Buenos aires

Con sesudas reflexiones se va purgando el ambiente, se libera de impurezas, de las partículas de pensamientos retorcidos que expelen los caños de escape de los colectivos, automóviles y camiones; también de las motocicletas a vapor que lanzan humeantes sentimientos de rechazo al mundo moderno con sonoros rugidos de puerco espín. En las calles todo sigue igual: los gorriones buscan alimento desde bien temprano el amanecer y hacen migas con palomas, mientras los chimangos posan sobre los postes del tendido telefónico acechando algún resto de carne que dejen los perros, que son los amos del vecindario, con respeto al peatón y desconfianza de todo tipo de carteros, ciclistas y cartoneros. Y que no se le ocurra pisar las veredas a un rengo, porque va a tener que recordar lo que era correr con el atropello canino de estos ejes de la discordia. En concordato y a tono con el movimiento de los vehículos que atraviesan la avenida y cruzan las callecitas del barrio, los que realizan el reparto de mercadería, luego de escupir, se sacan la tensión que les provoca la rutina con la descarga física de energía al bajar las pesadas cajas y cajones desde los acoplados. No hay parejas ni enamorados caminando de la mano, ni niños corriendo o andando en bicicleta, no hay pelotas rodando ni gente grabando en los celulares. ¿De qué se trata todo esto? La normalidad perdió todos sus velos y se muestra desnuda, delgada, raquítica, afeada. Si uno no la conociera, probablemente se la confundiría con la muerte despojada de túnica. El aire es más limpio de lo que he dicho; basta con respirar profundo para vivir eternamente o hallar la fuente de la juventud, tan huidiza en las memorias de los literatos. Pero, ¿quién quiere juventud? La regresión es una perversión de una mente cansada, agotada, saturada de placer, como el que da la luz del día tras el crepúsculo rosado, ocre, amarillento, anaranjado que vaticina que el día llega cargado de bendiciones, y que el pesado sueño parece desdibujarse ante la aparición. Quién diría que la luna se apaga, así nomás, como un acto simple de delicadeza y reverencia. Salud. Y vida, desde ya, vida es todo lo que hay. No basta con hacer menciones a las frases que, recortadas con decoro, simulan reflexión, no, no basta. En el ambiente, bañado de silencios, un emoji vale más que mil palabras.

Fotografía de Jorge Guardia

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