Infinitum

Bajo la sombra de un viejo y frondoso sauce en el fondo de la quinta, reposaba semidormido Demetrio. Interrumpió su descanso el crujido emitido por una rama que se quebró cuando una comadreja se posó sobre ella. Demetrio alzó la vista y pudo ver al animalejo haciendo acrobacias para mantenerse sobre el árbol. De hecho, no sólo hacía acrobacias sino que además hacía malabares con envases de cerveza, puesto que tenía dotes de artista y se habría desempeñado como animador en un circo ambulante que, de pueblo en pueblo, divertía a los concurrentes que, estupefactos pero agradecidos, contemplaban el show del animal, entre otros variopintos espectáculos. Demetrio cruzó su pierna izquierda por sobre la restante y volvió apoyar su espalda contra el tronco del sauce. A su lado descansaba el mate ya frío sobre un tronco que otrora conformara un gran pino. Se le apeteció fumar de su vieja pipa por lo que la cargó con abundante tabaco con tranquilidad pero persistentemente y, tras encenderla e inhalar, lanzó una bocanada de humo que se disipó luego en el ambiente. A algunos metros de distancia divisó una figura irreconocible. No supo, en ese momento, si se trataba de un anciano afirmado sobre un bastón, o de una mujer elegantemente vestida, un felino parado sobre sus patas traseras, un ave de alas cortas o simplemente era un espejo que lo reflejaba al que no le había prestado atención con anterioridad. Pero no era esto último pues la forma avanzó sigilosamente en dirección al sauce y Demetrio, que se había puesto de pie desde que estaba fumando, estaba quieto apoyado sobre el árbol. Conforme la figura avanzó, Demetrio fue observando algunas particularidades, a saber: sobre la cabeza llevaba un casco negro; una barba tupida asomaba por debajo del mismo; llevaba guantes a pesar del calor agobiante que hacía; vestía todo de azul, incluso los zapatos que llevaba calzados.
-Buen día. –dijo Demetrio.
-Buen día. –dijo el otro quitándose el casco.
-¿Qué lo trae por acá?
-Aquella moto que ve allá. –dijo aquél señalando algo lejano sobre el camino.
-Ya veo… pero le pregunto cuál es el motivo de su visita.
-Ninguno en particular. Lo observé fumando desde allí y quería saber si me podría convidar algunas pitadas.
-¡Desde ya, hombre! –dijo Demetrio tendiéndole la pipa- Tenga, es tabaco del bueno.

El hombre se presentó como Alcides y comentó que hacía una hora estaba buscando la salida del pueblo, sin éxito. Había girado aparentemente en círculos, pasando reiteradamente por idénticos lugares una y otra vez, a pesar de lo pequeño que era el sitio. Demetrio sonrió y le explicó con paciencia que la salida del pueblo era diferente a cualquier lugar conocido.
-Para salir -le dijo-, debe entrar. Usted ha estado sólo en la periferia. –aclaró.
-Y claro, me quería ir, no quedarme.
-Verá –dijo Demetrio aclarando la garganta-, Infinitum ha sido diseñado por un hombre que construía laberintos para parques de diversiones y demás. Cuando empezaron a construir el pueblo, los trabajadores que se decidían a marcharse no hacían más que ensanchar las construcciones del lugar. Quienes llegaban, por su parte, al no hallar la salida tenían la opción de asentarse, por lo que resolvían construir. Así, poco a poco, este lugar fue creciendo no sólo en construcciones, sino lo que es mucho más en fama y leyenda, por eso son pocos los que llegan y menos aún los que desean marcharse. Hay un cartel afuera que advierte sobre esta situación, debería haberle prestado atención. O quizás, pensándolo cuidadosamente, dicho cartel ya no esté advirtiendo a los visitantes. De todas formas, puedo darle un indicio de cómo encontrar la salida.
-Lo escucho atentamente. –dijo Alcides.
-Si usted da vueltas y recorre el lugar no la hallará jamás. Simplemente, deje de girar y la salida estará ante usted en menos de lo que canta un gallo.
-¿Quiere decir que no tengo escapatoria?
-No he hecho otra cosa más que indicarle cómo salir de aquí. –dijo Demetrio tras pitar de la pipa.
-Una pregunta más…
-Sí, cómo no. –dijo Demetrio.
-¿Usted por qué no se fue?
-Yo me fui hace rato.

Alcides se quedó pensando. Desconfió de las palabras que oyó y, montando su moto, recorrió el lugar. Efectivamente, allí donde terminaban las construcciones no había caminos, parajes, vegetación. Ni siquiera puede decirse que era un desierto el lugar, pues no lo era. Intentó recordar el lugar por el que había llegado, era un camino angosto de tierra de una sola mano y había, al ingresar, una estación de servicio donde cargó combustible. Recorrió el lugar en busca de la estación, pero no la halló. El pueblo tendría apenas diez o doce manzanas donde se habían asentado los habitantes y no más que eso. No había caminos para salir ni para entrar. Sin embargo, Alcides estaba “dentro”. Detuvo su moto y dejó el casco sobre ella.
-Bien… parece que estoy confinado a pasar el resto de mis días aquí.

Alcides construyó una casa en un terreno del pueblo. Se dedicó a plantar los alimentos que le dieron su sustento, además de criar una vaca que producía leche para su consumo y otros derivados que aprendió a fabricar, y criar gallinas ponedoras. Aunque nunca pudo irse del pueblo, aprendió a vivir feliz en él y comprendió que aquellas palabras mostraban la verdadera salida de Infinitum.

Un día de intenso calor, vio llegar a un joven que hacía un periplo como mochilero. El muchacho se le acercó y le preguntó por la salida.
-Verá –dijo Alcides- para salir usted debe entrar.

Anuncios

Comente ad honorem

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s