Hipnosis

César había observado la pantalla con sesuda atención. Leyó un par de comentarios virtuales y reparó en la imagen digital de una mujer esbelta semidesnuda. Se quedó perplejo cuando la pantalla le mostró una leyenda que decía más o menos así: “Usted está en un trance hipnótico, la apariencia de un sueño artificial ha raptado su inherente capacidad de ser uno con lo real. Retroceda”. César tomó literalmente esas palabras y se levantó de la cómoda butaca en la que estaba sentado y dio dos pasos hacia atrás. Una gota de sudor rodó por su frente. La pantalla mostró otra leyenda: “¡Vamos! No sea pueril”. César observó que estaba recibiendo un mensaje privado en el chat que había dejado abierto. Volvió a acomodarse en la silla frente al monitor y leyó el mensaje.
-Estás raro. –decía el mismo. Lo había escrito Vanina.
-Me duele un poco la cabeza. –tipeó César.

Después de cepillarse los dientes tras levantarse, Vanina se preparó una taza de café y desayunó mirando la televisión. Ésta tenía la capacidad de dirigirse a todos los observadores y a ninguno a la vez. A Vanina no le importaba demasiado. Ella optaba por recurrir a su discurso para escapar de sí misma. No lo lograba, pero por momentos se olvidaba por completo de sí y eso era lo que en verdad le daba satisfacción, no el campo de su observación que era mero entretenimiento. Pero ella no era consciente de todo esto, de buena fe creía que su satisfacción era dada por el aparato y sus imágenes. El noticiero que estaba viendo, mientras revolvía con una cuchara el café, narraba los problemas que causaban un mal descanso. El sueño, decía el doctor Craviotto, es fundamental para llevar adelante una vida saludable. Vanina recordó lo que había soñado esa noche: posaba semidesnuda para una revista de tirada numerosa en la que le habían asegurado que iba a ser tapa y con varias páginas dedicadas a ella a todo color. El fotógrafo era un profesional y cuidó los detalles de cada imagen de la modelo, que tomaba con su cámara. Cuando terminó, Vanina se vistió nuevamente y el fotógrafo le dijo que no se haga ilusiones, que sólo había sido un sueño. Ella intentaba demostrarle que lo que decía no era cierto, tomando la cámara y observando algunas imágenes que había captado con la misma. Pero el fotógrafo, serio, insistía que todo era sueño. Vanina estalló en un llanto que la terminó por despertar con la angustia de ver el sueño desarticulado y la alegría de saber que sólo era sueño su sueño. Craviotto insistía con las siete horas de sueño mínimas y su función reparadora. Vanina terminó el café y se dirigió a la parada de colectivos donde los allí presentes jugaban con sus respectivos celulares.

-Qué mal que dormí anoche, la puta madre. –le decía el doctor Craviotto al cameraman, llamado Rafael, mientras el programa televisivo estaba en una pausa comercial.
-El sueño es fundamental para llevar adelante una vida saludable. –acotaba el cameraman.

Aletargado por sus pensamientos que evocaban un pasado feliz, Rafael olvidó encender la cámara y se ganó el reproche del director, quien lo mandó a buscar para tener una plática cara a cara. Estoy harto de su inoperancia, Gutiérrez, le dijo. Y en pocas palabras, lo despidió. Rafael recogió su abrigo y se marchó del estudio de televisión. Lejos de sentirse abatido, lo invadió una sensación de alivio. Su trabajo le deparaba pesar y él quería, desde hacía tiempo, emprender un negocio propio que le permitiera subsistir. Se subió a un taxi y el chofer creyó ver a una rubia preciosa que llevaba minifalda. ¿Qué es lo que hace un taxista seduciendo a la vida?, se preguntó Ricardo, el chofer del vehículo. Condujo el automóvil hasta el domicilio del pasajero y, tras cobrarle el viaje, lo despidió.

Ricardo Altuna, chofer de taxi, coleccionaba almanaques. No lo hacía por los diferentes calendarios que en ellos se exhibían sino por las fotografías al otro lado de los mismos. En ellas se podían observar diversos paisajes, vehículos de competición, aves, perros, estrellas y planetas y hasta, incluso, mujeres desnudas. Ricardo se quedaba durante horas clasificando su colección, encantado con lo que observaba en dichos almanaques. Una vez, en una farmacia, le dieron uno que mostraba un taxi como imagen que resultó ser su propio taxi. El curioso hecho le llamó poderosamente la atención, pero no tanto como cuando una de las modelos desnudas que divisó en otro almanaque, que le dieron en una gomería, era la fotografía de su mujer. Él la increpó duramente con el almanaque en mano y ella atinó a decir que lo hacía por placer. El placer de dar placer, dijo en palabras propias. Roxana –tal era su nombre- acalló las lamentaciones de su marido con un beso y una reafirmación de su amor, del cual dijo que era el único destinatario. Ricardo no tuvo más remedio que declinar su cabeza y, subiéndose al taxi, olvidar el asunto que le había aportado una dosis de ira pasajera.

Cuando el colectivo se detuvo en la parada, Roxana se subió agitando sus largas y bellas piernas debajo de su minifalda. Arriba tenía un top blanco que le marcaba los senos. El chofer, al verla, volteó su cabeza para reparar en esa encantadora figura femenina. Ella saludó con cordialidad y el chofer correspondió el saludo de buena gana. Se acomodó en uno de los asientos delanteros y cruzó su pierna izquierda por encima de la otra, bamboleándola al aire. Extrajo su celular de la cartera y buscó el pronóstico del tiempo. Frío, decía el mismo. Era tarde para volver a buscar un abrigo. En ese momento le llegó un mensaje que, con un sonoro timbre, despertó la atención de más de un pasajero. Incluso del chofer, que observó a la mujer a través del espejo retrovisor. Te estoy esperando, leyó Roxana en el teléfono. El chofer seguía observándola. Roxana respondió brevemente: estoy en camino. Bajó la pierna izquierda y cruzó, esta vez, la derecha por sobre la otra. El chofer, que había quitado la vista del tránsito para no perderle movimiento a la mujer detrás suyo, tocó su frente con la mano al ver el bamboleo de piernas de ella. Un automovilista detrás hizo sonar la bocina. El chofer observó que tenía la luz verde del semáforo que le daba el paso. No obstante un ciclista se había cruzado y esperó a que terminara de pasar delante del colectivo para reemprender la marcha.

El ciclista vio que tenía luz roja pero al ver que el colectivo a un lado no se movía decidió pasar igual. Pedaleó hasta pasar la línea peatonal observando con cuidado no cruzarse con un peatón en el camino. Sobre un edificio, una pantalla gigante mostraba un anuncio de máquinas de afeitar. Al verlo, Cristian, el ciclista, se rascó la barba con una mano y calculó el tiempo que llevaba sin afeitarse. Tres meses clavados, fue el cálculo que hizo. Se detuvo frente a un quiosco y pidió una máquina de afeitar y una gaseosa. Bebió el líquido y guardó la máquina en un bolsillo. Se subió a la bicicleta y pedaleó varias cuadras, tras lo cual vio, en otra pantalla sobre un edificio, el anuncio publicitario de un champú. Cristian reparó en el anuncio sólo para calcular cuánto le había ahorrado en ese producto su prematura calvicie.

Anuncios

Comente ad honorem

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s