La comodidad del lector

 

El lector, por norma general y por ley particular, busca lectura con distintas motivaciones, pero una condición para hacerlo es que se encuentre cómodo, tanto en posición como con el libro escogido. Tal es el caso de Augusto, en su papel de lector.

Augusto se encuentra muy cómodo leyendo los terrores de Horacio Quiroga, y puede esperar tranquilamente que de un almohadón sobre un sofá surja un enorme bicho capaz de succionar la vida de la protagonista. También espera y se siente muy cómodo cuando alguien que pasó por todo pueda dar la vuelta al mundo en sólo ochenta días, cuando no existían los aviones ni los vehículos supersónicos. Además, espera tranquilamente que un hombre con dos penes mantenga relaciones sexuales con una mujer de tres tetas, eso no le llama la atención en absoluto. Y está muy cómodo cuando una raza alienígena lleva adelante planes benéficos para el planeta Tierra. En fin, son todas cuestiones más o menos fantásticas pero, imaginables, en cierto sentido.

Ahora lo que Augusto no tolera y le genera cierto rechazo es que un lactobacilus condujera un Audi descapotable, con tres damajuanas vestidas de jean u overoll sobre el asiento trasero, escuchando música chihuahua a todo vapor y que, adaptado a las normas de convivencia y leyes de tránsito de su tiempista, el mismo se detenga en rotores los semáforos rojos que cruzara e, incluso le cediera el paso a los peones del tablero. Tampoco soporta cuando el Audi pincha su manubrio y lo suplen con una corbata que cumple las mismas funciones o, así mismo, cuando alguna de las bellas damajuanas saca a relucir sus enormes tetas de jamón cocido con lo que se ganan muchos elogios, loas y piropos de los pijaflores que, paradójicamente, conducen los lujuriosos vehículos mientras caminan en línea recta por las anchas avenidas que se estrechan al anochecer, como dicta el decreto presidencial; o cuando quieren sorprenderlo fuego con un pararayos instalado sobre una manta raya neocolonial.

Todo eso es, para Augusto, muy incómodo, tanto como creer que cierto camello ha pasado por el ojo de una aguja.

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