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De viaje

Me aburre siempre lo mismo
Normal me parece el exotismo
Lo raro no me da desconfianza
Lo extraño sugiere añoranza;
Todo es igual, nada difiere
Un plano existencial prefiere
No distinguir entre esto y aquello
Como si lo real dejara allí su sello.
Decí que mantengo el aseo
Mi alma se fue de paseo.

Las horas muertas

Es tiempo sin sabor
Un dibujo sin color
Una flor sin aroma
Niño que no asoma
al mundo, a la vida.
Pendiente sin subida
Acontecer desabrido
Un músico desconocido
Un cuadro descolorido
Un poema sin sentido
Un verso que no cierra
Es el ruido de una sierra
Que no corta la madera,
Es una célebre espera.
Así, las horas muertas
que parecieran no pasar
son las únicas ciertas
que nos regala el azar.

Luminoso es el camino

En momentos de incertidumbre
primordial es ver los problemas
de frente, con luz, y los dilemas
crear claridad que a ti te alumbre.

Pues las sombras nos confunden
se entremezclan, se transforman
otras cosas engorrosas así forman
y entredichos sonoros las difunden.

Aunque iluminado es recto diferente
si se observa bien con mirada curiosa
nadie ve en la espina rosa indiferente.

Luminoso es el camino que te lleva
al cruzar en las oscuras pedregosas
calles donde tu noble alma se eleva.

En redes la gente sólo lee el título o reacciona a la imagen

Bueno, eso es todo lo que tenía por decir. Este texto es sólo demostrativo de aquello, para evidenciar coherencia, no es que intente llamar la atención para luego no decir nada que lo justifique, aunque en definitiva no diga mucho más que aquello. Podría decir, empero además, que aquella afirmación y/o sentencia deja en evidencia la situación social actual, que perdió y cercenó todas sus posibilidades de comunicación, sumando a la nula escucha que se gesta en casi todos los ámbitos, dejando al ciudadano en una situación de completa penosidad ( aunque pueda alcanzar algún tipo de pomposa gloria ) donde la soledad es el factor común, aunque sea difícil y rara cualquier desconexión de esta sociedad que ha globalizado la vanidad y procura banalizar cualquier vestigio de comunicación entre algunas de sus partes, a través de la ridiculización y la marginación de aquellos que se han tomado la molestia de intentarlo. Por lo tanto, cabría la posibilidad de sentenciar que no es necesario buscar y navegar en cualquier tipo de debates ( máxime en redes ) que sólo lo dejarán aferrado a su postura y con la oscura sensación de que todo es una mierda y cualquier noticia que se jacte de buena no torcerá el rumbo de los sucesivos tristes acontecimientos conducentes al mar cloacal de la estupidez, que seguirá propagándose como enfermedad virósica y todavía hay quienes aplauden cual eufóricas focas que se ha encontrado la cura. Mas no, no hay cura. O si hay cura, él no nos curará pues estará abocado a atender las confesiones de sus feligreses que, al menos, le dan cada tanto una limosna para costear sus hostias ya que el Estado no lo solventará en un tiempo. En definitiva, este texto -como decíamos- no amplía ni niega ni describe ni suple lo dicho hace tantísimas letras, en aquél título que acompañó la imagen que usted ( ¿vio, lector, que se lo ha tenido en cuenta, incluso en este momento de calma y despedida? ) puede observar debajo o al costado, dependiendo del dispositivo en que la observe, como motivo que le incite a tener una reacción consecuente o no, pero que no lo dejará indiferente, como el presente texto.

Desaliñada

Se gestaban los albores de una nueva religión, cuando Maira no quiso saber nada del asunto y se marchó llorando desconsolada. Otra vez, su amiga le decía que habían fallado. De repente recibió una llamada inesperada:
– Te estoy esperando en Güemes y Torrevieja. Café Cómo. Me habías dicho que ibas a estar acá, ¿querés que te vaya a buscar? Te espero o muero en el intento.
Paró un taxi y éste no detuvo su marcha. Probó suerte con los siguientes, pero los choferes parecían ignorarla sistemáticamente. Era tal vez su aspecto lo que producía cierto rechazo en ellos. Tal es así, que uno de ellos paró pero seguidamente retomó su marcha sin cargar con sus huesos. Finalmente, un taxi se detuvo y la levantó del pavimento.
– Lo más rápido posible. Güemes y Torrevieja, por favor.
El chofer hizo un gesto de aprobación con la cabeza. Sin embargo, no tenía la menor idea de cómo llegar hasta el lugar solicitado. Tomó la avenida y cruzó el parque. Maira advirtió el movimiento y se lo reprochó instintivamente.
– ¡Oiga! ¿A dónde va?
– ¡Perdón! Creí que había dicho Güiraldes. Disculpe mi confusión. Hace dieciséis horas que estoy arriba de esta lata de atún. –dijo el chofer.
Giró en u cuando tuvo ocasión y regresó tras las huellas del vehículo. De su cabeza brotaban diminutas gotas de sudor que, en caso de ser advertidas, mostrarían su elevada tensión al pasajero de ese momento. Al llegar a una esquina, le preguntó a Maira distendido, buscando aprobación.
– Esta es, ¿no?
– Si toma por esta después va a tener que pasar Zúñiga, antes de toparse con Senegal. Si llega hasta el callejón quién lo saca…
El chofer asintió, continuando por la calle que venía. Su desconcierto era tal, que se le trenzaban las ideas en su cabeza por lo que fingió un dolor en el pecho y estacionó a un costado. Maira se ofreció a llamarle una ambulancia, pero el chofer dijo que se recompondría rápidamente. Sin embargo, le pidió que no lo espere para continuar su camino, pues se tomaría el resto del día. Así fue que Maira intentó detener otro taxi, pero no tuvo la suerte de que alguno de ellos se detenga. Caminó algunas cuadras en dirección opuesta a la puesta del sol y realizó una apuesta de lotería luego de pasar por un puesto de diarios y revistas mal puesto atendido por un tipo apuesto y, puesto que olvidó el nombre de la revista que deseaba adquirir, compró otra propuesta por dicho sujeto del puesto, y adquirió, además, un tornillo en una casa de repuestos que se lo llevó puesto.
Cansada y sin saldo a favor en su teléfono celular, se fue hasta la parada de colectivos más cercana a esperar. Recibe una llamada.
– ¿Vas a venir o me mando a mudar?
– ¡Enfermo! –dijo Maira, cortando la comunicación.
Pasó el colectivo que la llevaría hasta su casa y ella se subió. Un muchacho aturdía a todos con música en su celular. Maira le pidió si podía bajar el volumen del mismo y el joven aceptó de muy mala gana. Tal es así, que a los pocos segundos volvió a subir el volumen, inclusive más aún de lo que estaba en el principio narrado para fastidio de todos. Excepto el propio.
Maira se bajó cuando llegó a la parada cercana a su casa. Distaba a unos doscientos treinta metros de la misma. Mientras caminaba observó que sobre un árbol colgaban un par de medias de nylon que no llamaron su atención aunque lo intentaron. Al llegar, la estaba esperando.
– Otra vez me dejaste plantado ¿Se puede saber qué tenés en la cabeza?
– Aserrín. –le respondió Maira.
– Me podrías haber avisado que no ibas. No tenías impedimento alguno. Un llamado y problema solucionado. ¿Tenés idea cuánto me tuvo esa silla encima? Bueno, me vas a contar qué te pasó o adivino.
– Adiviná.
– Nadie te quiso llevar.
– ¿Viste que no era difícil?
Maira dio media vuelta y salió corriendo por donde había venido. Nadie la siguió. Cuando notó esto, aminoró la marcha y al pasar por el templo entró sin dudarlo. Apareció delante de ella un hombre que le pidió se retire, por favor, pues alegaba que nada podían hacer ya con semejante desaliño.

El cielo paciente

La noche, apacible, cae dormida;
La luna oculta en su fase la sonrisa,
Una estrella displicente sueña
que abajo las luces fugaces
le cumplen tres deseos anhelados.
El cielo observa todo, ferviente,
esperando que el espectáculo
nocturno irreverente ecléctico
cambie su ecuanimidad abyecta
por el ajetreo diurno cotidiano.

*Fotografía: Leandro Coca

La plaza

No hay ciudad que no conozca
el llanto, la angustia ni el tedio
ni plaza céntrica que no luzca
vanagloria en mandato del medio.

El gentío allí se amuchedumbra
a conversar de los niños sus juegos
la farola de noche le alumbra
el andar zigzagueante a los ciegos.

Ni la luna que tanto me llama
nos invita a dormir en su cama
ni la estrella fortuita declara
que su manto celeste la ampara.

Las palomas ya no comen tanto
sus jubilados buscan otro encanto
como darle placer a los nietos
y que aprendan saberes discretos.

Vigilada hasta la medianoche
conectada con cámaras nuevas
forman charcos que dejan los coches
los triciclos el día que llueva.

Fotos solas, también de los niños
fotos viejas que muestran los cambios
fotos riendo, corriendo y desaliños
fotos de estatuas no tienen recambio.

Todo el mundo pasa por la plaza
si va o viene no tiene importancia
por la plaza que es como una casa
bajo el cielo y llena de fragancia.

Horizonte

Aprendiendo a vivir
De instante en instante
Día a día a resistir
Vencer el ritmo vacilante
Frenar, seguir, insistir
Recrearse, subsistir
Sentir el flujo cambiante
Adaptarse, convivir
Como vertiente fluir
( Valga lo redundante )
Y otra vez resurgir.
Aunque se crea distante:
Ir presente, persistir.

Fotografía: Leandro Coca