Despertares

Piloteaba una avioneta a gran altura cuando escuché que uno de los motores había comenzado a fallar. Los dos pasajeros que me acompañaban se mostraron alborotados, pero logré mantenerlos en calma diciéndoles que era normal, típico de este tipo de aviones. Al poco tiempo, el otro motor emitió un sonido estridente y luego se detuvo, dejando un espeso humo negro detrás del ala izquierda de la nave. La mujer que viajaba detrás de mí comenzó a gritar desaforadamente y esta vez no pude hacer nada por acallarla debido a que estaba abocado a la tarea de aterrizar. La nave se precipitaba al vacío y no la podía controlar. Pensaba en Nancy y se me cruzó la vívida imagen de ella diciéndome adiós. La nave se estrelló pero el estruendo del impacto me despertó. Me dolía la cabeza y fui en busca de una aspirina. La tragué ayudada por un poco de agua que serví en un vaso directamente de la canilla y luego miré que el blister de la que había sacado la pastilla decía “veneno”. Quise vomitarla pero ya era tarde. Me abrigué rápidamente y tomé un taxi desesperado. Hacía mucho frío y mis piernas temblaban. Pero no era por el frío. El miedo que sentía se estaba apoderando de mí. Casi paralizado, extraje un billete de cien y le pagué el viaje al chofer de aquél taxi. Golpeé la puerta del consultorio reiteradamente hasta que apareció Monfredi, el doctor que había atendido a mi familia desde que era un infante. Le expliqué la situación, lo que había sucedido y me respondió que era demasiado tarde. Me dijo que tendría que haberlo consultado antes de beber la cápsula, lo cual me pareció lógico pero a la vez ridículo. El doctor sentenció mis horas: te quedan dos horas como mucho, Arturo. No sabía qué hacer sinceramente. ¿Cuáles serían mis últimas visiones del mundo? Quería ver a Nancy, de algún modo me tenía que despedir de ella quien me había acompañado tantísimo tiempo. Cuando un hombre bajó de su vehículo que había estacionado frente al consultorio del doctor Monfredi le di un empujón y le quité las llaves. Conduje lo más rápido que pude, estaba a casi una hora de su casa y el tránsito era bastante fluido como para que no me demorara más tiempo en él del que suponía me llevaría hasta llegar a la casa de Nancy. Lamentablemente, cuando estaba a pocas cuadras de su casa una camioneta impactó el lateral del automóvil que conducía y terminó contra un semáforo. Me había golpeado la cabeza contra el parabrisas que estalló al instante. El conductor de la camioneta se bajó para ver mi estado, pero no pude atender su inquietud pues me quedaba sólo un rato con vida. Salí corriendo y a los pocos metros un dolor en el estómago me hizo retorcer. Me detuve y escupí, sobre la vereda, sangre. Pensaba si el choque me habría estropeado algún órgano o si el veneno ingerido sería el causante de semejante dolor. Ya no podía correr, el dolor era intenso y persistente. Además, encontré que el tobillo izquierdo se me había hinchado sobremanera. Me quité el zapato para evitar el dolor. No obstante, eso no ayudó demasiado. Cojeando, llegué a la casa de Nancy. Toqué timbre y apareció ella con su radiante belleza. Al verla caí sobre las frías y húmedas baldosas de la vereda. Ella gritó mi nombre, que fue lo último que oí antes de despertar. Me lavé los dientes y salí raudo a la casa de Nancy. Hacía tiempo que quería estar con ella y no me bastaba verla en sueños. Al caminar noté que se había levantado un terrible viento cubriendo mis ojos de arena. Había arena por todos lados y no podía siquiera mirar sin tener que cubrir la vista. Caminé y caminé atravesando el viento y la arena hasta que me encontré en un lugar donde no había edificios alrededor ni gente siquiera. ¿Tanto había caminado? Miré para los cuatro puntos cardinales pero el paisaje se observaba igual en todos los ángulos. Arena y más arena era todo lo que se veía. Sólo podía seguir avanzando. Lo hice tratando de que mis zapatos no se entierren demasiado en el terreno, pero igualmente se me llenaron de arena. A lo lejos divisé unas colas de zorro. Tenía sed, mucha sed. Quizá allí habría agua para beber. Llegué al lugar en el que había varias colas de zorro pero no había agua para tomar. Sentía mucho calor y la sed me estaba angustiando. Seguí caminando con las pocas fuerzas que me quedaban. No veía nada. La arena que me rodeaba me había dejado ciego. Grité pidiendo auxilio pero nadie me escuchó. Estaba tan solo que no podía recordar cómo había ido a parar a ese sitio ni tenía a quién recurrir para dejarlo. Tan sólo quería beber algo de agua para continuar mi periplo. ¿A dónde me dirigía? No podía recordarlo. Me arrastré unos pocos metros por la arena, tenía que seguir avanzando como fuera. De repente, oí un sonido agudo, aunque lejano. Parecía un instrumento musical. Era una flauta, lo adivinaba. Lo volví a escuchar y comprendí que era una armónica. Me puse de pie pensando que tal vez sería mi salvación. Desde el sur, observé la figura de un hombre sobre un camello. Estaba salvado. Seguramente tendría agua para darme y reintegrarme la vitalidad que necesitaba para proseguir. El hombre se acercó tocando la armónica. Cuando estuvo a pocos metros me hizo una reverencia quitándose el sombrero que llevaba puesto. Le pregunté si me podría dar agua, que estaba muriendo de sed. Negó mi petición, disculpándose, pero adujo que a escasos kilómetros al norte había un oasis del que podría beber hasta saciarme. Tenía que sacar fuerzas de donde no tenía para llegar al lugar. Me puse en marcha nuevamente detrás del hombre y su camello. Tenía calor pero ya no sudaba, estaba casi totalmente deshidratado. Caminé hasta donde pude, pero el cansancio y la falta de fuerzas me venció. Caí sobre la arena con los labios resecos. El sol pegaba en mi rostro e imaginé que el cielo se cubría de nubes y llovía copiosamente. Cerré los ojos vencido y una gota cayó sobre mi frente. Estaba delirando. Escuchaba cómo la lluvia golpeaba sobre el techo. Otra gota golpeó mi frente. Abrí los ojos y pude ver la mancha de humedad sobre el techo de la cual goteaba el agua que atravesaba el cielo raso. Bebí un vaso de agua y preparé café. Sonó el teléfono y lo atendí prontamente. Era Nancy, me dijo que era una basura y que no me quería ver más. A mí poco me importó, para mi propia sorpresa. Sonó el timbre y fui hasta la puerta a abrir. Era Nancy. Me abrazó y me besó como si no me hubiera visto en meses. Bebimos café y luego hicimos el amor. Nos quedamos remoloneando en la cama, pero no pudimos extender el momento porque tenía que visitar a don Ambrosio que me estaba esperando con sus virus. Cuando llegué a su casa me recibió con mates. Conversamos un rato antes de me que abocara a la tarea de limpiar la máquina. Cuando la encendí el monitor mostró la imagen de un bicho gruñendo. Era un gigantesco insecto. Tomé el mouse y se me desintegró en la mano. Saqué uno que llevaba en mi bolso y lo conecté. La impresora a un costado también había empezado a derretirse, al igual que el teclado. ¿Qué clase de virus había infectado la máquina de don Ambrosio? No lo pude saber porque también se desintegró el monitor y el gabinete. Don Ambrosio se acercó para ver lo sucedido y me culpó increíblemente cuando supo que todo el equipo se había desintegrado y yacían sus partes como una masa amorfa de plástico humeante. De mala forma me invitó a abandonar su casa y el trabajo por incompetente. Me retiré en silencio sin comprender y me tomé el colectivo cuando éste pasó por la parada. Al subirme, la máquina que se ocupaba de cobrar el boleto se desintegró cuando apoyé la tarjeta sobre ella. El chofer me propinó un insulto como nunca antes había oído y me obligó a bajar inmediatamente. Me apoyé sobre un parquímetro cuando para mi sorpresa éste se derritió ante mis ojos. Miré hacia arriba y pude ver que el sol tenía un tinte rosado y estaba en su máximo esplendor. Al bajar la vista pude ver cómo se derretía un inmenso edificio frente a mí. Y luego el contiguo, y luego otros, y luego toda la edificación circundante. Lo más curioso es que la gente continuaba como si nada. Parecía que sólo a mí me llamaba la atención el suceso. Todo se había desintegrado y sólo había gente circulando a pie en las inmediaciones. Desde la vereda de enfrente, alguien me gritó: ¡Arturo! Esa voz particular me despertó y al abrir los ojos y ver la hora, supe que llegaría tarde a la oficina. Ya era hora de cambiar el despertador que no lograba su cometido de despertarme eficientemente a horario, pero no el momento, pues seguía con sueño y tenía toda la mañana por delante para despertar.

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