El trovador baqueano poetiza el cenit

Mediodía sobre la ciudad, sobre el césped castigado por la bordeadora, sobre los árboles que dan vida a lo que le falta. Aquí nada sobra, nada está de más, nada es por demás demasiado poco, por supuesto mucho. El calor no es agobiante en otoño como en enero y las veredas ya despliegan sus mantos de hojas secas que crujen ante mis pasos, frente a cualquier paso, cansino o ligero, cobarde o austero, que pregona movimiento torpe o sutil, elegante o tosco, dándole tintes de colores intensos al gris predominante. Las casas pierden su color también, las pinturas que cubren las fachadas se decoloran precisamente en abril o principios de mayo, coincidente con la llegada de las lluvias, justo cuando aparezcan insectos y especies amantes de las bajas temperaturas y de la degradación ambiental. Por si fuera poco, es poco, y como mucho, debería ingerir menos alimentos. Pero es entendible o al menos intento entenderlo, al menos, es atendible, por lo que presto atención, a interés compuesto. Lo daríamos por supuesto si no fuera cierto, si el cenit no fuera momentáneo y sucedáneo, día tras días, tras la noche, y nadie ya le llevara el apunte, ni siquiera las sombras que atestiguan. Pero ahí están, como contraposición a la luz interceptada por objetos, algunas moviéndose displicentemente, otras estáticas. Veo estatuas cansadas de estos tatuajes, veo estatutos que dictan dónde distribuir los frutos de la riqueza, bien lejos de todo indicio de pobreza o ligereza que atente contra el progreso tecno, que tanta luz ha arrojado más que nada sobre los ojos. Y más que nada, todo. Me pregunto a qué le llamaré el todo sino al cosmos, aquello que todo incluye: cerdos, gavilanes, mujeres y lunáticos, trofeos y fanáticos, espadas y ensaladas. ¡Bah, puros berrinches de berretín! Tanto aquí como allá, hay mediodía, al menos tenemos esa certeza, verdad de Perogrullo. Pero, ¿Qué pasaría si…? No, no es posible pensar qué pasaría si, ya que evidentemente no. En qué extrañas formas se desenvuelve el pensamiento cuando el cenit atraviesa nuestros huesos, en qué rarezas se desentrañan los sentimientos cuando el alba ha dado nacimiento al mediodía, al trajín y al ajetreo, a la parsimonia, al letargo, a la siesta y a la prisa interrumpida repentinamente por legislación. La maquinaria retrasa el momento de ponerse en marcha, quizá por escarcha, tal vez por frío polar, demora su plan-plan, atenta a la excentricidad y a la excepcionalidad que se torna norma, devorando tradiciones y costumbres arraigadas. Particularmente, nada me resulta irrisorio cuando río bajo la corriente. Hoy no hay misa, ni ayer ni mañana, y no hay dioses rezando en el Purgatorio.

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