Indicios de insatisfacción

“Esperás demasiado de la gente. No tienen tanto para darte”, me dijo. Podría haberme dicho algo más interesante, algo más jugoso, pero en cierta forma tenía razón, siempre esperaba algo más sin saber bien qué era. No estaba contento con las situaciones, las expectativas que tenía eran grandes, demasiado grandes como para estar contento con pequeñeces, no me daban satisfacción esas frases sacadas de canciones que hablaban de apreciar las pequeñas cosas, por la sencilla razón de que tenía ambiciones muy altas como para alegrarme con una mirada bondadosa, una frase amable o un polvo de rutina. Y así, me movía buscando, probando cosas nuevas o tal vez viejas recetas de las cuales me sentía un creador de ellas, sin saber -hasta que alguien me lo daba a entender- que todo eso que se me ocurría en mi imaginación ya había sido pensado, e incluso quizás daba letra a uno de esos libros de autoayuda, tan aborrecidos por los literatos como amados por los libreros que veían desfilar cientos de consumidores voraces todas las semanas de tales piezas que encajaban a la perfección con la cultura actual y hasta probablemente sería la base fundacional de una nueva sociedad, nueva en el sentido de que el sinsentido se renovaba con cada aparición de las novedades. No sé, tal vez estuviera demasiado cansado como para equiparar mi estado al de las cosas que sucedían en el entorno. Lo cierto era que pareciera que nadie te ayuda gratis desde el psicoanálisis, la mercantilización masiva y la autoayuda, por eso me había acostumbrado a tomar prestadas las fórmulas que certificaban algún tipo de éxito; las ponía a prueba por algún tiempo hasta que me resultaban tediosas. Evidentemente no era eso lo que buscaba, pero tampoco me conformaba con la degustación; había llegado a probar sabores insólitos habièndolos desestimado tiempo antes. Sin dudas eran nuevas experiencias, tenía la posibilidad y la capacidad que nunca dejaba de asombrarme de saborear de forma casi ilimitada, era una de las tantas maravillas que vivíamos a diario. Entonces, ¿por qué le seguía consultando a él qué era lo que estaba buscando, qué quería, en síntesis? Un facultado no tiene todas las respuestas y él ya me lo había dado a entender reformulando mis preguntas, desviándolas hacia asuntos ‘motivacionales’, pero yo tenía sobrados motivos para seguir buscando respuestas a esas cosas que mantenían inquieta mi mente, perturbada ante el menor indicio de insatisfacción. “Soy feliz”, le dije, “ese no es el problema”, enfaticé. Pero él me seguía dando conceptos que no llegaba a entender del todo, tal vez por hacer fácil y expresable algo que era difícil de comunicar, al menos no me llegaban sus palabras, si es que me decía algo porque lo que notaba es que me hacía verbalizar casi todo a mí, cuestión que no me costaba lo más mínimo, sólo tiempo de consulta. “Usted tampoco tiene tanto para darme”, le dije finalmente; a lo que respondió con un tecnicismo que inhabilitó mis capacidades de comprensión. Él sabía que me tenía atrapado en una telaraña, como una mosca indefensa, y que llegado el momento me devoraría sin contemplaciones.

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