El comensal

Como consumidor de arte, a veces lo suelo conjugar con mis apetencias culinarias. Por ejemplo, cada vez que devoro un libro lo sazono con omelette de caviar entre párrafo y párrafo, y si es de Kafka no puede faltar una buena salsa de champignones después de cada punto y aparte. Al escuchar música, entre acordes, arpegios y tiempos intercalo un regio plato de hongos japoneses y si es Bach, acompaño con salsa de cangrejo. Cuando observo un cuadro sólo me detengo en la contemplación para masticar trufa blanca que, cuando se trata de un Picasso, suelo aderezar con ajos de Pisa. Al detenerme en alguna escultura no dejo de congraciarme con algún corte de cerdo libanés y, cuando el paisaje ofrece arquitectura de la Edad Media, opto por ciervo de Canadá con salsa de langosta. Por último, asisto los fines de semana a ver alguna obra de teatro para lo cual llevo siempre en el bolsillo un túper con una porción de kebab con cordero lechal de los Pirineos, o, en su defecto, me voy al cine a ver la última de Tarzán a comer pop corns.

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