Sombras

Habría que ver si en verdad había una vez en que un hombre observó su sombra bajo el sol y al verla comprobó con cierta incredulidad que no era la suya propia, sino que correspondía a la figura de un centauro. ¿Qué está pasando acá?, fue lo primero que se preguntó. Dio media vuelta y comprobó que el sol no era tal, sino que se trataba de un foco del alumbrado público que iluminaba tanto o más que aquél en pleno verano. Lo observó detenidamente y pudo ver que el mismo proyectaba imágenes como en un cinematógrafo. Le dio la espalda. Se quedó observando una batalla entre un soldado etrusco y el increíble Hulk. La película no era tan mala como presupuso pero igualmente sintió la necesidad de saciar su ansiedad con un cono de pochoclos. Caminó hasta el expendio y quien estaba atendiendo en el lugar no era otro que Pochoclo la pantera. Le pidió un cono grande y pagó con sencillo. No le alcanzó, el pochoclo –dijo Pochoclo- había sufrido el impacto de la inflación y su precio se había disparado un mil por ciento. A regañadientes, el hombre extrajo de su bolsillo tres billetes grandes y pagó. Mientras lo hacía, aquél le narró el final de la película que –dijo- no se cansaba de ver cada vez que tenía la oportunidad. El hombre caminó hasta colocarse bajo el foco-proyector y tomó asiento sobre el tocón de un ciprés. A todo esto, el soldado etrusco estaba manteniendo un romance con Mónaco de Carolina ( no se había dado a entender si era del norte o del sur) y ambos se amaban envueltos en sábanas hechas de telarañas. Una mujer se sentó en el cordón cuneta a observar la proyección, a escasos metros del hombre sentado en el tocón. La telaraña resultó ser de una araña gigantesca que no tardó en aparecer en escena. El soldado etrusco extrajo un fal ( que se lo había obsequiado un joven que había inventado la máquina del tiempo ) y fulminó de un disparo al arácnido. Como contrapartida, el hombre araña apareció y, sin quitarse el traje, irrumpió sobre Mónaco de Carolina. El soldado etrusco salió corriendo y mantuvo un simpático diálogo con el Iscariote, quien colgaba de un árbol del orden de las mirtales. Mirta los interrumpió para preguntarle a qué hora pasaba el 43. En ese momento, otros espectadores que estaban algunos parados en la vereda y otros sentados en la misma comenzaron a abuchear. El hombre se levantó y fue a buscar una gaseosa, dejando el cono con pochoclos sobre el tocón, simbolizando que el lugar no debía ser ocupado. Al volver, todo estaba en su sitio. Miento. Había una mujer con un antifaz sentada sobre el tocón. ¿Y los pochoclos? Los tenía el hombre con sombra de centauro quien se los había llevado en la mano de modo inconsciente. En la otra tenía la gaseosa de lima-limón. El hombre se llamaba Centésimo y su sombra no era realmente la de un centauro sino que correspondía a la de una centolla. Mientras tanto, Mirta se había cansado de esperar el colectivo y se había tomado un sulky. El caballo parecía cansado pero se movía a todo galope. En la improvisada sala de proyección no cabía un alfiler de tanta gente que se había agolpado. Un cocacolero pasaba caminando entre el gentío ofreciendo cafés. En Bogotá, el Cúcuta se ponía uno a cero frente al equipo de los apóstoles. El jugador estaba claramente off side, pero el juez de línea hizo la vista gorda. El eucaliptus se vino abajo por el peso del cuerpo de quien estaba colgado y se salvó. Un hombre en la platea gritó: es un milagro. Los restantes le chistaron. Centésimo le tiró un puñado de pochoclos que aquél, sin dudarlo, se los comió alegremente. En ese momento aparece Hulk malherido y detiene al caballo del sulky, que era comandado por Arturito. Mirta preguntó qué pasaba y el otro les dijo que tenía que pagar un peaje. Les explicó que el dinero se utilizaba para el maquillaje que empleaba en su actuación. “Esta sangre no se la cree nadie”, aclaró. Arturito sacó un puñado de libras y se las entregó al monstruo verde. Entre tanto, Mónaco de Carolina había regresado con su antiguo amor. El cocacolero se paró delante de Centésimo y éste le pidió que le dejara ver la proyección que no daba tregua. El soldado etrusco se puso a danzar al ritmo de la Danza macabra. Mirta besó apasionadamente a Arturito y en el movimiento el sulky volcó. El comandante Volkov se había tildado. Norton estaba obsoleto y ahora todo el mundo usaba el clásico explorer. Sin embargo, Norton salió de la tumba que lo albergaba y entabló una batalla a muerte con Hulk, quien lo estranguló con rabia. Fue su segunda muerte. Mirta le pidió matrimonio a Arturito y éste se lo dio. Le dio el matrimonio Clinton. Mónaco de Carolina se operó las tetas. El soldado etrusco se mostró disconforme con el resultado de la operación. Él quería más busto, por lo que decidió ponerse uno extra. No le quedaba mal, pero no consiguió corpiño en las tiendas que recorrió por lo que decidió andar sin sutien. Mirta se fue con el matrimonio a caminar por una playa cuyas arenas estaban llenas de latas de gaseosas, paquetes de snacks, botellas plásticas y envoltorios de cigarrillos. El muchacho que había inventado la máquina del tiempo hizo su aparición y los espectadores aplaudieron. Era Robin Williams, caracterizado como Saulo de Tarso. Allí fue que se cortó la luz. La gente se retiró maldiciendo. Centésimo observó su sombra nuevamente y no era la de una centolla sino la de un centavo. Efectivamente, tenía la cara de una moneda y sobre el cuello colgaba la cruz.

Anuncios

2 comentarios en “Sombras

Comente ad honorem

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s