Contacto astral

( primer capítulo del libro “Contacto astral” )

Cuando lo llamaron, esa noche, Arturo atendió sobresaltado. Creyéndose aún parte del sueño, tomó el tubo y preguntó quién hablaba.
– Soy Quique. Parece que te encontré dormido. Tengo algo importante que contarte. Decime si venís vos o busco otro interlocutor.
– Ahora voy. Dame unos minutos que me visto.

Se vistió cansinamente Arturo, lavó su rostro y se fue hasta la cochera. Al llegar a la misma, notó que no había tomado la llave del automóvil. Regresó hasta el departamento y observó una figura femenina que golpeaba la puerta de su departamento.
– ¿A quién busca?
– Hola Arturo. Necesito hablar un momento con vos. Decime que tenés cinco minutos para mí.
– Gladys, pasá, pasá. Si no te alcanza con cinco tengo hasta diez. Después me tengo que ir por un asunto.

Al ingresar al departamento, comprobó que Gladys había estado llorando recientemente. Ella le habló de su constante batallar con su pareja, de su aparentemente interminable disputa con él.
– Me tiene harta. Un día está todo bien, al otro no lo puedo ni ver. De a ratos está de buen humor, de repente no le podés ni hablar porque todo lo irrita. Me tiene podrida.
– Mandalo a cagar.
– ¡Ya le dije! Pero vuelve otra vez, pidiendo perdón. Está bueno dos horas y al rato, otra vez, sonado. No sé, para mí que sufre de vértigo.
– ¿Vértigo? Pero si viven en un primer piso nomás. –inquirió Arturo.
– Lo que pasa es que soy muy versátil. A veces con mis palabras lo elevo a dimensiones que el pobre no está preparado para sentir y se marea. Le hablo de amor, de vida, de eternidad y es demasiado etéreo para él. Quisiera que le hable de básquet y milanesas.
– Que se las haga él, vos no estás para fritangas.
– Es lo que le vengo diciendo. ¿Y qué hace? Llama a una casa de comidas y se las pide ahí. Encima las tengo que pagar yo. ¿A vos te parece?
– ¡Qué injusticia! –exclamó Arturo- Vos te merecés algo mejor. No sé qué le viste a ese gandul. Vení, dame un beso.
Gladys se acercó y lo besó. Arturo recordó:
– ¡Quique! Me voy. No derrames tus lágrimas en vano. Pensá en otra cosa, ¿Por qué no me escribís un poema?
– Me voy a tomar una copita de ron.

Arturo tomó las llaves del auto y se fue hasta la cochera. Estuvo un buen rato dándole arranque al mismo. Es el burro, pensó Arturo, lo tendría que cambiar. Se fue hasta casa de Quique. Cuando llegó encontró todo muy oscuro. No se vislumbraba ni un pequeño haz de luz de ningún tipo. Ni siquiera algún pequeño reflejo de un led. Qué raro, pensó Arturo. Tocó el timbre y le pareció que no sonó. Insistió y comprobó su sospecha: no sonaba. Golpeó fuerte.
– ¡Quique! –llamó.
Nadie respondía su llamado. Volvió a golpear. Una, dos, tres veces más. Al rato, desde el techo de la casa le chistaron.
– Arturo. –le hablaron con voz muy baja- ¡Arturo!
– ¿Eh? ¿Qué hacés ahí? Hace media hora que estoy tirando la puerta abajo.
– ¡Shhh! Da la vuelta por el patio y subite por atrás. Dejé la escalera al lado de la puerta trasera para que te resulte más fácil.
– ¿Qué pasa? ¿Te busca la policía? –preguntó Arturo.
– Hacé lo que te digo, ahora te cuento.

Arturo fue hasta el patio y subió por la escalera al techo de la casa. Quique tenía las manos vendadas y un sombrero que le cubría toda la cabeza y gran parte del rostro.
– ¿Qué hacés disfrazado? –le dijo Arturo.
– Callate, salame. No sabés en el lío que me metí. Estuve revisando los últimos correos y resulta que tenía correspondencia de Asuntos Espaciales. Lo leí una semana después, lamentablemente. Me contactaron porque, parece ser que recibieron ondas de Marte, en las cuales descifraron que yo iba a ser el próximo en ser raptado por los científicos de allá. Me seleccionaron por un estudio que me hice el mes pasado. Se ve que les gusté. Asuntos me ofreció protección, pero no confío en el gobierno. Mirá, aquél de la esquina es uno de los marcianos.
– A mi me parece un tipo común…
– ¿Y qué esperabas, un monstruo deforme? Ese le hace de campana a los científicos. Acá no me pueden llevar. Pero Asuntos está buscando cualquier excusa para que la policía me arreste y sea llevado con ellos. Quieren saber por qué me buscaban de Marte. Estos guachos…
– ¿Y ahora qué vas a hacer? –preguntó Arturo.
– Pedí asilo en Plutón. Pero no me pueden llevar hasta que libere el paso.
– ¿Estuviste tomando?
– No seas boludo, che. Por eso te llamé a vos. Me tenés que abrir el camino, sino soy achura.
– ¿Y si dejás que te lleven los de Asuntos Espaciales? Capaz que te hacen un interrogatorio y te largan en seguida.
– Ni loco. Me voy a Plutón, ya lo decidí.
– No volvés a la Tierra ni en la puta vida…
– Con la tecnología que tienen, me toma un día de viaje. Estoy una semanita, se les vence el plazo para raptar a los marcianos y pego la vuelta. Después si querés nos vamos al casino. –le dijo Quique.
– ¿Cómo que se les vence el plazo?
– El gobierno le autoriza un rapto por semana. Si no lo utilizan, los multan y pierden dos turnos. Tienen que esperar toda la vuelta. Acordate que Neptuno tiene plazo de veintiún días.
– Yo qué sé ¿Ahora para qué me necesitás a mí?
– ¿Trajiste el celular?
– Si. –respondió Arturo.
– Este el plan: hacés una llamada a quien gustes. La llamada tiene que durar el tiempo necesario hasta que me rescaten de Plutón. Mientras hablás, tenemos que ir hasta el café Tocayo, que es donde pactamos el rescate. Con tu conexión satelital, los marcianos no pueden hacer nada para intervenir. Si no se corta la llamada no hay ningún peligro, excepto que la policía haya encontrado la excusa necesaria para llevarme.
– Bueno, dale, ¿en qué nos vamos?
– En tu auto, el mío quedó en el taller. –le contestó Quique.

El auto de Arturo puso resistencia para arrancar. Quique logró que el mismo arranque con bastante dificultad. Mientras tanto, Arturo iba hablando por teléfono.
– Venite para casa que tengo un licorcito para que degustemos juntos. –decía la voz de una mujer.
– En un rato voy. Sabés que no te abandono y menos cuando más necesitás. ¿Qué se sabe del innombrable?
– Me parece que ahí llegó. Creo que te voy a tener que cortar.
– ¡No! No me cortés ahora.
– ¡Que no corte! ¡Que no corte! –exclamó Quique gritando.
– Escondete en el baño y seguime hablando. Me encanta tu dulce voz. –le dijo Arturo.
– Después te llamo, vida de mi vida. –dijo Gladys y cortó.
– Cortó. ¿Ahora qué hacemos?

Quique pisó el freno en la mitad de la calle y se bajó corriendo del auto perdiendo el sombrero en el mismo, en dirección a un camino sin luz. Arturo, se asomó por la ventanilla y le gritó:
– ¡Loco de mierda! ¡Volvete a la luna y quédate un año!

Se sentó Arturo en el asiento del conductor e intentó darle arranque al automóvil, el cual seguía fallando. Mientras lo hacía, un hombre se le acercó. Le dijo:
– Disculpe, señor, estoy un poco perdido y no conozco bien el lugar ¿Me puede decir para dónde queda Saturno?

( El libro completo se puede descargar aquí )

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