Un vago recuerdo

“Veáis lo que veáis, es ficción; y si una voz os perjura lo contrario, no creáis”. Grafiti en Conde de Godó.

El médico le había encomendado caminar, pero ella rehusó hacerlo. Y no sólo eso, sino que se negó tajantemente a comer mezcla de vegetales que se da por llamar ensalada. El colesterol le había dado por las nubes, pero Mirna creía que había que vivir a pleno y esa plenitud se la daban los placeres sensoriales, ni más ni menos. Se preparó un par de bifes a la plancha con dos huevos fritos, acompañando el almuerzo con un cavernet sauvignon, cosecha 2001. Cuando terminó de comer, se desprendió el cinto y se reclinó sobre el respaldo de la silla. Evaluó durante esos instantes su proceder posterior a la comilona y resolvió dejar todo como estaba y dormitar un rato sobre el sommier. Ni bien se acomodó sobre la cama, se planchó, durmiéndose profundamente, lo que le posibilitó olvidar sus males y experimentar así la relajación en un estado de serenidad gracias al olvido. No obstante, al despertar, lo primero que le recordó la memoria que la subyugaba fue la condición de salud que la apremiaba. Mirna quiso ignorarla, pero aquella se reveló y le repitió, palabra por palabra, el diagnóstico del médico. Para no ser menos, Mirna le mencionó unas palabras que había leído en una revista de salud: el colesterol es necesario para que el cuerpo funcione normalmente. Su memoria no se quedó atrás y le retrucó: pero su exceso puede tapar arterias y provocar enfermedades cardíacas. Mirna, ni lerda ni perezosa, le dijo que para contrarrestar el problema acudía a la bienaventuranza de la ingesta de vino. Así estuvieron enfrentadas durante buena parte de la tarde, Mirna y su memoria, pero llegaron a un feliz acuerdo; Mirna recorrería las calles y bulevares de la ciudad para aminorar el impacto y la memoria se dejaría de hinchar las pelotas. Se vistió de jogging y caminaron juntas hasta “paso del buey” según recordaría con el tiempo, pero cuando atravesaban el mismo un automóvil interrumpió su trayectoria impidiéndole llegar al otro lado. Tendida sobre el pavimento, Mirna oía voces y, al rato, la sirena de una ambulancia en la cual fue trasladada al hospital seguidamente. Cuando estaba sobre la camilla, una enfermera le preguntó qué había pasado, entre otros datos que certificaran que aún estaba consciente. Mirna buscó apoyo, pero sólo lograba oír aquellas palabras del doctor Leguizamón que le insistían con salir a caminar. Miró a la enfermera y le preguntó: ¿Conocés algo más hijoeputa que la memoria?

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