Fuego

Analía estaba recostada sobre el sofá cuando Michigan se le acercó. Tenía los ojos desorbitados y la cara desencajada, sin embargo le habló serenamente:
– Ana, quiero que mires en dirección a mis pupilas. Encontré que hay algo que no está bien.

Analía intentó mirar sus pupilas pero los ojos de Michigan giraban incesantemente dibujando elipses imaginarias.
– ¿Te sentís bien? –le preguntó Analía.
– Sí, ¿notaste algo raro?
– Veo algo, pero intentá mirarme a los ojos.
– Bueno, dale.

Los ojos de Michigan continuaban girando. Analía le sostuvo la cabeza con ambas manos e intentó mirar directamente a los ojos, pero éstos continuaban girando sin control.
– No puedo. –le dijo Analía.
– Bueno, no te preocupes. Lo quise hacer frente al espejo pero me resultó imposible.
– ¿Tenés idea qué puede ser?
– No, pero sospecho de algo.
– ¿De qué sospechás? ¿Te cayó mal la lasagna?
– Nada más cerca. Además, no comí lasagna, comí albóndigas. –dijo Michigan.
– ¿Qué tal estaban?
– Bien, pero se quemaron un poco.
– ¿Cómo se te van a quemar las albóndigas?
– No me hago ese tipo de preguntas.
– ¿Y qué te preguntás vos? –le dijo Analía.
– No sé.
– Yo me pregunto todo el tiempo por qué suceden las cosas.
– Lo hacés como pasatiempo. Para no morirte de aburrimiento.
– ¿Y vos qué sabés?
– Algo. O tal vez sea nada.
– ¡Cantá todo! –dijo Analía que se había levantado del sofá y le apuntaba con un tenedor.
– Pará, pará, no es tan fácil…
– Dale que no tengo todo el día. A las cinco me espera Lara para ir a comprar adoquines.
– Bueno, sentate porque esto te puede llegar a doler. –dijo Michigan.

Analía se sentó en una silla del comedor. Michigan se acercó con un vaso lleno que Analía bebió. Enseguida lo escupió.
– ¡¿Qué es esto?! –exclamó Analía.
– Una receta de mi abuela para el dolor de codos.
– ¡Es horrible!
– Ella lo preparaba mejor. A mí se me pasa la medida del ron.
– Bueno, decime todo lo que me tenés que decir.
– ¿Por dónde empiezo? –preguntó Michigan.
– ¡Por el principio!
– ¿Te acordás cuando estabas tirada esa noche, vomitando, que te pagué el taxi para que puedas volver a casa?
– No me acuerdo.
– ¿No te acordás por los efectos del alcohol o porque preferís no acordarte?
– Me da igual.
– Bueno, esa noche me quedaste debiendo cien pesos. Quiero que me los devuelvas. Pero eso no es todo.
– ¿Qué más? Mirá que si vamos a reprochar tengo unos cuantos para hacerte. –le dijo Analía.
– Hubo un día que me pediste trescientos para comprarte un pijama. Nunca te compraste el pijama. Quiero los trescientos.
– Ahora no tengo plata así que me vas a tener que esperar.
– ¿Esperar? ¿Qué tengo que esperar?
– Que cobre tu seguro de vida.
– Dejé de pagarlo hace tiempo.
– ¡Por qué no me lo dijiste antes! Le adelanté mil pesos al sicario que contraté. ¡Ahora andá a reclamarle a Montoto!
– No te aflijas. De alguna manera los vamos a recuperar. –le dijo Michigan abrazándola.
– Eso me pasa por confiar en la gente. ¿Cuándo voy a aprender?
– No te preocupes, hay cosas peores en la vida.
– ¿Cuáles?
– Caminar en el fango, escupir para arriba, un dolor de columna.
– Uhm…Tengo mis dudas. –dijo Analía.
– Evacualas.
– ¿Me querés?
– Hace tiempo que no. Perdoname.
– Está bien, te perdono. Pero que sea la última vez.
– ¿O sea que soy libre?
– No. No te hagas el inocente.
– ¿De qué me vas a acusar?
– De maltrato infantil.
– Pero si vos no sos una niña, Ana.
– Tenés razón.
– Entonces, ¿puedo confiar en vos? –preguntó Michigan.
– ¿Para qué?
– Tengo que contarte algo que me tiene un poco angustiado.
– Desembuchá.
– Tengo una seria sospecha de que nosotros no somos nada.
– ¿Te olvidaste que nos casamos hace ocho años?
– No, sí, ya sé. No es eso. Tratá de entenderme la puta que te parió.

Analía le tiró con un vaso que Michigan pudo esquivar antes de que golpee en su cabeza. El vaso se estrelló contra una pared provocando que los pedacitos de vidrio se esparcieran por todo el comedor. Luego, Michigan intentó calmarla. Analía se serenó y volvió a sentarse.
– ¿Cómo te sentís?
– Ahora estoy un poco mejor.
– Tomate una de éstas. –le dijo Michigan mientras le daba una píldora. Analía la comió.
– ¿Qué es?
– Mandarina. –dijo Michigan.
– Estoy un poco confundida.
– Tranquila. Se te va a pasar. Vas a ver que todo va a estar bien.
– No te creo. Para mí que me querés empomar.
– Algo de eso puede haber.
– Te amo, mi Michifuz.
– Ana, sabés que estuve pensando… y no llegué a ninguna conclusión.
– ¡Eso es fantástico!
– Si, pienso lo mismo, pero tengo alguna inquietud que me llama un poco la atención. Pensaba que tal vez todo esto no sea nada. Ni vos, ni yo. Ni nuestra historia.
– Pero yo existo, no me lo podés negar. –dijo Analía.
– Te lo niego rotundamente. –dijo Michigan y recibió un sopapo en la mejilla izquierda.
– Perdón, se me fue un poquito la mano.
– Me dolió.
– Aguantátela, para eso sos hombre. A ver, mirame a los ojos. Ahora puedo ver tus pupilas, las tenés dilatadas, ¿o siempre las usás así?
– Debe ser porque estuve mirando luces cuatro horas seguidas.
– ¿La televisión?
– No, una linterna.
– Ah.
– El sábado es mi cumpleaños, te lo recuerdo con tiempo para que no vengas con las manos vacías.
– Te espera un regalo sorpresa.
– ¿Un BM?
– No llego a tanto.
– Entonces no quiero nada.
– A algún otro le va a gustar lo que compré. –dijo Analía.
– No tengo consuelo.
– No seas tonto, estás pensando bobadas. ¿Qué puede ser tan malo? La infelicidad sólo existe en las historias de ficción. Nosotros vivimos felices por siempre.
– Lo decís porque sospechás que somos fantasía. Además, estoy podrido de comer perdices. De vez en cuando me vendría bien un lechón. Un cordero.
– Tengo que contarte algo.
– Decime. Nada puede empeorar a esta altura del partido.
– ¿Cómo va?
– 4 a 1. –respondió Michigan.
– Vas a ser papá. –le dijo Analía.
– ¿Y me lo decís así nomás? ¿Cuándo te enteraste?
– Anoche, me contó Camila. Está de dos meses ya.
– ¡Qué alegría que me das! –exclamó Michigan.
– Esto habría que celebrarlo. Destapá el champagne.

Michigan destapó la botella y sirvió champagne en dos copas.
– ¿Por qué brindamos?
– Por el amor. –dijo Analía.
– Brindemos por eso. Y brindemos porque somos vida. Brindemos por ser apenas un chispazo en la conciencia del lector.
– Pero… pronto nos olvidará.
– Entonces por fin te podré besar. -dijo Michigan.
– No puedo esperar tanto. –dijo Analía y lo besó apasionadamente.

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