El viejo ante el espejo

-La vida virtual te mantiene expectante.-me dijo Humberto a tono con lo que expresaba.
-Esperamos mucho de ese mundillo. –le dije para seguirle la corriente, no porque considerara que él me estuviera revelando algo muy importante.
-Efectivamente, estamos a la espera de que ocurra algo grandioso. Podemos darnos una panzada de efectos audiovisuales que nunca nos dejan satisfechos.
-Me encanta la memografía. –le dije, dándole a entender que no estaba del todo de acuerdo con sus dictados. Además, me encantaba usar esa palabra, que no sé si era la más apropiada, para la cultura que embebía a la comunicación a través de memes.

Él se quedó pensativo, revisó las notificaciones de su celular, envió un mensaje de audio en el que dijo algo así como “si no las encontrás, deberías buscarlas con los ojos abiertos”, pareciéndome que le hablaba a un nieto; no quise preguntarle.
-La felicidad adopta expresiones cuanto menos misteriosas –soltó-; lo que para mí es una estupidez, a otro le ofrece una fuente de carcajadas. Y viceversa. –Humberto soltó una risa estruendosa-. Disculpame, hay recuerdos que son muy inoportunos, no como esos programados.
Humberto se sirvió otra copa y nos ofreció, haciendo las veces de anfitrión. Asentí. Lidia entró a la sala y preguntó si se nos apetecía algo. Le reproché la falta de tacto por la interrupción, pero Humberto me calmó y le dijo que con unos canapés estábamos bien.
-Nos han creado la necesidad de tener hechos en la palma de la mano, y por si fuera poco, a cada instante. Decime, Patricio, ¿te pusiste a pensar lo que es un hecho?
-Nunca lo pensé profundamente –le dije para sacarme la pregunta de encima-, supongo que es algo que no se puede refutar.
-Y aunque se refute, seguiría siendo un hecho. –me dijo tras una pausa para beber.

Recogí el celular que había dejado en el posabrazos del sillón y revisé las notificaciones. Tenía varios mensajes, pero ninguno en carácter de urgente. Las urgencias habían pasado a segundo plano, todo era inmediato mejor dicho. En mi caso siempre respondía a la brevedad, porque creía que en la otra punta de la conexión estarían a la espera de una respuesta satisfactoria, pero en el fondo coincidía con Humberto en que estábamos incompletos, o teníamos esa creencia de la carencia, de algo que nos faltaba y que alguien nos podía completar, lo que incluía el sexo, el amor, la amistad y la paternidad. Todo esto se me ocurría mientras observaba a Humberto beber la copita de ron, aunque filtré lo que tenía por decirle, más que nada porque lo conocía hacía mucho tiempo y él tenía por costumbre soltarme una cantidad de palabras bienintencionadas que a veces me resultaban una molestia, más que nada por mi torpeza para seguirle el hilo de sus razonamientos.
-Pero volveríamos a la dicotomía entre hechos y palabras, hoy por hoy, fuera de discusión en el grueso popular. –le dije para salir de mis cavilaciones.
-No.-dijo en seco-. No hablo de eso, querido Patricio. Me refiero a que se le ha dado el carácter de hecho a muchas cosas que no lo son, que siguen siendo palabras, descripciones, narraciones, opiniones, números, vistas, clics.

No dejaba de beber, tras cada oración que nos propinaba. Lidia entró con los canapés. Los apoyó sobre la mesita y dijo que si precisábamos algo se lo hiciéramos saber. Humberto, gentil, agradeció. A él le gustaba ser escuchado, como a quien tiene algo por decir. No le importaba mucho si su interlocutor tenía dotes de estúpido, por lo cual buscaba no ponerme en evidencia, aunque él me conocía bastante como para saber que no era un erudito. La llegada de las redes le quitó vigor a su voz, quizá fueron los años pero hablaba como quien no quiere la cosa, aunque nunca dejaba de hablar. Ni de beber. Cada vez se le notaban más arrugas a su aspecto sereno, a su pausa al hablar, a su cálida mirada cuando nadie comprendía sus alocuciones.
-Los damos por hechos, aunque no fueron declarados como tales. –dijo Bretón, por fin.
-Exacto. –Reivindicó Humberto- Cualquier menudencia que nos llame la atención lo damos por hecho, lo tomamos como un hecho en la imaginación. La procesión va por dentro, decía y con razón un viejo refrán. Y mirá que para que te hable de algo viejo tienen que haber transcurrido años y cosas en esa misma imaginación, que ya no es la de antaño. –Precisó.

Me serví un canapé para tragarme las palabras. Nunca me gustaba contradecirlo, no tenía sus comprensiones como para discutir a su altura. No se trataba de saber más, él siempre lo decía, el conocimiento de las cosas es infinito y hoy, más que nunca, está a disposición. Una vez quise incomodarlo, dándome aires de filósofo culto, le pregunté:
-Humberto, ¿podés enseñarle a un hombre o sólo podés ayudarlo a pensar?
Su respuesta me ruborizó y me sumió en un incómodo silencio, no como esos silencios que compartíamos:
-Como bien decís, Patricio, como bien decís.

Comprendí que buscarle la quinta pata al gato tenía sus consecuencias. No había forma de ponerlo incómodo porque siempre tenía un as bajo la manga, era difícil agarrarlo desprevenido en temas que manejaba a piacere. Pero nosotros, principalmente Bretón y yo, lo mirábamos con curiosidad y discutíamos qué pensaría Humberto cuando se mirara ante el espejo de la sociedad actual. Él nos había dicho en reiteradas ocasiones que no lo veía como un espejo, sino como se mira un espectáculo, alegre, triste.
-Muy pintoresco, por cierto. –añadía.

Emotivo o deprimente, pero espectáculo al fin. Nosotros seguíamos perdidos entre imágenes que se nos presentaban a diario, y las charlas con Humberto parecían de otro contexto, de un calibre que no encontrábamos en ningún rincón. Su apacible expresión nos permitía distendernos ante la tensión que se había tornado habitual en nosotros.
-Alguien entiende algo de una manera posible entre tantas y divulga esa comprensión.-agregó- Entonces, esa comprensión por diversos factores se populariza y todos repiten la comprensión ya en carácter de conocimiento. Este se replica fácil y rápidamente sin haber sido comprendido, ¿me siguen?
-Sí, sí. –dijo Bretón.

En mi caso era difícil seguirlo, como había dicho. La velocidad de mis pensamientos me impedía seguir los de otros. Luego, insistió con el hecho de que el conocimiento estaba ampliamente disponible y, además, era infinito. Se enredó en una discusión con Bretón que no presté demasiada atención y me avoqué a atender mensajes vía celular.
-Pero, ¿no sigue siendo lo que era entonces? –inquirió Humberto con una marcada pausa entre cada palabra de la pregunta.
-Puede ser, pero ya no lo tomamos como tal. –respondió Bretón con aire triunfal.
-Exactamente. –soltó Humberto tras dar otro sorbo a la copita de ron.

Bretón se sirvió un canapé, mientras que Humberto y yo nos enfrascamos en el celular. Después leyó un comentario para que nosotros escuchemos, pero no le prestamos demasiada atención, el espacio que compartíamos no era el mismo que el espacio mental. Allí todo estaba ocupado, repleto a rebosar de cosas, en su mayoría virtuales. Aunque Humberto seguía usando esa palabra para saber de qué estábamos hablando, él decía que la línea que separaba a lo virtual se había desvanecido, porque aquello había pasado a formar parte de lo cotidiano. Para los que habíamos visto el desarrollo compartíamos esa formulación, pero para los más chicos era intrínseco a la vida -como para nosotros lo fuera el aire casi sin darnos cuenta o las creencias heredadas- y les resultaba complejo pensar fuera de ello, por lo que cualquier crítica que les cayera eran cosas de viejos que no entendían la actualidad, y el espejo ante el cual nos mirábamos era esa juventud.
-Que cree saberlo todo. –decía Humberto bebiendo, siempre bebiendo, apacible.

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