Abecedario fantástico cantable

A…: Anoche llamó Ana, avisó que todos se están volviendo pelotudos.
B…: ¡Bestias! ¿Cómo pasó? ¿Qué pudo haber sido? ¡Brutal!
C…: Creen que se disparó. ¡Caput! Estalló la hilarante megahipercandórica. César dijo que fue accidente. Cuando algunos se inclinan a pensar que la tiraron los hunos, otros sin inclinarse suponen que fueron otros.

En eso llega CH…, chamuscado, corriendo, agitado, demacrado, con cara de chanta: Che, ¿se enteraron? Chocamos. “Decí que no vivimos en un frasco…”, dijo D… y detalló: “…excepto P…, que parece precario, todavía no concretó el escape”.
F… (flameando sobre una pata, la izquierda, la derecha era de fibra de vidrio): Fácil, que alguno regrese el tiempo atrás, como en la ficción. Sería fabuloso, fenomenal. Funcionarían las fábricas febriles filosóficas.
E…: Eso ya se hizo. Te explico: no funcionó. Esa idea expiró. Estimamos fue estafa. Estudiaban eternizar la estolidez.

En aquél instante apareció G… vigoroso, con todo su esplendor, en su apogeo y aclaró la situación: Gente, aún no sucedió, absténganse de graznar, ustedes están superponiendo acontecimientos imaginarios nacidos de los divagues de sus pensamientos divergentes. El regente gestiona guardar agua. Aguantemos, en la guantera tengo algo. La gloria no es sólo gregaria. “Ma´ ¿qué diche este pelotudo?” -moduló M…, arqueando las cejas en un movimiento melódico-. H…, que acudió haciendo heces hidalgamente, enmudecido, no habló. I…, instintivamente, inquirió: ¿Quién informa que indisolublemente dieron indicios de indignantes ridículos itinerarios? Ineptos.
Q…: ¿Quién quería coloquio? Comuníquese. -dijo mientras bajaba la escalera que comunicaba con la planta alta, la más elevada, la superior, la de arriba, aquella que está allí.
N…: Nadie te nombró, ¿sos nabo?
J…: Jacinta eres juerga juglar. Das jaqueca, a mi juicio, ja ja. -aulló jocosamente con lágrimas en los ojos.
K…: Keniata tenía que ser Karina. Te vas a quedar ronco de reírte tanto.

Luego, lentamente, cual lascivo ladrón, se aproximó L… dando alabanzas, cantaba la mar estaba serena, y atrás llegó LL… que llevaba llamativamente la llave de quien lo acompañaba: su llameante compañero. Era Ñ…, que masticaba restos de ñandú añejo. “Rápido”, sentenció R…, “Rajemos, que viene V… vibrando cual vendaval”. T… tomó tres tranvías, tras cartón, treinta y tantos tequilas y así, tristemente, terminaría trasteando en Turquía, mientras S… salía silbando suavemente, en soledad.
X…: Estamos demasiado excitados, exultantes. Sedientos de éxito. Exhumemos a W…, ¿Recuerdan que lo pateó un wincofón? O… quedó boquiabierto.
U… (usando un megáfono unicolor): Utilicen la salida de emergencia. Usen mamelucos, los eunucos sobretodo. Acaban de clausurar la usina.

En aquél instante, apareció Z… de un zarpazo montando a Plata, astuto tal zorro fuera, con el grito a viva voz: “¡Zarpemos! Zánganos. ¡Cazaremos a esa raza de zapallos aunque pasemos zozobra!”.
Y… Cada quien estuvo contento, ese fue el final del cuento.

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