Despedir

Era la mañana de un día martes. Un martes cualquiera. Temprano. Hacía calor. Se oía el canto de los pájaros sobre los árboles aledaños. Se oía también, el paso de automóviles por la calle fuera. De repente, sonó el timbre.
-¿Quién es?, preguntó Hugo Ronsell.
-“El cartero”, dijo una voz al otro lado de la puerta.
Hugo buscó las llaves.
-“Telegrama”, dijo el cartero.
Hugo firmó. “NOTIFICÁMOSLE –leía- QUEDA CESANTE EN SU EMPLEO A PARTIR DEL DÍA … “. El impacto en sí fue tremendo. Primero se sentó pensativo, buscando respuestas. Se tomaba el rostro primero, luego la cabeza. Se levantó de su asiento, caminó dando vueltas un rato por toda la casa. Aceleraba su paso a medida que lo hacían también sus pensamientos, y se detenía, cada tanto, cuando no le encontraba lógica al asunto. “Si bien, lo he estado esperando –pensaba- , nunca creí que fuera así, tan brusco. Tal vez si me hubiesen dado un indicio”. Seguía pensando: “Parece que era lo que deseaba, pero cayó como un veneno en mis entrañas”.
Al cabo de un rato, en que Hugo se dio un baño y, luego, tomó una taza grande de café, se dirigió a un estudio jurídico con el que ya había tenido algún trato en ocasión de un accidente de tránsito que lo había visto envuelto. Allí lo recibió la secretaria del abogado Garismendi, y le pidió que aguardara al doctor un momento. Luego de varios minutos de espera, fue atendido por el doctor.
Al mediodía, Hugo pasó por un café y pidió un cortado con un tostado de jamón y queso. Tomó el diario para distenderse un poco. Hojeó la sección espectáculos. No quiso saber nada de temas de actualidad ni política. Allí, en una nota, entrevistaban a una joven que había dado a luz durante un recital de La Portuaria. Era todo un acontecimiento, luego de los alumbramientos en recitales de Babasónicos, Los Tipitos y Los del fuego, éste resultaba ser el primero en un estadio de básquet, pero no durante un partido de dicho deporte, ya que hubo dos recordados partos en Quilmes – Chascomús Unido y Ferro Carril Oeste – Ciclista. Luego repasó los clasificados del día, pero no estaba de buen ánimo para encarar su búsqueda en ese momento, tras el reciente golpe. Menos aún, luego de leer en necrológicas el anuncio:

♣ Hugo Ronsell ( Q.E.P.D. ) A un año de tu partida,
cada minuto que pasé sin ti te extrañé más.
Cada recuerdo que acudió a mí me embargó en llanto,
si fue de ti. Tus palabras, claras, prudentes. Tu
compañía, cálida, en paz. Hoy siento que ya no estás.
Después de un año, sé que te vas. Espero, descanses ya.
La vida debe continuar más allá de nuestros deseos.
Te amé desde el primer al último día.
Geraldine Arias.

Hugo se quedó pensativo. Intentó recordar si conocía a alguna joven con ese nombre. Pasó por su memoria un tenue recuerdo de una chica que había conocido alrededor de 15 años atrás, por un breve tiempo. Pero creía estar seguro que llevaba otro apellido. Guerín o Guerni. Lo descartó. Bueno, no debe ser para mí, se dijo. Será un homónimo. Alguien que lleve el mismo nombre. ¿Será un pariente lejano?, pensó. Curioso, mínimamente. Además, no estaba muerto. Por un instante dudó. Observó la fecha del diario: indicaba que se trataba exactamente de un año posterior al día. Se levantó con el diario en su mano, y se acercó a una mesa próxima donde un hombre tomaba un café.
-Oiga -le dijo Hugo- me puede decir qué pasa con este diario, me extraña qué ha pasado con la fecha que indica.
El hombre tomó el diario, observó lo que Hugo pretendía que viera. Dio vueltas las páginas una y otra vez. Luego dijo:
Al parecer en las páginas pares figura un año, en las impares otro. Debe ser un error de imprenta. Curioso.
Hugo le agradeció y se volvió a ubicar en su mesa.
Un instante después, se le acercó una niña que no tendría más de 11 años. Le mostró colocando sobre la mesa unas estampitas, gesto que Hugo rechazó con un gesto.
– Tengo hambre, dijo la pequeña.
Hugo respondió:
-Mira, niña, si no estudias tendrás hambre toda tu vida.
Ella tomó las estampitas, tomó una y la dejó sobre la mesa:
– Es San Cayetano. Se la regalo. Algún día la va a necesitar -le dijo con una sonrisa amplia, pero carente de vitalidad.
– Toma -le dijo Hugo extendiendo su tostado hacia la niña- puedes quedarte con él. Al menos hoy no pasarás hambre. Perdona por lo que dije anteriormente. A veces la gente grande estamos absortos en nuestros propios asuntos y no prestamos la atención necesaria a quien pretende algo nuestro. Fingimos que no nos importa, para dar preferencia a nuestro pequeño problema creyendo ser superior. Con tu actitud me has mostrado que he sido un necio. ¿Cómo te llamas?
– Geraldine. Geraldine Arias. Vivo con mi padre y dos hermanitos. Nuestra madre falleció hace 3 años y mi padre enfermó y perdió su empleo. Por la mañana reparto estampitas para ayudar en el hogar. A la tarde voy al colegio.
El impacto en Hugo fue tan fuerte que trastabilló de su silla. La niña saludó y se marchó de allí. Hugo la siguió con la vista, reflexivo. La siguió mirando cuando al cruzar la vereda fue embestida lentamente por un auto, que frenó en el choque. La niña cayó al pavimento. Hugo salió corriendo en dirección a ella, como mucha gente que se agolpó alrededor. “Apártense, dejen espacio. Estoy con ella”, dijo Hugo al llegar. Hugo se agachó para verla y notó el temor en su rostro. La revisó, y al parecer, no encontraba grandes heridas. Tras el toque, el señor que conducía aquél automóvil frenó. El golpe fue pequeño, la caída menor.
Al rato llegó la ambulancia y Hugo pidió acompañarla. Se sentó a su lado, puso la mano sobre su rostro y le decía, dulcemente: ”Todo está bien… todo está bien… todo está bien…”. Llegaron al hospital, se le hizo el estudio correspondiente, y un médico le dijo a Hugo:
-Va a estar bien, fue sólo lo que usted vio.
Luego, la pequeña dormía. Sobre una mesita, al lado de su cama, estaba el tostado de jamón y queso.

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