El humor pierde

Prohibieron expresiones humorísticas por decreto. Dicen que fue para que nos convirtiéramos definitivamente en un país serio, como en otros donde el humor se reemplazó por burlas y humillaciones. Muchos festejaron contentos; otros aplaudieron con solemnidad; algunos se lo tomaron a risa.

Pero no es joda, así que no me vengas a decir que no tiene gracia.

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Amanece en el Facebook

Amanece en el facebook, no me importa dónde estoy
me he dormido chateando y he soñado tan intenso
y en ese sueño yo me veía en el whatsapp, pero no
no era un sueño porque me clavaban el visto.

Este paisaje es tan extraño, se parece un balón esférico
los participantes opinan de todo, como si supieran algo.
Y en ese sueño yo me veía en una foto, pero no
no era un sueño porque en la selfie estaba yo.

A medida que megustamos mis recuerdos me estremecen
y en un soplo veo proyectado como un flash mi biografía.
Ya no sé si el facebook está arriba, abajo o dentro de mí
y aunque el paisaje sea tan extraño parezco haber estado allí.

Pinceladas IV

 

Seguí caminando mirando hacia la Punta Alta bajo un cañón escondida en la Base Naval. Cuando el tiempo sobra, el trabajo escasea. No tenía inquietudes pasadas ni por venir, pero igual los pensamientos se debatían en el tiempo. La nostalgia me dice que el pasado fue más feliz. La esperanza señala al futuro como el tiempo promisorio. Ambos divagues sirven para evadir el presente que se presenta como aburrido y a lo atemporal como inexistente, cuando es lo que le da el toque de sentido al mero vivir. Pero la tendencia social es la acaparación, y no me quería quedar sin mi pedazo de la torta. Entré a Zama y pedí una porción. En el camino pasé por el supermercado chino sito en calle Rivadavia también y compré yerba para un mes y, por supuesto, para esa tarde también. La joven que estaba en la caja no hablaba bien el español pero los números los manejaba a la perfección. Cuando salí pasé por la última calesita en estado de semiabandono. Había un revistero en el cual compré un libro que me llamó la atención. No fue por el título, ni por el autor, ni siquiera por el diseño de tapa. Era de una editorial uruguaya que había publicado un libro más que interesante de un autor de aquél país. Torta, mates y un libro me decían que no era una tarde más. De pronto empieza a llover y lamento no haber salido en auto o no haber tenido la precaución de mirar el pronóstico del tiempo. A los chicos que hacen piruetas en patinetas sobre el edificio del registro civil no les importa. Busco refugio bajo un toldo y espero un remisse. Por suerte el libro vino envuelto en nylon por lo que está protegido contra el agua. Si es malo tal vez me sirva para dar comienzo a un asado en alguna oportunidad. Todo es sagrado hasta que sabe a impureza. Los pocos paraguas que veía habían crecido en tamaño con respecto a otros más antiguos. Alcé la mirada al cielo y todo arriba se había tornado gris, a excepción del blanco de la iglesia María Auxiliadora. El auxilio que esperaba de un remisse se hacía desear. Extrañamente cuando llueve no se oye música en las calles y el sonido de la lluvia prevalece junto con el de los motores que transitan por el asfalto. Pasa un remisse y le hago señas. Se detiene, por suerte, y me traslada a la vivienda. El chofer va escuchando debates de la actualidad social que pronto serán olvidados. Por lo menos se entretiene durante el viaje diario. Las esquinas presentan abundante cantidad de agua, pero todos pasan con cuidado. Llegamos pronto a casa y me despido cuando me estoy bajando del coche. Abro la puerta y rápidamente compruebo que se me cortó la luz. Le pregunto a la vecina, que sale con un paraguas, si ella tiene y me responde que no, también se le cortó. Entro tranquilo y recuerdo aquellos tiempos en que los cortes eran frecuentes cuando llovía y se propiciaba un encuentro diferente familiar iluminados por la luz de una vela y con una radio a pilas. Después volvía la televisión y las burbujas. En esos tiempos me topé con un disco de Sex Pistols que nunca escuché titulado “La estafa continua” o “La estafa continúa”. Un acento puede significar una gran diferencia, a saber, que puede denotar que la estafa es persistente o casi permanente, o bien que en algún momento comenzó y aún sigue vigente, pero con el indicio de que tendrá fin. A fin de cuentas, lo que cuenta es que había una estafa en curso y me dispuse a investigar.

Equis

Estimado sujeto/su jeta:
Le queremos mostrar nuestro agrado por su gesta/su gesto.
Desconocemos lo que usted genera/género.
Sabemos que lo suyo viene a tono de lamento/la menta.
Asímismo, nosotros no seguimos sus modos/modas.
Agradecemos igualmente lo que usted daría/Darío.
Entendemos que su haz de luz se apaga/sea pago.
También le debemos el tributo a Dios/a Díaz.
Un saludo/saludá.

El lenguaje irreverente del ser

Llegué tarde desde que caminé desde el andén del tren, entre Esteche y Hernández. Me puse suéter verde y regresé. El mequetrefe del jefe me entretiene:
-¡Pérez! ¡Dele que me olvidé del cable!
Es bastante impaciente. Me pide boludeces y que le deje el volquete libre. Me alejé. Después me encontré billetes en el sobre de Inés, le apoyé el paquete:
-¡Qué ojete que tenés! Tocame el pene.
-¡Callate, pedante! ¡Comete ese bife! -me dice después del golpe de revés.
-¿Querés coger? Subite. Tenés goce libre.
-Depende… ¿tenés detergente? -me retuerce el marote Inés.
-¿Qué tenés en el pesebre? -le retruqué entre dientes.
-¿Querés ver? Llamame el viernes. Silbame antes.
Se fue diligente y elegantemente. Miré ese traste. Me quedé caliente y retomé el viaje. En frente, divisé el plumaje de ese orate de Méndez. Medité verle y hablarle. Crucé valientemente. Le dije:
-¡Levantate salame! ¿Qué hacés en el durmiente?
-Me tiré. Me enfermé. Me engripé y me vacuné. Me quedé conforme.
-¡Paciente torpe, Méndez! Entregate, tenés que vender.
-Never. El pupitre que fue del desguace es suficiente.
-¿Compraste el desodorante el jueves? -le pregunté.
-El miércoles. Empecé clases de ajedrez en el “Godínez”. Es buen deporte.
-Te felicité anteriormente. Escuchame: traete el soporte del tele de led. -le dije.
-Que el elefante demente celebre el martes trece, Pérez. Enterate, siempre puede haber peces soeces.
-Hacete coger, deficiente.
Le dejé. Es imberbe Méndez, me trae languidez. Regresé en serie. Visualicé el remisse de Andrés. Le detuve.
-Llevame.
-Tenés que pagarme.
-Ponele…
-Jodete. Que te lleve el presidente.
Se fue. Me quedé en el café. Metete en el toilet, me dije. Tomé el cel. Llamé entre heces y papeles. Atiende Inés:
-¿Quién es?
-Pérez. Te silbé antes.
-Contame, ¿tenés leche en el estuche?
-Decime, ¿querés verme? Te llevé flores este mes.
-Querete, Pérez. ¿Tenés que ser petulante? Podés amarme, besarme, siempre que toques suavemente este clavel.
-Disculpame, en vez de hacer que se me seque el tanque podés abrirte.
-Te perdoné. Volvé. Trae chocolates que te dejen inconsciente.
-Inés, te pregunté y pendiente escucharte quedé.
-¿Qué te aflige?
-Decime, ¿me querés?
-Despreocupate, prendé el follaje que este bosque arde.
Corté. Seré infame. Siempre que me olvide, recordaré desde el alféizer: el comprender de mujer me hace doler, es menester atender ese saber. Me senté en el retrete y estornudé.

Estudio respecto a la lectura actual

Un reciente estudio realizado por la Universidad de Cambridge reveló las razones del por qué la gente no lee literatura. Entre ellas y los argumentos dados se destacan: el aburrimiento frente a otros modos de entretenimiento ( 21 % ), la imposibilidad de tener una comunicación fluida con el autor -dejarle comentarios, poner me gusta, etc.- ( 13% ), no comprendió la pregunta (12%), no sabe de qué le están hablando (10%), leer no se usa más ( 8%) y ¿eso con qué se come? ( 7% ).
Por otra parte, entre quienes leen libros de autoayuda, el estudio arrojó las siguientes opiniones: me sirvió para entender los aspectos de mi vida ( 9%), entretenido pero eran todas mentiras ( 12%), el autor es un chanta ( 14%), diez años después de habérmelo creído me di cuenta que era mentira ( 17%), no sirve para nada y no es artístico( 17%) y entretenido pero era todo mentira (18%).
A su vez, entre quienes leen crónica periodística, las opiniones vertidas revelaron estudios muy variados: no distingue el hecho de las opiniones ( 22%), es imposible encontrar un hecho ( 15%), no hay hechos en la crónica ( 12%), las opiniones falsean el hecho ( 11%), el entramado de opiniones es el hecho ( 9%) y la opinión dada por el periodista en la crónica oculta el hecho ( 8%).
Mientras tanto, aquellos que no leen literatura, autoayuda, ni crónica periodística, ni entre líneas, no pudieron responder a las cuestiones pues el estudio se realizó por escrito y, a pesar de que en algún tiempo pretérito sabían leer, hoy día no tienen fe en esa ciencia medieval que es la lectura.

Pinceladas III

 

Estoy en la carnicería esperando que digan en voz alta mi número. Faltan dos. Un hombre recibe un llamado por teléfono y se va a atender afuera. Dicen mi número y pido dos kilos de asado y otros tantos de vacío. Pago con tarjeta, además, la bolsa de leña y algo de pan. Es domingo y ya se ve el humo invadiendo el aire sobre las casas de Punta Alta. No sé si menos que antes. El antes y el después son meras conjeturas. Cuando estoy por arrancar con el fuego llega mi cuñado y me dice que lo hace él, mientras que ya empezó por el vino. Aprovecho para darle unas pinceladas a las rejas que me dan la sensación de que brindan seguridad. Por lo menos si un ladrón se le ocurre saltarlas lo mínimo que espero es que se pinche un huevo. Alguien ya preparó mates y se acerca para ofrecerme uno. Me limpio las manos manchadas con pintura con un poco de aguarrás y lo bebo. El vecino me pregunta si tengo internet; le digo que hoy no conecté ningún dispositivo así que no sé. Vuelve al rato para avisarme que ya tenía conexión, pero andaba lenta. Se escuchan las últimas campanadas tocadas por un monaguillo. Es temprano para el asado, pero tarde para ir a misa. Por suerte la congregación en facebook está abierta las veinticuatro horas. Miro las rejas y considero que el trabajo está cumplido. Me voy a caminar con el perro. Una vecina hace lo mismo y los animales se olfatean entre sí. A mi olfato llega el olor de algún pollo que ya está sobre la parrilla. En un quiosco que atienden desde la ventana adornado con globos multicolores pido un paquete de pastillas. Pago y espero el vuelto que no va a llegar porque parece que el precio era justo el billete que entregué. Está justo, me dice la niña que me atiende, y me voy. En una esquina el asfalto se hundió y un cráneo ocupando funciones públicas pergeñó la idea de poner un cartel que indique que hay un badén. Pobre el burro que pone el lomo. El perro ya está con la lengua afuera y a mí me duelen las piernas por lo que empezamos a emprender la vuelta a casa. Me detiene una compañera de colegio que no recuerdo y me acuerdo del cuento del tío. Los recuerdos parecen darle placer, como si lo que apareciera en la pantalla de la memoria fuera de un tiempo feliz. Sin embargo no, en ese tiempo todo era igual, pero el fin de una historia parecía inexistente y la juventud no tenía preocupaciones a la vista ni problemas por resolver. Nos despedimos con un beso y cada quien retorna a lo que lo atañe. Los perros ladran atrás de las rejas y detrás de los portones de las casas, cuando escuchan pasar al que me acompaña. Pocos autos por la calle circulan sin la prisa de la semana. Hay boletas de partidos políticos en el buzón de una casa abandonada a su suerte esperando la sucesión por los herederos, si es que los tuvo, y enfrente un automóvil de otra época que duró más que lo estimado: un Ford T bordó. Adelante de ese, un Ford Ka del mismo color, que extrañamente no sufrió un boicot mediático por la connotación política. Suena la sirena de los bomberos y varios perros empiezan a aullar. No hay remisses, ni motos que hagan demasiado ruido y casi no se ven colectivos. Pasan algunas lanchas o kayaks, pero todavía no está lloviendo. Llegamos a casa y la mesa está casi lista con diversas ensaladas sobre ella. Está la familia, los niños, el vino, el asado, pero tengo la sensación de que algo falta. Me siento en el sillón y busco un párrafo de Kafka que no publican en internet.

Pinceladas II

Me detiene un hombre para preguntarme cómo hace para salir a Bahía y cortésmente le señalo el camino. Como vista gratuita tendrá el cementerio local para confirmar que el tiempo es limitado. Una pareja de recién enamorados me pregunta dónde encontrar un cine y, con rubor, le indico el mismo camino que al anterior caballero. Desapareció la pantalla grande acá, pero las domésticas siguen creciendo a paso firme. Otros pasan hablando por celular sin tener mucho por decir. Y los más jóvenes siguen chateando creyendo que están conversando. Baja de un camión un hombre de gruesos bigotes y me pide que le indique algún hotel barato para pasar la noche. Los más barato es pensar; el aire acondicionado y el agua potable han subido al compás de la inflación. Un perro anda suelto buscando algo para comer entre unas bolsas de desperdicios. Continúo caminando y observo a un pintor retocando la fachada de una casa de frente marrón con vivos blancos. Veo muchas casas que no tienen ventanas a la calle. Los que miran afuera lo hacen a través de la tecnología de la época. Tal vez por las ventanas a la calle lo hace sólo alguna viejecita que ya hizo lo que tenía por hacer en vida y nada más le queda esperar. O quienes esperan que algún cliente ingrese a sus locales de venta al público. Uno entra a una rotisería tras dejar el auto en marcha y me pide que si veo que vienen los agentes de tránsito les diga que es un minuto. No me alcanza a escuchar cuando le digo que me estoy yendo. No sé dónde voy, pero me alejo, lo que quiere decir que me acerco a otra cosa o lugar. Bueno, un lugar es un conjunto de cosas. O un vacío de cosas en todo caso como un desierto, aunque no tanto porque hay tierra, espacio, fuego, aire, pero escasea el agua. Tengo sed y me compro una coca en el camino. En la calle no hay vendedores de ningún tipo. Si te tocan el timbre tenés dos posibilidades: o te vienen a cobrar o buscan fieles para las religiones que quedaron de pie. Si es visita te llaman por teléfono desde la puerta y si es un remisse te toca bocina. Suena una bocina y miro para ver quién está detrás de los vidrios polarizados, pero el saludo es para una mujer que viene caminando de frente y agita la mano en señal de que el saludo era para ella. Uno toca bocina y desde el auto que atraviesa la calle transversalmente le responden. Nadie grita “diario” y al afilador se lo escucha una ocasión cada semestre, pero bastante seguido se escucha por un altoparlante que todavía compran calefones. Pienso en el calefactor y considero que lo tengo que hacer ver antes de que llegue el invierno. De paso me compro una frazada que en esta época no sé por qué parecen menos costosas. Me dicen que todavía no entraron, debe ser por eso. De inversiones no sé nada, pero por las dudas pregunto el precio del ladrillo. Antes de cruzar por la esquina miro para ver si viene algún vehículo y veo que en calle Luiggi hay cinco contenedores y un ciruja en dos de ellos buscando hacerse unos pesos con lo que derrama el capital. Después te dicen que no hay laburo o que los jóvenes no tienen porvenir en la ciudad si no entran a la fuerzas. Hay un personaje que en su locura le da un tono de color a las calles corriendo los autos. Había otro que tomaba vino con el mate sentado en la vereda. Una chica que apenas supera los veinte años tiene más tinta en la piel que sangre en las venas. La miro y me sonríe. Hace calor y esta noche de verano no habrá bailes ni sueños.

Noticias de ayer

TITULARES

-Balearon las islas Baleares.
-Connecticut perdió la conexión por dos horas.
-Ladrón ladró como perro policía y escapó con botín de Bottinelli.
-Descubren la cura para la curia.
-Teólogo afirma: Dios existe, pero no está en sus cabales.
-Despenalizarían los penales.
-Todo sube: desde hoy el nivel del mar es cien metros más caro.

Crear o reventar

Mens sana, comé manzana,
la salud es para el mañana,
no basta corpore sano
se pudre y come el gusano.

Libera de ti esa amarra,
la mente es como una garra
que no deja despegar
cuando tú quieres volar.

Corazón que cruza el abismo
que separa a vos de vos mismo
dará las explicaciones
que otrora eran confusiones.

Pregunta mal formulada
no puede ser contestada
mas debe ser repensada,
mejor no preguntar nada.

De la nada surgió todo,
del agua y la arena, lodo,
el cielo inspiró un suspiro,
¿Desnuda estás o deliro?

Tu belleza es la evidencia
que Dios padece demencia,
o cómo podés explicar
que acaso te dejó escapar.

Tal vez en su imaginación
piensa en otra creación
como un gorrión o aguilucho
que no lo distraiga mucho.

Pues si quedara observando
a ti, bella, contemplando
no atendería las plegarias
que claman a sus malarias.

Pero no hablemos de algo
que tú ni yo conocemos.
Dale de comer al galgo
así fuertes creceremos.

Él es otra maravilla
ya sé, dirás, que se pilla,
es un pequeño tesoro
no es un lingote de oro.

Todo lo bello y bonito
ocupa un espacio finito
de esta manifestación
que algunos llaman creación.

No sólo crearon los dioses
¿Te pasa algo que toses?
Cuidá la salud querida
es lo más preciado esta vida.

¿Cómo surgió la alegría
que te creó una poesía?
Así surgirá esplendorosa
tu alma y será asombrosa
una vida o fantasía
plena, solemne, hermosa.

Mi escuela

Todo mundo, hacer escuela.
Y a visitar a mi abuela.

Te voy a enseñar la A:
Antuán San Exuperí.
A comerse El principito,
crudo, seco, cocidito.

Y si de una no entendés,
tragátelo dos o tres;
doscientas cincuenta más.
Seguro que un día entrás.

No hay nada, más, sólo vos,
el vino, el pucho, la tos.
Pan comido un día será,
la noche el día convertirá.

Es que me desvivo por tí,
pará un poco con el ají.

Yo quiero lo mejor… Para usted,
simple, bella, stop: pared.

Por eso le hablo del día,
tu paz, mi gracia, alegría.
De un pavo, real o imberbe,
hace que el ritmo te enerve,
del canto de un loro azabache,
andá despacio, ojo: un bache.
Del vuelo del perro andaluz,
no tiene capa, cual avestruz.

Del salto de las calandrias,
y el correr del esturión.
De la calma del centurión,
y la luz de las centurias.
De la guerra, antigua, atroz,
empezá por el arroz.

De eso que han de beber los dioses,
del queso, el pan, agua, y las voces.
De tu andar, sereno, brilloso, cautivo,
las nubes, el agua, repito, es río vivo.
Del santo, tu tumba, el rumbo, azulado,
la voz, un ave, los pinos, jazmín, el prado.
Los campos, la vida, el viento, una flor,
tu fruto, será, para el mundo, el color
que ilumine, a su paso y encienda, veloz,
como un rayo, destino, cual lobo feroz,
en un cuento creído, por tí, mi alborada.
Si un día caés, entre garras, malhumorada,
al alzar la mirada, ese día verás, cansada,
que te fuiste a lo vano, gusano, paspada.

No hay nada, mi vida, mi amada, mi alma, mi luz, corazón, mi lumbrera, fulgor.
Sólo tú, tu espejismo, tu sueño, mi voz, la poesía llega y te saca de tu sopor.

A veces, pasa.
Ayer, llegó.
Anoche, vino.
Alguna es.
Al verte soy.
Al ver, sería.
A ser sin más.
Adiós poesía.

 

Palabras de uso poco frecuente

Hay verbos que han quedado en desuso, obsoletos, perdidos en el espacio no porque sean antiguos en sí sino porque su uso ha sido muy limitado entre interlocutores de habla hispana, que no obstante aún podemos -raras veces- observar cómo se usan aunque no sepamos bien qué es lo que indican, lo que señalan. Aquí presentamos algunos ejemplos de palabras de poco uso en el español corriente de nuestra época, y si alguno conoce sus significados podría realizar una contribución a la causa.

Esa noche, la mancuerna bujía al ritmo del gong.
Acción y efecto de bujir. Se conjuga como crujir. Ejemplo: El inodoro de esta casa buje impecablemente.

Si nos viera nuestro hijo ajuar al unísono…
Se conjuga como ajar. Ejemplo: Mi amor ahora ajo en polvo.

Katia, amada mía, ¡ya basta de celular!
Se conjuga como telefonear. Ejemplo: Hoy no te puedo celular porque trabajo.

Estoy dudando entre anular o collar.
Se conjuga como callar. Ejemplo: ¡Deberías pensar en vez de collar!

Hoy quien tanto soñé durmiendo.
Acción y efecto de her. Se conjuga como ser. Ejemplo: Luke, hoy tu padre.

Sin palabras

Necesito la letra de una canción
para sostener esta efímera emoción
y prolongar en el tiempo su duración,
pero no toda, me basta con sólo un renglón.

También me puede servir alguna frase
o un pedacito de ella que no se pase
de extensa pues luego debo recordarla
cuando otro sentir venga a taparla.

Una sentencia, seis vocablos, una definición
la emoción requiere algún tipo de expresión
verbal, no me alcanza con una sensación
que la grafique, no sirve aquí la imaginación.

De una enciclopedia puede ser alguna fase
astral o un ciclo vital o un cuento que versase
de aquello para lo que no tengo explicación
ni palabras, gestos, ni una torpe declaración.

Es un poco vergonzosa esta particular situación
pero como buen lingüista no paso ningún papelón
pues siempre tengo en un bolsillo del pantalón
para que me entiendan un expresivo emoticón.

Sosiego

Estaba cansado por el trajín de la semana, los conflictos sociales, la parálisis creativa y la turbulencia política. No obstante, salí a caminar. Estaba anocheciendo y el andar casi a tientas en la penumbra de la ciudad me despejó las ideas, templó mi ánimo y apaciguó mi espíritu exaltado. Al emprender el regreso, recorrí un camino hasta hoy desconocido por el que vislumbré nuevas arquitecturas y luminarias modernas. Unas cuadras antes de llegar a casa escuché una voz que me saludaba.
-¡Leo! ¡Leo!
Miré en todas direcciones y, aunque creía reconocer la voz, mi cansancio y la miopía me impedían encontrar al portavoz ya entrada la noche. Inmóvil, como estatua recién tallada, lo escuché nuevamente aún sin divisarlo:
-¿¡No me vé o so ciego?!

Pérdida

Por momentos, de caer en descontento
de oscuridad y nubosidad en aumento
el vivir, el andar, en desazón se empaña
y lo que era claro ahora es una maraña
todo lo que anteriormente tenía sentido
(para mí) se pierde, se lo traga lo vivido.

Pinceladas I

En Punta Alta no quedan bares de mala muerte. Los beodos perdieron su lugar de encuentro de estaciones pasadas con sus pares y ahora su soledad es más angustiante. Cada tanto te cruzás a uno que te dice que venimos necesitando un cambio, aunque no aclara si habla por los de su condición. La vecina trata de hacerle entender que el cambio ya se plasmó mostrándole las últimas boletas de luz, pero él saca un puñado de billetes arrugados y hace la cuenta para ver si le alcanza para otro vino y se aleja, así, por un rato de sus preocupaciones. Tampoco quedan casas de mujeres de mala vida. Las fachadas de las construcciones donde se alojaban invitan a otro tipo de esparcimiento y ellas han aprendido el arte de vivir. Un infante corre a la par de otro que, subido a una bicicleta, también aprende de las caídas. Las pocas edificaciones más altas no llegan a treinta metros de altura, pero las miradas de los pobladores más veteranos que deambulan por la aldea dibujan una parábola descendente que se pierde irremediablemente a un paso de distancia de la punta de sus zapatos, rememorando lo que pudo haber sido y con una incertidumbre que pesa sobre sí desde un tiempo inmemorial: qué será. Acelero al cruzar la esquina y escuchó que un pibe grita “auto”. El que está frente a él recoge la pelota y corre hasta la vereda. Pegarle al asfalto duele como la puta madre, pero ver la pelota ingresar pegada al palo ante la estirada del arquero te hace olvidar el dolor con la satisfacción de un logro infantil en el imaginario de llegar a grande un día. Un joven encera el auto al ritmo de un reggaetón en la vereda, ahí donde quedó el cantero en el que bajo un olmo la sombra de un hombre de pelo blanco vestido con una musculosa que hace juego con su cabello está tomando mates con el vecino y ven pasar un muchacho en bicicleta que de su bolsillo un tango interpretado por una banda de rock los retrotrae cincuenta años. Te acordás hermano… le pregunta un feligrés frente a casa cuando salen de la misa. Pero no, el otro no se acuerda. Prendo “Volver” y las tabacaleras están en la cúspide del negocio. Un amigo me dice que para estar tranquilo tengo que fumar. Él no lo hace, pero me prendo un cigarrillo y le doy la razón. Recojo los zapatos que compré hace dos meses y los llevo al zapatero Heredia. Cuando llego me doy cuenta que pusieron una verdulería ahí donde estaba el taller. Aprovecho que bajó el tomate y me llevo un kilo. En la esquina está parado un patrullero. Parece que hubo un choque. Los curiosos se acercan a ver qué pasó y entre ellos estoy parado con un par de zapatos rotos en una mano y una bolsa con tomates en la otra. Ningún herido por suerte, me dice una señora, pero mire cómo quedaron los autos. Miro un rato y luego emprendo el camino de retorno con tiempo a favor y viento en contra que les hace trabajar el doble a los barrenderos municipales. El ruido vehicular es una constante a esa hora, pero los domingos en la calle reina el silencio. Suena una alarma mientras atravieso toda la cuadra a pie. Después no la escucho, no sé si la desactivaron o es un sonido que ya no me llama la atención. Pasan un par de atletas. Los reconozco por su vestimenta fluorescente, antes era más difícil saber qué hacían. Hay un muro pintado con una obra de un artista local. Más adelante del trayecto otra pared tiene inscripciones con aerosol. Nombres y una declaración de amor fechada que quedó en el tiempo. Me detengo antes de cruzar la esquina porque viene un colectivo con dos pasajeros que se están por bajar por la puerta delantera. Después cruzo a paso firme. Antes de llegar unos gorriones y alguna torcaza despegan del césped y emprenden vuelo hacia un árbol enfrente. En la puerta me dejaron un impuesto para pagar y el diario enrollado que también tengo que pagar. En uno leo que aumentó y en el otro alcanzo a ver en un titular que subió el dólar algunos centavos. Busco la llave para abrirla y no la encuentro, ni tampoco la billetera en la que me quedaba un billete de Rosas nomás y dos monedas. Creo. Le pregunto si tienen hora a unos jóvenes que veo tomando una cerveza enfrente. Dejo los zapatos en el canasto donde pongo la basura y vuelvo a la verdulería a buscar las llaves. Se me hace tarde para dormir la siesta.

Somnolencia

El tiempo trae y el viento se lo lleva. La frágil sublime existencia de la hormiga está a merced de la lluvia o un pisotón. Pero las hormigas no tienen relevancia en la sociedad de los poetas tuertos. Las impresiones causan una distorsión de lo evidente que nos mantiene entretenidos en la arbitrariedad de las palabras. Cada tanto me pregunto qué debería preguntarme y encuentro que no encuentro las preguntas. Las diversas ideologías que pululan el espacio caducaron hace tiempo; sólo quedan colecciones de oraciones en un cúmulo borrascoso de vacío. Una vela se enciende y todo se inunda de luz hasta que nos tapa el agua y en penumbras, distraído, me duermo. Otra vez escucho el viento. La corriente se los sigue llevando.

La carta perdida

Cuando revisó sus archivos, no la encontró. Buscó entre sus correos antiguos, pero tampoco la halló. Él la recordaba con cierta simpatía, a pesar del carácter disuasorio que poseía en sí misma. Revisó entre todas sus carpetas personales sin suerte. El orden no era una de sus mayores virtudes. Utilizó un buscador en su máquina para buscar entre sus documentos, pero entonces no recordaba las palabras exactas que había utilizado en la misma, por lo que probó con algunos términos sueltos para ver si arribaba a algún resultado satisfactorio. Realizó varias búsquedas en torno al amor, pero no la halló. Refinó su búsqueda de acuerdo al tipo de archivo que podía llegar a ser, pero no la encontró. Hizo lo propio respecto al odio y, no obstante, no arribó al resultado esperado. Tal vez, no la había guardado, pensó.
Sin embargo, él la recordaba con cariño. Si hubiera sido de puño y letra, hasta quizá la tendría colgada en un cuadro en alguna de las paredes de su departamento. Despertaba en sí mismo sentimientos encontrados. Por un lado la atracción. Por el otro, cierto rechazo. Como núcleo central de la misma, la mismísima expresión natural de ser. Porque eso era parte del mismo sentir. No estaba separado, no eran dos cosas. Era parte de un mismo todo.
Volvió a buscar entre sus correos. Quiso recuperar los correos anteriormente eliminados y encontró muchos. Los revisó, uno por uno, pero no estaba la que buscaba. Encontró varias, en diversos tonos de expresión, pero no manifestaban lo mismo. No tenían la calidad de ese sentir tan inequívocamente señalado como único. Esa cualidad no se encontraba en las demás. Quizá en parte de ellas, pero daban lugar a la ambigüedad. No así en la carta que él buscaba.
Él creía que pudo haber sido la última, pero su frágil memoria, tal vez, le jugaba una mala pasada y, quizás, haya sido la primera. ¿Había lugar para semejante confusión? Pudo haber sido el comienzo de una relación con ella, por qué no. Y casi sin lugar a dudas, con ella se pudo haber terminado la misma. Aunque, él y su memoria la asociaban más a una expresión momentánea de descarga de vitalidad que al inicio o la finalización de una relación. No obstante, él recordaba la carta con afecto.
En algún momento, creyó que tal vez la hubiese impreso y buscó también entre sus papeles. Encontró letras de canciones, vieja correspondencia que mantenía con una amistad lejana, algunos manuscritos y también alguno de sus poemas.

Creyéndose en libertad
vagaba tu corazón.
Un día cayó en prisión
hoy vive en seguridad,
tan sólo con la misión
de huir de la soledad.

No encontró la carta. A medida que la buscaba, creía recordar cada una de las palabras que la componían, que le daban cuerpo a la misma. No eran muchas, por eso las recordaba con cierta facilidad. ¿Podría, quizás, reproducirla fielmente en caso de no hallarla? No lo sabía, por eso no detenía la búsqueda. Era, en ese momento que tanto la deseaba, cuando más la recordaba. Siempre con cierta ternura hacia ella. Esa carta lo había puesto en su sitio. Fiel, verdadera, ligera. Sin vueltas, sin rosca de tuerca. Era, lisa y llanamente, la manifestación de un sentimiento. Del sentimiento, por excelencia.
Pensó que, quizá, otra de sus cuentas de correo haya sido el destino que tuvo aquella carta, y allí fue que buscó. Revisó cientos de correos recibidos sin fortuna. Revisó en la papelera, pero no la encontró tampoco allí. Tal vez haya respondido a ella, y allí estaría, también, la carta perdida. Pero fue en vano. No la encontró.
Se tomó su tiempo para pensar. Intentó recordar. Se preparó un café mientras pensaba. Quería reproducirla. Sabía, con total certeza, cómo comenzaba. Así fue que lo apuntó en un nuevo archivo. Quería tenerla nuevamente, y apuntó. Apuntó el encabezado de la carta. Era el siguiente:

“Amor:”

Sabía que no podía ser de otra forma. Las cartas más bellas que había recibido comenzaban así. Por eso la recordaba con cierta simpatía. No dudó. Después, recordaba gran parte del cuerpo de la misma, lo sabía de memoria porque hacía blanco en lo profundo de su ser. Con la completa certeza de saber cuál era el cuerpo de la carta, lo apuntó seguidamente:

“Te odio.”

Tan sólo le quedaba recordar quién había sido su remitente. Y como su memoria solía jugarle bromas pesadas, resolvió, junto a su sentido común, darle por firma a quien no podía negarse que haya sido verdaderamente ella, para tener, así, una fiel reproducción de la carta perdida. Y lo apuntó:

“Yo.”

Reflejos

El espejo refleja un momento de la existencia, un tiempo particular de la forma, de su apariencia. La fotografía hace lo propio, en canon invertido, y el tiempo da la sensación de que se ha logrado perpetuar la apariencia de índole puramente temporal. El divague al que sucumbe el intelecto ante las impresiones recogidas hace creer que se ha logrado vencer el plano temporal de la existencia, o al menos da la pauta de que todo lo pasajero se puede retener por algún tiempo más de lo que dure. Para ver un espejo, hay que asomarse a él; para salir en la foto, hay que peinarse.

Los libros

En mi casa de la infancia, los libros ocupaban un rol preponderante, por eso los cuidábamos mucho. Tal es así, que cada vez que se rompía la pata de alguna cama ( las camas antaño eran de peor calidad ) unos cuantos libros la sustituían. Nunca supe bien qué decían esos libros, ni de dónde salían, pero nunca regresaban a la biblioteca. Ocupaban durante años un sitio bajo las camas, cumpliendo una función impensada ( impensada por el autor ) pero de gran utilidad para el hogar. Con el tiempo la biblioteca, un mueble rústico con puertas vidriadas que rescaté y mi mujer está empeñada en tirar, fue mermando su variedad, la cantidad de libros disminuyó considerablemente. Libro que salía, no volvía. Hace unos años, unos chiquilines ingresaban al garage donde la biblioteca juntó polvo durante años y se fueron llevando los últimos hasta que un cartel con birome y un alambre los detuvo en su afán afanil: “si te agarro te mato”.

Cómo convertir un texto malo en uno bueno en minutos

Lo primero a tener en cuenta es que un texto malo se puede obtener tanto de producción propia como ajena ( salvo que usted tenga una opinión de sí mismo demasiado alta y se crea incapaz de escribir textos malos ). En este último caso se debe tener en cuenta que la obra puede ser denunciada como plagio por lo que se debe tener preparado algún tipo de defensa de la misma, si se desea conservar los derechos de la obra.

Lo siguiente es llevar el texto escogido previamente a un estado en que se visualice claramente como incompleto. Para ello, se puede suprimir uno o varios párrafos, oraciones o simplemente algunos sustantivos. Una vez realizado esto procedemos a la lectura del texto en voz alta, para percibir cómo suena al oído. Si es posible, se lo leemos a alguien que nos pueda llegar a dar una opinión valiosa del mismo, si sabemos que nos valorará positivamente mucho mejor.

Posteriormente, añadimos párrafos u oraciones ( no importa si son malas o buenas ya que el veredicto lo obtendremos al final por la obra en su totalidad ) en el sentido que más nos plazca. No escatimemos deleite. Hacer lo que más nos gusta es importante porque eso es lo que después leerá el destinatario de nuestra agraciada obra. Utilice oraciones en imperativo con moderación. Interactúe con la comprensión del lector, pero no lo adule en demasía pues puede ser muy perspicaz y quizá abandone la lectura antes del éxtasis final al que se lo que quiere llevar.

Luego, para darle mayor importancia a lo que usted ha escrito y/o robado por ahí, reemplace varios verbos por otros que no necesariamente compartan el mismo significado. No se preocupe aquí por el sentido del texto y cuestiones fútiles de esa índole. Recuerde que usted tenía entre manos un texto malo, por lo que aquello que decía allí era pura vanidad, nada de mayor relevancia. Emplee verbos desconocidos para el lector común, quien sin dudas tendrá por usted la mayor estima cuando tenga que recurrir a un diccionario para entender qué ha estado expresando usted.

Utilice libremente su sexto sentido: el humor. Hacer reír y dar qué pensar es siempre valorado por la inteligencia del ser humano. A veces la combinación de dos o tres palabras puede justificar una lectura de poco genio. Si tiene pocas ocurrencias manifiéstelo con lo mejor de su capacidad: yo no sé.

Cada vez que incorpore un párrafo, piense si realmente hay necesidad de él. Si la respuesta es negativa, añádalo sin culpas pues para todo lo innecesario hay un mercado gigantesco que comercializa un sinnúmero de productos y, finalmente, su obra no escapa a esta ley.

Si puede establecer dentro del texto alguna polémica, como por ejemplo declarar que a pesar de tanto entretenimiento que se vende aquí y allí el hombre sigue sufriendo como hace dos mil quinientos años, o peor aún, más informado, hágalo abiertamente. Recuerde que el lector agradecerá la verdad, aún cuando tenga temor a ella de manera infantil, pues es benigna y abierta. Sin embargo, si usted la desconoce no se exprese como si supiera lo que está declarando pues los reproches no tardarán en llegar y con ellos la desazón del lector.

Finalmente, quite toda ambigüedad que el texto pueda dar. Borre sin límites todo aquello que invite a la duda y a la desconfianza. Usted debe brindar certezas. Un texto endeble seguirá siendo malo, mientras que aquél que le dé cierta saciedad al lector será considerado por éste como aquél que le salvó el día, y no digo que lo tenga como uno de los mejores que leyó, pero sí como uno al que considerará sinceramente bueno.

Y… ¡voilá! Lo ha logrado.

Alternativas al capitalismo

Una alternativa al capitalismo es el mentado cacadeísmo, que expuso explayadamente Juan K. Catúa, en su obra “Cacadeísmo sustentable”.
El cacadeísmo consiste sintéticamente en que tanto bienes como servicios se transaccionan con caca como moneda de intercambio. Al ser la caca un producto de fácil y pronta disposición, se eliminan las preocupaciones que resultan de su carencia. Además, todo el mundo tiene acceso a la caca por lo que se elimina la pobreza ( pobres los estreñidos ). Por si fuera poco, pocos tendrían inclinación a acaparar, salvo en el caso de los cagadores; mientras que los más acaudalados, serían en verdad unos cagones. Por lo tanto, cuando vayas a sentarte al inodoro tan despreocupadamente, pensá bien el destino que le estás dando a tu fortuna.