Pinceladas X

El silencio de la mañana permite escuchar claramente las campanas de la iglesia que dista un kilómetro atravesando los techos de las construcciones. Los fieles acuden con parsimonia a escuchar el sermón y a dejar la limosna, librándose del pecado de la avaricia, al menos momentáneamente.

A esa hora lo que predomina para el oído atento son los cantos de las aves o algún perro saludando el nuevo día, interrumpidos por los pocos vehículos que irrumpen espaciadamente la placidez de la calma. Ya habrá tiempo para el ajetreo y el rugir de los motores durante el resto del día, aventuro.

Las acciones de los transeúntes son pausadas, no se ven los escolares –de vacaciones- apurando el paso o arrastrados de un brazo por sus madres. Los que se presentan al trabajo bien temprano ya han emprendido el viaje, mientras que para la apertura de los comercios aún falta algún tiempo en el ínterin. La ciudad marca sus tiempos durante los días de la semana, al tiempo que sábados y domingos son días de pura recreación, por lo que muchos esperan que termine el viernes para tirarse de cabeza a la pileta del ocio y el olvido, olvido de rutinas y malhumores.

Las campanas vuelven a sonar, tal vez con un dejo de cansancio por la fatiga del monaguillo, quien preferiría evitar la tradición y enviar la invitación a la misa mediante una cadena por whatsapp. Los colores en las casas van cambiando dificultando la tarea de identificarlas para ubicarse en el espacio, como cambian los estilos de revoques, como cambian las fachadas que antes ostentaban ventanas y rejas, y hoy día detienen la vista curiosa y el ingreso inoportuno de visitantes con paredones ante la atenta vigilancia digital de las cámaras proliferantes. Las pantallas, colmando los sentidos en su amplitud, reflejarán con luminosidad creciente la opacidad de un mundo carente de brillo. La luz del sol por la mañana devela misterios de la noche que no se televisan ni los periódicos dan cuenta, al menos en sus titulares. No hay música a esta hora, y eso es novedad.

El creciente parque automotriz ha superado holgadamente la capacidad de cocheras y garajes para alojarlos, por lo que las calles se han estrechado y ahora se visten de carrocerías de los más variados colores y modelos, donde los rojos ya no llaman la atención, salvo a chiquillos que hacen apuestas por la tarde en la vereda por acertar el color del próximo vehículo que aparecerá delante de sus narices.

Sin ánimos de nostalgias, sólo por el placer de narrar, las pelotas que antaño eran probablemente el principal entretenimiento de los jóvenes que poblaban las calles, hoy son imágenes comandadas desde un joystick, jugando a ser estrellas, tal como los no-tan-jóvenes juegan a ser presidentes, detectives o jueces, inspirados en alguna publicación de Netflix o a través de las noticias.

Con el correr de los minutos donde habrá tiempo para conflictos y malentendidos, asoman las escobas que, lejos de transportar brujas, barrerán las palabras, hojas y tierra que ha traído el viento, pues lo que el mismo se llevó quién sabe dónde quedó.

Pasa el primer avión del día dejando la estela de nubes sobre el azul celeste. Nubes grises que amenazaban con lluvias se perdieron en amagues y gambetas del tiempo, tiempo que cada tanto hace las veces de túnel, oscuro de atravesar. Pero hay que confiar en la luz, por eso saqué un libro que se llama Oscuridad.

Cambio la pluma por un pincel y salgo a recorrer las calles. Es temprano, precioso momento para pintar la ciudad y jugar a ser escritor.

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