20xx

Se va un año
Se va al baño,
Se va por los acueductos
Escapa del calendario
Y los días hacen el empaque
Cambiando a nuevo almanaque,
Y vendrán otros domingos
Otros martes, otros agostos
Transitando vientos y mares
A traer viejas novedades
A traer antigüedades
Noticias y vaguedades.
¡Adiós año vencido!
Ahí viene tu reemplazante
Tal vez sea estimulante
Ver qué trae de conocido
Y qué trae por conocer,
tan sólo intriga saber
cómo llegará vestido.

de ideas y sensaciones

La vida es una maraña
de ideas y sensaciones
la vida a veces engaña
con sus contradicciones.

El año se me escabulle,
arena entre los dedos,
quizá el tiempo engulle
a todos nuestros credos.

Y sobreviven creencias
que adoptan las modas,
atisbos, reminiscencias
como baile en las bodas.

El día se ve tan claro
como agua de manantial,
quizás nos parece raro
un averno en lo celestial.

Despega, surca los aires
en vuelo tan magistral,
navega y cruza los mares
el crucero fenomenal.

Es el viaje una estadía
que obnubila sufrimientos,
pasajero de la osadía
que detiene pensamientos.

El silencio cobra sentido
cuando la palabra derrapa,
ruge el león malherido
siente que la vida escapa.

Se va

Se va un año del calendario
se va una vida del vecindario,
se pierden los sueños a diario
como gotas que deja el rocío
se pierden nubes en el estío
cual parábolas ante el hastío.

Y se van yendo de paseo
los refranes en el ajetreo
también se van del museo
los visitantes de la ciudad,
se va también la pubertad
y crecen ansias de libertad.

Seguro se irán los temores
pasiones ciegas, los rencores
pasan y pasan los motores
pasan aves, pasan palomas
se van malestares con bromas,
es la serenidad que asoma.

Novedad



La música tiende a relajar
las tensiones de este mar,
el alma tiende a cacarear
las piernas quieren bailar.

Y en la cabeza ya suena una canción
y el corazón se extasía en diversión,
en un día que celebra la bendición
es un nuevo muy antiguo notición.

El presagio de la noche es un rumor
los estruendos van augurando color
hasta el cielo tiene ese toque de humor
En la noche de paz, noche de amor.

El tiempo corre sin piedad
busca alcanzar la eternidad,
se detiene en osada libertad
y celebra el día la novedad.

Edad nueva para el hombre sin temor
sus preceptos iluminan lo interior
como el sol refulge en el exterior
y se funde toda luz ante el dolor.

Como un rey al que se hace alusión
es vivir la vida un canto a la redención,
Si la muerte dicta el fin de la ilusión
Ya habrá dicha para la resurrección.

La orquesta

En el medio de la noche
Un grillito vitoreaba
y cantaba una canción,
Unos sapos hacían coro
Y una rana el acordeón
Con maestría ya tocaba
Que la orquesta se formó
Con murciélagos, renacuajos
Tocando flauta y trombón
Y un búho al contrabajo
La vista no le despegaba.
El público estaba formado
Por multitud de mosquitos
Luciérnagas y escarabajos
Que aplaudían a rabiar,
Y un gato en la cornisa
Iluminaba con celular,
La luna como testigo
Del espectáculo natural
Se apareció con piyama
Y se olvidó maquillar,
Las arañas muy contentas
Con la orquesta y el croar
Tejían las telarañas
Mientras escuchaban cantar,
Al rato se despidieron
La noche y las cucarachas
Embargadas de emoción
Y el grillo, con voz serena,
Los invitó a descansar.
Mañana, con luna llena,
Los espera doble función

El sapo y la oruga

Una tarde de lluvia tenue, se encontraron un sapo y una oruga en el cordón cuneta de la calle Alem. La oruga se quedó mirando la fisonomía del sapo con curiosidad, mientras este cazaba al vuelo una mosca.
-Disculpame -le dijo el sapo a la oruga que prestaba atención a los detalles de la escena-, es que hoy no desayuné.
-Te entiendo -sostuvo la oruga-. A mí no me pasa porque siempre tengo alimento cerca, salvo que me manden al exilio en un desierto o a un octavo piso. Pero, ¿Nunca pensaste que esa mosca pudo ser una gran personalidad o una gran moscalidad en su caso, y vos te la devorás así tan a la ligera?
-Sí, lo pensé, pero la cadena alimenticia es así, qué le vamos a hacer. Cuando hay hambre, hay hambre hermano.
-Se nota que no te preocupa -dijo la oruga mientras ascendía a la vereda, por si las moscas-, no obstante, quizá esa mosca fue un ancestro tuyo antes de ser mosca, puede haber sido tu tátarabuelo ¿no te parece?
-No lo creo, los sapos somos siempre sapos, y en contadas veces, somos príncipes. ¿Pero moscas? Ni siquiera como castigo divino sería posible. Además, ¿vos qué sos, defensor de moscas y ausentes?
-En absoluto -dijo la oruga caminando hacia atrás-. Puedo ver que tu entendimiento en esta materia es muy limitado, querido amigo, sin embargo ¿No creés en vidas pasadas? ¿No pensaste que antes de esto pudiste ser otra “cosa”?
-Creáse o no, antes fui profesor de aeróbica, censista, bacán, peluche, licenciado en química, trapecista y médico de cabecera; pero siempre en condición de sapo, antes no recuerdo. -dijo el sapo dando un saltito hacia la oruga, que ya había empezado a trepar un cedro.
-Si, puede ser, pasa que olvidar es tan común como recordar. Pudiste haber sido además de príncipe y luego rey, un sultán o un zar, pero hombre.
-¡Qué sé yo!¡Es creer o reventar! -exclamó el sapo con entusiasmo.
Y eso fue lo último que dijo, antes de que lo aplaste un auto que estacionaba en el lugar.

Señales

Sensaciones, pensamientos
que decoran el momento
rostros viejos, educados
cámaras por todos lados
no registran las ideas
ni qué sienten las mareas,
va quedando en el archivo
lo que pasa, lo que ha sido
y lo que será proyectando
cómo el mundo va marchando
cómo avanza y retrocede
lo que pasa, o se sucede
cada paso que transita
el peatón o en calesita
el tránsito vehicular
el acontecer crepuscular
compras, ventas, trueques
en efectivo o con cheques
con tarjeta o con postales
lo que pasa, sus señales,
cada beso en la cantina
los que esperan en la esquina
y palabras en letreros
teléfonos monederos,
las prisas, viene la noche,
el apuro, timón del derroche
de dinero, de energía
que se cubre con la orgía
todos sedientos de carnes
lamentos de cada lunes,
lo que pasa, cada semana
pelos rebeldes por la mañana
las canas que aparecen
recuerdos que estremecen
todo parece marchar
es el vaivén al viajar
es el paso en el camino
es destreza ante el destino.

La burocracia de los vivos

El hombre yacía sobre el camastro entubado, con máscara de oxígeno y con cables que colgaban de sus brazos hacia el soporte metálico parado a un costado del mismo. Cada tanto sollozaba o pugnaba por respirar. Apenas abría los ojos, echaba un nublado vistazo a la habitación y volvía a cerrarlos.
-Umpiérrez…Umpiérrez –le hablaba la enfermera, esperando alguna reacción. Luego, cuando el hombre entreabría los ojos le preguntaba cómo estaba.
-Bien, nena, bien. –respondía el hombre con la poca fuerza que tenía, ya con los ojos cerrados.

La enfermera le hacía los controles correspondientes, aplicaba la inyección de turno y se marchaba con todos los aparatos a cuestas.
El hombre ya no razonaba con facilidad. Por momentos soñaba que estaba en una playa de esas con estatus de paradisíacas, por la vista y la tranquilidad que ostentan en comparación con el ajetreo, el ruido y la suciedad de otros lugares como metrópolis menos cercanos a lo que cualquiera imagina como un paraíso; y en el sueño, jugaba con unos amigos que parecía conocer de siempre, hasta que algo estaba por despertarlo y el hombre, consciente, se despedía:
-Todavía no me puedo quedar. Nos veremos en un rato. –decía en el sueño antes de abrir los ojos, dejando el sueño con la tristeza de hacerlo y la ilusión de regresar.

-Bien Umpiérrez –decía el doctor-, usted no está muerto de casualidad, o más bien por esas cosas que la ciencia poco explica, o al menos hasta donde llegan mis conocimientos clínicos.
-Al menos admite que es poco lo que sabe, doctor. –le replicaba el hombre hablando a través de la mascarilla, cuya voz salía con una estela de eco a través de la misma.
-Poco o suficiente, la cuestión es que a usted sólo le queda esperar. No podemos hacer nada más de lo que prescribí a las enfermeras, pero lamentablemente usted, Umpiérrez, se nos va.
-No pienso ir a ningún lado, y menos sin certificado de defunción. ¿Me lo podría firmar, doctor?
-A su debido tiempo, a su debido tiempo, Umpiérrez. –el doctor haciendo un gesto negativo con la cabeza, daba media vuelta y se retiraba de la habitación.

El hombre inicialmente falleció. Se sacó la mascarilla de oxígeno, se desentubó y se retiró los cables que le colgaban de los brazos y del pecho para luego retirarse de la habitación de cuidados intensivos y dirigirse a la cafetería del hospital. Caminó por largos pasillos en chancletas y sólo con un camisolín verde manzana que le dejaba la espalda al descubierto.

Al llegar a la cafetería, pidió un café y dos medialunas. El empleado que atendía allí lo miró fijo y le dijo:
-Señor, ¿usted no está muerto acaso?
-Efectivamente.-respondió vigoroso el hombre.
-Entonces no pretenderá que lo atendamos como si estuviera vivo.
-Joven, usted debe atender a todo el mundo por igual, sin distinciones entre vivo o muerto, joven o viejo, rico o pobre, enfermo o sano, macho o hembra.
-Acá sólo atendemos a los vivos. Los muertos no me mueven un pelo.

El hombre le surtió un cachetazo que lo despeinó.
-Está bien, está bien. Vamos a hacer una excepción con usted. Acomódese que le llevo el café.
-Gracias.

Tras beber el café y hojear las noticias del día, el hombre regresó a la habitación donde había estado varios días, se vistió y recogió sus adminículos y cuando se estaba por marchar del lugar fue interceptado por una enfermera que le recriminó haberse ido de la habitación de cuidados intensivos sin haber avisado.
-Señorita, los muertos no andan dando explicaciones de sus acciones ni rinden cuentas de las mismas porque para los vivos no tienen sustancia.
-Igualmente tendría que haber avisado. Además, ¿cómo anda por ahí entre los vivos sin llevar el certificado de defunción? Cualquiera lo podría confundir, imagínese hasta dónde podría llegar el malentendido.
-¡Bah! ¿Cuántos muertos caminan entre los vivos sin ser notados? ¿Usted los nota? Seguro que no, solamente tiene el recuerdo basado en su ausencia con el carácter de vivo. Sin embargo, ahí están, pugnando por tomar un café o luchando para cobrar su jubilación, o el seguro de vida…
-El seguro de vida lo cobran los vivos, no los muertos.
-…o haciendo los trámites necesarios para llevar una muerte digna, discutiendo inútilmente con la burocracia de los vivos.
-Y bueno, señor, no se hubiera muerto y todo sería más sencillo para usted.
-Claro, señorita, usted lo plantea como si fuera una cuestión de elección, cuando no hubo tal. Nadie me dijo dónde tenía que firmar si quería seguir vivo o tenía la intención de llevar esta muerte. –dijo el hombre ya con fastidio- ¿Está listo el certificado de defunción? Lo voy a necesitar para unas cuantas cuestiones de papelerío.
-No, el doctor todavía no lo firmó. ¿A dónde quiere que se lo enviemos? –inquirió la enfermera.
-Despreocúpese, lo vendré a buscar en unos días, cuando no haya más remedio.
-Disculpe Umpiérrez, usted ya no tiene remedio, le recuerdo que está muerto.
-¡Como sea! –refunfuñó el hombre. Y se marchó.

Tuvo la intención de tomar un colectivo, pero los distintos choferes se negaron a llevarlo, con excusas como de que sólo transportaban vivos, de que el colectivo no era un coche fúnebre, de que el convenio les prohibía trasladar cadáveres, etc. y no atendían ninguna de sus peticiones por más que insistiera con tesón, por lo que resolvió irse caminando hasta la Dependencia de Seguridad Social. Cuando cruzaba la zona céntrica, una niña que iba de la mano de quien sería su abuela, mirando al hombre le dijo a ésta:
-¡Mirá abuela! ¡Un muertito!
La abuela se horrorizó
-¡Ahhhh! ¡Un muerto! ¡Ahhh! ¡Llamen a una ambulancia!
-¿Qué pasa señora? –le preguntó un policía que estaba vigilando el orden en la zona.
-¡Un muerto! ¡Un muerto!  -decía la abuela señalando al hombre que proseguía caminando delante de ellos. El policía llamó por handy a la comisaría.
-¡Atención, atención! Tenemos un muerto caminando en Avenida Passo al dos mil cien. ¡Repito! Un muerto caminando en Avenida Passo al dos mil cien. Espero órdenes para proceder.
Otro hombre gritó desaforado:
-¡Ahhh! ¡Un muerto! –y tras decirlo cayó desmayado sobre la acera. El policía inmediatamente volvió a llamar por handy y pidió la asistencia de una ambulancia.
La gente se agolpó en el lugar, deteniendo su andar. Algunos alrededor de Umpiérrez, a quien miraban con una mezcla de horror, asombro y curiosidad, otros alrededor del hombre que se había desmayado. El hombre forcejeó un poco con quienes lo rodeaban, abriéndose paso entre los vivos y se dio a la fuga mientras el agente policial se había avocado a la tarea de despejar a quienes rodeaban al otro, hasta tanto reciba atención médica.

Tras esperar varios números delante, llegó el turno de ser atendido.
-¿Apellido?
-Umpiérrez.
-¿Nombre?
-Ángel.
-¿Edad?
-No, ya no corre.
-¿Cómo dice?
-¡¿No ve que estoy muerto?! –enfatizó el hombre como si la apariencia lo delatara.
-Ah claro, usted es un ángel.
-Disculpe, señorita, pero no tengo tiempo que perder. Uno nunca sabe cuánto durará esta muerte.
-Sinceramente, lo compadezco. Me dan mucha pena los muertos. –dijo la dependiente.
-Compadézcase de los vivos mejor, que con sus frágiles certezas construyen castillos en el aire.
-¿Y la muerte qué certezas le dio a usted?
-Ninguna, o quizá la única certeza valedera. Quién sabe.
-Igualmente acá sin el certificado de defunción no le vamos a poder realizar el trámite. Es un papel necesario e indispensable.
-¿Y no podría hacer una excepción? –sugirió el hombre con una sonrisa que lo confundía entre los vivos.
-Señor, no lo podemos atender como a uno vivo. El reglamento de la institución lo prohíbe. Mande a algún pariente suyo con el certificado y con todo gusto lo atendemos.

El hombre tras despedirse se retiró de la Dependencia y caminó y caminó y caminó, no sin antes sortear diversos obstáculos que detuvieron su marcha, como ser vivos que le querían vender cosas, viejos muertos conocidos que le daban charla de su recordada vida o de su nutrida muerte, otros muertos que le pedían algún consejo o guía para llevar una buena muerte, vivos que lo señalaban como algo a desterrar o a enterrar, vivos que se lo confundían con uno de ellos, muertos que se lo confundían con uno vivo, muertos que mendigaban, vivos que pisoteaban, muertos que aconsejaban, vivos lúcidos que le palmeaban el hombro y lo felicitaban por llevar una serena muerte y otros tantos que, por algún motivo u otro, le impedían llegar temprano a la playa de sus sueños.


Lo vivido

Todo lo vivido
Todo lo pensado
Todo lo soñado
Todo lo desado
Viaja a ningún lado
Sigue de costado
Queda cual legado
Como lo heredado,
Como por traslado
Sigue recostado
Cerca del tejado
Cerca y alejado
Junto a lo cargado
Duerme aletargado
Y al ser despertado
Vuelve recreado.

Lágrimas

Truena el campanario celestial
Celeste llora lágrimas de sal,
Malestar que se vuelve habitual
Donde todo siempre le resulta igual.
Nunca sale de su caja de cristal
Solamente a dar un paseo virtual.

Sin pensamiento

¿Qué son las palomas sin el viento,
qué es del hombre sin pensamiento?
¿Qué es del mar sin el oleaje,
qué es la boda sin el traje?
¿Qué es del alba sin la tierra,
qué es la madera sin la sierra?
¿Qué son los peces sin el río,
qué es de la nieve sin el frío?
¿Qué es de la tormenta sin el trueno,
qué es esto que cada vez sé menos?