La batalla de Cepeda
Cepeda nunca tenía suerte en el amor.
Había conocido a una dulce muchacha, que, tras unos meses de noviazgo, le dijo que quería tomarse un tiempo para pensar y no lo volvió a llamar. Aún. Quizá todavía lo esté pensando. Se sabe que lleva su tiempo arribar a conclusiones que brinden algún tipo de satisfacción.
Sin embargo, en el juego, la timba, era de lo más afortunado que se había dado a conocer. Sin ir más lejos, ayer se ganó 7 mil en la tómbola de Montevideo, porque el muchacho que le hizo la jugada pifió en el número que había querido jugar Cepeda y, éste, la quintuplicó por pálpito, según explicó.
Anteriormente salía con Marisa, quien lo abandonó diciendo que con él perdió el tiempo y la risa. Esa misma noche, a Cepeda poco le importó. Fue al casino y se llevó catorce lucas y el coche de su vecino, que se lo ganó jugando un partido de truco. Lo festejó comiendo lasaña sin tuco.
Cuando salía con Filomena, ésta lo dejó para abocarse al estudio de la quena. Cepeda no lo pudo creer, pero para apaciguar su pena, apostó el sueldo a la segunda docena, ganando también una plena que pagó el postre y la cena, dejando su barriga llena.
Tuvo por novia a la petisa de Elisa, que ni bien un poco creció, ahí nomás pereció. El médico dijo que fue paro, a Cepeda le pareció raro. Se fue al bingo manejando su Twingo y llenó tres cartones. Se llevó el pozo acumulado y también ganó una partida de dados.
De joven, Cepeda invitaba a salir a lindas jovencitas a quienes deseaba llevar a pasear en su destartalada motocicleta, pero todas se negaban poniendo alguna ingenua excusa, ocultando, toscamente, su desinterés tanto en la humanidad de Cepeda como en la maquinaria de su moto. Él, ni lerdo ni perezoso, jugaba pronto con sus amigos largas partidas de póquer en las que se gastaba su mensualidad, llevándose cuantiosos pozos que pagarían, luego, una moto tipo chopera 250 cc, mejorando sus armas de seducción.
No obstante, no fue sino María quien a su vida llegaría. Con ella además pasearía, en moto sin alboroto. A ella, Cepeda amaría y le preguntó si se casaría. Ahí fue que la bella María, un poco se asustaría y a Cepeda, al fin, dejaría. Otra vez, Cepeda, en soledad, decide jugarle a su edad. Lo agarra en la matutina y, lo dobla, en la vespertina.
Así es la triste vida de Cepeda, forrado en guita está el pobre. A veces le llega algún sobre, firmado por una querida. Le pide disculpas, de antemano, diciendo que su amor es vano; que ella prefiere no verle. Escribirle y, de lejos, quererle.
Hoy, Cepeda visita a su terapeuta. Ella sugiere, seguido, que la vida a veces compensa. Amor duradero, poco. Dinero ligero, un toco. Cepeda se va contento, luego de cada escarmiento, pagando jugosas sesiones que dan a olvidar obsesiones.