Un favor

-Tres flautas.
– ¿Qué más?
– Una gaseosa esa de naranja con limón.
– Agarrá, agarrá la que te guste. –le dijo la almacenera.
– Qué porquería esas gaseosas, doña Rita. ¡Puros químicos! –dijo otra cliente.
– ¡Ah! Una mayonesa, no me podía olvidar.
– ¿De cuál le gusta, joven?
– Cualquiera, es para darle un poco de sabor a los chegusanes. – dijo el muchacho.

En ese momento, al almacén entró un hombre encapuchado, quien apuntando desde adentro de un bolsillo sin dejar ver el arma ordenó:
– Todo el mundo quieto. Al primero que se mueva lo limpio como que hay Dios.
– Tranquilo, nene.
– Si, querido, te damos todo lo que nos pidas pero no te mandés una cagada. –le dijo doña Rita.

El muchacho movía la cabeza hacia todas las direcciones, buscando con la mirada algún posible factor de desequilibrio.
– Ponga todo el dinero en esta bolsa usted. –le dijo el malviviente a doña Rita.

La almacenera hacía como le había pedido el delincuente.
– Rápido, rápido, no tengo tiempo que perder. Ustedes dos, dénme todo el dinero que tengan. –les pidió el delincuente al joven y a la otra señora que estaba en el comercio.
– Tomá nene, me vine con 100 pesos nomás para comprar el arroz que necesitaba para el guisito. –le dijo la señora tendiéndole el único billete que portaba.
– Vos, rápido, todo el dinero. –dijo el malviviente al joven.
– ¿Dinero? No le doy ninguna utilidad al dinero.
– Dale, no te hagás el boludo que te lleno de agujeros.
– Sinceramente, no sé de qué me estás hablando. Del lugar de donde vengo no sabemos de dinero. Nosotros nos manejamos con favores. Cada uno lleva una cuenta de cuántos favores hizo o cuántos debe, manteniendo el cálculo actualizado de su balanza comercial, ya sea a favor o en contra. Así, si vos necesitás algo basta con realizar algún favor para costearlo. Todo el mundo se siente útil porque siempre tiene algo que ofrecer, sea un servicio, alguna práctica, prestar alguna herramienta o, simplemente, tender una mano.
– Mirá qué piola. ¿De dónde venís vos?
– Yo soy de Venus. Hace seis meses que ando por acá. Ver este tipo de situaciones es algo que a uno le entristece un poco el alma. De donde vengo no hay necesidad de robar. A uno le basta con pedir lo que desea y costearlo de algún modo. Cuanto mucho lo que hace falta es un poco de tiempo para después poder pagarlo, nada más. Pero como nadie tiene ningún tipo de apuro no se dan estos dramas.
– Antes buscaba trabajo, pero me cansé. Me tenían todo el día transpirando por 2 con cincuenta al rayo del sol. –dijo el malviviente.
– Si, te entiendo. Sabemos que no es tu culpa. Acá doña Rita me conoce y ya hace rato que entablamos una relación en la que nos manejamos con favores, ¿verdad doña Rita?
– Sí, por supuesto. Federico ahora me debe 7 favores pero la confianza que nos tenemos es mutua, entonces como yo sé que él me los va a pagar le entrego la mercadería.
– Así es.
– Pero, ¿y si uno hace trampa con el cálculo de los favores acumulados? –preguntó el malviviente.
– Es imposible. Tenemos unos aparatitos que te lo apoyan en la frente y te lee los cálculos acumulados. Si se da que mentiste, te sancionan y tenés que cumplir con trabajos comunitarios, además podés perder favores. No te conviene. Casi nadie miente en estos temas, tenés que ser medio pavo o un ingenuo. Una vez por mes hacen controles. La mentira se usa más en cuestiones amorosas, donde ahí sí resulta efectiva.
– Me imagino. ¡Qué interesante! ¿A vos te parece que si voy para allá me va a costar adaptarme? –dijo el delincuente.
– Para nada. Tenés un futuro promisorio. ¿Tenés alguna habilidad que se destaque? –dijo el joven.
– Soy bueno trabajando con maderas.
– Qué cagada, loco. En Venus no hay árboles…
– También pinto bastante bien. De chico me decían Vangot, por el de la oreja.
– Ahí tenés una enorme posibilidad de recolectar favores. Mirá, vamos a hacer una cosa: devolvele todo el dinero a doña Rita, que igual, era una miseria. Si querés vivir así tenés que robar cinco comercios por día y no es negocio para nadie. Acá las señoras te van a disculpar por tus intenciones porque saben que cualquiera puede equivocar el camino, ¿verdad? –dijo el joven mirando tanto a doña Rita como a la otra señora que esperaba para comprar el arroz.
– Sí, claro. –dijo doña Rita.
– Olvidate, nene.
– Sacate esa capucha y andá, esperame afuera que ahora te explico cómo llegar.

El delincuente quitándose la capucha se retiró del negocio acomodándose los pelos. El joven, mientras tanto, conversaba en el comercio con doña Rita.
– Yo soy actor. Realizo improvisaciones a la gorra en parques y plazas cuando hay público al que pueda brindarle un momento ameno.
– Querido, me salvaste las papas. Yo me había creído eso de los favores, sonó muy convincente. –dijo doña Rita.
– Sí, nene. Ya me había empezado a imaginar cómo era la gente de tu planeta.
– Qué gracioso, ¿se imaginan? Bueno, ahora lo termino de despachar al muchacho. Por lo pronto no pensarán que trabajo gratis, ¿no? –dijo el joven quitándose la gorra y acercándosela a doña Rita, primero y luego a la otra señora- A propósito, doña Rita, ¿cómo supo que me llamo Federico?

Al rato, en el banco de una plaza, comían unos sándwiches el joven junto a quien había entrado encapuchado al comercio.
-¿Y? ¿Cómo nos fue? –preguntó el malviviente.
– 15 pesos y la comida del día. ¿Te acordás si nos fue peor alguna vez?
– Sí, el día que el viejito ese me pegó con el bastón. Tuviste que dejar la gaseosa o te la cobraban.
– Tenés razón, no me acordaba de esa.

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