Toc Toc

Tu odio computa
triste odisea cósmica
tras otros cacharros.
Tienes ojeras, cariño,
¿Traes oprobios comunistas?
Tengo oído catártico
trato, Olivia, conquistarte
tuviste olfato conmigo
tipo ontogénico coloquial;
tus ojos castaños
tiritan obtusamente, circulares,
tus obscuros cabellos
transmutan ocres-carmesí,
tu osamenta cabalga
tus orejas cotizan,
-tu ordenanza corrijo-
tu origen cómplice
te ofrenda clamor.
Traigo oficios catalanes
tendrías, observa, ¡cientos!
Trata orientarte, colibrí
tus orificios complotan
toda ostentación cómoda
tiene oropeles camaleónicos,
tengo organizado, corazón,
templarte, ósculos compartidos,
todo orgasmo, clímax,
trae orden, cosquilleo,
trae óptimas calorías
tras orbitar centrífugo
tu orbe caliente.
Tuviste otras complacencias,
temer oírme colapsa
tu óptica cortoplacista
tiene opulencia cabal.
Tiro otra colilla.
Te otorgo campante
tener orgullo capital.
Tuyo, Odín Carranza.

Símbolos

La humanidad, un espejismo
La sociedad, contradicción
Lo natural, un paisajismo
Lo cultural, una atracción.

Tu encanto es optimismo
Esta rabia es desazón
La igualdad, un hermetismo
El llanto es caparazón.

Qué será la distracción
La atención, el magnetismo,
Dónde hay satisfacción
Amén del capitalismo.

Quién tendrá la sinrazón
O la llave del abismo
Donde cede el corazón
Al embrujo del cinismo.

Qué será esta contracción
De la imagen de sí mismo
La expansión, la retracción
De este cosmorelativismo.

Quién sabrá por diversión
Donde existe el exitismo
Sin más cámara y acción
Frutos del ilusionismo.

Quién ve alguna dirección
La pintura del oculismo
Que no tiene discreción
Cuando escapa al egoismo.

Dónde queda la tracción
De ese verso de erotismo
Que sólo por penetración
Se te impregna de lirismo.

Espectáculo o redacción
un poema no es culturismo,
medicina no es refacción
ni un versículo aforismo.

Queda al margen la nación
los héroes y el patriotismo
no tiene cabida y función
las finanzas y el fascismo.

Luego de esta introducción
carente de  virtuosismo
qué será la producción
del poeta sin simbolismo.

El valor de la cultura

No lo dijo Roosvelt en aymará:
“Una de las fórmulas más fáciles de aplicar para conquistar y sojuzgar una cultura, y por ende un pueblo, sin tener que recurrir a las armas es destruir su lenguaje. Empezaremos con sopa de letras en inglés very good, seguiremos taladrando con imágenes para luego hacerlo con pequeñas imágenes supliendo palabras , y por último con degenerar todo lo que quede del mismo, amigues. Y hasta que se den cuenta que han perdido todo, nos servirán complacidos.”

Definiciones de la RAE

¡Salieron las nuevas definiciones de la RAE!
¡Tomá nota, gurrumino!

Apostatía: Apostar a la tía.

Asaltar: todo el mundo a mover los pies.

Supuesto: el lugar que ocupa Usted.

Eximio: era gorila pero ya no lo es.

Gentío: Fragmento del ADN del cromosoma del tío.

Inteligente: dícese de todo aquello capaz de conectarse a internet.

Millonada: camada de amigos de Roberto Carlos.

Noche: ¡eso no, amigo!

Sobaco: o en todo caso so´ Dioniso.

Parlamento: mientras charla se lamenta.

Viscoso: oso estrábico.

Un hombre bosteza

Un hombre bosteza en la parada del colectivo. Estira su mandíbula a más no poder. Bosteza largo y tendido, pronunciado y extendido. Bosteza como modo de protesta ante la tardanza del servicio público, bosteza como una queja ante tanta espera que la vida en sociedad le propone. Bosteza para no llorar, bosteza para no insultar. Un método válido, bostezar cuando algo no sale como esperamos. Bosteza mostrando los dientes, la lengua, la campanilla. Bosteza porque no tiene otra cosa mejor que hacer. Bosteza y, en un descuido, se le cuela un gorrión en la garganta.

Con quién hablar cuando no queda nadie

A veces tengo la sensación de estar hablando en soledad
( edad edad edad )
No sé, pareciera como que nadie me da bola
( hola hola hola )
Y sólo me queda acudir a algún recuerdo
( cuerdo cuerdo cuerdo )
O quizá me creo el centro del universo
( verso verso verso )
Por momentos siento que me descoloco
( loco loco loco )
Y no tengo más remedio que hablar en un recoveco
( eco eco eco )
Aunque lo escucho y se parece bastante a mi pensamiento
( miento miento miento )

¿Dónde están los otros nueve?

Uno pasó por una cervecería y se pidió una pinta con fritas. Cuando se quiso acordar iba por la décima.
Otro se quedó jugando a la play y se le pasó toda la noche. No se acordó.
El tercero tenía raptos de amnesia repentina.
El cuarto era nihilista.
El quinto, ateo.
Otro se tomó un colectivo y cuando se acordó estaba muy lejos como para volver.
Otro se engripó y cayó en cama.
El octavo era muy haragán y no le gustaba caminar.
El último estaba por volver cuando se acordó que lo esperaban para jugar al póker.

Versos de agua

Se me pierde un verso en el tintero
se me va como agua entre las manos,
qué serían sin humor estos humanos
un cadáver transitando el aguacero.

Una lluvia de incesante insensatez
un axioma que no logro proponer,
el orgullo que no puede deponer
cabalga como ebrio la embriaguez.

Y retorna como pájaro a su nido
como bumerang lanzado al vacío
es un verso esquivo incomprendido
va posando como gota de rocío.

Es espejo de este cielo colorido
ya contiene de las nubes el sabor
y refleja de las flores el rubor,
el color en él está comprometido.

Esa gota de rocío es parecida
a la misma que este verso pinta,
si la punta de la pluma tiene tinta
la palabra puede luego ser leída.

Entre agua y tinta hay diferencia:
si a la tinta se le rinde reverencia
y es el agua asociada a la pureza
en un verso se funden con destreza.

Escritora XXII

Éntre sus conocidos nadie leía ya. Había quienes, luego de la época escolar, habían llegado a cierto hartazgo por la lectura y ni siquiera la tomaban en cuenta como recreación. Para el resto, mayoría, no le llamaba la atención ante tantas distracciones y entretenimientos más ´fáciles´ de consumir, ya que la lectura implicaba cierto esfuerzo.
Pero Clara Migno creía, intuía, o al menos deseaba que más allá de toda esa masa de gente uniforme en ese aspecto que rechazaba la lectura, había quienes esperaban y sentían el impulso de leer, por lo que era a quienes apuntaba cuando se sentaba hora tras hora a escribir sus más nobles pensamientos. Es decir, era un tiro al vacío, lanzar una botella al mar esperando que en alguna isla desierta, alguien, un náufrago solitario que aún conservara la capacidad de leer, la recogiera y leyera sus textos.
”Escribo para mí”, se mentía a veces, “para leerme”. Ella buscaba explorar la comunicación en sus vertientes más profundas que en lo cotidiano no encontraba forma, o quizá medios para hacerlo, ya que cada quien seguía como burro a zanahoria sus pensamientos, y no los de otros. Entonces, sabiendo esto, se preguntaba por qué alguien habría de hacerlo a través de sus textos, de su obra literaria que se expandía en número y florecía en calidad. Tenía inquietudes que, por momentos, la paralizaban.
No obstante, era tal vez eso lo que mantenía vivo el impulso de escribir: lo desconocido. No saber quiénes llegarían a leerla, ignorar si entenderían lo expresado, desconocer si sería de su agrado o si le serviría como un puente para cruzar abismos o como alas para surcar el cielo. Ella escribía, como quien planta un árbol en tierra lejana y le deja el crecimiento a las lluvias y la fructificación a las estaciones; los frutos los saborearía alguien con quien quizá Clara nunca cruzara dos palabras.
Escribir en la pluma de Clara tenía tanto de misterio como de conocimiento, era una mezcla de sensaciones que convergían y divergían desde y hacia distintos puntos no localizables, salvo en su mente, su sexo, su corazón y, desde ya, sus manos y sus ojos, esos oscuros ojos negros donde uno se podía perder con sólo mirarlos.
Su razonamiento era el siguiente: un texto ya no es un lugar de morada, un lugar para estar, para un lector; mucho menos lo es un libro, un blog, etcétera. Un texto es un espacio donde el lector pasa y, dependiendo de su apertura al mismo, degustará, saboreará o se podrá llevar algo, por muy efímero que le resulte. Pero, pensaba, el texto no es algo inerte como un trozo de cartón, sino que puede llegar a tocar al lector en uno o varios aspectos. De eso se trataba la comunicación, el arte, la literatura, de llegar. Por eso Clara Migno seguía insistiendo a pesar de los intentos del mundo que la llevaban a desistir, una y otra vez, en su impulso natural, o cultural si se quiere, por escribir, por narrar, por describir, por contar, por darle vueltas a las letras, hilar caminos de palabras y estampar, con tinta o color, oraciones que le dieran –al menos- la sensación de que escribir tenía un valor que sólo el lector, tan escurridizo como pez entre sus manos, podría apreciar.

Instinto lector

Terminó de leer el libro y quedó exhausto. No lo agotaba leer, sino penetrar en una intrincada mente como la del autor de ese libro, particularmente ese y no otros que le habían resultado tan ligeros, de una lectura que podía alternar con música, alguna conversación o, incluso, la televisión encendida de fondo. Pero en esta ocasión, se detuvo varias veces preguntándose a dónde conducía la narración, intentando adivinar, o tal vez descifrar la trama.
Lo intentó sin logro alguno. A medida que avanzaba en la lectura, saboreaba las frases más sobresalientes y degustaba las escenas tanto rutilantes como las más comunes, todas tenían ese toque maestro que las destacaban.
Sin embargo, llegó el final, como era una obviedad para todo libro. En este caso no habría continuidad, el autor había fallecido hacía veinte años y ese era el último que le faltaba leer. Algo le decían sus letras o, al menos, le hacían pensar. Nunca resultaba ileso de esas lecturas, siempre en casos así había algo que se desmoronaba desde las alturas y había, a su vez, algo emergiendo nuevo, fresco, desde lo más profundo de sus ideas.
Le quedaba como opción, como alternativa ante la falta de nuevas obras del autor, buscar un hilo conductor transitando lecturas del género que le aportaran la saciedad que le había dado ese libro en particular.

QEPD

Había tomado por costumbre mirar, en el diario local, las necrológicas. No lo hacía nomás por curiosidad sino porque esperaba alguna reacción de mi parte al ver mi nombre escrito allí, con una fecha de caducidad. Era una motivación con poca sabiduría, pero me entretenía. El tiempo era arena entre mis dedos y sospechaba que cierto día, no muy lejano, llegaría a su fin, la guadaña tocaría mi puerta y ya nada sería lo que fuera hasta entonces. ¿Y qué era hasta entonces? Poco más que lo hasta allí conocido. En principio, no es que lo esperara con deseo o lo rechazara por temor. No. Mis cartas ya estaban jugadas, sólo era cuestión de que el croupier pagara la apuesta o me dejara en la calle, de los dos lo uno. No temía perder, pero me intrigaba saber. Ese era el punto en cuestión: saber. Había dudas e inquietudes que no se habían despejado.
Hay un dicho que dice que la curiosidad mató al gato, pero si no tuviéramos el instinto de curiosidad seríamos sólo un tronco de madera que deambula insensible y sin voluntad como mera subsistencia de las especies más bajas. Seríamos una especie de gusano vestido de frac.
Mientras tanto, sigo esperando y curioseando a cada momento. Por lo pronto ya tengo tallado el epitafio en la lápida para dejar constancia de mi legado. Dice Nicasio, mi nombre, junto a mi apellido y debajo la leyenda: “Aquí ya sé”, con la que espero sembrar la curiosidad en la posteridad.

El venado

Mientras bebía un café, Arturo leía las noticias del día anterior. Entre ellas, una hablaba de la muerte de un policía que accionó su arma sin querer mientras la limpiaba. Al revolver la taza, Arturo observó una mosca que se paró en el borde de la misma. Esta tenía dos cuernos que sobresalían de su cabeza y él, lejos de espantarla, la contempló. Una rareza de la naturaleza, pensó. Levantó la taza para beber y el insecto huyó volando. Tras permanecer leyendo varias notas periodísticas, terminó de beber el café y llamó al mozo para pagar. Cuando éste se hizo presente, Arturo observó dos protuberancias en la frente del empleado que antes no había notado. Intentando ocultar con disimulo su atención, pagó por lo que había consumido y se marchó. Al salir, un perro le movía la cola jugando con una rama. Arturo la recogió y se la tiró lejos. El can pronto volvió corriendo y cuando Arturo lo miró vio que el mismo tenía dos cuernos en la cabeza. Le pareció raro, pero pensó que tendría alguna cruza con cabra o algo parecido y se desentendió del asunto. Caminó hasta la parada de colectivos y allí había un anciano esperando impacientemente. Arturo lo miró detenidamente. El hombre vestía un ambo gris y llevaba un sombrero del mismo color. Sobre el mismo, se extendían a través de unos agujeros unos cuernos parecidos a los de un alce. Evidentemente, salían desde la cabeza misma de aquél hombre.
-Lindo día. –dijo Arturo para entablar un diálogo.
-¿Qué tiene de lindo? Es un día como cualquier otro.
-El tiempo es agradable. No hay humedad ni hace demasiado calor.
-¿Y con eso se contenta?
-¿Por qué no? Hay que estar agradecido…

El hombre se subió al colectivo que se detuvo frente a él. Arturo no se animó a preguntar por su cornamenta. Luego, subió al colectivo que estaba esperando y al hacerlo vio que el chofer ostentaba sobre su testa un par de cuernos magníficos, largos y brillantes. Se sentó al fondo del ómnibus que estaba casi vacío. La música que se escuchaba lo tranquilizó por un momento. Extrajo de un bolsillo un libro que llevaba consigo y se quedó leyéndolo en el trayecto. Al bajarse, la calle estaba desértica. Bueno, no tan vacía pues había allí sobre la vereda una paloma blanca. Cuando Arturo la observó no pudo creer lo que tenía delante: la misma tenía sobre su cabeza dos blancos cuernos. Al pasar cerca, el ave emprendió raudo vuelo hacia el firmamento y se perdió de la vista de Arturo. Caminó hasta su casa, a unos treinta metros y abrió la puerta al llegar con una de las llaves. Se sentó sobre el sofá y, al poco tiempo, sonó el timbre. Cuando fue a atender vio entreabriendo la puerta que se trataba del cartero. No fue menor su sorpresa cuando observó que éste tenía dos cuernos doblados en la cabeza.
-Certificada. –dijo el cartero.
-Lindo día, ¿verdad?
-¿Qué le ve de lindo?
-Temperatura agradable, no hay viento, ni llueve.
-Agradezcamos también que no nieva ni caen bombas.

No supo cómo encarar la conversación acerca de los cuernos del cartero, que ya había observado de distintas formas y tamaños en otra gente. El tema de por sí le llamaba drásticamente la atención, pero no tenía a quién recurrir. Firmó la planilla del cartero y se despidió. Ingresó nuevamente a la vivienda y abrió la carta que había recibido. Era de su amigo Enrique, que estaba viviendo en Bogotá hacía unos meses. En ella, le narraba sus dificultades económicas y un mal trance que sufrió con una mujer. Cuando terminó de leerla, retornó a su pensamiento la idea de averiguar el origen de aquellos cuernos. Desistiendo de la posibilidad de preguntarle directamente a quien los llevara en su cabeza por pudor o vergüenza, sólo le quedaba averiguar con Nancy, su novia, si es que ella sabía de qué se trataba el asunto. Algo que dedujo de todo aquello era que sólo lo había visto en hombres. ¿Se había cruzado con alguna mujer? Si, en el colectivo había dos damas y ninguna llevaba cuernos. Y de los animales no podía determinar su sexo. Se tomó un taxi a la casa de su novia. El taxista, por supuesto, llevaba en su cabeza dos largos y delgados cuernos. Ya no le llamaban tanto la atención el hecho de saber que todos los tenían, sino sólo sus extravagantes y diversas formas. Pagó el viaje y se bajó en la puerta de la casa de su novia. Tocó el timbre y enseguida estaba ella en la puerta.
-¡Arturo! ¿Qué hacés acá?
-Te vine a ver. Además, hay algo que me inquieta.

Ella lo besó y luego ambos ingresaron a la vivienda.
-Creo que estoy viendo visiones.
-¿Por qué? ¿Qué viste?
-Todo el mundo tiene cuernos.
-Ah, sí, es normal porque ya entró en vigencia el decreto.
-¿Qué decreto?
-El decreto presidencial que obliga a los machos a implantarse cuernos. Según estudios científicos, los animales que tienen cuernos sólo atacan en defensa y nunca a las hembras. Así, desaparecerán los asesinatos y el maltrato a la mujer. Me parece una medida sensata.
-Es una locura.
-Mirale el lado bueno. Con cuernos se termina aquello de la gastada por infidelidad ya que todos están en las mismas condiciones.
-¿Y me los voy a tener que poner?
-El viernes. Como vivís en babia, yo misma te saqué el turno.
-Qué desgracia…No sé si darte las gracias.
-Decime, ¿qué te gustaría? ¿De okapi, de cabra, de antílope?
-Creo que de jirafa.

Lectura ensangrentada

El boicot a la lectura
orquestada en sociedad
derrama ensangrentada
a la poderosa literatura.
Se ofrece con vigor
un cristal para observar
la irrealidad televisiva
al aventurado lector
declarando en su misiva
su atención ha de captar.

Mire aquí, vea allá
¿Esto es nuevo?
¿Qué pasará?

La neurosis se acrecienta
el espectador se impacienta.
Lo quiero todo
and i want it now.

Lee, que si sólo fuera eso
sería insigne problema
pero el fuego a veces quema
si se queda con tu seso.

Aunque todo se avejenta
no replicaré a su afrenta
la lectura está clavada
como hacha bien afilada.

La tensión que se prolonga
en la imagen diva oblonga
me ha de dejar sosegado
tras haberte lejos besado
bella joven de recta figura.
Brindo hoy por tu hermosura
mañana, por tu linda locura,
pasado, por la firme literatura
que de moda no ha pasado
y al vivir te ha despertado.

En el periódico de mañana

Un afianzado escritor francés mató a un turista en París, en una situación trágica, cargada de metáforas, simbolismo y alegorías. A pesar del lamentable deceso, la tristeza de familiares, amistades y allegados, las erguidas coronas de flores y el largo cortejo fúnebre en un suburbio londinense, la novela fue todo un éxito de ventas y sería llevada a la pantalla grande por un destacado director de Hollywood.

Estados inestables de lo inmaterial

Tengo que apurarme a leer esto rápido para tener el tiempo suficiente de ver todo lo demás que si no llego me quedo rezagado y me desafilian del clú.


Me llegaron comentarios que comentaron que se comentaba que comentan que habían comentado que andan comentando que se comentó.
Todavía no lo puedo creer…


Había uno muy desubicado; otro infraubicado; y otro sobreubicado. A otro lo reubicaron, y a otro lo concubicaron. Y había otro ubicuo.


En el futuro inmemediato la publicidad será un meme, la noticia será un meme, la música será mememorable y nosotros seremos mememoriosos.


El zapping inauguró una era que heredó el scroll-down donde lo efímero e irrelevante consume vidas -continua y consistentemente- de voraces consumidores.


Se perdió perdiz, responde al nombre de Liz, andaba perdida sin directriz, perdió el rumbo y la bisectriz, viaja sola y se cree actriz, la busca su institutriz. Si la ven no la pierdan de vista y reporten aquí su desliz.

Esperar tranquilo

Esperar tranquilo un café
El tren, bajo el sol el colectivo
El número en la panadería
El semáforo impreciso y vacilante
Esperar las papas crujientes
El remisse tardío, el agua caliente
El turno en el dentista
Esperar que tu mirada me enfoque
Que se seque la ropa
Esperar sin molestar
Sin quejas ni protestas
Esperar que avance la cola
Que no se caiga el sistema
Esperar, que todo va bien
Que me atiendan pronto
Qué más habrá que esperar,
Perseverar en la espera
Seguir el ritmo, esperando,
Que me cobren la boleta
Que se apure la cajera
Esperar que pare de llover
Que refresque un poco
Que cambie la situación
Que todo mejore, esperar
Con paciencia, con sapiencia
Esperar que no haya viento
Esperar la pleamar, el correo
Los días lindos, el recreo
Las vacaciones, un descanso
Esperar la hora exacta
Un mensaje, ese llamado incipiente
Que estés a mi lado,
Que te quedes, que se vayan
Que llegue el domingo
Que pase el lunes
Que sea viernes
Que no haya truenos
Esperar, que Dios quiera
Que así sea, donde fuera
Esperemos que no pase nada
Que pase algo para que algo cambie
Que todo salga bien
Esperar en el andén
Bajo el paraguas mojado
Que baje el gato del tejado
El eclipse, que tenga suerte
Que te despiertes, esperar
Que todo pase, que todo llega
Que no haya prisas
Que haya sonrisas
Esperar tranquilo, esperar
Que llegue el cobro
Que se termine,
Esto sí que no me lo esperaba.

Sin voz ni voto

No tenemos sofá para recostarnos
No tenemos piojos para rascarnos
No tenemos sed para emborracharnos
Ni tenemos voto para acomodarnos.

No tenemos voz para expresarnos
No tenemos guita para adornarnos
No tenemos cartón para acostarnos
Ni tenemos mugre para bañarnos.

No tenemos ringtón para atenderte
No tenemos amor para quererte
No tenemos ni fortuna ni suerte
Ni tenemos siquiera lecho de muerte.

No tenemos palabra que hable muy fuerte
No tenemos loción para conquistarte
No tenemos noción de lo que era el arte
Ni tenemos siquiera ganas de verte.

No tenemos sueño para ir a dormir
No tenemos tiempo ni para morir
No tenemos a quienes seguir
Ni tenemos burdas formas de vivir.

No tenemos nada que construir
No tenemos que ir ni venir
No tenemos ya qué consumir
Ni tenemos nada ni para aplaudir.

No tenemos dónde relajarnos
No tenemos cómo tensionarnos
No tenemos razones para complacerte
Ni tenemos bronca para odiarte.

No tenemos cómo presentarnos
No tenemos forma de ausentarnos
No tenemos preguntas para formularte
Ni tenemos altura para responderte.

Bosquejos imprecisos

Seguidor, una virtual conexión
El lector, una especie en extinción
La lectura, un esfuerzo de cordura
La escritura, una suerte de locura
Escritor, un tractor a propulsión
El autor, una insigne condición.
La mujer, una fuente del querer
Un señor, caballero del ayer
El texto, parca comunicación
La voz, velada revelación
El saber, tintes del reconocer
El creer, ciencia del desconocer.
La cultura, circo de recreación
La creación, adoquín en vibración
Escultura, el pasado que no dura
El futuro, navidad y sepultura
La canción, magia de renovación
El arte, un hogar sin dirección.

Píldoras sin contraindicaciones

Estimada Yolanda:


Si está leyendo esto es gracias a que decidimos no abortarla en su momento, por lo que técnicamente está en deuda con nosotros y esperamos logre saldarla con creces, si es que no lo ha hecho todavía.
Como habrá escuchado, aún ( pero solamente aún ) no hemos podido hallar la fuente de la eterna juventud; no obstante, a cambio de eso, le hemos obsequiado con la cultura globalizada una existencia de adolescencia perpetua, que incluye partículas de creencias vagas, marihuana, licores finos, recetas a pedir de boca, series de frases de motivación y sexo libre, todo hasta su hartazgo.
Cuando éste llegue, y Usted con cierta edad como para justificarlo, podrá acceder a una píldora letal si así es su deseo y ver qué le depara el más allá ( aunque en definitiva, tampoco creemos en eso ).
Respetamos sus decisiones por sobre todas las cosas por lo que le auguramos un eterno libre albedrío.
Le deseamos un buen viaje a su última aventura.

Atentamente, CCESyCVSE  ( Círculo de Criadores de Embriones Subhumanos y Creadores de Vacío Sin Envasar )

Rotas cadenas

Por hartazgo de lo falso
O atracción de la verdad
Se va alejando del cadalso,
réquiem de la oscuridad.

Se emancipa en lucidez
Percibiendo en claridad
Va expresando con fluidez
Su amor por la libertad.

Y si crujen las cadenas
Que le impidieran actuar
Van cediendo sus condenas,
Su ansia tiende a fluctuar.

Si se encuentra aburrida
Por ya no tener que lidiar,
Sobriamente podrá guiar
A otras almas por la vida.

Pues es justa la experiencia
Y quien oye la interpreta,
Su voz se torna paciencia
La paz es buena receta.

Es su presencia una estela
Que va dejando un cometa,
Se despliega lo que anhela
A voluntad pura de poeta.

Y se hace extenso el idilio
Porque vivir ya la enamora,
Entonces alcanza el concilio
Cuando inmortal rememora.

Del olvido hace su apuesta
Pues el olvido es frescura,
Grafica del sol la puesta
Pues el recuerdo no dura.

Oscila entre sentimientos
Entre el ocaso y la aurora,
Si la despeinan los vientos
A tientas marca la hora.

Con ojos llenos de arena
La luna es sólo una sombra,
Se irrita si se la nombra
Deslumbra como una Helena.

Indicios de insatisfacción

“Esperás demasiado de la gente. No tienen tanto para darte”, me dijo. Podría haberme dicho algo más interesante, algo más jugoso, pero en cierta forma tenía razón, siempre esperaba algo más sin saber bien qué era. No estaba contento con las situaciones, las expectativas que tenía eran grandes, demasiado grandes como para estar contento con pequeñeces, no me daban satisfacción esas frases sacadas de canciones que hablaban de apreciar las pequeñas cosas, por la sencilla razón de que tenía ambiciones muy altas como para alegrarme con una mirada bondadosa, una frase amable o un polvo de rutina. Y así, me movía buscando, probando cosas nuevas o tal vez viejas recetas de las cuales me sentía un creador de ellas, sin saber -hasta que alguien me lo daba a entender- que todo eso que se me ocurría en mi imaginación ya había sido pensado, e incluso quizás daba letra a uno de esos libros de autoayuda, tan aborrecidos por los literatos como amados por los libreros que veían desfilar cientos de consumidores voraces todas las semanas de tales piezas que encajaban a la perfección con la cultura actual y hasta probablemente sería la base fundacional de una nueva sociedad, nueva en el sentido de que el sinsentido se renovaba con cada aparición de las novedades. No sé, tal vez estuviera demasiado cansado como para equiparar mi estado al de las cosas que sucedían en el entorno. Lo cierto era que pareciera que nadie te ayuda gratis desde el psicoanálisis, la mercantilización masiva y la autoayuda, por eso me había acostumbrado a tomar prestadas las fórmulas que certificaban algún tipo de éxito; las ponía a prueba por algún tiempo hasta que me resultaban tediosas. Evidentemente no era eso lo que buscaba, pero tampoco me conformaba con la degustación; había llegado a probar sabores insólitos habièndolos desestimado tiempo antes. Sin dudas eran nuevas experiencias, tenía la posibilidad y la capacidad que nunca dejaba de asombrarme de saborear de forma casi ilimitada, era una de las tantas maravillas que vivíamos a diario. Entonces, ¿por qué le seguía consultando a él qué era lo que estaba buscando, qué quería, en síntesis? Un facultado no tiene todas las respuestas y él ya me lo había dado a entender reformulando mis preguntas, desviándolas hacia asuntos ‘motivacionales’, pero yo tenía sobrados motivos para seguir buscando respuestas a esas cosas que mantenían inquieta mi mente, perturbada ante el menor indicio de insatisfacción. “Soy feliz”, le dije, “ese no es el problema”, enfaticé. Pero él me seguía dando conceptos que no llegaba a entender del todo, tal vez por hacer fácil y expresable algo que era difícil de comunicar, al menos no me llegaban sus palabras, si es que me decía algo porque lo que notaba es que me hacía verbalizar casi todo a mí, cuestión que no me costaba lo más mínimo, sólo tiempo de consulta. “Usted tampoco tiene tanto para darme”, le dije finalmente; a lo que respondió con un tecnicismo que inhabilitó mis capacidades de comprensión. Él sabía que me tenía atrapado en una telaraña, como una mosca indefensa, y que llegado el momento me devoraría sin contemplaciones.

Inconclusas

“Por breves momentos efímeros o fugaces instantes, recibimos como en una ráfaga de viento, un cachetazo a lo que creíamos cierto, palpable e incontrastable. Puede ser la palabra de un ser querido, una imagen cuasi imperceptible, un pensamiento entre medio de otros, una nota en una canción, un sueño, ese suspiro que debería resultar con el efecto de un gran alivio, misteriosamente, lo rechazamos como tortuoso, como una espina clavada en nuestra sien, como un arrebato de una joya muy preciada. Mi tío Silvio tenía una frase que lo sintetizaba; decía: haz pensar a un hombre y huirá despavorido. Él hablaba de la duda como regeneración de todo lo hasta ahí pensado, mecánicamente”.

Extracto de Inconclusas, de Albert de Bom Passar

Recreación

Pensé en una mariposa
mas era hoja seca al viento,
creí ver una paloma
de un ave era el alimento,
se recrea la naturaleza
las nubes del firmamento
y allá, sobre el horizonte,
estriba mi pensamiento.

El viejo ante el espejo

-La vida virtual te mantiene expectante.-me dijo Humberto a tono con lo que expresaba.
-Esperamos mucho de ese mundillo. –le dije para seguirle la corriente, no porque considerara que él me estuviera revelando algo muy importante.
-Efectivamente, estamos a la espera de que ocurra algo grandioso. Podemos darnos una panzada de efectos audiovisuales que nunca nos dejan satisfechos.
-Me encanta la memografía. –le dije, dándole a entender que no estaba del todo de acuerdo con sus dictados. Además, me encantaba usar esa palabra, que no sé si era la más apropiada, para la cultura que embebía a la comunicación a través de memes.

Él se quedó pensativo, revisó las notificaciones de su celular, envió un mensaje de audio en el que dijo algo así como “si no las encontrás, deberías buscarlas con los ojos abiertos”, pareciéndome que le hablaba a un nieto; no quise preguntarle.
-La felicidad adopta expresiones cuanto menos misteriosas –soltó-; lo que para mí es una estupidez, a otro le ofrece una fuente de carcajadas. Y viceversa. –Humberto soltó una risa estruendosa-. Disculpame, hay recuerdos que son muy inoportunos, no como esos programados.
Humberto se sirvió otra copa y nos ofreció, haciendo las veces de anfitrión. Asentí. Lidia entró a la sala y preguntó si se nos apetecía algo. Le reproché la falta de tacto por la interrupción, pero Humberto me calmó y le dijo que con unos canapés estábamos bien.
-Nos han creado la necesidad de tener hechos en la palma de la mano, y por si fuera poco, a cada instante. Decime, Patricio, ¿te pusiste a pensar lo que es un hecho?
-Nunca lo pensé profundamente –le dije para sacarme la pregunta de encima-, supongo que es algo que no se puede refutar.
-Y aunque se refute, seguiría siendo un hecho. –me dijo tras una pausa para beber.

Recogí el celular que había dejado en el posabrazos del sillón y revisé las notificaciones. Tenía varios mensajes, pero ninguno en carácter de urgente. Las urgencias habían pasado a segundo plano, todo era inmediato mejor dicho. En mi caso siempre respondía a la brevedad, porque creía que en la otra punta de la conexión estarían a la espera de una respuesta satisfactoria, pero en el fondo coincidía con Humberto en que estábamos incompletos, o teníamos esa creencia de la carencia, de algo que nos faltaba y que alguien nos podía completar, lo que incluía el sexo, el amor, la amistad y la paternidad. Todo esto se me ocurría mientras observaba a Humberto beber la copita de ron, aunque filtré lo que tenía por decirle, más que nada porque lo conocía hacía mucho tiempo y él tenía por costumbre soltarme una cantidad de palabras bienintencionadas que a veces me resultaban una molestia, más que nada por mi torpeza para seguirle el hilo de sus razonamientos.
-Pero volveríamos a la dicotomía entre hechos y palabras, hoy por hoy, fuera de discusión en el grueso popular. –le dije para salir de mis cavilaciones.
-No.-dijo en seco-. No hablo de eso, querido Patricio. Me refiero a que se le ha dado el carácter de hecho a muchas cosas que no lo son, que siguen siendo palabras, descripciones, narraciones, opiniones, números, vistas, clics.

No dejaba de beber, tras cada oración que nos propinaba. Lidia entró con los canapés. Los apoyó sobre la mesita y dijo que si precisábamos algo se lo hiciéramos saber. Humberto, gentil, agradeció. A él le gustaba ser escuchado, como a quien tiene algo por decir. No le importaba mucho si su interlocutor tenía dotes de estúpido, por lo cual buscaba no ponerme en evidencia, aunque él me conocía bastante como para saber que no era un erudito. La llegada de las redes le quitó vigor a su voz, quizá fueron los años pero hablaba como quien no quiere la cosa, aunque nunca dejaba de hablar. Ni de beber. Cada vez se le notaban más arrugas a su aspecto sereno, a su pausa al hablar, a su cálida mirada cuando nadie comprendía sus alocuciones.
-Los damos por hechos, aunque no fueron declarados como tales. –dijo Bretón, por fin.
-Exacto. –Reivindicó Humberto- Cualquier menudencia que nos llame la atención lo damos por hecho, lo tomamos como un hecho en la imaginación. La procesión va por dentro, decía y con razón un viejo refrán. Y mirá que para que te hable de algo viejo tienen que haber transcurrido años y cosas en esa misma imaginación, que ya no es la de antaño. –Precisó.

Me serví un canapé para tragarme las palabras. Nunca me gustaba contradecirlo, no tenía sus comprensiones como para discutir a su altura. No se trataba de saber más, él siempre lo decía, el conocimiento de las cosas es infinito y hoy, más que nunca, está a disposición. Una vez quise incomodarlo, dándome aires de filósofo culto, le pregunté:
-Humberto, ¿podés enseñarle a un hombre o sólo podés ayudarlo a pensar?
Su respuesta me ruborizó y me sumió en un incómodo silencio, no como esos silencios que compartíamos:
-Como bien decís, Patricio, como bien decís.

Comprendí que buscarle la quinta pata al gato tenía sus consecuencias. No había forma de ponerlo incómodo porque siempre tenía un as bajo la manga, era difícil agarrarlo desprevenido en temas que manejaba a piacere. Pero nosotros, principalmente Bretón y yo, lo mirábamos con curiosidad y discutíamos qué pensaría Humberto cuando se mirara ante el espejo de la sociedad actual. Él nos había dicho en reiteradas ocasiones que no lo veía como un espejo, sino como se mira un espectáculo, alegre, triste.
-Muy pintoresco, por cierto. –añadía.

Emotivo o deprimente, pero espectáculo al fin. Nosotros seguíamos perdidos entre imágenes que se nos presentaban a diario, y las charlas con Humberto parecían de otro contexto, de un calibre que no encontrábamos en ningún rincón. Su apacible expresión nos permitía distendernos ante la tensión que se había tornado habitual en nosotros.
-Alguien entiende algo de una manera posible entre tantas y divulga esa comprensión.-agregó- Entonces, esa comprensión por diversos factores se populariza y todos repiten la comprensión ya en carácter de conocimiento. Este se replica fácil y rápidamente sin haber sido comprendido, ¿me siguen?
-Sí, sí. –dijo Bretón.

En mi caso era difícil seguirlo, como había dicho. La velocidad de mis pensamientos me impedía seguir los de otros. Luego, insistió con el hecho de que el conocimiento estaba ampliamente disponible y, además, era infinito. Se enredó en una discusión con Bretón que no presté demasiada atención y me avoqué a atender mensajes vía celular.
-Pero, ¿no sigue siendo lo que era entonces? –inquirió Humberto con una marcada pausa entre cada palabra de la pregunta.
-Puede ser, pero ya no lo tomamos como tal. –respondió Bretón con aire triunfal.
-Exactamente. –soltó Humberto tras dar otro sorbo a la copita de ron.

Bretón se sirvió un canapé, mientras que Humberto y yo nos enfrascamos en el celular. Después leyó un comentario para que nosotros escuchemos, pero no le prestamos demasiada atención, el espacio que compartíamos no era el mismo que el espacio mental. Allí todo estaba ocupado, repleto a rebosar de cosas, en su mayoría virtuales. Aunque Humberto seguía usando esa palabra para saber de qué estábamos hablando, él decía que la línea que separaba a lo virtual se había desvanecido, porque aquello había pasado a formar parte de lo cotidiano. Para los que habíamos visto el desarrollo compartíamos esa formulación, pero para los más chicos era intrínseco a la vida -como para nosotros lo fuera el aire casi sin darnos cuenta o las creencias heredadas- y les resultaba complejo pensar fuera de ello, por lo que cualquier crítica que les cayera eran cosas de viejos que no entendían la actualidad, y el espejo ante el cual nos mirábamos era esa juventud.
-Que cree saberlo todo. –decía Humberto bebiendo, siempre bebiendo, apacible.