Perlas de la cultura

La gente utiliza las palabras de acuerdo al significado común que le dio el contexto sociocultural que le impartió su educación en los primeros años de existencia y esto trae aparejado alguna discordancia con ciudadanos de otras edades o latitudes, más allá de compartir idioma, debido al esquema planteado tanto en la educación pública o privada, la familia o incluso la televisión, entre otros medios. A pesar de este leve discrepar en la cultura, la globalización conceptual ha subsanado bastante esta brecha homogeneizando conceptos para que lleguen al mayor número de gente posible, simplificando la comunicación entre las partes interesadas a costa de perder interés. El hombre raramente investigará por cuenta propia el inusual origen o distinto significado que tenían muchas palabras o términos que usa habitualmente para designar algo ( lo que fuese ) que puede ser muy diferente al original o al que se le daba en otros órdenes, perdiendo así las perlas que se esconden bajo la alfombra llena de polvo de la cultura.

Por ejemplo, la palabra pija, tan común en el mundo hispanoparlante, pocos conocen uno de los empleos que se le dio. En la Grecia antigua, Calixto Pijote ( 603 a.C. ), un músico y luthier muy reconocido de Atenas, diseñó un instrumento musical muy parecido al silbato actual, y lo hizo a gran escala para venderlo en los juegos olímpicos. La gente que le compraba el instrumento musical lo bautizó con el nombre de pija, en honor a su creador, Pijote, y fue el que se adoptó durante varios años, en los cuales durante los juegos olímpicos la pija estaba en boca de todos. Con el tiempo, el sonido infernal de tantas pijas sonando en disonancia llevó a prohibir su uso y portación en dichos eventos y la utilización de la pija se volvió un ritual clandestino o de castas vulgares. Tiempo después, la cultura occidental rescató el instrumento y su utilización en estadios se hizo habitual, pero sólo una pija tenía facultad para musicalizar el evento y además se le dio autoridad sobre las acciones del mismo. Luego, su nombre se cambió a pito, porque sonaba más bonito que el original de Pijote.

Otra palabra emblemática es orto. Éste término fue empleado por los fenicios ( siglo XI a. C. ) para designar a la extremidad superior del cuerpo ( originalmente de los humanos aunque luego por similitudes se extendió a todo el reino animal ) dotada de ojos y otras características. Fue así que se erigió un monumento que estaba formado por uno de un hombre calvo, pero magnificado su tamaño diez o doce veces y apoyado sobre una mano en actitud reflexiva: era un Monumento al Orto. En aquella época, era común que todo el mundo ( según la cultura fenicia ) pensara con el orto y como el Orto. Por suerte, esa civilización no prosperó para beneplácito del resto que no tuvo que cargar con ese término de ese modo empleado, aunque muchos hayan padecido luego los síntomas fenicios.

Una palabra no menos habitual es culo. El culo ( culiaus Psittacidae ) era un ave psitacoideal muy parecida a una cotorrita que se cree que se extinguió en el siglo XIII. Sus principales y cautivantes características eran su impresionante apariencia multicolor de una brillantez inusitada en su plumaje y además tenían la facultad del habla, de la que algunos ejemplares se valían para dar cátedra, pues no sólo repetían palabras que aprendían de sus cuidadores sino que además extremaron sus dotes con una improvisación envidiable ( que finalmente lo pagaron con la extinción de la especie ). En esos tiempos, cuándo alguien admiraba el culo de fulana, hacía alusión a su cotorra enjaulada, y, a su vez, cuando se enfatizaba que mengano hablaba como el culo, se estaba elogiando su impecable dicción.

La fama ( Mongolia, siglo VII a. C. ) era una condena perpetua que se le daba a alguien por haber cometido algún delito que atentara contra la servidumbre imperial, que debía purgar con algún trabajo comunitario que nadie quería realizar, sea por vano, triste o torpe, así sea un trabajo manual o intelectual. Alguien famoso era marginal a la escena social de por vida en el reino que no le daba la más mínima importancia ni a él ni a la labor que desempeñaba. Además, se los obligaba a saber de memoria los nombres de todos los habitantes del reino y cada vez que se cruzaba con alguno, lo debía saludar por su nombre y pedirle un autógrafo. Si obtenía la firma de todos los habitantes del reino se liberaba de la fama.

Abundan los ejemplos de este tipo de tergiversación a través del tiempo y la cultura:

La aspirina ( aldea sin nombre al oeste de los Cárpatos, siglo VI a. C. ) era un veneno letal y cuando alguien pedía una aspirina era porque su dolor era insoportable y prefería la muerte.

La mierda ( Castilla, siglo XV ) era una comida apetitosa que sólo deleitaba la realeza y de un aroma único y delicioso; decirle a algo o a alguien que era una mierda era el mayor halago al que se podía aspirar, y decir que algo tenía olor a mierda era compararlo con el de aquella delicia única. Una vida de mierda era una vida de reyes y a los que pisaban mierda se los condenaba a la guillotina.

El celular ( Galia, 150 a.C. ) era una poronga; la poronga la diseñó Célulo y era un artefacto como una especie  de cajita musical que dentro tenía una vianda; la poronga acaparaba la atención de los soldados galos y les brindaba entretenimiento y alimento entre batalla y batalla; no obstante, ningún soldado lo llamaba poronga, sino celular, en honor a su creador.

En un pueblo eslavo oriental del siglo III que desapareció junto con su nombre y su historia en el lago Ladoga, el término felicidad no se conocía, pero para designarla se hablaba de ignorancia. El más ignorante en realidad era el más feliz de la comarca. Tiempo después, no se sabe qué designa ninguna de las dos palabras.

En alguna aldea sobre el Cáucaso ( siglo V a. C. ) a los imbéciles se les llamaba ministros.

En una tribu marginal de los suburbios de Babilonia ( 308 a. C. ) alternaban los términos, para designar lo mismo, el amor y la posesión. Pocos decían te amo, muchos: te poseo. Los amados eran en verdad los poseídos, y los amantes, a su vez, los posesos. La deidad amable que los protegía en su corta mitología era Poseidón, tomando el nombre de la de los griegos. En dicha mitología, el dios más alto era Lector Sagaz,  dotado de facultades propias de su divinidad.

Cualquier lector sagaz puede apreciar con estos breves ejemplos y con los que habrá encontrado en su propia investigación cómo la misma cultura distorsiona sus creaciones a través del tiempo o los medios en desmedro de la cultura misma a la que luego acceden las mayorías. Abundan infinidad de ejemplos de éste tipo, pero no sería propicio apabullar. Precisamente ahora acude a la memoria el bolazo, que era una pieza literaria o leyenda oral de una belleza indescriptible o de un valor incalculable para el espíritu, acuñado en varias poblaciones de Amerindia, en un tiempo paralelo a todos los calendarios conocidos.

Anuncios

Dudas

El universo está lleno de cosas
cosas que se parecen a otras cosas
también hay cosas únicas, pero
todos las ven parecidas a otras cosas.
Las cosas son apariencias de cosas,
de cosas de apariencia dudosa.
Y hay dudas que aparentan ser cosas
y todos se preguntan: ¿Y esto qué es?

Breve ensayo de la actualidad literaria

Las comprensiones vitales son lentas, en tanto que las impresiones son fugaces y veloces, en sucesión continua. Allí, creo, radican las razones del por qué la literatura ha perdido valor y se ha desestimado la lectura en pos de recoger impresiones, descartando todo anhelo de comprensión, y por ende, la palabra misma, que tiene un potencial infinito, también ha quedado relegada en sociedad a mero entretenimiento, no sólo la escrita sino la oral también. Entre tanto palabrerío cargado de juicio y opinión, se tiende a creer y considerar que de eso se trata la comunicación. El arte en general, y la literatura en particular, es comunicación; un anhelo inherente a la existencia que se va gestando en el fuero íntimo del autor, si es que tiene ese génesis motivacional y no sólo el de tener un producto propio para colocar en el mercado. Así como la Música engloba la música sublime, sutil, delicada, armónica y la música bruta, baja, grosera, grotesca, la Literatura se nutre de la literatura elevada, aguda, sagaz, inteligente, sensible, y se contamina así mismo de la literatura pobre, ególatra, tosca, rudimentaria, pueril. En todo caso, siempre depende de alguien que lo valore como tal, y no es cristalino el mercado editorial. Hay obras que sobreviven el paso del tiempo por su profundidad, su claridad, su llegada al público lector; y hay otras que ocupan un espacio considerable que sólo dura un momento, entre aquellas que no tienen difusión. La literatura, hoy día, es el autor: por sus obras los conoceréis/por el fruto se conoce el árbol. No hay un análisis literario exaustivo en el siglo XXI ni es materia que se pueda llegar a conocer porque lo que se escribe es tanto que no hay quién tenga conocimiento de todo aquello susceptible de considerarse de alto impacto para el lector.
En el Museo de la Novela de la Eterna de Macedonio Fernández se hace un repaso y una descripción de los diferentes tipos de lectores: el lector accidentado, el lector de vidriera, el lector artista, el lector salteado, el lector seguido, etc. Si éstos tipos de lectores existían en aquella época que inspiró a Macedonio a escribir tan desenvuelto, qué decir de ésta en que se lee cada vez menos para darle paso a la autoayuda -de ejemplo- en busca de la lectura con un fin puramente utilitario, cuando es claro que el arte ( a pesar de ser producto ) niega el aspecto utilitario de la existencia. De tal modo, muchos títulos que se consagran entre lectores lo hacen desde el punto de vista comercial; el mercado rige: qué leer, qué escuchar, qué mirar. Esto tiene dos consecuencias e implicancias directas: la pérdida de criterio por parte del lector-oyente-espectador; y la masificación de la conciencia. Todo se aúna en un supuesto sentido de común, donde todos entienden lo mismo, cuando en realidad lo que es lo mismo es la opinión, quedando todo en el nivel de la palabra. Y es justamente allí donde reside la dicotomía entre la vida llamada real y el arte, esa separatividad inexistente en lo fáctico, porque el lector ha separado aquello entre realidad y ficción, un concepto de realidad eyectado y sostenido por otros modos de entretenimiento, como los medios, también regidos por el mercado ( rating ). Cuando sale un nuevo libro, se lo titula de “un éxito”, una canción de “un hit”, en una película se hace gala de la cantidad de espectadores; en síntesis, se fomenta lo masivo, como si la masa estuviera dentro de algún tipo de doctrina sideral que quien queda afuera se está perdiendo algo de suma importancia/relevancia. La masa busca la popularidad, la muchedumbre, que no siempre ( y en el mayor de los casos por una cuestión de índole semántica ) está plasmada en calidad, ya sea de arriba hacia abajo o en dirección inversa aplaudiendo. Y eso, ha ahuyentado a cantidad lectores, relegándolos a buscar otro tipo de entretenimiento, cuando el arte genuino no tiene por motivo entretener, aunque pueda hacerlo también. La literatura puede ofrecer un amplio espectro de posibilidades en su potencialidad, donde los beneficios que obtiene el lector carecen de inmediatez, como la impresión de un videoclip, siempre insaciable que lo adentra al espectador en un loop o ciclo iterativo del que no sale por motus propio, salvo contadas excepciones.
Aquí no se trata de contrastar un tipo de arte con otros ni hacer un tipo de valoración de uno por sobre los demás, sino que se da un panorama de lo que actualmente sucede, y viene sucediendo, con la literatura.
Los autores pueden caer en esa tendencia de la popularidad y, con su obra, buscar el efecto, lograr en el lector ese impacto momentáneo y atraparlo en el ciclo de lectura, donde quien queda apresado es el propio autor, presa de la volatilidad de la época, en desmedro de su obra. Para tal, se atienen a las estadísticas que le brinda la publicación, donde la palabra -para sí- pasa a un segundo plano en el que se ve sustituido por los números y su consecuente obsesión. Los motivos de cada autor para escribir pueden ser muy variados y no se hace aquí un juicio a cada uno de ellos, que pueden ser muy valederos, pero quien se adentra en el mundo de la literatura debería conceder un espacio crucial al poder de la palabra, en ésta época de pantallas e imágenes, y en las venideras.

Descomposición

Muere, aferrado a sus cosas
con la carga de lo mentido
muere sin haber vivido
muere con su vanidad
muere, tras lo vacuo,
muere y comprende ya
que nada de sí vivirá
muere arrepentido
yaciendo podrido
porque sabe que,
definitivamente,
muere.

DIEZ PASOS PARA UNA VIDA PLENA Y FELIZ

1-Desconfíe de los comerciantes. El comerciante tiene un interés puramente mercantil, por tanto, su opinión es tendenciosa, como la del vendedor, que acerca posiciones entre su poder adquisitivo y la comisión de él. En el mejor de los casos, sáquele información pero compre en otro lugar.
2-Desconfíe de la gente de apariencia normal. La supuesta normalidad está gestada desde las élites dominantes para tener a raya a todo el mundo. La insensatez que subyuga la sociedad, desde su insania, le dirá a Usted qué es lo sensato. No es necesario que se recluya, con no acatar sus opiniones está a resguardo. Es mejor escuchar lo que tiene para decir un orate, pues ya inició su recuperación a una vida plena.
3-Desconfíe de lo que piensa alguna mayoría. Cuando la gente cree o siente que piensa igual que el resto, su lóbulo frontal que es el que da la posibilidad de criterio, ha sido abducido por una raza de alienígenas de Uranio y en su reemplazo le dejaron un pagaré. Puede coincidir en alguna opinión, pero deje en evidencia que su pensar y su sentir están en actividad.
4-Desconfíe de todo lo que ve. Su cerebro se ha adaptado a interpretar las imágenes de acuerdo a los intereses de la sociedad, y a pesar de que toda la apariencia está destinada a Usted, difícilmente la captará en su cabal dimensión ni aunque le ensayen una lobotomía. Esto queda en evidencia cuando el mismo no responde en etapas tardías, pero ya es demasiado tarde para vivir en plenitud. Vea la vigilia con la intensidad del sueño y ampárese en el hecho de que sin usted no hay vigilia ni sueño posible.
5-Desconfíe de la música. Lejos de toda inocencia y lo inofensiva que la supone, la música actual tiene la aptitud para adormecerlo/a interiormente y ponerlo/a en una carrera a toda prisa a una muerte segura, no sin antes pasar por severos trastornos. Los ataques de pánico frecuentes la ciencia se los está atribuyendo a la falta de escrúpulos de músicos como Tan biónica, Daddy Yankee y Lali Espósito.
6-Desconfíe de periodistas. Como parte de un entramado mercenario, lo que se ofrece es impacto y modelo de expresión, coartando su libertad y enjaulando su sensibilidad. Si lo que quiere es información, viaje y recorra el mundo.
7-Desconfíe de su terapeuta. El doctorado está preparado para hacer desaparecer los síntomas de sus diversas patologías, con elogios de ser necesario, pero recuerde que su felicidad depende de los ingresos de Usted y él cuenta con ellos para sus vacaciones. En su defecto, lea algún libro de psiquiatría, pero tómelo con pinzas.
8-Desconfíe de su pareja. Recuerde que está con Usted porque, a pesar de todo, lo/a sigue haciendo feliz ( Usted a él/ella ) y no al revés, sino no estaría leyendo éste decálogo, lo cual es un indicio de que Usted se está rehabilitando para una vida plena y feliz y él/ella lo entorpece desconfiando de Usted ( lo cual es lógico porque también ha leído el decálogo para una vida plena y feliz ).
9-Desconfíe de Usted mismo/a. Formado por y para la sociedad desde su concepción, sus criterios están atrofiados como para discernir, sus juicios están permeados de neurotismo y sus concepciones se basan en creencias que han pasado por saberes sin ningún tipo de refutación, por tanto Usted no es de fiar. Si quiere de corazón una vida plena y feliz, primero recurra a un cardiólogo.
10-Desconfíe de todo consejo de felicidad. Por último y contradiciendo algún inciso anterior, nadie mejor que usted sabe qué lo/a hace feliz. Eríjase su propio/a guía sin dobleces ni ceda ante los decálogos de vida plena y feliz.

Atilio

Cuando entré en el salón, Osvaldo ya estaba hablando de Atilio.

Pero sí, viejo, les digo que Atilio es más falso que un billete de mil. Ustedes porque no lo conocen, ni saben de qué les hablo. Sí, ya sé que lo han tratado. Sí, es cierto, pero lo tratan muy superficialmente. Le hablan de los fenómenos del tiempo y esas cosas. Nubes, humedad, frío, granizo. No, viejo, ustedes no lo conocen. Si bien sé que más de uno de ustedes lo invitó a tomar una cervecita, sí. Ya sé que más de uno de ustedes estuvo tomando unos mates varias veces con el Atilio. Sí, ya sé que más de uno de ustedes se ha comido varias picaditas con él, ya sé. Pero les digo que es lo más falso que me ha tocado conocer.

El Atilio es un tipo que, de entrada, dije: este tipo es más falso que yo, y todos ustedes saben bien que si hay alguien falso, ese alguien soy yo. Pero desde que lo vi, todo en él me parecía falso. Me hacía dudar hasta de la existencia, les diría. Pasa que el tipo es demasiado falso, tanto que les diría que es auténticamente falso.

Ustedes, sé, prefieren no creer. Sí, sé que es algo difícil de digerir. Uno con este tipo de cosas se indigesta. Te agarra un dolor de tripas de no aguantar. Pero bueno, viejo, alguien se lo tenía que decir. Alguien se lo iba a hacer entender, tarde o temprano. Y, ¿para qué perder tiempo? No hay que dejar pasar la oportunidad. Este tipo de cosas se presenta una vez cada setecientos años, viejo. Ustedes porque no quieren creer. Sí, sé que a veces han dudado porque el Atilio trata a todos muy amablemente, propio de su simpatía, y esto un poco los confunde. Ya sé, viejo. Pero les puedo asegurar que el tipo es falso, es lo más falso que se ha visto y se verá en mucho tiempo. Es más falso que yo, no sé si entienden lo que les digo con eso, y eso que con eso les digo mucho.

Sí, más de uno me va a decir que quién es tan auténtico como para decir una cosa así del Atilio, y por supuesto, soy el menos indicado en ese aspecto, yo que soy bien falso cuando hace falta. Pero les puedo asegurar que no hace falta tanto para entender de lo que les estoy hablando cuando les digo que el tipo es más falso que ese tipo que salió por todos lados diciendo que era la reencarnación de Gardel, ¿se acuerdan? Al principio, comenzó como una broma, después el tipo juraba y recontrajuraba que era Gardel, hasta que le dieron un voleo en el culo de todos lados y ahora canta a la gorra en una plaza. Desentona que da gusto, pero canta. Bueno, el Atilio es todavía más falso que ese. Y ya sé que ustedes me van a decir que quién no ha mentido un poco en vida cada tanto y, sí, es cierto, pero lo que les digo del Atilio es otra cosa. No digo que el tipo sea un mentiroso, no, nada que ver. Capaz que el Atilio hace todo de buena fe y hasta capaz, miren lo que les digo, capaz que ni él tiene conciencia de su falsedad. Es que el tema es por demás delicado, por eso los reuní a ustedes acá. Por eso a algunos que, por más que estaban interesados, los tuve que fletar viejo. Sólo algunos eran capaces de comprender el asunto. Pero de comprender a fondo. Porque cualquiera puede decir, sí, el Atilio es falso, y con eso da por terminado el asunto. No viejo, acá hay algo serio. Hay algo que desde que lo vi dije: esto no me gusta nada. Por eso decidí llevar el asunto hasta lo último. Y cuando ustedes lleguen a las conclusiones a las que arribé ahí, recién, van a tener una dimensión de todo esto. Porque desde que lo vi dije este tipo es más falso que yo, y eso que si es necesario soy bien falso.

Pero el tema no es para que se lo tome ninguno a la ligera. Y si alguno me dice que soy tremendista le pido que se abroche bien el cinturón porque cuando tenga un atisbo de lo que les hablo se le va a caer el culo. Porque, viejo, acá ninguno me va a negar que no hay felicidad que dure cien años, y cuando vi a este tipo desde la primera vez, desde la primera vez, dije: acá hay algo que no va. Y no se los voy discutir, al principio no sabía bien qué era, pero decía este tipo es más falso que yo. Pero no sabía qué era. Por eso lo estuve estudiando. Me tomé todo el tiempo necesario porque quería llegar a fondo. Ya sé, más de uno va a decir ahora “ya me parecía raro”, pero no, no les hablo de eso. No, viejo. No. Les hablo de otra cosa, esto es algo serio.

Lo primero que estudié fueron sus movimientos. Y más de uno de ustedes va a coincidir en que tiene sus maneras suaves de moverse, aunque ninguno puede negar que a veces es bastante bruto el Atilio. Y yo decía: este tipo es falso, más falso que yo. Y eso que soy falso si es necesario. Pero no sé, había algo en el Atilio que no me gustaba. Y que ninguno de ustedes se pase de vivo diciéndome lo feo que es el Atilio porque no les hablo de eso. Había algo raro en el tipo y lo seguí estudiando, porque yo no me iba a quedar con la espina. El tipo contestaba todo con una frialdad que me hacía pensar en una sola cosa: este tipo es falso. Y no dudaba, eh. No, viejo. Estaba seguro. Por eso un día le preparamos una trampa. Junto con el Rola. El Rola se consiguió uno de esos aparatos de rayos equis, no me pregunten cómo lo consiguió porque ustedes saben que al Rola le piden un mamut y el Rola te lo consigue. No sé cómo hace. El tema es que disfrazamos el aparato en el comedor de la casa del Rola y lo invitamos al Atilio con alguna excusa. Me parece que lo invitamos a ver un partido en la tele, no me acuerdo. Resulta que lo llevamos al Atilio y preparamos todo para hacerle unas placas, que acá las tengo y ahora se las voy a pasar. Les digo que nos costó un huevo porque tuvimos que hacer toda una ceremonia. Encima el partido era una cagada, no le hacían un gol a nadie ni aunque jugaran dos días de corrido. Igual le pudimos sacar estas tres placas al Atilio, que ustedes pueden ver. Una es del brazo izquierdo, otra de una pierna y la que queda del otro pie. Como pueden ver, el tipo no tiene huesos. No, así como lo escuchan. No tiene huesos. Ahí se ve clarito que el tipo está armado con unos fierros. El Rola dice que son de acero inoxidable, no sé. Habría que hacer un estudio más exhaustivo. Tomar alguna muestra, qué se yo. A mí me basta con lo que obtuve. Alguno me va a decir, ya sé, que más de uno tiene un clavo, o que quién no conoce de los miembros biónicos. Pero no, viejo, no. El tipo está constituido íntegramente por esos metálicos, no tiene esqueleto, viejo.

Y eso no es todo. Si bien, ya era bastante y para nada despreciable lo que había descubierto, no me quería quedar en eso porque sabía que a más de uno de ustedes con sólo eso, que es bastante contundente, no los iba a convencer. Por eso lo seguí estudiando. Y no digo que sea un robot. No, viejo. Lo que digo es que el tipo es falso, y aunque a alguno le duela, es preferible que lo sepan de una buena vez porque les va a costar digerirlo. Entonces quise ir más allá con este asunto y le tomé una muestra de sangre. Fue una noche que estaba en pedo, ni se debe acordar. Esa noche se tomó la vida el Atilio. Lo agarramos en el baño con el Jeringa y éste lo pinchó para sacarle sangre. Lo primero que me dijo, ¿saben qué fue? “Che, esto es casi negro. De dónde carajo es el tipo este”. Eso fue lo que me dijo el Jeringa. Así que aprovechamos y le inventamos un juego, a ver quién meaba más. Nos metimos en el baño, el Jeringa trajo tres botellas vacías para medir cuánto meaba cada uno. Era mentira, era para tomarle una muestra de orina al Atilio. Cuando el Jeringa olió la botella donde había meado el Atilio, ¿saben qué me dijo? “Esto es combustible, de dónde carajo es este tipo”. Y yo no quiero que piensen que el Atilio es de Marte y cosas así. No, viejo, no. Lo que digo es que el Atilio es falso, más falso que yo.

Entonces, me voy con las muestras a un bioquímico, amigo del Jeringa, y me sacó cagando. Me dijo si le estaba tomando el pelo o qué. Que eso no era sangre ni orina. Así fue que quedé más confundido que antes. Ahora, ¿qué hago? Se lo llevé a un ingeniero químico que me cobró un vagón el turro para decirme que las muestras eran de petróleo y kerosene. Kerosene, viejo. Acá tienen el análisis del ingeniero para el que todavía tiene alguna duda al respecto. Pero, bueno, yo cuando investigo algo voy hasta el fondo. Hasta el fondo, viejo. Porque desde que lo vi al Atilio dije: este tipo es más falso que yo. Entonces le corté un mechón de pelo, un día que se quedó a dormir en casa. Le corté cinco pelos de atrás, acá por la nuca, cosa de que ni se dé cuenta. Ya cuando lo corté me pareció raro porque los pelos se unieron entre ellos. De los cinco pelitos se formó uno solo más largo, ¿esto a quién se lo llevo?, pensé.

Mientras nos hablaba Osvaldo, en ese momento, en el salón, entraron cuatro policías junto con Atilio, quien en un rápido movimiento les señaló a los policías a aquél que nos había estado hablando hasta recién, al grito de:
– ¡Detengan a ese impostor!
Los policías atravesaron el salón entre medio de los oyentes, quienes contemplaron la situación en quietud. Uno de ellos, observando a Atilio y señalando sus pies, le dijo al oído a otro que lo observe. Atilio se desplazaba con suavidad, sin apoyar los pies en el suelo, levitando a unos tres centímetros del mismo. A la altura de los talones expedía un poco de humo apenas perceptible.
Dos policías tomaron a Osvaldo de un brazo, que forcejeaba, dos del otro. Atilio se le paró enfrente y con esa frialdad transhumana que tiene, le dijo:
– Se te terminó la farsa.
Ahí nomás, Atilio metió su mano debajo de la nuca de Osvaldo y extrajo de allí un pequeño tapón. La figura de Osvaldo se desinfló como un paracaídas tras aterrizar mientras algunos de los oyentes observaban con cierto asombro. A mí no me sorprendió porque siempre pensé que Osvaldo era bien falso. Los policías lo recogieron y Atilio lo guardó en una bolsa. Los cinco atravesaron el salón y Atilio, antes de salir, se despidió de los allí presentes, con esa amabilidad característica que tiene:
– Señores, pueden continuar. Buenas noches.

No hay más que tú

Todo es apariencia.
No hay esencia
No hay criterio
No hay Dios
O si lo hay
Él es toda esta apariencia.
No hay misterio.
Todo es aquí y ahora
Como la luz del celular
Momentánea, temporal
De fácil digestión
Que en su apariencia
Trocara temporalidad por perdurabilidad.
La materia se transforma
Muta en el disfraz de la muerte
La mente te trastorna
Cambia destino por suerte
Y es toda esta apariencia
Cargada de dolor y sufrimiento
En lo libre de tentar al pensamiento
Lo que nos lleva a preguntar
Si hay algo más, aquí y allá
Lo que delira a buscar un más allá
Que al diluirse la apariencia
Como un pedo que no tiene sustancia
Dejando sólo su fragancia.

Con tacto

Distintos medios de comunicación
Facilitan el contacto a la distancia
Mas dificulta eso de la comprensión
Por el zapping que rima en su elegancia.

La realidad alterna entre ilusiones
De divagues en mundos personales
En encuentros laterales y frontales
Se sazonan las diversas confusiones.

Nada nunca ha sido tan preciso
Como aquello de dos y dos son cuatro
Ni ha habido poema más conciso
Que describa cómo funca este teatro.

Lo que digas se traduce de uno a otro
Se derrama la palabra pronunciada
Se interpreta según sea comprendido
Como alguno que le otorga su sentido
Mas lo sólido al decir aqui no hay nada
Ni tan duro como la pija de un potro.