Jeremías

– Mañana me voy a visitar a tu madre. Le voy a contar de los ríos de color verde, de las aguas vivas del mar oleado, de las arenas y sus costas, del perfume de la espuma y las gaviotas. Le hablaré de algunas nubes, de la paz, de tu mirar y el Sol, un poco de la Luna y de ti. También, hablaré de la vida y las estrellas, un pino, los bosques extintos. Tomaremos un tinto. Reiremos. Viviremos. Le hablaré de la flor de tu jardín, de mi jazmín, le hablaré un poco de sí, de ti, nuevamente, y de mí. Le dejaré dos días después. Ese día, marcharé en rumbo a una playa cálida, del sur patagónico. Inexistente. Allí, le cantaré a quien me oiga, un canto al viento, fugaz. Un soplar solapado, sagaz. Una vibración susurrante, veloz. Y quien lo oiga, en nada se convertirá. Y será. Será vida, y nada, será. De allí, me marcharé hacia el oeste. Visitaré las catacumbas de la tribu Suruí. Me cantarán, me alabarán. Y beberemos, hasta que llegue el día. Y el día será… y todo colmará. Cuando la noche caiga, zarparé. Tomaré el primer buque hundido, misión: adentrarme en lo desconocido. En el que conoceré piratas, loros, tenientes, corvinas y marineras… quizá algunas tostadas de pan salvado. Sin mar, navegaré. Surcaré los pensamientos del humanoide cleptómano, y le recitaré un verso: “Aflojad la mano, dejad el afano. Sabed, es vano. Oíd, hermano”. Y volaré. Bajaré el primer avión que cruzará mi visión. Le detendré y contrataré a la más bella piloto de todos los tiempos habidos y por haber. Y por saber, le pediré: “Mostradme las maravillas de vuestra vida. Quiero ver la tierra con vuestros ojos. Prestádmelos”. Y recorreré los cielos, las nubes, el viento… sin asiento. Y caeré en picada. Justo al abrirse mi paracaídas, gritaré: “¡¡Yo soy Jeremías!!”. Pero nadie lo oirá. Nada será. Y nadaré. En piscinas repletas de bicicletas, algunas sin chavetas. Y un salvavidas hecho pelota, me rescatará. Iré a cataratas. Le operarán. Y allí, todo caerá…

Luego de un suspiro, Jeremías levantó su mirada, volvió a soplar, y con voz tosca, seca, agitó su garganta, y me dijo: -Te entiendo. Anoche comí lentejas y me cayeron densas.

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