Cosas que pasan

Estaba frente a un portal que me conducía Dios sabía a dónde. Yo no. Y con eso no quiero negar que de algún modo sea una suerte de dios. Tenía la llave en mi mano pero no me atrevía a abrir. Sentía un cosquilleo en el estómago y no era hambre. Al otro lado me esperaba el destino, por lo que me decidí y abrí. Y no sólo eso, sino que además entré. Bueno, en realidad miento, porque la puerta no conducía a un recinto cerrado sino abierto. Por lo que salí a él. Mi primera impresión fue la de sentir una inmensa soledad. Allí, estaba convencido, no había nadie. Era raro, porque los sueños suelen estar llenos de personajes, pero este no era uno típico, si es que hay sueños típicos. Lo atípico es que sabía que estaba sólo en ese microuniverso, que no era pequeño, pero era sólo mío. Una luz cálida pero no cegadora inundaba el lugar. También había agua, en un pequeño arroyo del cual bebí hasta saciar la sed que sentía en ese momento. La sentí correr por el cuerpo, refrescando mi garganta, hasta reposar en el estómago. De repente, la soledad que creía me abrumaría, se disipó con la presencia de varios ratones corriendo delante de mí en fila. Algunos atravesaron el arroyo y otros parecían zambullirse en él. Todo había cobrado vida con mi mera presencia. Y eso me alegraba. Pronto, unas gaviotas alzaron vuelo sobre mí y se oyó el graznido de varias. Había varias plantas floreciendo junto al arroyo, de los colores más llamativos: celeste, violeta, lila, turquesa, ¡dorado! El aroma que emanaba de ellas era cautivante. Observé el arroyo y estaba poblado de peces naranjas y amarillos de diversos tamaños que nadaban en él. La paz del lugar me colmaba de satisfacción. Todo era perfecto, hasta que apareció frente a mí una figura colosal. Era un gigantesco cíclope que iba destruyendo todo con su mirada de fuego. A medida que avanzaba, quemaba pastizales, flores, árboles y animales. Era sin dudas Shiva, el dios de la devastación. En mi visión aparecía como una forma casi humana, a excepción de que sólo tenía un ojo. Además tenía dos pares de piernas y su piel era de color azul. Tenía una larga cabellera atada con una trenza y varios brazaletes de oro. Se acercó hasta mi posición y el temor me hizo arrodillar. Creí que sería fulminado rápidamente. Sin embargo, Shiva retornó hacia el horizonte desde el cual lo había visto venir y se perdió de mi vista.

La calma había retornado al ambiente. Nuevamente, varias aves acudieron en busca de alimentos, algunas lo tomaban del suelo otras pescando en vuelo del arroyo. Cuando creí que todo se desarrollaría en tranquilidad, grande fue mi sorpresa cuando emergió un magnífico león al trote. Pero allí no había carne que aplacara su hambre, excepto mi figura. Cuando me vio, corrió rápidamente hasta donde estaba y se paró delante de mí. Caí rendido a sus pies implorando que no me comiera y, no sé si por piedad, no lo hizo. Continuó corriendo a toda marcha en dirección opuesta a la que había aparecido frente a mí. Me sobrevino el calor de repente por lo que decidí darme un baño en el arroyo. El agua estaba tibia, pero me refrescó lo suficiente como para disminuir el calor que sentía. Recogí algunas piedras y las lancé sobre el agua haciéndolas golpear varias veces la superficie del arroyo. La última que lancé hizo un movimiento extraño que acaparó mi atención. Luego de golpear tres veces sobre la superficie, retornó hacia mí y golpeó otras tres veces cayendo delante de mis pies. En ese momento pensé: esto sólo puede suceder en un sueño. Y comencé a danzar en el lugar de felicidad. Si era efectivamente un sueño no había nada que temer, ni dioses, ni leones, ni nada. Seguía bailando alegremente cuando delante de mí apareció un cazador con una escopeta. Pude oír que al verme dijo:
-¡Qué rareza! Sería bueno tener su testa colgada en una pared del living.

Luego, pude ver que me apuntó al corazón. La alegría que tenía en ese momento no se vio turbada por aquél hombre y yo continuaba danzando. Cuando me detuve, vi reflejada mi figura sobre el arroyo. Me sorprendió ver que no era mi rostro lo que se veía en el reflejo, sino que era el de una panthera tigris, vulgarmente conocido como tigre blanco. ¿Yo era un tigre? ¿Desde cuándo? No me importaba, era un sueño y me sentía completo en él. Otra voz le dijo que tenga cuidado al disparar de no dañar la cabeza. No sentía el peligro de mi inminente muerte acechándome. Me di vuelta y me lancé sobre el cazador.

Instantáneamente, escuché un sonoro retumbe. Abrí los ojos y vi que la cama estaba a un costado. El piso seguramente estaba tan duro que al caer eso fue lo que escuché. La felicidad que tenía durante el sueño me duró un par de horas hasta que el ajetreo del día la disipó y olvidé aquello. La llegada de la muerte mostraba a las claras que la vida era cuestión de continuar viviendo. Siempre sucede así. Lo cambiante son las circunstancias, las situaciones. Un cazador tendrá una cabeza más adornando su living.

Por mi parte, ya no soy un tigre y para colmo me duele un poco la cadera, algunas costillas y el hombro derecho.

 

Fotografía: Maru Coca

Niñatos

Hoy vi con curiosidad un niño con vestimenta y comportamiento de adulto. La crianza que le habían dado a Albert había salteado etapas que en otros se veían con mayor claridad.
Albert claramente era un niño, incluso por su estatura, pero su conducta reflejaba la de cualquier adulto modelo, al menos de esos modelos que buscan influir sobre los demás. Esto me hizo sospechar, no ya del pobre Albert que difícilmente saldría de las garras de la programación recibida y, probablemente, la emularía con lujo de detalles, sino de que cualquier adulto que se jacte de tal sólo está emulando la conducta estereotipada y catalogada como de adultos, por niños que perdieron su infancia.

 

 

Fotografías

Fotos de la noche
fotos de tu coche
fotos del mañana
fotos de tu hermana.
Fotos de alborotos
fotos muchas fotos
fotos e ilusiones
fotos de camiones.
Fotos de la cena
fotos de tu melena
fotos en el desayuno
fotos de Neptuno.
Fotos tomando helados
fotos por todos lados
fotos en la fiesta
fotos de la siesta.
Fotografías en la red
tomo fotos por la sed.

 

 

 

*Fotografía: Maru Coca

Año nuevo, vida nueva

El nuevo año trajo cosas nuevas. Ya desde la mañana del primero me asombró ver un piripipichi en el tejado. El piripipichi es una variedad del gorrión que hasta ese momento nadie conocía y lo bauticé, junto con Doménico que es el entendido en la materia, con el nombre científico de Passer piripipí. Es un poco más flacucho que el gorrión común y sobre el pecho tiene una ‘p’ blanca. Se alimenta de lombrices, migas de pan dulce que sobraron de la navidad y alimento balanceado para perros, preferentemente de los baratos, ya que el Eukanuba le produce picazón en el pico.
Pero eso no fue todo lo que trajo el nuevo año. La tarde del dos trajo un ventarrón que partió el ventanal del quincho en cientos y miles de pedacitos de vidrios que barrimos para que no se los coma el perro que había caído con el viento desde el otro lado del paredón. De nombre, Clarita le puso Tugurio y al otro día le dimos un buen baño para sacarle las garrapatas que se habían aferrado tenazmente, asustadas por la tormenta.
La lluvia nos trajo gripe y resfríos y el delivery los medicamentos para paliarlos.
El año nuevo nos trajo un día más en este enero, un interludio entre el 4 y el 5, que llamamos 4 bis, como el colectivo, pero después de disfrutarlo en la pileta con una sensación térmica más que agradable, nos enteramos que ese día nos lo iban a descontar en febrero.
Ya el 6 nos sorprendimos con lo que trajeron los reyes, a saber:
-Un paquete espurio de cacao rancio
-3 limones verdolagas
-Un camello en comodato
-Un rosario de ternura
-Y una réplica de lo que creímos sería el niñito Jesús, aunque luego comprobamos que se trataba de Ken, el novio de la Barbie.
Y a cambio de tan generosa empresa, los reyes se llevaron algunos víveres y como eran magos hicieron desaparecer el aguinaldo.
Finalmente, otra de las cosas que trajo el nuevo año fue una palangana a motor que nos regaló Paty para nuestro aniversario.


Fotografía: Maru Coca

Pinceladas IX

Las acciones habían captado la atención hasta el momento en que el movimiento se detuvo. Pero, ¿esto es posible acaso en el tiempo? Una máquina detenida puede llamar la atención, pero no por su inmovilidad, sino por su apariencia temporal. Un gorrión, difícilmente aunque sí lo puede hacer con su veloz y corto vuelo o con su diáfano canto, no así en su inusitada quietud. Igualmente, en Punta Alta los gorriones no ocupan espacios en los diarios digitales, pero las máquinas –sobre todo los vehículos- llenan las páginas de novedades y, justamente, en una de ellas me entero que un amigo ( Juan José ), que no veo hace tiempo, se accidentó cuando ingresaba a la 229 en el cruce de entrada a Villa del Mar y, en el acto, pereció su mujer, Guadalupe. Utilizo el teléfono de la oficina para llamar al hospital y, luego de varias intentonas, logro obtener su parte médico: tiene fracturas en costillas, y otra fractura en un brazo; tuvo hemorragias internas, por lo que hubo que hacerle una intervención quirúrgica de la que salió bien, aunque está en terapia intensiva, en estado delicado y con pronóstico reservado. Reservo una corona ni bien corto, por precaución. Pero la nostalgia me invade en una ráfaga de sentimientos y sensaciones de otros tiempos: Juan José aplaude desde la calle cuando ve que Charles está en la puerta. El pequeño perro que mi tío le regaló a mi abuelo impone terror en mis amigos, por eso el que más seguido viene a buscarme es Juan José, que es el más corajudo; si no, me toca buscarlos a mí o bien dejar a Charles en el patio. Lo escucho y salgo. Caminamos bajando la pendiente de la calle Espora y continuamos hasta donde no se avizoran casas. Todo es un lugar sin explorar, una dimensión del mundo desconocido en el que vivimos y se despliega ante nuestros ojos. Lo recorremos con curiosidad y ante el menor detalle nos asombramos. ¡Mirá!, me señala Juan José, ¡un topo! Y lo observamos hasta que se nos pierde de vista en una oscura cueva subterránea. A unos pasos una víbora repta hacia nosotros y huimos despavoridos hasta caer a un pozo o excavación, donde un tractor extrae arena que deposita sobre un camión. De la curiosidad pasamos al desencanto cuando, al mirarnos, comprendemos que esa exploración era nueva sólo para nosotros, por lo que sin mediar palabras nos vamos, de regreso, al mundo conocido en el cual nos despedimos, apenas, con una mirada que nos deja solos con un sentir común. Mis ojos giran nuevamente hacía Juan José y veo que me guiña un ojo, que logro ver a pesar de la oscuridad de Mikonos, cuando se adelanta para bailar a la par de Guadalupe, mientras me doy vuelta para buscar un trago. La cabeza gira instintivamente buscando la mirada de Juan José y lo veo a través del vitral de la sala en el hospital con Maximiliano, su primogénito, en brazos, con los ojos humedecidos y una amplia sonrisa. En una mirada profunda, el tiempo queda en segundo plano, y el lazo que nos une en la eternidad nos da la sentencia de lo superfluo del resto de las cosas. Ahora son mis ojos los que están humedecidos y los puedo ver en el reflejo de los ojos vítreos del médico que me da la noticia de su deceso, mientras ensaya con las facciones del rostro una conmiseración al sentimiento que no puedo ocultar. Tras estrechar en un abrazo a su padre, enseguida paso a despedir los restos que yacen dentro del cajón. Y, claro, son sólo los restos porque todo lo central en Juan José se disolvió en el universo y ahora es parte de la Vida.

( Por qué Vida con mayúscula, le pregunto con aquella curiosidad de explorador; y Juan José, lejos de mirarme, me responde con suavidad: porque es el soporte de tu vida minúscula ).