Carga virtual

Encendí la computadora y apareció un cartel que decía “Cargando” y mostraba un indicador de progreso que no avanzaba. Amagué a reiniciarla cuando observé otro cartel que decía “¡Espere!”, por lo que decidí hacerle caso a la máquina y aguardar algunos minutos más, puesto que disponía de tiempo adicional para cedérselo a la misma y que ella los utilice para lo que le plazca, si es que algo le placía.
Luego de un tiempo en que no dio indicios de progreso alguno, el indicador avanzó apenas una mísera línea. Ni siquiera indicaba en pantalla el porcentaje de carga que ya había completado, por lo que, si quisiera saberlo, debía hacer el cálculo correspondiente al gráfico que tenía frente a mí. Pero lo rechacé, debido a que no tenía otra opción más que esperar por lo que sería inútil saber los detalles del proceso. Verdaderamente, tenía otra opción, que era reiniciar la máquina, pero la había descartado en el momento en que decidí esperar aquél proceso de carga.
En un momento, me pareció ver otro cartel iluminado sobre la pantalla durante un breve instante para, después, desaparecer rápidamente: “Estúpido”, decía. Dudé. Quizá fuera producto de mi propia ansia de ver completada aquella carga. Miré mi reloj, habían pasado once minutos sin que haya ningún avance. Me agaché hacia donde estaba el gabinete central de la máquina, harto, con la clara intención de reiniciarla, cuando en la pantalla apareció un cartel: “Paciencia, por favor”. Parece que sabe leer mis pensamientos, pensé. “Sí”, indicó un cartel en la pantalla. Esa es una respuesta que, aunque parece contundente, en este caso es muy ambigua. Ahora mismo podría estar pensando cualquier cosa y esta máquina, al tan sólo decir sí, no está indicando nada más allá de eso. “Así es” apareció en pantalla. El indicador mostraba un pequeño avance. Peor es nada, pensé. La máquina no mostró leyenda alguna en pantalla, tan sólo seguía allí ese gráfico. Observé mi reloj nuevamente: ocho minutos más habían transcurrido. De mi frente cayeron un par de gotas de sudor. No hacía calor, pero mi mente bullía. A dónde iremos a parar, pensé, y en pantalla apareció una imagen de un vertedero cloacal, en un instante inferior a un suspiro. Luego, continuó allí el gráfico mostrando que la carga había avanzado una línea más. Eso no pude haberlo imaginado, la imagen apareció delante de mí, aunque no podría probarlo. ¿En verdad esta máquina podía saber qué es lo que estaba pensando delante de ella? “Nuevamente, sí”, fue lo que leí en ese momento en la pantalla. Apareció otro cartel: “Espere. Tranquilo”. La máquina mostraba signos volitivos. Intenté buscar formas de pensamiento que neutralicen la lectura de la máquina, pero fue imposible. Sentía que me rendía ante una inteligencia superior, que, además ahora, tenía acceso a los recovecos más profundos de mi ser.
Volví a mirar mi reloj: diecisiete minutos más habían pasado. “Lo estamos cargando”, decía el cartel en pantalla, que pronto se corrigió a “Estamos cargándolo” y un tiempo después retornó a su estado habitual simple de “Cargando”. ¡¿Cuánto puede tardar una carga?!, pensé enérgicamente, mientras en pantalla aparecía una breve explicación:

El proceso de carga puede demorar algunos minutos
debido a que durante el mismo intervienen diversos factores,
dependiendo del potencial de su equipo.
Por favor, tenga paciencia y sepa disculpar la molestia.

Eso no evacuaba mis dudas con respecto al tiempo que me demandaría, ya que habían pasado demasiados minutos, más de los que podía esperar. Además, no tenía bien en claro qué es lo que estaba cargando la máquina allí y, cuando apareció este pensamiento en mí, simultáneamente, en pantalla apareció otro cartel:

Estamos cargando PAPEL:
Programa de Adaptación de Personal al Entorno Lunático.

De qué diablos me está hablando, pensé, si nunca cargué ese programa en esta máquina, yo sólo quería jugar una partida de tetris, porque estaba triste. En pantalla apareció otro cartel indicando que PAPEL, era un programa secreto de los servicios espaciales de la nación y había sido instalado con mi autorización, contrato que los servicios espaciales tenían firmados por mí.
Intenté recordar cuándo pude haber firmado tal contrato, pero no logré hacerlo. Ya sé, pensé, y luego pensé detenidamente la siguiente oración: quisiera saber cuándo y dónde firmé el contrato en el que autorizaba a instalar el programa. Inmediatamente, en la pantalla apareció un cartel que decía:

Soy un programa, no el genio de la lámpara de Aladino.

Maldición, es demasiado listo. No sabía cómo despojarme del asunto.
El reloj indicaba que habían pasado treinta y dos minutos más, y el indicador de carga mostraba apenas una línea de avance. Tomé una franela y la pasé sobre la pantalla para quitarle el polvillo que en ella había. “Gracias”, decía un cartel sobre la misma. El indicador de progreso se quedó, pareciera, detenido. Al menos no avanzaba en el tiempo que deseaba. Tengo que ir al baño, pensé, mientras en la pantalla un cartel decía “No, todavía” y desaparecía luego para dar paso al habitual “Cargando”. Quizás es uno de esos programas graciosos para asustar niños, creí. Si tan sólo tiro del cable enchufado en el tomacorriente de la pared el asunto estaría liquidado. Otro cartel en pantalla me llenó de pasmo: “Tire del cable y el liquidado será Ud.”. Nada podía hacer. La espera me había paralizado. El indicador no avanzaba. Mi reloj se había detenido. Mis párpados se habían quedado inmóviles. No sabía cuánto tiempo había transcurrido. La oscuridad de la habitación y el silencio que había allí no me permitían determinar si alrededor mío todo continuaba con normalidad.
De pronto, por una claraboya, emergió majestuosa, la luna. No pude girar mi cabeza para verla, puesto que mi cuello estaba tieso, pero al verla de reojo allá en lo alto, cierta paz acudió a mí y respiré profundamente con cierta calma que había perdido desde que esperé esa condenada carga. Volví a mirar la pantalla, pero no había indicios de avance.
De repente, apareció delante de mí un nuevo cartel:

El proceso de carga ha fallado.
Por favor, reinicie la máquina.

Allí fue, entonces, que quedé en la disyuntiva, de si obedecer al programa o no, por temor a que, nuevamente, me vuelva a cargar el desgraciado.

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