La silla del comedor

Hay una silla en el comedor que me inquieta. La miro atento, porque temo que se vaya a otro ambiente, a otro lugar, por ejemplo al living. O que en una de esas aparezca en el baño, aunque esto es bastante improbable porque en el baño hace mucho frío y la susodicha es friolenta. Mis temores no son infundados, la he visto andar cojeando con sus cuatro patas de acá para allá alrededor de la mesa, aparentemente sin rumbo determinado. No obstante, cuando sabe que voy a hacer uso de ella no se le mueve un pelo, porque no tiene; quiero decir que no se inmuta.
Un día la vi bailando una tarantela y en un paso mató una tarántula que bailaba al compás.
Esa silla me inquieta, como la movediza, es algo que uno nunca sabe lo que va a hacer. De sólo pensar que en algún momento me voy a encontrar con su ausencia me angustio. Puede salir a pasear y no tener el instinto agudizado como para regresar. Por eso cuando me voy la dejo atada a la mesa; cuando estoy en casa que haga lo que le plazca, si quiere saltar es libre de hacerlo y tiene cualidades para participar en competiciones olímpicas incluso.
Esa silla es singular, y aunque se parece a las otras, se ve que evolucionó y ha desarrollado facultades que las otras todavía no. Por eso la quiero domesticar, le hablo y le enseño a comportarse en público, para que además las otras no entren en rebelión, se den a la fuga y me tenga que sentar en el suelo.

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