Claridad

El reflejo en una ventana devolvió la imagen de un cigarrillo que era pitado a fondo y luego una inmensa bocanada de humo cubría la totalidad del espectro. Éste, fantasmal, se desplazó hacia el frente arrastrando una silla en su camino. El hombre, paciente sentado en otra silla a unos cinco metros de aquella que se movió, escuchó el sonido del movimiento del mueble. Irguió la cabeza pero no encontró alma alguna capaz de moverla. Ni tampoco observó la silueta de un cuerpo al cual poder culpar del desplazamiento del mueble. Al instante, recordó la máxima spinettiana:”las cosas tienen movimiento”, y se sintió feliz. Apagó el cigarrillo, enérgicamente, decretando que allí finalizaba su exigua existencia. Una publicidad en la radio captó su atención. Era de una casa de viajes, invitándolo, casi ordenándole, reservar un lugar para conocer Cataratas. Sus ojos lloraron. No tenía resabios de tristeza alguna. Eran sólo lágrimas de cocodrilo. Abrió la canilla para lavarse las manos y observó que en la pileta chapoteaba un pequeño caimán. Buscó en la heladera restos de lo que en vida fuera un pollo y se lo dio al reptil. Este devoró rápidamente hasta los huesos del ave. A veces el hambre no nos deja ver con claridad, pensó. Pero luego se retractó: a la claridad se llega por el hambre de alcanzarla. Sus pensamientos sufrieron una inesperada interrupción cuando lo sorprendió el reventar explosivo de uno de los focos que iluminaban el ambiente. ¿Esto será la iluminación?, dijo entre risas. Arrastró la silla hasta debajo del portalámparas y retiró con cuidado el foco roto. Caminó hasta un armario en el que tenía varias herramientas, como ser un martillo, dos pinzas, tres tenazas, cuatro llaves francesas, cinco rollos de cinta adhesiva, seis serruchos, siete sierras, ocho mazas, nueve alicates y diez destornilladores. O doce. No los tenía inventariados. Entre ellas había, escondido, un foco que aún no había visto la luz. Él dijo: sea la luz. Y las tinieblas se disiparon. Se sentó, satisfecho con su pequeño logro, extrajo un cigarrillo del atado y antes de encenderlo, bramó: sea el fuego. El encendedor, lejos de obedecer la palabra de su amo, se deshizo en su diestra dejándole la palma cubierta de hollín. Le pareció oír una voz. Era una voz cálida y dulce, como el susurro de una mujer joven manifestando su amor por un hombre que, a la postre, le haría la vida puta. Prestó su atención a aquello y comprobó que no era una voz, y menos de esa mujer que en el interin imaginó alta, delgada, de cabello ensortijado color castaño cobrizo y nariz pequeña, labios carnosos y senos al tono, manos delicadas y piernas sugerentes, sino que se trataba del motor de su vieja heladera. Abrió la puerta y extrajo de allí una tira de asado y lo puso a hornear junto con un pedazo de vacío con el que llenó la fuente que introdujo en el horno. La mente King es matemática, pensó. La calculadora sobre la mesa emitió un agudo beep. Con números se había formado la ilusión óptica de la palabra hola. Apagó la máquina con el pulgar. La copa que estaba boca abajo sobre la mesa se movió imperceptiblemente. ¿Hay sonido más desagradable que el bocinazo ejecutado por un imbécil? Un sonoro timbrazo le restó importancia a la respuesta. Caminó hasta la puerta que daba a la calle atravesando un largo pasillo de más de cincuenta metros. Antes de abrir, preguntó quién era pero no obtuvo respuesta. Miró por el ojo de la cerradura y alcanzó a ver que se trataba de una mujer. Introdujo la llave para abrir la puerta en la cerradura y al hacerlo la misma se quebró, quedándose con la cabeza en la mano. Abrió la puerta y observó detenidamente a la mujer. Esta era alta, delgada, de cabello ensortijado color castaño cobrizo y nariz pequeña, labios carnosos y senos al tono, manos delicadas y piernas sugerentes. ¡Usted!, le dijo. La mujer extrajo una petaca de vodka de la cartera y bebió un trago. Luego pidió si le era posible su ingreso a la vivienda. Él se hizo a un lado de la puerta y la mujer se desplazó a través del pasillo a paso lento pero firme. Él vaciló. Cerró la puerta y trabó la apertura con una escoba. Caminó rápidamente hasta darle alcance a la mujer. Ella se detuvo inesperadamente en la mitad del pasillo. Él se quedó observando. Un gato negro cruzó delante de ellos para trepar luego una pared y perderse en un tejado. Ya en la vivienda, la mujer recorrió el lugar minuciosamente. Abrió la puerta del horno y probó una de las papas que enseguida escupió. Luego se detuvo frente a la pileta a observar el caimán. Le contó que había tenido dos hámsters, Rita y Fito, quienes perecieron tras un trágico incendio que redujo su casa a cenizas. Él encendió un fósforo y con éste un cigarrillo. Ella deambuló registrando con una cámara fotográfica las manchas en las paredes. Una tenía el aspecto de un Cristo llorando, pero de risa. ¿Cuál es el chiste?, se preguntaba a menudo. Y a menudo una respuesta acudía a su propia conciencia: eres tú, podía oír. Graciosos raptos de ocurrencia dispersaban sus turbaciones. La mujer continuaba caminando el ambiente. Recogió la copa de la mesa y la llenó de vodka. La petaca, vacía, resbaló de sus dedos y cayó al piso. No se rompió, pero el cerámico en el que golpeó se cachó. Él juntó la petaca del suelo y la arrojó a la basura. En el fondo de la bolsa había restos de una manzana que en su muerte daba vida a una orgía de gusanos que se multiplicaban en número y engrosaban rápidamente su apariencia.
-Y bien. –dijo la mujer- ¿Para qué me invocaste?
-Yo… yo… –balbuceó él.
-Soy producto de tu imaginación.
-Pero… ¿cómo?
-¿Cómo me llamo? Soy hipocondríaca, pero me llaman cariñosamente Hipo.
-Yo soy ortodoxo, pero nadie me llama hace tiempo.
-Orto… Ortito… or Tito, only. ¿Te gusto?
-Sí, llamáme cono quieras.
-No, digo si te gusto yo, ton Tito.
-¡Ah! Sí, claro. Sos tal cual te imaginé.

Hipo bebió el contenido de la copa. Se quitó el abrigo pues el ambiente acondicionado por el horno encendido hacía rato había entrado en cierto grado de calor que se hacía sentir. Se acercó al hombre y le arrebató el atado de cigarrillos. Extrajo uno y se lo puso delicadamente en la boca.
-¿Fuego?
-Si.

Él recogió la caja de fósforos y le encendió uno. Ella, tras prender el cigarrillo, le lanzó el humo sobre el rostro. Él tosió. Se sentó con las piernas cruzadas y observó cómo la cortina se movía lentamente. No había ninguna puerta ni ventana abierta a la vista. Tras esto, el foco que recientemente había sido colocado en el portalámparas parpadeó de manera intermitente. El motor de la heladera comenzó a escucharse nuevamente. El caimán eructó. La puerta del horno se abrió unos pocos centímetros.
-Esta casa está embrujada. –dijo la mujer.
-Lo sé. La compré en esa condición. Era más económica.
-Lo barato puede ser muy caro. –añadió ella.

Él se quedó observándola. Era particularmente hermosa. Con su rostro natural, apenas delineados los ojos y su cabello bien cuidado le daban, junto a su esbelta figura, una sensualidad única. Ella le dijo que se daría una ducha y caminó hasta el baño. No cerró la puerta y se bañó dejando su desnudez a la vista del hombre. Él la observó desvestirse y pudo apreciar que tenía la espalda y el pecho cubierto de pecas. En mi mente ya pequé, se dijo. Puso mesa para dos mientras ella cantaba una vieja canción que endulzaron los oídos del hombre.

Sé que cambiamos un poco
no me digas que no es cierto
Lo nuestro fue para siempre
y duró sólo un momento.

Esta noche no me digas nada…

Destapó la botella de un vino. El corcho rodó por el piso en dirección al baño y ella lo recogió dejando caer el toallón. Se puso el corcho en la boca y lo miró. Era sintético. Él se quedó titubeando. Ella se terminó de secar y se puso sólo la bombacha y la blusa. Sus piernas eran extremadamente largas. Él extrajo las fuentes del horno y las colocó sobre la mesa. Ella se sentó frente a él. Él le sirvió la comida y luego sirvió el vino. Era de tipo malbec de un color rojo profundo. Su sabor era suave y muy dulce. Ella bebió y él la imitó. La carne estaba jugosa y las papas crujientes. Ella agregó sal a los alimentos. La puerta del horno se abrió de par en par. Una hornalla estaba encendida. ¿La había prendido él? Negativo. El caimán brincó de la pileta y reptó raudamente en dirección al baño. De la ducha caía un fino reguero de agua fría. El espejo tenía gotas de sangre salpicadas. Un cepillo de dientes cayó al piso y el caimán se lo comió. El tenedor que por un momento soltó la mujer para beber vino con la mano que lo utilizaba dio un giro sobre la mesa. Él observó, pero no dijo nada, masticó un trozo de vacío que llenaba sus fauces.
-Esta papa está cruda. –dijo la mujer.

La puerta del horno se cerró intempestivamente produciendo un sonoro going. La hornalla estaba apagada. ¿La había apagado él? Afirmativo. La caja de fósforos ardía en una llamarada que alcanzaba el techo. Él vació una palangana de agua sobre la misma hasta que el incendio cesó. También se habían acabado los víveres. Sólo quedaba un cuarto de vino en la botella. Él sirvió idéntica cantidad en sendos vasos. Ella propuso un brindis y él accedió. Los vasos chocaron en el aire y la puerta se abrió de improvisto. No había viento fuera. Ni dentro. El caimán aprovechó para salir por la abertura. Un gato negro entró corriendo a toda velocidad y se dirigió a la habitación. Sobre la cama había un almohadón de plumas de ganso que el gato destrozó nerviosamente. Ella lo tomó de la mano al hombre y lo condujo a la habitación. Al verla, le preguntó si el ambiente era un gallinero. El negó con la cabeza. Se besaron y durante un momento se amaron sobre el colchón cubierto con una sábana blanca. Su piel era suave y delicada como sus manos. Los lunares de su espalda eran pequeños pero más aún las pecas en su pecho. El cabello perfumado daba la impresión que da el oler una flor fragante en primavera. La luz estaba apagada, pero una claraboya dejaba ingresar la luz de la luna dándole a la habitación cierta claridad. Ella se levantó diciendo que se marchaba.
-¿Ya te vas? –preguntó él.
-Sí, todo terminó. A decir verdad, aquí nada sucedió.
-Pero… el amor fue real.
-Es sólo tu imaginación la que te hace pensar en ello.
-¿Y el asado, las papas, el vino, el caimán, el gato? –inquirió él.
-Subproductos de tu fértil imaginación te hacen considerar a los fenómenos pasajeros como plausibles de revestirse en realidad.
-No obstante, acabamos de hacer el amor. –aseveró él.
-¿Te parece? ¿Dónde lo hicimos?

Él se dio vuelta y la habitación estaba totalmente vacía. No había cama, ni colchón, ni plumas. Superchería, pensó. Quiso hurgar en sus bolsillos para hallar el atado de cigarrillos pero comprobó que estaba desnudo. Buscó entre sus ropas en el suelo y el atado no apareció.
-Nuestro diálogo… –dijo.
-¿Diálogo? No has hablado con nadie en años. –le dijo la mujer ya vestida.

Él se vistió, calzando sus zapatos de cuero en sus pies. Caminaron a la par hasta el comedor. Ella lavó los platos y demás utensilios. La puerta, entornada, emitió un leve chirrido. Sobre la mesa había quedado el atado de cigarrillos. Él sacó uno y lo encendió con la llama del calefón. Una silla se cayó al piso. La mesa tembló. La botella de vino, en la bolsa de basura se había llenado de moscas embriagadas en su deleitación. Él se sentó en la silla que aún estaba de pie. Colocó sobre la mesa el papel en el que había estado transcribiendo lo sucedido. Miró a la mujer marcharse por la puerta y pensó: esto no puede ser, y sin embargo, es. Lo paradójico de la verdad. Tomó la birome y con pulso firme escribió la palabra final.

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