La burocracia de los vivos

El hombre yacía sobre el camastro entubado, con máscara de oxígeno y con cables que colgaban de sus brazos hacia el soporte metálico parado a un costado del mismo. Cada tanto sollozaba o pugnaba por respirar. Apenas abría los ojos, echaba un nublado vistazo a la habitación y volvía a cerrarlos.
-Umpiérrez…Umpiérrez –le hablaba la enfermera, esperando alguna reacción. Luego, cuando el hombre entreabría los ojos le preguntaba cómo estaba.
-Bien, nena, bien. –respondía el hombre con la poca fuerza que tenía, ya con los ojos cerrados.

La enfermera le hacía los controles correspondientes, aplicaba la inyección de turno y se marchaba con todos los aparatos a cuestas.
El hombre ya no razonaba con facilidad. Por momentos soñaba que estaba en una playa de esas con estatus de paradisíacas, por la vista y la tranquilidad que ostentan en comparación con el ajetreo, el ruido y la suciedad de otros lugares como metrópolis menos cercanos a lo que cualquiera imagina como un paraíso; y en el sueño, jugaba con unos amigos que parecía conocer de siempre, hasta que algo estaba por despertarlo y el hombre, consciente, se despedía:
-Todavía no me puedo quedar. Nos veremos en un rato. –decía en el sueño antes de abrir los ojos, dejando el sueño con la tristeza de hacerlo y la ilusión de regresar.

-Bien Umpiérrez –decía el doctor-, usted no está muerto de casualidad, o más bien por esas cosas que la ciencia poco explica, o al menos hasta donde llegan mis conocimientos clínicos.
-Al menos admite que es poco lo que sabe, doctor. –le replicaba el hombre hablando a través de la mascarilla, cuya voz salía con una estela de eco a través de la misma.
-Poco o suficiente, la cuestión es que a usted sólo le queda esperar. No podemos hacer nada más de lo que prescribí a las enfermeras, pero lamentablemente usted, Umpiérrez, se nos va.
-No pienso ir a ningún lado, y menos sin certificado de defunción. ¿Me lo podría firmar, doctor?
-A su debido tiempo, a su debido tiempo, Umpiérrez. –el doctor haciendo un gesto negativo con la cabeza, daba media vuelta y se retiraba de la habitación.

El hombre inicialmente falleció. Se sacó la mascarilla de oxígeno, se desentubó y se retiró los cables que le colgaban de los brazos y del pecho para luego retirarse de la habitación de cuidados intensivos y dirigirse a la cafetería del hospital. Caminó por largos pasillos en chancletas y sólo con un camisolín verde manzana que le dejaba la espalda al descubierto.

Al llegar a la cafetería, pidió un café y dos medialunas. El empleado que atendía allí lo miró fijo y le dijo:
-Señor, ¿usted no está muerto acaso?
-Efectivamente.-respondió vigoroso el hombre.
-Entonces no pretenderá que lo atendamos como si estuviera vivo.
-Joven, usted debe atender a todo el mundo por igual, sin distinciones entre vivo o muerto, joven o viejo, rico o pobre, enfermo o sano, macho o hembra.
-Acá sólo atendemos a los vivos. Los muertos no me mueven un pelo.

El hombre le surtió un cachetazo que lo despeinó.
-Está bien, está bien. Vamos a hacer una excepción con usted. Acomódese que le llevo el café.
-Gracias.

Tras beber el café y hojear las noticias del día, el hombre regresó a la habitación donde había estado varios días, se vistió y recogió sus adminículos y cuando se estaba por marchar del lugar fue interceptado por una enfermera que le recriminó haberse ido de la habitación de cuidados intensivos sin haber avisado.
-Señorita, los muertos no andan dando explicaciones de sus acciones ni rinden cuentas de las mismas porque para los vivos no tienen sustancia.
-Igualmente tendría que haber avisado. Además, ¿cómo anda por ahí entre los vivos sin llevar el certificado de defunción? Cualquiera lo podría confundir, imagínese hasta dónde podría llegar el malentendido.
-¡Bah! ¿Cuántos muertos caminan entre los vivos sin ser notados? ¿Usted los nota? Seguro que no, solamente tiene el recuerdo basado en su ausencia con el carácter de vivo. Sin embargo, ahí están, pugnando por tomar un café o luchando para cobrar su jubilación, o el seguro de vida…
-El seguro de vida lo cobran los vivos, no los muertos.
-…o haciendo los trámites necesarios para llevar una muerte digna, discutiendo inútilmente con la burocracia de los vivos.
-Y bueno, señor, no se hubiera muerto y todo sería más sencillo para usted.
-Claro, señorita, usted lo plantea como si fuera una cuestión de elección, cuando no hubo tal. Nadie me dijo dónde tenía que firmar si quería seguir vivo o tenía la intención de llevar esta muerte. –dijo el hombre ya con fastidio- ¿Está listo el certificado de defunción? Lo voy a necesitar para unas cuantas cuestiones de papelerío.
-No, el doctor todavía no lo firmó. ¿A dónde quiere que se lo enviemos? –inquirió la enfermera.
-Despreocúpese, lo vendré a buscar en unos días, cuando no haya más remedio.
-Disculpe Umpiérrez, usted ya no tiene remedio, le recuerdo que está muerto.
-¡Como sea! –refunfuñó el hombre. Y se marchó.

Tuvo la intención de tomar un colectivo, pero los distintos choferes se negaron a llevarlo, con excusas como de que sólo transportaban vivos, de que el colectivo no era un coche fúnebre, de que el convenio les prohibía trasladar cadáveres, etc. y no atendían ninguna de sus peticiones por más que insistiera con tesón, por lo que resolvió irse caminando hasta la Dependencia de Seguridad Social. Cuando cruzaba la zona céntrica, una niña que iba de la mano de quien sería su abuela, mirando al hombre le dijo a ésta:
-¡Mirá abuela! ¡Un muertito!
La abuela se horrorizó
-¡Ahhhh! ¡Un muerto! ¡Ahhh! ¡Llamen a una ambulancia!
-¿Qué pasa señora? –le preguntó un policía que estaba vigilando el orden en la zona.
-¡Un muerto! ¡Un muerto!  -decía la abuela señalando al hombre que proseguía caminando delante de ellos. El policía llamó por handy a la comisaría.
-¡Atención, atención! Tenemos un muerto caminando en Avenida Passo al dos mil cien. ¡Repito! Un muerto caminando en Avenida Passo al dos mil cien. Espero órdenes para proceder.
Otro hombre gritó desaforado:
-¡Ahhh! ¡Un muerto! –y tras decirlo cayó desmayado sobre la acera. El policía inmediatamente volvió a llamar por handy y pidió la asistencia de una ambulancia.
La gente se agolpó en el lugar, deteniendo su andar. Algunos alrededor de Umpiérrez, a quien miraban con una mezcla de horror, asombro y curiosidad, otros alrededor del hombre que se había desmayado. El hombre forcejeó un poco con quienes lo rodeaban, abriéndose paso entre los vivos y se dio a la fuga mientras el agente policial se había avocado a la tarea de despejar a quienes rodeaban al otro, hasta tanto reciba atención médica.

Tras esperar varios números delante, llegó el turno de ser atendido.
-¿Apellido?
-Umpiérrez.
-¿Nombre?
-Ángel.
-¿Edad?
-No, ya no corre.
-¿Cómo dice?
-¡¿No ve que estoy muerto?! –enfatizó el hombre como si la apariencia lo delatara.
-Ah claro, usted es un ángel.
-Disculpe, señorita, pero no tengo tiempo que perder. Uno nunca sabe cuánto durará esta muerte.
-Sinceramente, lo compadezco. Me dan mucha pena los muertos. –dijo la dependiente.
-Compadézcase de los vivos mejor, que con sus frágiles certezas construyen castillos en el aire.
-¿Y la muerte qué certezas le dio a usted?
-Ninguna, o quizá la única certeza valedera. Quién sabe.
-Igualmente acá sin el certificado de defunción no le vamos a poder realizar el trámite. Es un papel necesario e indispensable.
-¿Y no podría hacer una excepción? –sugirió el hombre con una sonrisa que lo confundía entre los vivos.
-Señor, no lo podemos atender como a uno vivo. El reglamento de la institución lo prohíbe. Mande a algún pariente suyo con el certificado y con todo gusto lo atendemos.

El hombre tras despedirse se retiró de la Dependencia y caminó y caminó y caminó, no sin antes sortear diversos obstáculos que detuvieron su marcha, como ser vivos que le querían vender cosas, viejos muertos conocidos que le daban charla de su recordada vida o de su nutrida muerte, otros muertos que le pedían algún consejo o guía para llevar una buena muerte, vivos que lo señalaban como algo a desterrar o a enterrar, vivos que se lo confundían con uno de ellos, muertos que se lo confundían con uno vivo, muertos que mendigaban, vivos que pisoteaban, muertos que aconsejaban, vivos lúcidos que le palmeaban el hombro y lo felicitaban por llevar una serena muerte y otros tantos que, por algún motivo u otro, le impedían llegar temprano a la playa de sus sueños.


Comente ad honorem

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s