El venado

Mientras bebía un café, Arturo leía las noticias del día anterior. Entre ellas, una hablaba de la muerte de un policía que accionó su arma sin querer mientras la limpiaba. Al revolver la taza, Arturo observó una mosca que se paró en el borde de la misma. Esta tenía dos cuernos que sobresalían de su cabeza y él, lejos de espantarla, la contempló. Una rareza de la naturaleza, pensó. Levantó la taza para beber y el insecto huyó volando. Tras permanecer leyendo varias notas periodísticas, terminó de beber el café y llamó al mozo para pagar. Cuando éste se hizo presente, Arturo observó dos protuberancias en la frente del empleado que antes no había notado. Intentando ocultar con disimulo su atención, pagó por lo que había consumido y se marchó. Al salir, un perro le movía la cola jugando con una rama. Arturo la recogió y se la tiró lejos. El can pronto volvió corriendo y cuando Arturo lo miró vio que el mismo tenía dos cuernos en la cabeza. Le pareció raro, pero pensó que tendría alguna cruza con cabra o algo parecido y se desentendió del asunto. Caminó hasta la parada de colectivos y allí había un anciano esperando impacientemente. Arturo lo miró detenidamente. El hombre vestía un ambo gris y llevaba un sombrero del mismo color. Sobre el mismo, se extendían a través de unos agujeros unos cuernos parecidos a los de un alce. Evidentemente, salían desde la cabeza misma de aquél hombre.
-Lindo día. –dijo Arturo para entablar un diálogo.
-¿Qué tiene de lindo? Es un día como cualquier otro.
-El tiempo es agradable. No hay humedad ni hace demasiado calor.
-¿Y con eso se contenta?
-¿Por qué no? Hay que estar agradecido…

El hombre se subió al colectivo que se detuvo frente a él. Arturo no se animó a preguntar por su cornamenta. Luego, subió al colectivo que estaba esperando y al hacerlo vio que el chofer ostentaba sobre su testa un par de cuernos magníficos, largos y brillantes. Se sentó al fondo del ómnibus que estaba casi vacío. La música que se escuchaba lo tranquilizó por un momento. Extrajo de un bolsillo un libro que llevaba consigo y se quedó leyéndolo en el trayecto. Al bajarse, la calle estaba desértica. Bueno, no tan vacía pues había allí sobre la vereda una paloma blanca. Cuando Arturo la observó no pudo creer lo que tenía delante: la misma tenía sobre su cabeza dos blancos cuernos. Al pasar cerca, el ave emprendió raudo vuelo hacia el firmamento y se perdió de la vista de Arturo. Caminó hasta su casa, a unos treinta metros y abrió la puerta al llegar con una de las llaves. Se sentó sobre el sofá y, al poco tiempo, sonó el timbre. Cuando fue a atender vio entreabriendo la puerta que se trataba del cartero. No fue menor su sorpresa cuando observó que éste tenía dos cuernos doblados en la cabeza.
-Certificada. –dijo el cartero.
-Lindo día, ¿verdad?
-¿Qué le ve de lindo?
-Temperatura agradable, no hay viento, ni llueve.
-Agradezcamos también que no nieva ni caen bombas.

No supo cómo encarar la conversación acerca de los cuernos del cartero, que ya había observado de distintas formas y tamaños en otra gente. El tema de por sí le llamaba drásticamente la atención, pero no tenía a quién recurrir. Firmó la planilla del cartero y se despidió. Ingresó nuevamente a la vivienda y abrió la carta que había recibido. Era de su amigo Enrique, que estaba viviendo en Bogotá hacía unos meses. En ella, le narraba sus dificultades económicas y un mal trance que sufrió con una mujer. Cuando terminó de leerla, retornó a su pensamiento la idea de averiguar el origen de aquellos cuernos. Desistiendo de la posibilidad de preguntarle directamente a quien los llevara en su cabeza por pudor o vergüenza, sólo le quedaba averiguar con Nancy, su novia, si es que ella sabía de qué se trataba el asunto. Algo que dedujo de todo aquello era que sólo lo había visto en hombres. ¿Se había cruzado con alguna mujer? Si, en el colectivo había dos damas y ninguna llevaba cuernos. Y de los animales no podía determinar su sexo. Se tomó un taxi a la casa de su novia. El taxista, por supuesto, llevaba en su cabeza dos largos y delgados cuernos. Ya no le llamaban tanto la atención el hecho de saber que todos los tenían, sino sólo sus extravagantes y diversas formas. Pagó el viaje y se bajó en la puerta de la casa de su novia. Tocó el timbre y enseguida estaba ella en la puerta.
-¡Arturo! ¿Qué hacés acá?
-Te vine a ver. Además, hay algo que me inquieta.

Ella lo besó y luego ambos ingresaron a la vivienda.
-Creo que estoy viendo visiones.
-¿Por qué? ¿Qué viste?
-Todo el mundo tiene cuernos.
-Ah, sí, es normal porque ya entró en vigencia el decreto.
-¿Qué decreto?
-El decreto presidencial que obliga a los machos a implantarse cuernos. Según estudios científicos, los animales que tienen cuernos sólo atacan en defensa y nunca a las hembras. Así, desaparecerán los asesinatos y el maltrato a la mujer. Me parece una medida sensata.
-Es una locura.
-Mirale el lado bueno. Con cuernos se termina aquello de la gastada por infidelidad ya que todos están en las mismas condiciones.
-¿Y me los voy a tener que poner?
-El viernes. Como vivís en babia, yo misma te saqué el turno.
-Qué desgracia…No sé si darte las gracias.
-Decime, ¿qué te gustaría? ¿De okapi, de cabra, de antílope?
-Creo que de jirafa.

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