Heladera

Mi casa es una heladera, tanto frío hace en el comedor
que a la hora de comer se congela el tenedor.
El baño hace las veces de freezer con conexión a internet
del lavamanos salen cubitos para el fernet.
Todo se conserva muy bien, no nos podemos quejar,
si alguien quiere salir a tomar sol, lo tenemos que dejar;
no vuela ni una mosca, no se oye un avión;
cuando nos vamos a dormir apoyamos la cabeza
en un sachet de mayonesa
y nos tapamos con una feta de jamón.

Dos punto cero

Una poesía que comience con una poesía
un verso que se estire tanto como converso
el espacio que se expanda hasta el universo
la palabra que llegue como voz de algarabía.

Un gol no es un poema, un verso no es mentira
un grito de rabia se distancia del grito de euforia
un olvido, un descuido que no queda en la memoria
la imaginación crea cosas, que con arte nos delira.

Trepa la vocal por el enjambre de las redes
sube a la nube mas baja al llano, a caminar,
viajan las fotografías que enfocamos al sacar
pixeles divertidos, el lunar, tú borrar puedes.

La gramática dicta las palabras por pulsar
el teclado predictivo nos enseña a chatear,
un emoji convincente dice más que mil palabras
a mí dame las palabras antes que muecas macabras.

Una serie que no es seria, sería o será que se ríe
y si usté está convencido es mejor que no se fíe
cuando sobran las palabras aparece la música
y si nos falta la música tenemos ruido de fábrica.

Titubeantes los sonidos que nos llegan al leer
no escuchamos los videos que los vemos proceder,
una cosa atrás de otra que no tiene relación
como una bolsa de gatos de distinta proporción.

Y se mezcla todo tanto que no se deja atrapar
tuits, posteos, likes y audios vuelan juntos a la par
en el medio, tras pantallas, está la brisa del mar
y entre sueños, realidades, nos vamos a descansar.

 

El vendedor de cicatrices

Todos los mediodías desde la rambla comenzaba a hacer su periplo por la playa el vendedor de cicatrices.
-¡Cicatrices! ¡Cicatrices sin dolor! –vociferaba con acento extranjero.
Caminaba por la arena, con alpargatas, una sombrero de paja y unas bermudas y musculosa blancas. Sus brazos mostraban algunas cicatrices -algunas que impresionaban-  que llamaban la atención, aunque no tanto como su voz y su oferta. Como la mayoría de la gente en esa playa eran turistas, todos querían saber de qué se trataba el asunto. Algunos pobladores de la ciudad ya lo conocían, pero no dejaban de mirarlo con curiosidad.
-¡Cicatrices! ¡Cicatrices sin dolor! –reiteraba caminando lentamente- ¡Baratas las cicatrices!
El vendedor de cicatrices se acercaba a las sombrillas de los turistas que lo llamaban y ahí exhibía todas sus mercancías: balazo, bala de goma, raspón, latigazo, mordedura de caniche, tajo, corte con cuchillo, mordedura de reptil, taponazo, marcas de tenaza, pinchazo y un sinfín de innumerables cicatrices que todos miraban con asombro.
Los más jóvenes, entre la intrepidez y la falta de experiencia, solicitaban cicatrices de todo tipo, y se las hacían estampar en los brazos, en las piernas, espalda o sobre el pecho que lucían como trofeos de guerra. Luego, con la cicatriz a cuestas, se iban al mar o a jugar al fútbol.
Los más veteranos, con mucho asombro, se hacían estampar alguna que no tuvieran en su colección genuina, en su historial corpóreo. No obstante, no la mostraban, la guardaban para alguna situación íntima y de confianza que les permitiera escribirla, narrarla con creatividad.
Hombres, mujeres, jóvenes y adultos, turistas de otras latitudes, volvían a sus países, a otras ciudades, con cicatrices sin historia en los cuerpos.
El vendedor de cicatrices, que vivía de las suyas, aparecía cada mediodía en la rambla a hacer su periplo por la playa.
-¡Cicatrices! ¡Cicatrices sin dolor! –clamaba entre rumores de la gente, heladeros y el rugido del mar- ¡Baratas las cicatrices!

Pinceladas XI

 

Remover las ideas para espantar el tedio. Con esa premisa, Celso rasqueteaba las paredes con una espátula que pronto se dispondría a pintar. El hecho de pintar le causaba en su espíritu una renovación, ver cómo lo viejo quedaba sepultado por lo nuevo lo llenaba de frescor, como la brisa de abril por la mañana luego de un cálido verano.
Es que las ideas, para Celso, se quedaban impregnadas a las cosas, lo pensado, lo expresado, se adhería a las paredes con más tenacidad que la pintura, y todo eso le daba vueltas en la cabeza, incluso lo expresado por otros integrantes de la familia o huéspedes del hogar o, incluso, visitantes ocasionales que habrían manifestado cualquier cosa vulgar o trivial, le parecía a Celso que rondaba su sien y hasta tomaba forma vocal al expresarlo como propio, ya sea para salir del paso o por cansancio. Por eso había tomado la decisión de pintar y, mientras rasqueteaba con la espátula, creía ver renovado también su pensamiento, libre de impurezas, libre de flaquezas.
El color con el que iría a pintar ya lo había elegido sin vacilaciones: verde, como el de las acacias características de la ciudad. Con ello creía poder disipar límites entre lo natural y la sociedad, o al menos difuminarlos un poco como para no sentir un contrapunto demasiado exacerbado entre algo que, en definitiva, consideraba parte de lo mismo.
Celso pensaba que la mano del hombre, su obra, no era un contraste con la naturaleza sino una extensión, o por lo menos era una iteración de la misma, una forma de homologarla.
Cuando terminó de rasquetear, sólo quería un mate, un buen mate y nada más. Un verde, era todo lo que lo animaba, como el color que había elegido para las paredes. El primero que bebió lo saboreó sorbo a sorbo, como besándolo. Luego, descansando, observaba cómo se habían despejado las paredes de pensamientos oscuros, tercos, grises que menoscababan su imaginación. Y en los poros de las paredes ya se veían las semillas de un nuevo campo para la creación, para la floración.
Preparó la pintura, cubrió piso y muebles para evitar manchas y derrames accidentales, y tomó el pincel. Su corazón comenzaba a palpitar, como en cada reencuentro con la vida misma.
Con suavidad, mojó el pincel en el tarro de pintura para dar la primera pincelada sobre la pared. Cuando cubrió lo viejo, sintió brotar un gran pensamiento fresco sobre su cabeza, un sentimiento ligero frente a sus ojos humedecidos.

Recuerdos de domingo

Era uno de esos domingos típicamente aburridos en la vida de Sergio. No había preparado actividad alguna para hacer ese día. Se le ocurrió que podría poner en orden aquel viejo cuarto en el que iba a parar todo lo que había ido acumulando durante los últimos quince años en los que vivía en esa casa. Y así lo hizo.
Lo primero que encontró fueron unas enormes patas de rana que jamás había utilizado. Recordó que las compró porque siempre le había gustado la idea de bucear, pero no se animó a tomar clases para ello, un poco por falta de tiempo para dedicarle, otro poco porque no quería pagar las clases, que eran de considerable valor comparado con sus ingresos.
Después se topó con un cuadro que había adquirido en un remate. Recordó que cuando lo adquirió creía tener en sus manos una pieza que podría multiplicar rápidamente el valor que había pagado por él, pero luego de investigar el asunto cayó en la cuenta de que aquél pintor, Efraín Ibáñez, no era reconocido. Después de aquello, el cuadro le pareció particularmente horrible: un paisaje en el que los árboles se asemejaban a encumbrados picos de montañas, y éstas se perdían tras algunas nubes de color marrón dando una sensación de inmovilidad superior a la de las mismísimas montañas. Trágico.
Luego, encontró una caja. En ella tenía cuadernos y manuscritos de cuando era un muchacho. Tomó uno de ellos y lo leyó:

Te amaré.
Te amaré hasta el fin.
Hasta el fin iré.
Iré contigo allí.
Contigo allí estaré.
Estaré siempre a tu lado.
A tu lado volaré.
Volaré como águila.
Como águila lucharé.
Lucharé por tu amor.
Por tu amor venceré.
Venceré y serás feliz.
Serás feliz pues te amaré.
Te amaré.

Recordó un amor de su juventud. Lucía. ¡Y qué bella lucía! Acudió a él un recuerdo fugaz: él estaba fuera de su casa esperándola para entregarle uno de sus poemas que había compuesto en su nombre, mientras oía tras la ventana gemidos procedentes del amor y algún engaño. Rompió allí mismo aquél poema que – pensaría luego- nunca llegaría a componer uno tan bello como ese. Quizá pensaba eso porque no tenía la posibilidad de leerlo nuevamente tras destruirlo, sino, tal vez cambiaría de opinión. Después, perdonaría a Lucía por aquello, aunque no sería la única vez, que la perdonaría.
Encontró, después, entre aquél papelerío unas cuantas cartas e, inclusive, un mazo completo.
Dejó la caja a un lado, pues llamó su atención otra caja en la cual supo tenía guardadas allí unos cuantas grabaciones, entre ellas las de su grupo musical preferido en sus años de juventud. Fue hasta donde estaba el equipo de audio y colocó allí una de esas cintas. Sonaba una voz cálida, entre guitarras y baterías llenas de vigor:

No preciso volar
ya no quiero salir
de este cielo sin fin
que es mi vida sin ti.
Ahora vivo feliz…
Ahora vivo feliz…

Encontró allí también una de las cintas en las que grababan con su amigo Fabio sus bromas. Recordó particularmente una de ellas y la hizo sonar en el equipo de audio. Era un diálogo entre ambos, simulando un programa radial:

Sergio: Estamos esta noche transmitiendo para toda la audiencia en este programa número setecientos cuarenta y nueve, programa que todos ustedes conocen como “Arriba el sol”, quien les habla, Sergio, les presenta a Fabio.
Fabio: Buenas noches, queridísima audiencia. Gracias por estar de ese lado de la radio. De no ser por eso, nosotros no estaríamos aquí tampoco y, quizás, serían felices. Pero bueno, todo no es posible, ¿no les parece? Bastante hacemos por mantenerlos entretenidos, faltaría nomás que los hagamos felices y ¡Cartón lleno!
Sergio: Hablando de cartón lleno, este bloque está auspiciado por: ( impostando la voz ) “Bingo Mingo. No derroche su dinero en trivialidades como pan, frutas y lácteos. Invierta sus valores ganados aburridamente con el sacrificio de su sudor en sensacionales tragamonedas traídos exclusivamente desde Las Vegas al centro de su ciudad para su deleite. Ahora también, ¡mesas de póquer y tute! Visítenos. Juegue. Gane…si puede. Bingo Mingo. Minga le vamos a pagar”.
Fabio: Atención, tenemos el llamado de un oyente: ( Fabio mismo modificando levemente su voz) Quiero denunciar que en mi barrio hay un depravado sexual que a todas las mujeres del mismo les grita palabras amorosas, les chifla, las saluda provocativamente, intenta regalarle rosas a su paso, le ofrece bombones y caramelos, les dice piropos. Las mujeres no le dan ni bolilla y están cansadas de este sujeto. ¡Hay que conseguirle una novia urgente! –( Fabio hablando normal )Bien, ¿sabe el nombre de este señor? –( Fabio haciendo las veces de oyente )¿Cómo no voy a saber su nombre?¡Si el depravado soy yo!
Sergio: Y ahora, la música. Con ustedes, este dúo que se las trae…
Fabio: estos muchachos van a ir muy lejos…
Sergio: sobre todo ahora que los pasajes de avión están de oferta…
Fabio: este dúo va a llegar muy alto…
Sergio: más ahora que un pasaje al tren de las nubes lo podés pagar en cuotas…
Fabio: con ustedes…
Sergio y Fabio: ¡Los barriletes del mar!
Sergio y Fabio ( cantan a capella):

Tu amor es y no es.
A veces todo…
a veces nada…
como algún pez.

Tu amor es todo… todo
me deja loco
si no te toco
caigo en el lodo.

Tu amor es nada… nada
no me alimenta
como empanada
de arroz y menta.

¡Ay amor!!Ay amor!
Nado por ti. Todo por nada.
Nada es sin más, al menos todo,
no es por amor, sino por mí.
Perdonamé, porque mentí,
cuando te dije que es por amor.
¡Ay amor!!Ay amor!

Sergio apagó el equipo de audio y guardó las cintas nuevamente en la caja. Acomodó unas cuantas revistas de ciencia que tenía allí y les quitó el polvo con una franela. Encontró una colección de fotografías de diputados que tenía cuando militaba en grupos políticos. Recordó su paso por el FRESCO, el Frente Social Cosmopolita, y luego por el CALIDO, el Centro Agrupado de Líderes Dominantes, del que conservaba un banderín. Tenía, además, entre esos trastos viejos, una gorra que había traído de recuerdo en un viaje a Bogotá. Encontró entre lo que allí guardaba, un escudo de la república que nunca había colgado en pared alguna.
Sin embargo, lo que más llamó la atención de Sergio aquél domingo, fue una tarjeta que encontró en un sobre. Extrajo de allí la tarjeta, que en su exterior tenía el dibujo de dos gaviotas volando, con la leyenda inscripta “Juntos hacia la inmensidad”, y leyó dentro de la misma:

El domingo 23 de Agosto próximo
queremos que estés presente
cuando demos comienzo a nuestra
fiesta de compromiso
en la cual daremos absoluta fe
de que seremos, por fin,
el uno para el otro
por el resto de nuestras vidas.
Ana y Joaquín.

Recordó los momentos de tensión que se vivieron en aquella fiesta fallida, porque Joaquín no concurrió y es, al día de hoy, desconocido su paradero. Aunque algunos han asegurado que vive en un lejano país centroeuropeo, el cual no quieren nombrar, porque Ana lo sigue buscando y dice, que por su bien, es preferible encontrarlo muerto.

 

Crecías escuchando cosas

Crecías, escuchando cosas,
opiniones y sermones
en la radio, en la tevé,
leías sin entender,
mirabas, de lado a lado,
desordenado,
entre tu fiesta
y el velatorio,
y el oratorio estaba repleto
y en el tintero
quedaban otras
por comprender,
¿es lo correcto?
¿corre un destino
la sociedad?
Te preguntabas,
cuando crecías,
qué rol cumplías
y cuáles de ellas
podrías cambiar
torcer un rumbo
determinado,
corregir
enderezar,
caminos torpes
que ya trazaron
viejas promesas
como espejitos
cual camaleones,
que se alejaban
del horizonte.
Crecías, escuchando cosas,
y llegó un tiempo
para poner
manos a la obra
y corazón
a la estación.

Y…

 

Afrontar el desafío innato
tal como la aventura viva,
resplandece, sol timorato,
que entre nubarrones iba.

Y cuando todo oscurece
o la realidad languidece
vislumbrar, con oficio,
viva luz en un resquicio.

Y con ella todo aclara
silenciosa, no declara,
pero deja ver las cosas
margaritas, lilas, rosas.

Y afrontar el desafío
de fluir caudal de río
o remar contracorriente
y retornar a la fuente.

Y de uno u otro modo
viviremos codo a codo
canturreando veleidades
ni mentiras ni verdades.

Y tal como la aventura
si la suerte no nos dura
repetiremos como loro
la lección o como toro.

Y vivir, sueño o cuento,
es dejar de ir tras el viento
de la moda o la doctrina
es visión en la retina.

Y reír tras el porrazo
y sentir, quizá, el flechazo
de la vida que cautiva
que enamora y se cultiva.

Y volar sin la turbina
y parar en la banquina
observar el horizonte
escondido bajo el monte.

Y nadar en pleno mar
en presencia simple estar,
con la estrella de Belén
antes de que pase el tren.

Revolucionarios

Pero sí, viejo, te digo que las redes sociales empoderan a los pueblos. Si no fijate lo que pasó en Kurdistán, o tenés el caso de Nepal. O mirá, mirá lo que pasa con Andorra. Todos liberados del yugo de los otrora poderosos que querían masas ignorantes, sin conocimiento, estúpidos y faltos de información. Acá se da todo lo contrario de lo que ellos anhelaban. Hoy podemos decir que tenemos pueblos libres y soberanos, íntegros y educados, la plenitud y el apogeo de las democracias, y eso se lo debemos en gran medida a las puertas que abrieron las redes sociales y a todo el trabajo que se ha hecho allí en nombre de la revolución. ¿No te parece? Y gracias a todos los revolucionarios hoy quedan sepultadas las ansias de fascismo y el sueño anarquista que nos perseguían como un fantasma. ¡Pero basta de cháchara! Es momento de acción, pues la revolución es palabra en acción y hay que sumar manos a la causa.
Poné la pava: Es hora de darle duro al like.

La silla del comedor

Hay una silla en el comedor que me inquieta. La miro atento, porque temo que se vaya a otro ambiente, a otro lugar, por ejemplo al living. O que en una de esas aparezca en el baño, aunque esto es bastante improbable porque en el baño hace mucho frío y la susodicha es friolenta. Mis temores no son infundados, la he visto andar cojeando con sus cuatro patas de acá para allá alrededor de la mesa, aparentemente sin rumbo determinado. No obstante, cuando sabe que voy a hacer uso de ella no se le mueve un pelo, porque no tiene; quiero decir que no se inmuta.
Un día la vi bailando una tarantela y en un paso mató una tarántula que bailaba al compás.
Esa silla me inquieta, como la movediza, es algo que uno nunca sabe lo que va a hacer. De sólo pensar que en algún momento me voy a encontrar con su ausencia me angustio. Puede salir a pasear y no tener el instinto agudizado como para regresar. Por eso cuando me voy la dejo atada a la mesa; cuando estoy en casa que haga lo que le plazca, si quiere saltar es libre de hacerlo y tiene cualidades para participar en competiciones olímpicas incluso.
Esa silla es singular, y aunque se parece a las otras, se ve que evolucionó y ha desarrollado facultades que las otras todavía no. Por eso la quiero domesticar, le hablo y le enseño a comportarse en público, para que además las otras no entren en rebelión, se den a la fuga y me tenga que sentar en el suelo.

Caras, dicen

Pedí un pucho y me dieron puchero
La cenicienta se llevó el cenicero.
Prendí el horno y me costó un hornero
La billetera se tornó monedero.

Dicen que las cosas están caras
Y que caras eran las de antes,
Que ahora tenemos caruchas
Tantas batallas, tantas luchas
Que igual seguiremos adelante
Con caruchas o expresiones raras.

Pedí un kilo y ¿qué me dieron? Kimono.
El censor se quedó con el verso
Un sensor detectó el universo
Y la descendencia del mono.

Dicen que han cambiado las caras
Que ahora algunas son tan delicadas
Tan ligeras como si fueran aladas
Que una app hasta te quita las taras.

Que la depre te vigila los pasos
Te persigue dando manotazos,
Dicen que se cura de un susto
Que la cara se torna rostro adusto,
Y se va dejándote zigzagueando
En el aire te quedás pedaleando.

Dicen tanto que por ahí confunden
Muchas voces son las que difunden
Algunas que nos llegan de caras
Caras viejas, maquilladas o claras
Que el tiempo no es, sólo es ahora
Que es dinero y te lo cobran por hora.

Las caras cambian con el ajetreo
Tu carita cambia cuando la veo
Las caras cambian y no es novedad
no me sorprende esta realidad
Quizá el asombro lo da la crueldad
No las caras, ni la vanidad.

Dicen que cambia hasta el alimento
Cambia en estación o con el viento
Y lo que no cambia es el firmamento
Ni los astros que le dan juramento.
Dicen que la cara es la única verdad
El semblante rubrica con veracidad
Lo que el alma siente con tenacidad
La otra cara de la inmortalidad.

Expectativas

Las cosas no siempre salen como esperamos, esto es claro; por ejemplo, llamás por teléfono a un amigo y atiende un cardenal y te ligás un sermón; o le jugás todo a la cabeza y sale espalda o bíceps; pero en otros casos, las cosas no sólo no salen como esperamos sino que ni siquiera salen; por ejemplo, ante una situación dada querés decir enfático ‘recórcholis’ y te das cuenta que te falta el sacacorchos; o vas a aplaudir ante algo que te genera emoción y se te quedan los dedos pegados del frío. Y en otras, las cosas no sólo no salen como esperamos sino que salen de un modo arbitrario; por ejemplo, tirás una moneda eligiendo cara, y no sólo no sale cruz, sino que sale carísima; o querés recordar el nombre de esa canción que pasan por radio y recordás aquello que tanto habías creído olvidar. Pero además, hay veces que las cosas se presentan de modo espontáneo, sin comparación con otras situaciones que nos den directivas de cómo habíamos obrado entonces, lo cual nos da la oportunidad de improvisar o, en su defecto, de probar con salidas alternativas.
Pero en esta relación convexa entre nosotros y las cosas, vemos muchas veces que no son las cosas en sí las que nos provocan diversas sensaciones, sino que es lo que esperamos de ellas. ¡Qué cosa caprichosa!

El penal

Un jugador fue a patear un penal y lo metieron adentro por daños -y por años- a un edificio público.
Una vez dentro, recibió atención médica porque tenía varias fracturas en el pie con el que le dio de lleno a rejas, puertas y paredes.
Como oficio, escogió ser pintor. Allí fue que pintó en un cuadro una vía de escape del penal por la que -a la postre- se fugarían él y un compañero de celda.
El cuadro, hoy día, se exhibe en el Museo de Bellas Artes, suscitando un impacto vertiginoso en el observador que, muchas veces, los lleva a abandonar el museo a través del mismo.
Otros, fervorosos, después de una minuciosa observación exclaman frases de admiración: ¡Qué jugador!
Sin embargo, nunca faltan los intelectuales que le reprochan haber emprendido la huida ante el nerviosismo de tener que definir un penal pictórico.

Literal

Despertar, un día, incierto
ver el tamiz de la realidad
cómo teje la dramaturgia
oscilante fantasía verdad,
que socava los cimientos
de toda, incluso, literalidad
promueve sin condimentos
deletrear toda sonoridad
de la materia y su liturgia,
desdramatízalo con sobriedad,
en el punto estará el acierto.

Un puente

 

La cabeza que todo lo procesa
se despieza en alguna certeza,
y tropieza con dudas o rarezas.
Corazón en paciente situación
da razón para torcer el timón,
desazón que le causa comezón.

Todo cambia cuando algo permanece
-permanece no es la palabra exacta-
algo cambia, alguna queda intacta
el espíritu del ser también se mece.

Y ser, entre vacíos y renglones,
y ser, en plenitudes y verdades,
y ser, en multitudes, soledades,
y ser, entre silencios y sermones.

Un puente que surcara el abismo
que te separa a ti de ti mismo,
y desde él observar el firmamento
observar como bulle el pensamiento.

Un puente que surcara simbolismo
que te conecta a ti contigo mismo
lo indeseado con todo lo más amado
lo perdido con todo lo conquistado.

Y entre lunas pasajeras de la noche
relatar despilfarros del derroche,
y entre el sol con la luz del mediodía
crece el alma al ritmo de una poesía.

 

 

Aletea

Una mosca se pasea por la pieza
Aletea y se me posa en la cabeza
Científicos dicen que todo observa
Pero nada en memoria ella conserva,
Vuela cerca cuando el instinto pauso,
¡Qué lástima matarla de un aplauso!

Somos

Hay quienes dicen que somos gotitas en un vasto océano; que somos fueguitos en lo infernal; estalactitas en un gigantesco glaciar; hormigas en una extensa llanura; palomas en el amplio horizonte; que somos como estrellitas en lo sideral; lucecitas en la oscuridad; humanos en lo natural; sombras de la luminosidad; que somos voz en el tierno silencio; murmullos en la sociedad; sueños en la noche apacible; palabras en la historia antigua; vida soñando eternidad.

No cortejes la tristeza

No cortejes la tristeza
Si te encuentra con flaqueza
Se te sube a la pereza
Y se te instala en la pieza.

Mejor trátala cual visitante
Obsérvala, sagaz, expectante
Como si fuera algo redundante
Que se viste algo extravagante.

Y si te resulta intrigante
Déjala sobre un estante
Que espere por un instante
Si te resulta estimulante.

Como adorno al que no rezas
Como vidriera de rarezas
Obsérvala con destreza
Que no ceda tu entereza.

Acto seguido

Mediante este sencillo acto
dudando
si doy fe o me retracto
de lo hasta aquí expuesto
sólo dejo de manifiesto
pensando
haber pensado o sentido
sólo consta literario
que haber escrito o vivido
bailando
se itera en el calendario,
como todo miércoles,
constancia de caracoles
danzando
que devoran con ahínco
malvones sin dar brinco
manyando
lo que otrora fue obra
hoy es vida y se la cobra
pagando
que lo dicho puede ser
divagando
palabras por conocer
que al juntarse, al proceder,
forman algo al decir
marchando
que me puedan conducir
al camino a recorrer
andando
que al estar, que al existir
soñando
tiene sentido el vivir
cantando.

Luz de fondo

Con luz de fondo, cielo profundo
aquél horizonte me lo confundo
con ese otro que tiñe lejos
multicolores a los objetos
de pensamientos a los sujetos
todo a la vista con catalejos,
y en el perfume, pantalón roto,
ver el atardecer desde una foto.

En la palma de la mano

Un teléfono en la palma durmiendo
Plácido, en calma, navegando
Sube la marea hasta la red
Baja la vista cuando siente sed.
Toma un mate, observa alrededor,
Piensa si su suerte tiene redentor
Bebe, sorbo a sorbo, verso a verso
Respira hondo si se siente inmerso
La música, ¿compañía o distracción?
A veces transforma con inspiración
Cual notificación vibra en el pecho,
Y sugiere elevarse hasta el techo,
‘Trato hecho’, dicta la constelación,
Que le guía en la caída, la emoción,
En la búsqueda de -aún- satisfacción
Nadie dijo que ese no es un derecho.
Y en un rapto, un mensaje revelador:
Batería baja, conecte el cargador.

La vida como un paseo

Alina salió a recorrer la ciudad, sola, ya que Eber se quedaría viendo el partido por tevé. En principio, tenía intenciones de pasear por la galería, por lo que fue hasta allí y pudo ver los locales comerciales que emergían muy vistosos, llamando la atención de los paseantes con luces con intermitencias multicolor. Uno de ellos exhibía en la vidriera cuadros pintados con acuarelas de la misma dueña, que Alina observó con curiosidad.
Entró.
La mujer lucía ataviada con un largo vestido veraniego de colores vivos naranjas, amarillos y ocres, fumando un parisienne. El rostro mostraba algunas pequeñas arrugas en las comisuras de la boca, como por haber reído demasiado. Sus ojos eran cálidos, oscuros pero luminosos. Observó a Alina de la cabeza hasta los pies.

-Y bien… ¿te gustan mis cuadros? –inquirió con impaciencia.
-¡Si! Son muy bonitos. Especialmente ese de allí. –señaló Alina uno sobre un lateral del local- Es precioso.
-Muchas gracias. Es lindo recibir elogios. A veces pienso que una se esmera en pos de ellos, aunque luego lo descreo, pues tal vez ni llegan, o no saben siquiera el camino para hacerlo.
-Es que… la gente prefiere recibir antes que dar algo, siquiera un elogio.
-Tal vez, o tal vez no sea eso siquiera. Pareciera como que cuesta soltar palabras y gestos de amor por el temor a la incomprensión o a la supuesta correspondencia del mismo. La gente es rara, y luego dicen que la rara es una…
-Bueno, usted no se viste muy normal que digamos y pintar no es algo cotidiano para la mayoría de la gente. –sentenció Alina con calma- A mí particularmente me gustan sus cuadros, y me gusta cómo se viste, es… osado. Aunque en esta época lo raro quizá pase más por otros canales, no tanto por las apariencias ni los modos sino por sensaciones conceptuales.
-Tal vez, o tal vez siquiera lo sea. Fíjate que lo raro como tú lo concibes sólo es raro cuando se da por única vez, pero si lo vemos ya dos veces no se nos hace tan raro. Yo me refiero a lo raro no en el sentido de extravagante sino a que la norma ha cambiado con los últimos años, los avances tecnológicos y el retroceso ideológico y eso es precisamente lo que le da carácter de raro a la gente. Es como si todo fuera conocido y cognoscible, excepto la gente, que sólo muestra lo que quiere mostrar como si lo demás –sentimientos, pensamientos, creencias y aversiones- no existiera.
-Es que… la gente prefiere sentirse cómoda, no bucear las profundidades que menciona usted.
-¡Ah! ¡Bucear! Eso sí que es raro. ¡Imagínate bucear un cuadro!
Alina se quedó observando largo rato con sigilo los cuadros, uno a uno, mientras éstos penetraban en su alma. La mujer había encendido otro parisienne y Alina sintió el deseo de respirar aire puro, por lo que se despidió y salió por donde había entrado hacia la galería.
Caminó hacia el interior, sin saber si en algún extremo habría otra salida o debería regresar. Un hombre harapiento que venía en dirección opuesta se detuvo delate de ella y le pidió “monedas”. Alina negó con la cabeza.
-Vamos, puede darme unas monedas.
-Es que… no tengo.
-Con monedas me refiero a algún dinero que usted me pudiera facilitar para sobrellevar esta dolorosa situación que estoy viviendo.
-¿La situación de mendicidad? –inquirió temerosa Alina.
-¡No sólo eso! Perdí mi empleo y perdí mi familia. Una cosa llevó a la otra. Mi estado de salud no es el mejor, por si fuera poco.
El hombre, de barba desprolija, se quedó mirando las manos de Alina que ingresaban con cuidado en su cartera. Ella extrajo un billete con cautela, pues temía alguna reacción, y se lo dio, lo cual fue agradecido con amabilidad por el hombre de los harapos, quien siguió su camino.
Un mujer, sentada sobre una banqueta en la puerta de otro local, había estado observando la escena. La miró a Alina cuando ésta seguía con la mirada a aquél.
-Es un tiro que le hace. –dijo la mujer.
-¿Cómo dice? –preguntó Alina sin saber de qué le estaban hablando.
-No tiene familia. O más bien: su familia somos nosotros. Nosotros lo cuidamos y le damos de vestir y de comer, pero él prefiere mendigar.
-¿Y el empleo que perdió?
-Eso fue hace tiempo y todavía le dura el cuento –dijo la mujer que bebía un líquido espeso color ámbar de una copa larga-. Era fotógrafo en una revista de moda, cuando las cámaras no eran tantas.
Alina miró el local donde la mujer esperaba algún cliente. Había diversas artesanías muy variopintas, desde duendes y brujas labradas hasta lunas y estrellas talladas. Saludó con cortesía y siguió galería adentro.
Parado en el umbral de la puerta de un local, entre dos malvones, había un hombre calvo, con un tatuaje en la punta de la nariz. Alina mientras se acercaba lo venía relojeando y esperaba no tener que detenerse a conversar con él.
-Oye, no le lleves el apunte. –dijo el calvo.
-¿Cómo dice? –Alina con desgano detuvo su marcha para conversar.
-La vi hablando con Sonia, está sonada. Seguramente le ha dicho que nadie ha de ser quien dice ser.
-Algo así, me habló del hombre pidiendo monedas.
-Pedir o dar, esa es una buena cuestión. ¿Usté qué prefiere?
-Prefiero no contestar tajantemente, pues hay situaciones en las que uno siente el deber de dar y otras siente que es empujada a pedir, por lo que no sé si trata de una libre elección.
-¡Vamos! Considere bien el asunto. No todo el mundo puede dar, ¿no le parece?
-O sea que se trata más bien de una cuestión de poder. –sentenció Alina.
-Como poder, puede…ser. ¿Usted conoce gente que da?
-Poca.
-Así es, la gente que da es poca, es gente rara.
-Parece que todos los comerciantes de esta galería siempre le encuentran algo raro a la vida. –dijo Alina ya con fastidio.
-Es que lo común, lo trivial, lo rutinario, suele dar sensación de comodidad hasta el hartazgo. Es ahí cuando se busca lo raro, lo distinto, lo único ¿no le parece?
-No, no me parece que sea así.  La comodidad tiene su encanto.
-Desde luego, desde luego –añadió el hombre calvo-, pero hay que considerar que puede conducir a la pereza del alma, lo que se conoce como “dormirse en los laureles”.
Alina echó un vistazo al local que estaba lleno de plantas. Jazmines por doquier captaban su atención. Y sobre una estantería había distintos plantines de helechos y cactus. Se despidió y retomó su camino para salir de esa galería que pocas alegrías le había obsequiado, no sin tener que desatender algún comerciante que deseaba conversar con ella de lo que fuera.
Cruzó la calle y recorrió lugares que conocía de chica pero que hacía tiempo no veía, salvo en publicidades en la tevé. En un local centenario, pidió dos churros de dulce de leche bañados en chocolate y se los fue comiendo por el camino para alegría del paladar.
Mientras terminaba de masticar el último bocado, una mujer la saludó efusiva.
-¡Alina! ¿Cómo estás? ¡Qué alegría verte!
-Hola –dijo escuetamente Alina soltándose del abrazo-, pero… ¿de dónde nos conocemos?
-Yo soy Elsa Rampión, hicimos juntos el secundario en el Normal, ¿te acordás? Han pasado unos cuantos años pero estás igual que por aquél entonces.

Alina la observó al detalle. La mujer tendría su edad pero estaba muy avejentada.
-Tuve tres nenes, que ahora están grandecitos, tanto que dos ya trabajan, y después me separé. Es una nueva vida, ¿sabés? No dependés de los horarios de los demás ni de sus necesidades; es como una mochila que una va soltando.
-Claro, te entiendo.
-¿Y vos? ¿Seguís soltera? ¿Tenés novio?
-No, me casé hace siete años después de otros tantos de noviazgo. La convivencia cambió algunas cosas pero mientras haya amor todo se puede sobrellevar.
-Seguramente, seguramente. Te entiendo porque con mis hijos soy igual, o era, hasta que dejaron de necesitarme.
Intercambiaron un par de recuerdos de aquella época escolar y cada una siguió como si el encuentro nada hubiera cambiado en ellas.
Alina luego de entrar y salir de otros locales comerciales, a los que lo hacía por curiosidad para ver si había entrado alguna prenda que había visto en algún desfile o en alguna publicidad en las revistas que solía comprar, se cansó y paró un taxi.
El chofer le habló de lo mal que se vivía en esa ciudad, de lo malo que eran los servicios que el municipio prestaba y de la difícil situación económica que atravesaban las familias en general. Alina le dio la razón en todo, pero le dijo que siempre había motivos para buscar que la vida sea mejor que lo que se nos ha presentado.
-Hay cosas que no van a cambiar de un momento a otro, por lo que muchas veces es mejor pensar en construir, para el futuro, sembrar, por el porvenir. –dijo Alina, cuyas palabras recalaron en un silencio dentro del habitáculo que sólo se vio interrumpido por el inicio de una balada a través de los parlantes del mismo.
Se bajó del taxi en la puerta de su casa. Ya estaba muy oscuro y algunas luces comenzaban a darle un tinte menos tristón a la ciudad. La penumbra, emparentada con la depresión, alejaba todo atisbo alegre en las fachadas.
Al entrar, lo encontró a Eber sentado sobre el sofá, control remoto en mano.
-Hola amor.
-¡Hola! ¿Cómo te fue mi amor? –preguntó Eber dejando a un lado la tevé, el control remoto y su comodidad.
-Bien. Estuve recorriendo un poco esta enorme ciudad.¿Sabes? A veces pienso que la vida es como un paseo, donde se recorren lugares y calles, conoces gente y vidas, vives emociones y sensaciones, aprecias la bondad y la belleza, descrees de ideas y de cosas, y andas de aquí para allá sin rumbo, porque una sabe que en el fondo, tarde o temprano, siempre se vuelve a casa.
-Es verdad, y ya que hablamos de la casa estoy pensando en que le hace falta una buena mano de pintura, ¿no te parece?

Microrelato o Relato en colectivo

Iba un relato incipiente en colectivo, aferrado bien de un caño para que no se le escapen las palabras. El chofer, un drama mal elucubrado, detuvo el andar del vehículo para que suba una bella poesía. Todos los pasajeros –o casi todos, ya que viajaba en los primeros asientos una novela no vidente- se quedaron enmudecidos al observarla subir, salvo una égloga que emitía opiniones de envidia, tales como: qué escote provocativo, o miren cómo muestra las piernas ésta zorra. La bella poesía avanzó sensualmente por el pasillo hasta encontrar un asiento libre que, gentilmente, le cedió un anciano cuento tibetano. El relato se arrimó para entablar conversación y, como no tuvo mejor idea, comenzó diciéndole “había una vez…”. La poesía se quitó las gafas oscuras y lo miró con ternura. Luego, endureció la mirada y le dijo: Es cierto que había una vez/ pero esta vez/ no es la misma que aquella./ Sólo esta vez ella/ recorre su camino/ a pesar del destino/ que a veces malogrado/ esconde el entramado/ alguna maravilla/ rezando en la capilla/ Y si no la oye Dios/ para ello estás vos.
El relato se quedó sin aliento y cuando giró la vista, vacío estaba el asiento. La bella poesía se había bajado, por la puerta trasera, quizá, o tal vez saltó por la ventanilla.

La poesía silenciosa

Nada decía
nada callaba
no blasfemaba
ni tarareaba
ni criticaba
otra poesía.

No era que abría
mil emociones
ni sensaciones
ni sentimientos
algo olvidados
eran sentenciados
a remordimientos
de otra poesía.

No elucidaba
varias cuestiones
ni reclamaba
nominaciones
ni premiaciones
en los concursos
pues sus recursos
escatimaban
con alevosía
los de otra poesía.

Simple y tardía
muy silenciosa
cual melodía
fiel, vanidosa
se maquillaba
como babosa
luego escapaba
por las baldosas
y su travesía
le recordaba
otra poesía.

Resfrío

La nube trae su carga
se acerca y la descarga
el sol hará lo propio
la luz es como un opio
despierta y te hipnotiza,
si el hito paraliza
renueva el movimiento
y en el presentimiento
renace la esperanza,
ser bienaventuranza
es como un artificio
que rompe el maleficio
de alguna mala racha.
Si tu suerte la tacha
cual pañuelo al resfrío
al resguardo del frío
revocará la idea
al subir la marea,
alegría contagiosa
de tu gripe amorosa.

Un agujero

Un agujero cumple con diversas propiedades. Una de ellas es la capacidad para el ingreso de objetos, animales, personas, dependiendo de sus dimensiones. Aunque el egreso podría ser un poco más complejo que el mismo. No obstante, el ingreso puede ser por caída, si el agujero se sitúa en el suelo, o por elevación, si el agujero está, digamos, en el cielo. Pero como el cielo es inmenso y sin fisuras, los agujeros suelen ubicarse más bien en el suelo, por lo que dejamos de llamarlo agujero, sino pozo.
En el pozo puede haber compañía tanto como sentir una soledad que agobie, tales son las características de un pozo. Y la soledad en un pozo, donde la carencia fundamental es de luz, puede ser un signo de investigación. Nos podríamos preguntar por qué caímos en ese pozo, por qué fuimos nosotros quienes caímos en él, por qué no cayó alguien más con nosotros o, un poco más lúcidos, por qué caemos en pozos ´separados´ unos de otros. Este último punto es fundamental para nuestra investigación.
A partir de él, sabemos que la caída es solitaria, pero que no es única, por lo que tendríamos –potencialmente- que afrontarla solos pero valiéndonos de la experiencia de los demás y propia, de quienes han pasado o pasan por lo mismo, vale decir, caer en un pozo, cosa habitual para todo caminante. Y esa condición, la de caminantes, la de quienes recorren el sendero, es la que se ve truncada con la caída, porque cesa el movimiento. Entonces, una buena medida sería la de ´andar´, estar en el ruedo, y aunque momentáneamente nos parezca que lo hacemos como hámster en una rueda dentro de una jaula, es lo que quizá nos dé la posibilidad, al desengañarnos, de retomar la senda de lo que consideramos nuestro bienestar. Porque agujeros en el suelo hay muchos, algunos más profundos y oscuros que otros, pero –como decía Marilina Ross- aunque no lo veamos, el sol siempre está.

Tiritaremos

Cuando haga frío
tiritaremos
Con la brisa
Con la llovizna
Y en un abrazo
Nos fundiremos
Entre sábanas
Entre frazadas
Y en la mirada
Nos perderemos
Como nave en el cielo
Como navío en el mar
Y en un beso
Coincidiremos
Como el ocaso
Y el horizonte
Cuando haga frío.

Congelados

Frío en la ciudad
Helados los campos
Brisa que congela
Sonrisas y llantos,
Castañea la muela
Esperando el juicio
Víctima de silicio
De costumbre, libertad,
Sin carga que duela
En batería de litio.

La soledad del boquete

Se sentía solo el boquete
vacío en su inmensidad
la pared era tan grande
como el ancho horizonte
en lo alto tocaba nubes
de las que caían granizo
y todo tipo de lluvias
lloviznas y algún hechizo.
Y en el medio, justo, justo
el boquete tan gigante
que pasaba por delante
un avión aterrizando.
Entonces, dijo pensando:
hoy me tengo que llenar;
se tragó un par de camiones
colectivos y tractores
roedores y muchedumbres;
seguía quedando espacio
y el boquete dijo desnudo,
por favor, no me alumbres
a pesar de lo tragado
me sigo sintiendo vacío.
Y, así, seguía pensativo
mientras las manos obreras
con cuchara y hormigón
de a poco lo iban tapando.