Viejo tren

En el pueblo era el viejo tren el que traía las novedades. O mejor dicho, aquellos que llegaban en el viejo tren al pueblo arribaban con alguna novedad, y esto era así porque el pueblo siempre parecía el mismo: la iglesia, la escuela, el almacén y el potrero eran los que le daban alguna dinámica, además de la llegada del viejo tren, claro está. Porque en el pueblo todo parece ser más lento, o al menos la armonía que se visualiza en los movimientos de la gente es diferente al de una ciudad. Y ni hablemos si la comparación se hace con una metrópolis, son dos mundos distintos.
El viejo tren pasaba por la ciudad cada martes, cada jueves y cada sábado. Normalmente, si no había ningún contratiempo, lo hacía rondando las 11 am. De ahí seguía su trayecto hasta la capital Buenos Aires. En esos pasos que hacía por el pueblo el viejo tren, raras veces descendía algún pasajero. El último jueves de cada mes, don Anselmo Costas regresaba al pueblo tras cobrar su jubilación. Esto era conocido por todos, ya que don Anselmo traía algún presente para sus vecinos más allegados: un licor de dulce de leche para doña Victoria Alcides, cigarros importados para el padre Eustaquio Maldivas, peras o duraznos en almíbar para doña María Dolores Tíboli viuda de Guantes, entre otros.
Don Anselmo había sido maquinista en años de su madurez por lo que conocía bien el viejo tren. Disfrutaba ese viaje de placer que hacía cada mes, recorría la ciudad con asombro ante los cambios arquitectónicos, comerciales y de vestimenta en la dinámica ciudad. Con renovados aires, volvía muy contento a narrar las novedades que por esos años aparecían cada mes, en un auge que no se detendría, ya que las modas pasaron a ser efímeras, y esa efimeridad de las cosas era la nueva moda.
Un último jueves de junio, don Anselmo Costas regresó al pueblo, arribando a las 11:14 horas. En el andén, lo esperaba María Dolores Tíboli viuda de Guantes y el padre Eustaquio, de quienes había un fuerte rumor en el pueblo de que tendrían un amorío clandestino, no porque doña María Dolores tuviera algún compromiso, más allá de sus encuentros con don Anselmo Costas, sino por el celibato y voto de castidad del padre Eustaquio, lo que lo ponía contra las cuerdas ante la curia, en caso de que el rumor corriera fuera del pueblo. Pero a nadie fuera del pueblo le interesa qué cosas suceden en el pueblo, todo es puertas adentro, aunque el pueblo siempre tenga las puertas abiertas.

Ese jueves, don Anselmo Costas cumplía 77 años, de ahí que lo hayan ido a recibir para hacerle saber lo que era querido, pero no sólo por ellos, sino por todos aquellos que lo conocían en el pueblo; es decir, todos. Lo felicitaron por llegar maravillosamente saludable a esa edad y lo acompañaron a su casa, a pocos metros de la estación. Allí los estaban esperando los demás habitantes del pueblo para agasajarlo. Doña Victoria Alcides había preparado tortas: una de chocolate, una de chantilly y una de vainilla. Tres tortas eran suficientes para convidar a todos lo invitados. Acompañaron la celebración con mates algunos, té otros y café los restantes. Los niños, por su parte, estaban en la escuela, con ánimos de empezar las vacaciones y pasar el día en el potrero, sin tener que dedicarle tanto tiempo a los deberes escolares, aunque la maestra Vanina siempre tenía, con algo de malicia, la idea de que sería bueno para ellos tener alguna tarea que hacer durante el receso invernal.

El momento de degustar las tortas de doña Victoria Alcides era esperado por todos, o casi todos. Ella las hacía tan dulces que contrastaban con el mate amargo que las acompañaba. El padre Eustaquio era uno de los que más las esperaba, cansado de comer hostias, por eso cada vez que sabía que llegaba alguna celebración con tortas de chocolate de por medio, prefería hacer un ayuno el día anterior para hacerle lugar a unas cuantas porciones en lo que sentía como un placer extremo.
Cuando iba por la quinta porción de torta, doña María Dolores le reprochó que no se moderara con la ingesta:
-¡Padre Eustaquio, se va a descomponer! ¿No le parece que ya ha comido demasiado?
El padre Eustaquio se limitaba a negar con la cabeza, mientras masticaba con el buche lleno, los labios pintados de chocolate y la sotana cubierta de migas. Cuando terminaba la porción, interrumpía la conversación para dar una respuesta:
-Ya lo ha dicho San Agustín, Dios lo que más odia después del pecado es la tristeza, porque nos predispone al pecado. –aseveraba, mientras se servía otra porción de torta.

El ánimo festivo de los presentes se extendió por algunas horas que postergaron su siesta habitual. En el ínterin, mientras algunos ya se habían retirado, apareció Vanina, la maestra del pueblo, para saludar a don Anselmo Costas y degustar las tortas de doña Victoria, si es que todavía estaba a tiempo de hacerlo. La generosidad del pueblo era tal, que la misma doña Victoria le había apartado una porción de cada una a la maestra porque sabía que llegaría más tarde que el resto de los convidados y con menos posibilidades de probar esas delicias que tanto éxito tenían en cada celebración. La maestra Vanina, que deslumbraba con su rostro angelical, tenía predilección por la torta de vainilla y se desvivía por el café, incluso llegando a tomar tres tazas al día.
Pero ese último jueves de junio la maestra llegó a la casa de don Anselmo Costas con una novedad que los embargaría de tristeza. Se tomó su tiempo para anoticiar a los presentes mientras bebía el café. En un momento en que la excitación disminuyó, cobró valor y les dijo a quienes tenía alrededor:
-El sábado es la última llegada del viejo tren.
Muchos se llenaron de pasmo, al tiempo que otros quisieron saber más. El rumor había corrido varias veces por el pueblo, durante gobiernos de distintos colores, pero esta vez iba en serio. Doña María Dolores sollozaba con el consuelo del padre Eustaquio a su lado. Los tiempos cambiaban y las cosas cambiaban con ellos.

Años después, a los habitantes del pueblo con el oído lleno de costumbres, les parecía escuchar la llegada del viejo tren cada martes, cada jueves y cada sábado, pero las novedades habían encontrado otros canales por los cuales llegar.

 

 

*Fotografía: Jorge Guardia

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