Si tu mirada puede ocultar
tu amor por mí sin piedad,
a ello he de considerar
quizá una falta a la verdad,
que tú has olvidado buscar
por temer a la libertad.

El libre sentir de expresar
con gozo, alegría y pensar
que lindo es vivir a la par
en dúplex, cantar y brillar
bien alto, reír y volar,
al amor un poco jugar.

El juego tan dulce de amar
nos puede algún día tocar,
quizá tú has de participar
y amando a la vida llegar
muy hondo, profundo calar,
tu alma mi cielo alcanzar.

De noche me gusta cantar,
un día te puedo encantar
y tu vida así trastocar,
tal vez te has de maravillar
con lo que puedas escuchar.
Por eso ahora debo callar.

Quisiera sólo acariciar…
termino y te dejo soñar.

Fuego

Analía estaba recostada sobre el sofá cuando Michigan se le acercó. Tenía los ojos desorbitados y la cara desencajada, sin embargo le habló serenamente:
– Ana, quiero que mires en dirección a mis pupilas. Encontré que hay algo que no está bien.

Analía intentó mirar sus pupilas pero los ojos de Michigan giraban incesantemente dibujando elipses imaginarias.
– ¿Te sentís bien? –le preguntó Analía.
– Sí, ¿notaste algo raro?
– Veo algo, pero intentá mirarme a los ojos.
– Bueno, dale.

Los ojos de Michigan continuaban girando. Analía le sostuvo la cabeza con ambas manos e intentó mirar directamente a los ojos, pero éstos continuaban girando sin control.
– No puedo. –le dijo Analía.
– Bueno, no te preocupes. Lo quise hacer frente al espejo pero me resultó imposible.
– ¿Tenés idea qué puede ser?
– No, pero sospecho de algo.
– ¿De qué sospechás? ¿Te cayó mal la lasagna?
– Nada más cerca. Además, no comí lasagna, comí albóndigas. –dijo Michigan.
– ¿Qué tal estaban?
– Bien, pero se quemaron un poco.
– ¿Cómo se te van a quemar las albóndigas?
– No me hago ese tipo de preguntas.
– ¿Y qué te preguntás vos? –le dijo Analía.
– No sé.
– Yo me pregunto todo el tiempo por qué suceden las cosas.
– Lo hacés como pasatiempo. Para no morirte de aburrimiento.
– ¿Y vos qué sabés?
– Algo. O tal vez sea nada.
– ¡Cantá todo! –dijo Analía que se había levantado del sofá y le apuntaba con un tenedor.
– Pará, pará, no es tan fácil…
– Dale que no tengo todo el día. A las cinco me espera Lara para ir a comprar adoquines.
– Bueno, sentate porque esto te puede llegar a doler. –dijo Michigan.

Analía se sentó en una silla del comedor. Michigan se acercó con un vaso lleno que Analía bebió. Enseguida lo escupió.
– ¡¿Qué es esto?! –exclamó Analía.
– Una receta de mi abuela para el dolor de codos.
– ¡Es horrible!
– Ella lo preparaba mejor. A mí se me pasa la medida del ron.
– Bueno, decime todo lo que me tenés que decir.
– ¿Por dónde empiezo? –preguntó Michigan.
– ¡Por el principio!
– ¿Te acordás cuando estabas tirada esa noche, vomitando, que te pagué el taxi para que puedas volver a casa?
– No me acuerdo.
– ¿No te acordás por los efectos del alcohol o porque preferís no acordarte?
– Me da igual.
– Bueno, esa noche me quedaste debiendo cien pesos. Quiero que me los devuelvas. Pero eso no es todo.
– ¿Qué más? Mirá que si vamos a reprochar tengo unos cuantos para hacerte. –le dijo Analía.
– Hubo un día que me pediste trescientos para comprarte un pijama. Nunca te compraste el pijama. Quiero los trescientos.
– Ahora no tengo plata así que me vas a tener que esperar.
– ¿Esperar? ¿Qué tengo que esperar?
– Que cobre tu seguro de vida.
– Dejé de pagarlo hace tiempo.
– ¡Por qué no me lo dijiste antes! Le adelanté mil pesos al sicario que contraté. ¡Ahora andá a reclamarle a Montoto!
– No te aflijas. De alguna manera los vamos a recuperar. –le dijo Michigan abrazándola.
– Eso me pasa por confiar en la gente. ¿Cuándo voy a aprender?
– No te preocupes, hay cosas peores en la vida.
– ¿Cuáles?
– Caminar en el fango, escupir para arriba, un dolor de columna.
– Uhm…Tengo mis dudas. –dijo Analía.
– Evacualas.
– ¿Me querés?
– Hace tiempo que no. Perdoname.
– Está bien, te perdono. Pero que sea la última vez.
– ¿O sea que soy libre?
– No. No te hagas el inocente.
– ¿De qué me vas a acusar?
– De maltrato infantil.
– Pero si vos no sos una niña, Ana.
– Tenés razón.
– Entonces, ¿puedo confiar en vos? –preguntó Michigan.
– ¿Para qué?
– Tengo que contarte algo que me tiene un poco angustiado.
– Desembuchá.
– Tengo una seria sospecha de que nosotros no somos nada.
– ¿Te olvidaste que nos casamos hace ocho años?
– No, sí, ya sé. No es eso. Tratá de entenderme la puta que te parió.

Analía le tiró con un vaso que Michigan pudo esquivar antes de que golpee en su cabeza. El vaso se estrelló contra una pared provocando que los pedacitos de vidrio se esparcieran por todo el comedor. Luego, Michigan intentó calmarla. Analía se serenó y volvió a sentarse.
– ¿Cómo te sentís?
– Ahora estoy un poco mejor.
– Tomate una de éstas. –le dijo Michigan mientras le daba una píldora. Analía la comió.
– ¿Qué es?
– Mandarina. –dijo Michigan.
– Estoy un poco confundida.
– Tranquila. Se te va a pasar. Vas a ver que todo va a estar bien.
– No te creo. Para mí que me querés empomar.
– Algo de eso puede haber.
– Te amo, mi Michifuz.
– Ana, sabés que estuve pensando… y no llegué a ninguna conclusión.
– ¡Eso es fantástico!
– Si, pienso lo mismo, pero tengo alguna inquietud que me llama un poco la atención. Pensaba que tal vez todo esto no sea nada. Ni vos, ni yo. Ni nuestra historia.
– Pero yo existo, no me lo podés negar. –dijo Analía.
– Te lo niego rotundamente. –dijo Michigan y recibió un sopapo en la mejilla izquierda.
– Perdón, se me fue un poquito la mano.
– Me dolió.
– Aguantátela, para eso sos hombre. A ver, mirame a los ojos. Ahora puedo ver tus pupilas, las tenés dilatadas, ¿o siempre las usás así?
– Debe ser porque estuve mirando luces cuatro horas seguidas.
– ¿La televisión?
– No, una linterna.
– Ah.
– El sábado es mi cumpleaños, te lo recuerdo con tiempo para que no vengas con las manos vacías.
– Te espera un regalo sorpresa.
– ¿Un BM?
– No llego a tanto.
– Entonces no quiero nada.
– A algún otro le va a gustar lo que compré. –dijo Analía.
– No tengo consuelo.
– No seas tonto, estás pensando bobadas. ¿Qué puede ser tan malo? La infelicidad sólo existe en las historias de ficción. Nosotros vivimos felices por siempre.
– Lo decís porque sospechás que somos fantasía. Además, estoy podrido de comer perdices. De vez en cuando me vendría bien un lechón. Un cordero.
– Tengo que contarte algo.
– Decime. Nada puede empeorar a esta altura del partido.
– ¿Cómo va?
– 4 a 1. –respondió Michigan.
– Vas a ser papá. –le dijo Analía.
– ¿Y me lo decís así nomás? ¿Cuándo te enteraste?
– Anoche, me contó Camila. Está de dos meses ya.
– ¡Qué alegría que me das! –exclamó Michigan.
– Esto habría que celebrarlo. Destapá el champagne.

Michigan destapó la botella y sirvió champagne en dos copas.
– ¿Por qué brindamos?
– Por el amor. –dijo Analía.
– Brindemos por eso. Y brindemos porque somos vida. Brindemos por ser apenas un chispazo en la conciencia del lector.
– Pero… pronto nos olvidará.
– Entonces por fin te podré besar. -dijo Michigan.
– No puedo esperar tanto. –dijo Analía y lo besó apasionadamente.