Desaliñada

Se gestaban los albores de una nueva religión, cuando Maira no quiso saber nada del asunto y se marchó llorando desconsolada. Otra vez, su amiga le decía que habían fallado. De repente recibió una llamada inesperada:
– Te estoy esperando en Güemes y Torrevieja. Café Cómo. Me habías dicho que ibas a estar acá, ¿querés que te vaya a buscar? Te espero o muero en el intento.
Paró un taxi y éste no detuvo su marcha. Probó suerte con los siguientes, pero los choferes parecían ignorarla sistemáticamente. Era tal vez su aspecto lo que producía cierto rechazo en ellos. Tal es así, que uno de ellos paró pero seguidamente retomó su marcha sin cargar con sus huesos. Finalmente, un taxi se detuvo y la levantó del pavimento.
– Lo más rápido posible. Güemes y Torrevieja, por favor.
El chofer hizo un gesto de aprobación con la cabeza. Sin embargo, no tenía la menor idea de cómo llegar hasta el lugar solicitado. Tomó la avenida y cruzó el parque. Maira advirtió el movimiento y se lo reprochó instintivamente.
– ¡Oiga! ¿A dónde va?
– ¡Perdón! Creí que había dicho Güiraldes. Disculpe mi confusión. Hace dieciséis horas que estoy arriba de esta lata de atún. –dijo el chofer.
Giró en u cuando tuvo ocasión y regresó tras las huellas del vehículo. De su cabeza brotaban diminutas gotas de sudor que, en caso de ser advertidas, mostrarían su elevada tensión al pasajero de ese momento. Al llegar a una esquina, le preguntó a Maira distendido, buscando aprobación.
– Esta es, ¿no?
– Si toma por esta después va a tener que pasar Zúñiga, antes de toparse con Senegal. Si llega hasta el callejón quién lo saca…
El chofer asintió, continuando por la calle que venía. Su desconcierto era tal, que se le trenzaban las ideas en su cabeza por lo que fingió un dolor en el pecho y estacionó a un costado. Maira se ofreció a llamarle una ambulancia, pero el chofer dijo que se recompondría rápidamente. Sin embargo, le pidió que no lo espere para continuar su camino, pues se tomaría el resto del día. Así fue que Maira intentó detener otro taxi, pero no tuvo la suerte de que alguno de ellos se detenga. Caminó algunas cuadras en dirección opuesta a la puesta del sol y realizó una apuesta de lotería luego de pasar por un puesto de diarios y revistas mal puesto atendido por un tipo apuesto y, puesto que olvidó el nombre de la revista que deseaba adquirir, compró otra propuesta por dicho sujeto del puesto, y adquirió, además, un tornillo en una casa de repuestos que se lo llevó puesto.
Cansada y sin saldo a favor en su teléfono celular, se fue hasta la parada de colectivos más cercana a esperar. Recibe una llamada.
– ¿Vas a venir o me mando a mudar?
– ¡Enfermo! –dijo Maira, cortando la comunicación.
Pasó el colectivo que la llevaría hasta su casa y ella se subió. Un muchacho aturdía a todos con música en su celular. Maira le pidió si podía bajar el volumen del mismo y el joven aceptó de muy mala gana. Tal es así, que a los pocos segundos volvió a subir el volumen, inclusive más aún de lo que estaba en el principio narrado para fastidio de todos. Excepto el propio.
Maira se bajó cuando llegó a la parada cercana a su casa. Distaba a unos doscientos treinta metros de la misma. Mientras caminaba observó que sobre un árbol colgaban un par de medias de nylon que no llamaron su atención aunque lo intentaron. Al llegar, la estaba esperando.
– Otra vez me dejaste plantado ¿Se puede saber qué tenés en la cabeza?
– Aserrín. –le respondió Maira.
– Me podrías haber avisado que no ibas. No tenías impedimento alguno. Un llamado y problema solucionado. ¿Tenés idea cuánto me tuvo esa silla encima? Bueno, me vas a contar qué te pasó o adivino.
– Adiviná.
– Nadie te quiso llevar.
– ¿Viste que no era difícil?
Maira dio media vuelta y salió corriendo por donde había venido. Nadie la siguió. Cuando notó esto, aminoró la marcha y al pasar por el templo entró sin dudarlo. Apareció delante de ella un hombre que le pidió se retire, por favor, pues alegaba que nada podían hacer ya con semejante desaliño.

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