El libro vivo

¿Pueden objetos inanimados tener ánima?, esa pregunta se hacía Leticia, tras leer la contratapa de un libro en La Antigua, la librería que atendía Óscar Tzorrén y su hijo. Originalmente, La Antigua comenzó con el abuelo de Óscar, pero éste tuvo que hacerse cargo de la misma muy joven, tras el fallecimiento de su madre afectada del corazón desde niña.
Óscar Tzorrén era un hábil comerciante, pero se consideraba mal lector. Como excusa ponía en primer lugar la falta de tiempo, que se lo dedicaba al negocio y a su familia en partes iguales. Tenía respeto por la lectura, pero su función era mantener el negocio en orden, por ello su veneración no era hacia los libros, sino hacia los lectores, que hacían las veces de potenciales clientes. Brevemente, Óscar Tzorrén se dedicaba a conocer a las personas mejor que a los libros que vendía.

-¿Qué le parece este libro, Óscar?-le preguntó Leticia expectante por una respuesta que le infundiera ánimos para comprarlo y leerlo.
-Permítame –dijo Óscar, tomando el libro con delicadeza para echarle un vistazo a la tapa-. Mmm… El título es muy seductor, invita a echarse a correr detrás de la aventura.
-¿Aventura?
-La aventura del descubrimiento, sabe usted. –Y añadió: El conocimiento es como un gran árbol en constante crecimiento, no es algo estático ni místico, pero su camino es el del descubrimiento por estar a veces oculto, no por misterioso, sino por haber quedado cubierto con supersticiones sensacionales. Cada persona posee conocimiento, no como se posee un automóvil, sino que es algo intrínseco e inseparable de la misma. En algunos casos, la persona es conocimiento, lo que se diría en términos populares: un libro abierto. –Óscar leyó ante la atenta mirada de Leticia la primera página del libro. Leyó con pausas, deletreando, como saboreando las palabras del autor- Me aventuro a decir que este libro está vivo, no vivo en el sentido de una proyección, sino abierto a la comunicación con quien recorra sus páginas con lectura curiosa, con la curiosidad natural por descubrir los secretos de la existencia.
-¿Le parece?
-Llévelo, Leticia. Es el último ejemplar y difícilmente vuelva a entrar. Ya no llegan estas excentricidades por aquí. Vea usted –dijo Óscar con énfasis tomando un libro de la pila sobre la mesa que los separaba-, esto es lo que llega por estos días y se vende como pan caliente. Mi madre solía decir que cada lectora encuentra el libro que está escrito para ella y, a partir de allí, su descubrimiento no tiene fin. –Óscar dejó caer el libro de autoayuda sobre la pila con desdén- Leticia, hace años que visita La Antigua y puedo decirle con justeza que ese libro es para usted.

Leticia se fue contenta con el libro bajo el brazo. Caminó por la vereda del sol, esquivando peatones y observando el paisaje de la ciudad con sus colores llenos de luces, reparando en sus olores gratos, evitando los desagradables, todos los sonidos que le daban vida al día con bocinas, motores, charlas y música y miles de objetos que, en su movilidad o en su estatismo, constituían el ambiente de lo dinámicamente actual. ¿Los objetos móviles tienen ánima?, se preguntaba Leticia esperando que el semáforo le diera el paso mientras observaba a los distintos automóviles cruzar la avenida. Alzó la vista en un llamado de atención por el sonido de un avión que surcaba el cielo muy bajo, como recientemente despegado de la corteza terrestre, y lo asimiló sonriente como un guiño del ánima mundi.

 


Fotografía: Jorge Guardia

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