La vanidad de las máquinas

 

Era la mañana de un sábado fresco y ventoso cuando Remigio salió de su casa. Caminó hasta el café de la esquina y llamó la atención del mozo tras sentarse en una mesa junto al ventanal que daba a la calle y por el que veía pasar a la gente presurosa para llegar a su trabajo. Pidió un café y esperó pacientemente. Leyó las noticias en el periódico: Desarrollan máquinas capaces de redactar textos de diversos géneros literarios. A Remigio no le sorprendió. Sabía que tarde o temprano las notas periodísticas serían redactadas por computadoras, así como los cuentos, ensayos o las novelas. Lo supo cuando perdió su empleo y Nuria le regaló un libro, “Superar una crisis”. Luego de leerlo, le quedó la sensación de que el autor había recopilado frases y párrafos disponiéndolos en cierto orden pero sin un sentido en que el autor reflejara conocimiento, no sólo de los términos sino de lo que con ellos quería decir. Cualquiera que lo lea en cierto estado de inestabilidad emocional, pensó Remigio, se vería arrastrado por las palabras sin tomar nota de qué era lo que se expresaba con ellas.
La nota explicaba ciertas cuestiones de las nuevas máquinas, como ser: para conjugar verbos las nuevas máquinas disponen de correctores especializados que se encargan de darle el tinte de color al fenómeno tiempo. Además, una amplia gama de sinónimos utiliza el redactor automático que le brinda al texto un sobrio bagaje cultural para beneplácito del lector. Lejos de suponer que con dichas máquinas muchos quedarían sin trabajo, ellas vienen a suplir el tedioso trabajo de expresar lo que al escritor/periodista le cuesta, y éste podrá con el texto en mano darle las pinceladas finales y estampar su firma al final del mismo.
El mozo le había traído su café. Remigio derramó el azúcar en la taza y revolvió. Máquinas y humanos, cavilaba Remigio, pocos verían la diferencia en estos tiempos. Humanoides, pensó. Luego se corrigió: subhumanos, devotos de la maquinización tecnológica. Aparatos subyugados. Conciencias retroiluminadas por haces de neón sumidas en quimeras. Observó sobra una pared una pantalla que la cubría en su totalidad. Bebió un sorbo de café. Una mujer ingresó por la puerta y se dirigió a la mesa donde estaba ubicado Remigio. Corrió la silla y se sentó frente a él.
-Hoy es tu día de suerte. –le dijo.
-Me parece que te confundiste… –dijo Remigio observándola. La mujer vestía un elegante vestido rojo que insinuaba sus curvas. Llevaba el pelo marrón ensortijado suelto y unos colgantes de plata. Sus facciones eran marcadas y sus labios tenían el color de los aros. De ojos verdes y nariz pequeña y puntiaguda, la mujer sonrió.
-Ninguna confusión, hacía tiempo que te quería ver Remigio.
-Veo que sabés mi nombre, pero yo no te conozco.
-Tenés razón, me voy a presentar. Yo soy Alena y te voy a llevar a donde jamás imaginaste.
-¿Disney?
-No, es un poco más lejos que eso.
-¿A conocer el Taj Mahal?
-No, no, más bien es otra dimensión.
-¿El interior de la pirámide de Gizeh?
-No, tarado. Te voy a matar.
-Ah… creía que era un viaje de placer, no de dolor.
-No te preocupes –dijo la mujer-, no te va a doler demasiado. Soy experta. Lo he hecho varias veces y nadie se quejó de mi trabajo.
-¿Cómo podés soportar el cargo de conciencia? –inquirió Remigio.
-Todo trabajo tiene sus daños colaterales. Lo llevo con elegancia, como podrás apreciar.
-Veo. Al parecer, carecés de sensibilidad, si no, no se explica cómo podés liquidar a gente inocente.
-¿Inocente? Todos tenían alguna buena razón para ser liquidados. El último era un estafador incurable.
-De ahí a que merezca la muerte hay un trecho. ¿Por qué no encarcelarlo?
-No habría corregido su obsesión. Era un caso perdido.
-¿Para quién trabajás Alena?
-Me contratan de diversas organizaciones e, incluso, del gobierno. Todos tienen sus motivos pero nadie quiere ensuciarse. Soy la chica del trabajo difícil. Para mí es lo más fácil de hacer.

Remigio empezó a sospechar con la última declaración de Alena. ¿Quién era realmente? No tenía la concepción de un asesino a sueldo, aunque detentaba su frialdad. No se preguntaba por los motivos que tendría esa mujer para finiquitarlo sino más bien por qué ella se dedicaba a eso particularmente. Si lo querían asesinar podían hacerlo en cualquier momento, sin excusas. Pero, por qué esta mujer tan elegante destinaba su vida a ello era, para él, un misterio.
-Y bien, ¿por qué aparezco en tu lista? –preguntó Remigio levantando las cejas.
-Consumo en exceso de sustancias tóxicas. Al parecer, eres un mal ejemplo para el resto de los integrantes de la sociedad de la cual sos parte.
-¿Sustancias tóxicas? ¡Apenas si fumo! –protestó.
-¿Te parece poco? Con tu vicio sugerís el camino de la enfermedad y la adicción a tus coterráneos. Esa irresponsabilidad se paga acá y en la China. A propósito de la China, después de vos me toca el caso de un dueño de supermercado chino.
-¿Y ese qué hizo?
-Desconecta las heladeras con lácteos por las noches para ahorrar en electricidad vendiendo productos susceptibles de generar problemas en la salud pública.
-Entiendo… pero matarlo, ¿no es mucho?
-Yo soy parte de este juego, no pongo las reglas. Soy un engranaje más en la inmensa maquinaria de la muerte.

La maquinaria de la muerte, repitió Remigio en su pensamiento, acaso todo estaba orquestado para eliminar a cierta gente como depuración de la sociedad. Era brutal y seguramente injusto, pero estaba sucediendo. ¿Desde cuándo? Quizá desde hacía mucho tiempo y nadie lo sabía, sólo quienes lo llevaban adelante. Pero habría que tener demasiado interés para ejecutarlo. Sin duda aquella mujer debía llevarse unos buenos dividendos por cada hombre que debía ejecutar.
-Te propongo algo, Alena.
-Decime.
-Te pago lo mismo que te pagaron por llevar a cabo el trabajo y me dejás en libertad.
-¿Dinero? ¿Pensás que hago esto por dinero? El dinero no tiene nada que ver en esto.
-¿Y por qué lo hacés? –cuestionó Remigio.
-Todos tenemos que cumplir con nuestros deberes. Huir del destino es cuestión de cobardes.

¿Un destino que la llevaba a matar gente? Qué clase de destino era ese… No podía ser, si no era una elección había algo que a Remigio le empezaba a rondar la cabeza y quería llegar al fondo de la cuestión, así sea lo último que lograra estando en pie. Sacó un cigarrillo y lo encendió. No eran nervios lo que sentía, ahora tenía la ansiedad de alcanzar a ver el panorama completo de la situación. Un fumador empedernido que alguien había decidido borrar de la faz de la tierra por su adicción. ¿Los matarían a todos? Sería un exterminio. Con ello no acabarían los males. Las enfermedades continuarían propagándose entre la gente. Soluciones descabelladas o locuras surgidas de la insensatez de algunos, quizá dirigentes.
-Tengo otra propuesta.
-Decime.
-Cambio mi identidad con la de un moribundo y das tu trabajo por realizado.
-Lo siento. Soy muy exigente conmigo misma y me propongo cumplir con mi obligación a rajatabla. –dijo la mujer. Ella lo observaba fumar. Colocó una mano en la mejilla y lo acarició- Sos lindo, ¿sabés?
-Gracias, vos… sos… muy hermosa, es una lástima que no vaya a poder seguir apreciando tu belleza.
-¿Y por qué no?
-Por eso de que me vas a matar…
-¡Bueno! Pero tengo mis tiempos, eso tal vez pueda esperar. Se me ocurren varias cosas para hacer antes.
-¿Como por ejemplo?
-Vamos a tu casa y te cuento.

Remigio pagó dejando quizá su última propina generosa. Caminaron juntos hasta la vivienda. Colocó la llave y abrió la puerta. Ingresaron a la casa y Remigio le ofreció beber algo. Alena asintió. Dejó su cartera sobre la mesa y rodeó a Remigio con un brazo. Él la abrazó y le acarició la cabeza. Enseguida se besaron. Alena le tomó rápidamente las manos como quitándoselas de su cabellera y lo condujo a la habitación. Ella se quitó el vestido y luego el sutien. Remigio la observó. Era una mujer deslumbrante. Desnudos se recostaron en la cama.
-Decime lo que me dijiste en el café.
-Me cambio la identidad con la de un moribundo y das tu trabajo por cumplido.
-¡Eso no, tontito! Lo de que soy una mujer hermosa.
-Alena, sos la mujer más hermosa que he visto en vida.

La mujer lo besó. Remigio recorrió su cuerpo con las manos hasta llegar a la cabeza. Localizó el interruptor, y esta vez, sin darle tiempo de reacción, la apagó. Se levantó y volvió a vestirse. Encendió un cigarrillo y observó el cuerpo rígido sobre la cama.
-Máquinas y humanos, -dijo Remigio tras dar una pitada- todos tienen su falencia.

 

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