La logia de Theo

A mis queridos hermanos.

 

Con Ramiro, hace cientos de decenas de años, cuando éramos grandes, entramos a una casa abandonada aspirando a un poco de sosiego en la virulenta sociedad y nos encontramos rápidamente con tres sorpresas inexplicables: primero, no estaba abandonada, pues la misma estaba llena de gente que como nosotros buscaba un lugar de tranquilidad; segundo, no habíamos entrado sino que apenas la habíamos observado a través de una hendija que permeaba luz; y tercero, no se trataba de una casa, sino que era…un… planeta.

***

Después del susto que nos llevamos, corrimos a toda velocidad hasta un hospital semiderruido. Recorrimos los pabellones en busca de alguna medicina que disipara el dolor de estómago y las náuseas que sentíamos en el vértigo del descubrimiento, pero los pocos doctores que encontramos estaban demasiado ocupados jugando póquer y no nos daban pelota. A lo lejos, en un pasillo oscuro, nos pareció ver la figura de una enfermera. Le dimos alcance y nos quedamos mirando sus manos en las que llevaba doce jeringas llenas de líquidos viscosos en cada una de ellas. Cuando alzamos la vista, nos dimos cuenta que era Mariana, radiante y coqueta, y se alegraba de volver a vernos después de tantas décadas. Le explicamos un poco lo que nos pasaba pero se negó tajantemente a pichicatearnos alguna medicina, pues decía que nuestro mal era de orden teológico y no estomacal. Tratamos de explicarle que todos creemos aún incluso cuando estemos en desacuerdo los unos con los otros o, también, cuando lo neguemos, que las diferencias son sólo superficiales y verbales y en la profundidad reconocemos la unidad. Pero ella estaba retratándonos con su celular en medio de las explicaciones y cuando ascendían las fotografías a su muro, aprovechamos para rajar.

***

Atravesamos toda la región hasta llegar a la costa. El viento nos despejó un poco las ideas, pero no los temperamentos. Algunos se bañaban en las aguas cálidas a pesar del frío. De algún lugar se empezó a escuchar una música que desconocíamos ni tampoco reconocíamos la procedencia. Tal vez habría parlantes sobre la costanera pero nuestra miopía no nos permitía encontrarlos. Es Chayanne, dijo Ramiro. Y le prestamos atención a la letra: un niño siempre es el rey…del amor. Discutimos el asunto entre los dos, exponiendo cuestiones que derivaron en una conversación de bueyes perdidos en la que divagamos un buen trecho, hasta que apareció Rolo, cabalgando, y nos reventó la burbuja en que estábamos respirando, con una sentencia fulminante: la única verdad es la realidad, nos dijo en tono firme y rostro severo. Después sonrió fraternalmente y se alejó a todo galope hasta que lo perdimos de vista a los pocos metros. Caminamos en la misma dirección y encontramos una mano. Nos preguntamos si sería la que arrojó la primera piedra.

***
En el crepúsculo de nuestra desazón, tras siglos de preguntas, nos quedamos dormidos entre tamariscos y palmeras que nos respondían en silencio y con paciente benevolencia. Soñamos durante setecientas noches, los sueños de todos los hombres hasta que despertamos en uno en común. Como teníamos hambre arrojamos las redes al mar, pero sólo recogimos todo tipo de basura: botellas, empaques, cartones y latas vacías. Muy cerca nuestro había una sombrilla multicolor. Nos acercamos y allí estaba, nada más ni nada menos que Gabi, nuestra divina hermana. Estábamos muy emocionados los tres y, mientras comíamos unos bizcochos tomando mate, nos pusimos al día conversando varios lustros ininterrumpidamente. De la radio nos invadían con todo tipo de preocupaciones, pero ella la apagó y, nuevamente, sentimos la paz que reinaba bajo los pies del hombre. “Él tiene el mundo en sus manos”, nos dijo luego. Nosotros miramos hacia la orilla y vimos que venía corriendo un niño-rey con una sonrisa natural que apenas conocíamos por fotos, llevando una enorme pelota que se asemejaba a un planeta. “Theo, lógico”.

 

Tus lágrimas aplacarán mi sed

Anoche, mi estimado amigo y colega Carol Lewin se suicidó. Previamente, me había narrado la novela que venía preparando y recién había comenzado a escribir. Con eje en un novedoso sistema electrónico digital en el que la gente se encontraba en un lugar virtual, denominado holorgasmia, para encontrarse en alguna privacidad que el mundo les había arrebatado, ya que todo, absolutamente todo era telefilmado debido a que la población temblorosa lo había aceptado dócilmente para alcanzar algún tipo de seguridad que la naturaleza de sus integrantes le negaba, y era sólo allí donde lograban el encuentro que había sido inviable en la escena local. Además, cierto sector de la población había comenzado a utilizar unos cascos que le brindaban todos los datos que requería de su interlocutor en frente con un golpe de vista: historia clínica, antecedentes policiales, currículum, etc. y el mismo se había popularizado. Sin embargo, la novela no tenía como pretensión anticipar la facultad de todos estos dispositivos electrónicos ya en circulación y la creciente y envalentonada sumisión del gentío a la dominación tecnológica, sino que eran el soporte de una narración paralela al discurso hegemónico que se debatía entre los beneplácitos de la época y la adormecida conciencia que lejos de buscar su máxima expresión se empalagaba con deliciosos chocolates y dulces caramelos de la era. Lo trágico de la vida del hombre no es ver cómo sus sueños se esfuman, sino más bien cómo sus pesadillas se desarrollan. La poética de la razón difícilmente sería comprendida en tiempos de exiliada sensatez. Pero Carol Lewin dejó su impronta y la existencia tragándose su celular.

Observa

Hay gente que mira sin ver.
Mira un auto y ve su valor
Una casa y ve cuánto sale
Un ser humano que cuánto tiene
Un celular como que va y viene
Un niño que será doctor
Un joven, su benefactor.
Y así sucesivamente procede
Mirando cosas, haciendo cuentas
Sin importar belleza o color
Si es sensible, profundo, veraz
Pues su materialismo es tenaz
Y no importa si serán ciertas
Las cosas, sólo cuenta es tener
Valorización y juicio de todo
Monetarizar quizá hasta el lodo
Para que lo encuentre la muerte
Rodeado de cosas de costo superlativo
Que le haga creer que al morir sigue vivo
Y trocó moneda por algo de suerte.

En el arte también sucede
Que ve pintura y paga fortuna
Para ostentar, su valor no su arte
Y así, todo así, malogrado
Sigue esa gente sin ver que precede
El remate en verso que aquí sale
Como corolario de lo expresado:
Que ve poesía y no sabe lo que vale.

El ladrón de poesías

Recolecto votos. Junto opiniones
recojo juicios, dichos, emoticones
palabras sueltas, conceptos, ideas
todo lo que diga aunque no lo crea
me viene al pelo para crear cuentos
poesías, relatos y hasta garabatos
pueden ser sobremesas o inventos
improvisaciones entre aparatos.
Usted desembuche lo que tiene
dígalo sin miramientos, mi bella
que al crear entre versos hace mella.
La capacidad por decir se sostiene
y aunque le parezca un tanto ridículo
no suponga que es pobre un artículo,
cada coma o punto tiene su peso
en una poesía, incluso el bostezo
pues aquí lo dicho es un acierto
y se lo debemos a su propia mente
que arroja palabras constantemente
dígame acaso si ésto no es cierto.
Por eso le robo al hablar lo que dice
lo tomo, lo saboreo, le doy forma
y sale de usted una poesía sin norma
le estampo la firma y digo que la hice.
( No obstante, me siento ruin, un vil ladrón
pues dichos versos se los debo a su corazón)

Elogio a la torpeza

Mis poesías se han plagado de aduladores
entre mis versos, las metáforas, hay belleza
que la capta un alma simple en su sonrisa
mas nadie me ha dicho que algunas peores
son tan malas, son tan torpes, que sus rimas
son basura de hojalata, pura hez lírica
no me dicen que no llegan, ya sin crítica
que más que poesías parecen doctrinas,
no me han dicho que ésto que brindo a diario
que creía tan sublime, es tosco y grotesco
y por creerles sus elogios, mis queridos,
he quedado en la ruina de la gloria, incomprendido,
sabiendo que mis palabras son el cesto
que tejen literario un excelso calendario.

Signos de la era

Era que pregonaba individualismo
Era de luces, cámaras y acciones
No hubo quién, raro, en el abismo
Que en el show revelara direcciones
Tan siquiera un reflejo de ti mismo
Chimpancé que forjaba relaciones,
Se encariña con mascotas y exitismo
Le festeja al esquema tentaciones.
Hay verdugos del neoliberalismo
Que triunfan en todas las defunciones.
El aplauso ni tan sólo es eufemismo
Es un signo de una era de emoticones.

El venado

Mientras bebía un café, Arturo leía las noticias del día anterior. Entre ellas, una hablaba de la muerte de un policía que accionó su arma sin querer mientras la limpiaba. Al revolver la taza, Arturo observó una mosca que se paró en el borde de la misma. Esta tenía dos cuernos que sobresalían de su cabeza y él, lejos de espantarla, la contempló. Una rareza de la naturaleza, pensó. Levantó la taza para beber y el insecto huyó volando. Tras permanecer leyendo varias notas periodísticas, terminó de beber el café y llamó al mozo para pagar. Cuando éste se hizo presente, Arturo observó dos protuberancias en la frente del empleado que antes no había notado. Intentando ocultar con disimulo su atención, pagó por lo que había consumido y se marchó. Al salir, un perro le movía la cola jugando con una rama. Arturo la recogió y se la tiró lejos. El can pronto volvió corriendo y cuando Arturo lo miró vio que el mismo tenía dos cuernos en la cabeza. Le pareció raro, pero pensó que tendría alguna cruza con cabra o algo parecido y se desentendió del asunto. Caminó hasta la parada de colectivos y allí había un anciano esperando impacientemente. Arturo lo miró detenidamente. El hombre vestía un ambo gris y llevaba un sombrero del mismo color. Sobre el mismo, se extendían a través de unos agujeros unos cuernos parecidos a los de un alce. Evidentemente, salían desde la cabeza misma de aquél hombre.
-Lindo día. –dijo Arturo para entablar un diálogo.
-¿Qué tiene de lindo? Es un día como cualquier otro.
-El tiempo es agradable. No hay humedad ni hace demasiado calor.
-¿Y con eso se contenta?
-¿Por qué no? Hay que estar agradecido…

El hombre se subió al colectivo que se detuvo frente a él. Arturo no se animó a preguntar por su cornamenta. Luego, subió al colectivo que estaba esperando y al hacerlo vio que el chofer ostentaba sobre su testa un par de cuernos magníficos, largos y brillantes. Se sentó al fondo del ómnibus que estaba casi vacío. La música que se escuchaba lo tranquilizó por un momento. Extrajo de un bolsillo un libro que llevaba consigo y se quedó leyéndolo en el trayecto. Al bajarse, la calle estaba desértica. Bueno, no tan vacía pues había allí sobre la vereda una paloma blanca. Cuando Arturo la observó no pudo creer lo que tenía delante: la misma tenía sobre su cabeza dos blancos cuernos. Al pasar cerca, el ave emprendió raudo vuelo hacia el firmamento y se perdió de la vista de Arturo. Caminó hasta su casa, a unos treinta metros y abrió la puerta al llegar con una de las llaves. Se sentó sobre el sofá y, al poco tiempo, sonó el timbre. Cuando fue a atender vio entreabriendo la puerta que se trataba del cartero. No fue menor su sorpresa cuando observó que éste tenía dos cuernos doblados en la cabeza.
-Certificada. –dijo el cartero.
-Lindo día, ¿verdad?
-¿Qué le ve de lindo?
-Temperatura agradable, no hay viento, ni llueve.
-Agradezcamos también que no nieva ni caen bombas.

No supo cómo encarar la conversación acerca de los cuernos del cartero, que ya había observado de distintas formas y tamaños en otra gente. El tema de por sí le llamaba drásticamente la atención, pero no tenía a quién recurrir. Firmó la planilla del cartero y se despidió. Ingresó nuevamente a la vivienda y abrió la carta que había recibido. Era de su amigo Enrique, que estaba viviendo en Bogotá hacía unos meses. En ella, le narraba sus dificultades económicas y un mal trance que sufrió con una mujer. Cuando terminó de leerla, retornó a su pensamiento la idea de averiguar el origen de aquellos cuernos. Desistiendo de la posibilidad de preguntarle directamente a quien los llevara en su cabeza por pudor o vergüenza, sólo le quedaba averiguar con Nancy, su novia, si es que ella sabía de qué se trataba el asunto. Algo que dedujo de todo aquello era que sólo lo había visto en hombres. ¿Se había cruzado con alguna mujer? Si, en el colectivo había dos damas y ninguna llevaba cuernos. Y de los animales no podía determinar su sexo. Se tomó un taxi a la casa de su novia. El taxista, por supuesto, llevaba en su cabeza dos largos y delgados cuernos. Ya no le llamaban tanto la atención el hecho de saber que todos los tenían, sino sólo sus extravagantes y diversas formas. Pagó el viaje y se bajó en la puerta de la casa de su novia. Tocó el timbre y enseguida estaba ella en la puerta.
-¡Arturo! ¿Qué hacés acá?
-Te vine a ver. Además, hay algo que me inquieta.

Ella lo besó y luego ambos ingresaron a la vivienda.
-Creo que estoy viendo visiones.
-¿Por qué? ¿Qué viste?
-Todo el mundo tiene cuernos.
-Ah, sí, es normal porque ya entró en vigencia el decreto.
-¿Qué decreto?
-El decreto presidencial que obliga a los machos a implantarse cuernos. Según estudios científicos, los animales que tienen cuernos sólo atacan en defensa y nunca a las hembras. Así, desaparecerán los asesinatos y el maltrato a la mujer. Me parece una medida sensata.
-Es una locura.
-Mirale el lado bueno. Con cuernos se termina aquello de la gastada por infidelidad ya que todos están en las mismas condiciones.
-¿Y me los voy a tener que poner?
-El viernes. Como vivís en babia, yo misma te saqué el turno.
-Qué desgracia…No sé si darte las gracias.
-Decime, ¿qué te gustaría? ¿De okapi, de cabra, de antílope?
-Creo que de jirafa.

Evolución

Progresan los emoticones
evolucionan los patacones
fotografías y caretas
financieras bicicletas.
Cansa tu cara de selfin
la inteligencia del delfín
¿Hay algo que comprender?
Aquí todo es cuestión de ver.
Es lindo observar cuando ríes
cuando crujes, bailas, sonríes,
cuando una palabra o pavada
toca tu alma encantada.

De palabras

Frases que son memorables
recuerdos insoportables
la palabra detestable
un sentido indescifrable.

Un insulto camuflado
en elogios disfrazado,
un concepto equivocado
por otro distorsionado.

Una palabra de aliento
quejas y algún lamento
si amar es un sentimiento
repleto está el pensamiento.

Oraciones y poesías
expresiones y alegrías
la voz de todos los días
gritos de algarabía.

Un sermón o un discurso,
el dictado en otro curso,
la cultura la sostiene
la mente así se entretiene.

De un himno, su nacimiento,
de canciones, presentimiento,
en la tabla, mandamiento,
en lo eterno sólo un momento.

La palabra está en eso
y está la flor del cerezo,
dando vida en cada instante
asistiendo hasta un infante.

Es ella que vitalmente
te despierta en el presente
A veces causa un descuido
si no sirve mejor lo olvido.

Es vida y también camino
que transita el peregrino
que busca, acaso, verdad
y halla, así, libertad.

Pues libre de haber andado
diversos caminos transitado
así puede reconocer
lo ilimitado del ser.

No ser nada no es mentira
si lo dice el que delira
ser todo parece poco
si lo afirma un pobre loco.

Entonces, ¿acaso somos
un libro o algunos tomos
de una historia ficticia,
si una palabra te acaricia?

Será que sencillamente
lo que es lo es simplemente
sin un asomo de duda.
Lo dijo mejor un Buda.

Abecedario fantástico cantable

A…: Anoche llamó Ana, avisó que todos se están volviendo pelotudos.
B…: ¡Bestias! ¿Cómo pasó? ¿Qué pudo haber sido? ¡Brutal!
C…: Creen que se disparó. ¡Caput! Estalló la hilarante megahipercandórica. César dijo que fue accidente. Cuando algunos se inclinan a pensar que la tiraron los hunos, otros sin inclinarse suponen que fueron otros.

En eso llega CH…, chamuscado, corriendo, agitado, demacrado, con cara de chanta: Che, ¿se enteraron? Chocamos. “Decí que no vivimos en un frasco…”, dijo D… y detalló: “…excepto P…, que parece precario, todavía no concretó el escape”.
F… (flameando sobre una pata, la izquierda, la derecha era de fibra de vidrio): Fácil, que alguno regrese el tiempo atrás, como en la ficción. Sería fabuloso, fenomenal. Funcionarían las fábricas febriles filosóficas.
E…: Eso ya se hizo. Te explico: no funcionó. Esa idea expiró. Estimamos fue estafa. Estudiaban eternizar la estolidez.

En aquél instante apareció G… vigoroso, con todo su esplendor, en su apogeo y aclaró la situación: Gente, aún no sucedió, absténganse de graznar, ustedes están superponiendo acontecimientos imaginarios nacidos de los divagues de sus pensamientos divergentes. El regente gestiona guardar agua. Aguantemos, en la guantera tengo algo. La gloria no es sólo gregaria. “Ma´ ¿qué diche este pelotudo?” -moduló M…, arqueando las cejas en un movimiento melódico-. H…, que acudió haciendo heces hidalgamente, enmudecido, no habló. I…, instintivamente, inquirió: ¿Quién informa que indisolublemente dieron indicios de indignantes ridículos itinerarios? Ineptos.
Q…: ¿Quién quería coloquio? Comuníquese. -dijo mientras bajaba la escalera que comunicaba con la planta alta, la más elevada, la superior, la de arriba, aquella que está allí.
N…: Nadie te nombró, ¿sos nabo?
J…: Jacinta eres juerga juglar. Das jaqueca, a mi juicio, ja ja. -aulló jocosamente con lágrimas en los ojos.
K…: Keniata tenía que ser Karina. Te vas a quedar ronco de reírte tanto.

Luego, lentamente, cual lascivo ladrón, se aproximó L… dando alabanzas, cantaba la mar estaba serena, y atrás llegó LL… que llevaba llamativamente la llave de quien lo acompañaba: su llameante compañero. Era Ñ…, que masticaba restos de ñandú añejo. “Rápido”, sentenció R…, “Rajemos, que viene V… vibrando cual vendaval”. T… tomó tres tranvías, tras cartón, treinta y tantos tequilas y así, tristemente, terminaría trasteando en Turquía, mientras S… salía silbando suavemente, en soledad.
X…: Estamos demasiado excitados, exultantes. Sedientos de éxito. Exhumemos a W…, ¿Recuerdan que lo pateó un wincofón? O… quedó boquiabierto.
U… (usando un megáfono unicolor): Utilicen la salida de emergencia. Usen mamelucos, los eunucos sobretodo. Acaban de clausurar la usina.

En aquél instante, apareció Z… de un zarpazo montando a Plata, astuto tal zorro fuera, con el grito a viva voz: “¡Zarpemos! Zánganos. ¡Cazaremos a esa raza de zapallos aunque pasemos zozobra!”.
Y… Cada quien estuvo contento, ese fue el final del cuento.

Por todos los cielos

Pedro, Marcio, Cleto, Martín
Laura, Clara, Juana, Bertín
Julio, Silvio, Miriam, Mariel
Diana, Nadia, Oscar, Ariel.
Todos nombres para llamar
sólo algunos para olvidar.
Hola, ¿cómo es que te va?
Mal, el doctor me sacó la sal,
la madre puta, ¿sabés quién se murió?
Lo tengo en la punta de la lengua,
no me acuerdo cómo se llama
éste que es recontramierda conocido
¡Sarta!¿Cómo te dicen a vos?
No suele responder a ese nombre,
todos le conocen como fulano de tal.
A vos no te conoce ni tu vieja.
¿Cómo andás, vida mía, corazón de sandía?
Dígame su nombre completo por favor.
Éste es de los míos, qué lo tiró,
para acceder, firma y aclaración.
Su nombre, ¿quién se lo otorgó?
Hoy gozo como loco, soy promotor,
llame ya al número que ve en pantalla
compre ahora, consulte a su vendedor.
En esta playa, ¿sunga o malla?
Llamame como más te guste,
te nombro en cada noche de luna,
soldaditos de plomo que fenecen
tienen nombres que perecen en batalla,
mi madre me llamó desde la cuna
le dio nombre a este mundo: embuste.
De todas las flores eres la más hermosa
recuerdo de pimpollo, de sed, mi bella rosa.

Mientras tanto

Entre sacar a pasear al perro, tomarme un vermú con vos,
me quedo con el entuerto de cambiarle las pilas al reloj,
la dicotomía de ver Crónica o untar mermelada Cormillot,
con la paradoja de subir fotos al face o ponerle me gusta
a tu sonrisa de ángel, luego sí, salir corriendo a buscarte
hablarte de Venus, de Roma o amor, verte reír y abrazarte
saltar el puente que divide lógica parca de puras razones
decirte cuánto te quiero, poner un o dos discos de Ramones
contarte un cuento sincero, escuchar qué cosas te asustan
mientras, sacar a pasear al perro, tomarme un vermú con vos.

Hipnosis

César había observado la pantalla con sesuda atención. Leyó un par de comentarios virtuales y reparó en la imagen digital de una mujer esbelta semidesnuda. Se quedó perplejo cuando la pantalla le mostró una leyenda que decía más o menos así: “Usted está en un trance hipnótico, la apariencia de un sueño artificial ha raptado su inherente capacidad de ser uno con lo real. Retroceda”. César tomó literalmente esas palabras y se levantó de la cómoda butaca en la que estaba sentado y dio dos pasos hacia atrás. Una gota de sudor rodó por su frente. La pantalla mostró otra leyenda: “¡Vamos! No sea pueril”. César observó que estaba recibiendo un mensaje privado en el chat que había dejado abierto. Volvió a acomodarse en la silla frente al monitor y leyó el mensaje.
-Estás raro. –decía el mismo. Lo había escrito Vanina.
-Me duele un poco la cabeza. –tipeó César.

Después de cepillarse los dientes tras levantarse, Vanina se preparó una taza de café y desayunó mirando la televisión. Ésta tenía la capacidad de dirigirse a todos los observadores y a ninguno a la vez. A Vanina no le importaba demasiado. Ella optaba por recurrir a su discurso para escapar de sí misma. No lo lograba, pero por momentos se olvidaba por completo de sí y eso era lo que en verdad le daba satisfacción, no el campo de su observación que era mero entretenimiento. Pero ella no era consciente de todo esto, de buena fe creía que su satisfacción era dada por el aparato y sus imágenes. El noticiero que estaba viendo, mientras revolvía con una cuchara el café, narraba los problemas que causaban un mal descanso. El sueño, decía el doctor Craviotto, es fundamental para llevar adelante una vida saludable. Vanina recordó lo que había soñado esa noche: posaba semidesnuda para una revista de tirada numerosa en la que le habían asegurado que iba a ser tapa y con varias páginas dedicadas a ella a todo color. El fotógrafo era un profesional y cuidó los detalles de cada imagen de la modelo, que tomaba con su cámara. Cuando terminó, Vanina se vistió nuevamente y el fotógrafo le dijo que no se haga ilusiones, que sólo había sido un sueño. Ella intentaba demostrarle que lo que decía no era cierto, tomando la cámara y observando algunas imágenes que había captado con la misma. Pero el fotógrafo, serio, insistía que todo era sueño. Vanina estalló en un llanto que la terminó por despertar con la angustia de ver el sueño desarticulado y la alegría de saber que sólo era sueño su sueño. Craviotto insistía con las siete horas de sueño mínimas y su función reparadora. Vanina terminó el café y se dirigió a la parada de colectivos donde los allí presentes jugaban con sus respectivos celulares.

-Qué mal que dormí anoche, la puta madre. –le decía el doctor Craviotto al cameraman, llamado Rafael, mientras el programa televisivo estaba en una pausa comercial.
-El sueño es fundamental para llevar adelante una vida saludable. –acotaba el cameraman.

Aletargado por sus pensamientos que evocaban un pasado feliz, Rafael olvidó encender la cámara y se ganó el reproche del director, quien lo mandó a buscar para tener una plática cara a cara. Estoy harto de su inoperancia, Gutiérrez, le dijo. Y en pocas palabras, lo despidió. Rafael recogió su abrigo y se marchó del estudio de televisión. Lejos de sentirse abatido, lo invadió una sensación de alivio. Su trabajo le deparaba pesar y él quería, desde hacía tiempo, emprender un negocio propio que le permitiera subsistir. Se subió a un taxi y el chofer creyó ver a una rubia preciosa que llevaba minifalda. ¿Qué es lo que hace un taxista seduciendo a la vida?, se preguntó Ricardo, el chofer del vehículo. Condujo el automóvil hasta el domicilio del pasajero y, tras cobrarle el viaje, lo despidió.

Ricardo Altuna, chofer de taxi, coleccionaba almanaques. No lo hacía por los diferentes calendarios que en ellos se exhibían sino por las fotografías al otro lado de los mismos. En ellas se podían observar diversos paisajes, vehículos de competición, aves, perros, estrellas y planetas y hasta, incluso, mujeres desnudas. Ricardo se quedaba durante horas clasificando su colección, encantado con lo que observaba en dichos almanaques. Una vez, en una farmacia, le dieron uno que mostraba un taxi como imagen que resultó ser su propio taxi. El curioso hecho le llamó poderosamente la atención, pero no tanto como cuando una de las modelos desnudas que divisó en otro almanaque, que le dieron en una gomería, era la fotografía de su mujer. Él la increpó duramente con el almanaque en mano y ella atinó a decir que lo hacía por placer. El placer de dar placer, dijo en palabras propias. Roxana –tal era su nombre- acalló las lamentaciones de su marido con un beso y una reafirmación de su amor, del cual dijo que era el único destinatario. Ricardo no tuvo más remedio que declinar su cabeza y, subiéndose al taxi, olvidar el asunto que le había aportado una dosis de ira pasajera.

Cuando el colectivo se detuvo en la parada, Roxana se subió agitando sus largas y bellas piernas debajo de su minifalda. Arriba tenía un top blanco que le marcaba los senos. El chofer, al verla, volteó su cabeza para reparar en esa encantadora figura femenina. Ella saludó con cordialidad y el chofer correspondió el saludo de buena gana. Se acomodó en uno de los asientos delanteros y cruzó su pierna izquierda por encima de la otra, bamboleándola al aire. Extrajo su celular de la cartera y buscó el pronóstico del tiempo. Frío, decía el mismo. Era tarde para volver a buscar un abrigo. En ese momento le llegó un mensaje que, con un sonoro timbre, despertó la atención de más de un pasajero. Incluso del chofer, que observó a la mujer a través del espejo retrovisor. Te estoy esperando, leyó Roxana en el teléfono. El chofer seguía observándola. Roxana respondió brevemente: estoy en camino. Bajó la pierna izquierda y cruzó, esta vez, la derecha por sobre la otra. El chofer, que había quitado la vista del tránsito para no perderle movimiento a la mujer detrás suyo, tocó su frente con la mano al ver el bamboleo de piernas de ella. Un automovilista detrás hizo sonar la bocina. El chofer observó que tenía la luz verde del semáforo que le daba el paso. No obstante un ciclista se había cruzado y esperó a que terminara de pasar delante del colectivo para reemprender la marcha.

El ciclista vio que tenía luz roja pero al ver que el colectivo a un lado no se movía decidió pasar igual. Pedaleó hasta pasar la línea peatonal observando con cuidado no cruzarse con un peatón en el camino. Sobre un edificio, una pantalla gigante mostraba un anuncio de máquinas de afeitar. Al verlo, Cristian, el ciclista, se rascó la barba con una mano y calculó el tiempo que llevaba sin afeitarse. Tres meses clavados, fue el cálculo que hizo. Se detuvo frente a un quiosco y pidió una máquina de afeitar y una gaseosa. Bebió el líquido y guardó la máquina en un bolsillo. Se subió a la bicicleta y pedaleó varias cuadras, tras lo cual vio, en otra pantalla sobre un edificio, el anuncio publicitario de un champú. Cristian reparó en el anuncio sólo para calcular cuánto le había ahorrado en ese producto su prematura calvicie.