A la sombra de un imbécil

No veía el sol
Cielo raso tenebroso
Ocupaba su lugar,
No era solo cielo raso
Había ojos en las paredes
que observaban a distancia
Plural y prudencial
Los actos del hombre
Sus manos laboriosas
Su pereza, su paladear
sin oír ni su pensar
¡Si estas paredes hablaran!
Temblaría el sacristán.
A la sombra de un imbécil
se albergaba el asombrado
No había luz ni al final
Ni al transitar el túnel,
Todo opaco, guarecido
De la lluvia, la tormenta
Que tronaba amenazante,
Era la sombra gigante
Que cabía hasta un camello.
Y con la sed del desierto
Fue viendo como un tuerto
Que el sol estaba detrás
Y al dar dos pasos nomás
Vio proyectada la suya
Pequeña cual hormiga criolla
Breve como aleteo de colibrí.
El hombre, de escasas luces
mas de sentir sereno,
Pensó firme con tenacidad:
¿A quién dará cobijo mi imbecilidad?

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