Pinceladas XIII

En el principio fue la pintura, después vino la palabra y la palabra vino, y llegó la embriaguez de dar las primeras pinceladas y contemplar todo pintado de colores. Como no teníamos nombres para los colores, sólo coloreábamos a secas, en un mullido silencio que se ahogaba en onomatopeyas guturales. Al recorrer el empedrado de la ciudad, observo –cuando no mis pasos- el enrejado negro que muestran los frentes de las viviendas sobre la avenida, protegiendo los jardines de enamorados que quisieran robar las rosas y claveles para llevarle, como golpe de gracia, a sus enamoradas, cuando no a sus muertos. Dentro, observando sagaces, viejecitas con pocos rulos espían entre las cortinas blancas y desteñidas que alguno de ellos cumpla su cometido para dar parte a la policía, aunque bien saben que éstos ni se inmutan por el robo de flores, moneda corriente en el romancero criollo. Las acacias, tan corrientes por aquí, se balancean al gong del viento y al son del reguetón que propone todo vehículo que pasa, como si escuchar otro tipo de música fuera quedarse afuera de la posibilidad de saborear una obra artística, cuando no musical. La pintura es el arte más antiguo, incluso mucho más antiguo de lo que le otorgue la magra historieta escrita de algún buen historiador. Por eso observo las fachadas, una de ellas dibujada, cargada de pinceladas multicolor, con margaritas y puertas dibujadas para que deguste un buen saboreador. Pienso que tomarle una fotografía es una picardía, avasalla la obra artística e inhibe la logística del turista que se acerque al lugar por mera curiosidad, cuando no por placer de la observación viva. Pero ese césped formidable dibujado y magistralmente pintado no me cohíbe de relatarlo aquí; el que quiere ver, que vea. Allí está, de día iluminado con maestría, de noche cuando no de gallardía, o bien por eclipse lunar o bien por luminaria estelar. Los portones del vecindario niegan el hecho artístico del pintor que, en esos casos, se erige en hereje del oficio para trazar, con máquina, una lápida de tinte profesional. Y la gente allí pega carteles y pegatinas que espantan asustando con perros fuleros o tortugas que muerden para que nadie, ni Testigos de Jehová, se atrevan a acercarse ni mucho menos a tocar el timbre, sin percatarse que tales portones ya espantan a cualquier alma por su exigüidad pictórica, ni llaman la atención de los más sensibles ni sensatos. La lógica hace las veces de paredón con grafitis mal pintarrajeados que detiene la intrusión de alguien que no es bienvenido al hogar y que detenta, a lo alto, metros y metros de púas por si este osara no entender el mensaje de los ladrillos, el cemento y la pintura en aerosol de los que quieren decir algo al mundo y no saben qué ni cómo. Por eso observo que tampoco es relevante decir tal o cual cosa ni gritarla bien fuerte por más certeza que otorgue, sino que lo mejor es dar las pinceladas acordes al lienzo, a la hoja o a la pared que esperan por un observador atento a la comunicación, pues tampoco es cuestión de decirlo a los cuatro vientos, ni a las ocho lluvias otoñales, ni a las doce nevadas de la historia puntaltense. Y reparando en las historias, observo pinturas que cuentan historias o intentan hacerlo, en tanto que hay otras que crean historias, que no son breves, y hay otras que atraviesan historias hasta desandarlas, en cuyos casos me quedo pétreo de frente a la fuente de vida que nutre y calma. No con menor aplomo, observo la pintura que cubre la moral de los monumentos en el parque, cubriendo también las fechas en que se declararon amoríos adolescentes, fechas que nadie recordaría de no ser por los arqueólogos que vendrán, tiempo ha, a levantar dicha pintura ósea de la humanidad. El aroma de los pinos cautivos dispersa y relaja mi respiración, que divaga entre pensamientos, pinceladas y palabreríos que forman la imaginación que teje el relato. Me reitero en las pinceladas porque escribir es, también, pintar palabras.

Mímica en la literatura

Se escribe mucho y bien
Que dice poco y mal,
Letra blanda se desubica
Literatura que comunica
En un relato o cien
O en poemas sin final.

Cómo decirlo y a quién
Como degustar sin sal
Al silabear la mímica
En videos sin métrica.
Se le soltó el sutien
Al construir sin cal.

Al pronunciar la frase
No es enunciar verdades
Sólo esbozar retórica
Que a veces suena lógica
Y si cambia de envase
Sostiene veleidades.

A la postre, expresase
Repitiendo nimiedades
Que ni pobre ni rica
De oropel nos salpica,
Y el canto que versase
Contiene sus bondades.

Días de creación

Hay días que tengo tiempo y no creo.
Hay días que no tengo mucho tiempo y creo.
Hay días que ni creo tener tiempo.
Hay días que no creo, ni tengo tiempo.
Hay días que creo tener tiempo y no creo.
Hay días que no le creo al tiempo.
Hay días que el tiempo me da un recreo.
Hay días que tengo tiempo para creer.
Hay días que recreo el tiempo.
Hay días que el tiempo me recrea.
Hay días que descreo del tiempo.

Pinceladas XII

En Punta Alta, durante el otoño, el ocaso y el crepúsculo coinciden, se encuentran y se compenetran en un rosado cálido natural mezclado con el naranja ocre artificial de las luminarias de la ciudad. Las veredas se transforman en arroyos de hojas secas sacudidas por el viento y las escobas. Con el alba también aparecen las palomas en busca de alimento y los primeros motores que irrumpen entre los silencios matutinos. Las callecitas de la ciudad, vistas desde la óptica del transeúnte, se muestran tranquilas, coloridas y con un movimiento acompasado por el falso tic-tac de los celulares que marcan las horas, día y noche, en el que puede observarse a los conductores prendidos a las luces de la pantalla grabando un mensaje por audio o contestando otro de texto, cuando no manteniendo una conversación durante el trayecto. Ese ícono de la época que se acomodó en la palma de la mano de los seres humanos que atraviesan el siglo marca la dinámica mental que circunscribe el ambiente, y la ciudad no queda al margen, sino que pasa a un segundo plano, y está ahí –a la vista de todos- cuando se acaba la batería. No obstante, si no tiene algo que ofrecerle a la fotografía en pocos casos se le presta atención. El cielo, abierto, infinito, colorea las fachadas de las casas bañándolas de luz, cuando no de agua. Algunos comerciantes protestan con razón justificada y otros por deporte, mas las pinturerías nunca ven mermar sus ventas. Pintar es un método sencillo de dar vida a algo muerto. Ver aparecer color y vida nueva sobre lo viejo con las primeras pinceladas renueva también las sensaciones del alma, como al darse un baño de espíritu y dejar caer la suciedad que envolvía las ropas que cubrían el cuerpo. Cada pincelada en la pared colorea el interior y refresca el pensamiento aletargado, obliterado por la sucesión irreflexiva de imágenes que llegan sin fin y rara vez tocan lo profundo de nosotros. Cambié el teléfono por un pincel y pinté un arco iris multicolor, un ocaso sobre la playa, una multitud en un estadio, una ciudad que nunca duerme al despertar, y los colores comenzaron a caminar delante de mi vista, pertinaces, negando la muerte, como máxima de vida. La pintura, en tanto arte, conmueve incluso al que dice haberlo visto todo. Mi vista seguía recorriendo la ciudad, donde los gorriones competían ahora con las palomas por el poco alimento que podía haber sobre las veredas y las calles. Un chimango en el poste telefónico, bien alto, espera al acecho que los perros, dueños del barrio, olviden algún resto de carne. Latas de pintura, rodillos y pinceles desfilan desde los baúles hacia el interior de las viviendas. A todo el mundo se le ha dado por pintar, levantando la bandera aquella de “pinta tu ciudad y pintarás el mundo”, y todos –un poco- estamos pintando el renacer diario del mundo. Los automóviles también buscan con colores distinguirse del resto y ser vistos, y justo veo pasar un Twingo de un color único, o me parece verlo por vez primera, que se camufla entre el follaje de algún cedro. Hay motivos de sobra para pintar con palabras sentimientos y sensaciones, impresiones y movimientos que afloran en la superficie de las cosas, como el perfume del barniz y del esmalte impregna, inconfundible, el ambiente. Algunos conservadores se cubren la boca y la nariz para evitar la sensación de estupor que le causa la novedad, arraigados en lo antiguo. Pero la novedad es inevitable, como los sueños. Y en los sueños sin tanta posibilidad de colores para elegir también pinto, con acuarelas o con crayones, lo que surgía movido por el ocaso y las luminarias de la ciudad que apaga la noche. Pronto, a la luz del día, emergerán nuevos colores y tonos. Por lo pronto, sueño que tengo sueño, entonces me duermo.

Vacío de silencios

Vacío de sonidos, de palabras, de alaridos
libre de contenidos, murmullos y aullidos
una capa espesa de silencio cobra vida
y se yergue sobre el césped extendida
a lo ancho y a lo largo, como avenida
que derrite los discursos de bienvenida.
Oscura capa insomne vigila sin dormir
tu solemne insolencia tiende a malherir;
subyace lo que dijimos por las noches
entre recuerdos, discusiones y reproches
sostiene lo que callamos por raciocinio
como látigos que golpean en vaticinio
de lo que viene o se acerca, de lo que acecha
del malogrado oleoducto entre la cosecha,
los disparates que penetran en la escritura
serán las flechas que clavarán con la lectura
entre ceja y ceja o cual punzantes escarbadientes
aflorarán viejos recelos que a veces sientes
pues el ahínco no es otra cosa que ronroneo
para los ricos hay esperando gran mausoleo
que lo visiten entre coronas algunos pobres
que a sus pesares y lamentos les lleven flores.
De un vago ruido se han tejido furtivamente
miles de cuentos que sacraliza porfía gente
y en la espesura de ese silencio, oportunamente,
yace el ocaso de nuestros días genuinamente.

Gotitas

Suaves gotas, dulces gotas
gotitas que se esparcen por el aire
que vuelan, que planean, se distraen
gotas que atraviesan el espacio
que muy rápido, ni lento ni despacio
estampan su sello en superficies,
gotitas de saliva, de estornudos
gotitas de aguardiente, de cerveza
que irrumpen lo sonoro del ambiente
como el agua del algún termo caliente.
Gotitas tristes, gotitas de alegrías
desparraman por el aire las alergias
al cruzar por la avenida te saludan
que con sus caras tapadas se escudan
las gotitas que surcan sin tropezón
el sentimiento que envuelve tu corazón.

DECIR

Se me escapa el día y tengo la sensación de que hay que decir algo, no importa si una pequeña verdad o una gran mentira o viceversa, o en todo caso decir lo contrario de algo ya dicho, vibrante escuálido estúpido inteligente, algo que no se sepa cómo surge la ocurrencia ni hacia dónde se dirige un mensaje como tal, algo sin igual sin final casi casi medieval, adaptado a la cultura de los tiempos que corren, de agitada atención, de inusitada distracción, de los tiempos que corroen las entrañas por la abundante información, mucha de ella descartable, pero toda opinable, y no es loable largar las cosas así como me vienen sin trabajarlas un poco antes, porque tiene que llegar lo dicho y no es capricho, decir lo justo, si breve bueno, si malo ameno, sin susto, decirlo sin pudor, sin pedir algo a cambio, sin cambiar, decir algo que cambie con una segunda mirada, no me tengo que quedar con esta sensación de que el día pasó y no lo he dicho. No, algo tengo que decir y decirlo sin más.

Pía

Ella es Pía.
Observa todo con mucho sigilo,
con cuidado,
no canta victoria
nada escapa a su observación.
Contempla,
admira,
enfoca la visión
sin perder el mínimo detalle.
Dicen que tiene vista de lince
y que todo lo vigila,
en la calle
o desde el balcón
lo que entra o sale
de su corazón.
Todo lo ve, como un dios,
mira de frente
de reojo
de costado
y hasta tiene ojos en la nuca,
todas las virtudes del observador
se encuentran en ella.
Ella es Pía.
Ella espía.

Pautas para leer este texto

Arrancaste muy embalado, pará. ¡Pará! Detenete un minuto. No sigas leyendo. ¿Seguís leyendo? ¿Ya pasó el minuto? Salteate la presente oración. Bueno, la leíste, se ve que no acatás órdenes debido a una rebeldía presuntamente tardía. Es difícil explicarte cómo tenés que leer este texto si lo vas a leer a tu modo. Hacé una pausa, respirá hondo y volvé a leer esta oración de tres a siete veces, ahí tenés más libertad de acción. ¡Pero ojo! Tenés que cumplir con lo pautado, sino no sirve. Bueno, sigamos, ¡bah! seguí vos, leyendo digo. Esta oración la podés leer al revés, de atrás para adelante. Esta no, porque el orden de los factores altera el producto, es matemático, incluso quizás más entretenido que lo literario, porque no hay tanta interpretación que darle, los números hablan por sí solos dicen los expertos. Además, son fríos, en tanto el texto puede elevar la temperatura del ambiente y del cuerpo cuando aparece una figura despampanante que te eriza la piel. A eso le podés dar la interpretación que más te plazca, no escatimes placer al leer ni imaginación que incite la misma. Deleitá, saboreá, degustá, sílaba a sílaba, palabra por palabra, y después seguí con las oraciones y con las frases hasta que se forme algo en tu imaginación que le otorgue sentido a lo leído hasta el momento. En caso de no encontrarlo, dale vueltas al asunto hasta dar con él, mirá que no es poca cosa. Porque tiene sentido, desde ya, además del humor. Muchos confunden las cosas y creen que lo humorístico no lo tiene, o no tiene mensaje, pero no siempre es así. En el caso de las burlas, en fin, no hay mucho jugo que sacarle; pero en otras cosas, el humor además transmite y comunica, ¿no te parece? Entiendo que como seguís enfrascado en la lectura no tenés tiempo para responderme, y lo acepto, no te lo tomes como un reproche. Vos por ahí querés seguir leyendo a ver hacia dónde te conduce el texto y el tipo interrumpe haciendo preguntas que no vienen al caso. En realidad, la pregunta surge como por inercia, como sucesión de un diálogo que se pierde al dar las instrucciones para la lectura del texto. ¿Qué? ¿Te perdiste? No vuelvas, acordate de la máxima: retroceder nunca, rendirse jamás. Proseguí con la lectura de las palabras que se van sucediendo, atendiendo a las indicaciones. Ahora avanzá dos casilleros y tocá el timbre. Ah no, disculpá, esa instrucción era para otro juego. Los dos casilleros avanzalos igual y seguí con la siguiente indicación, salvo que la misma te lleve a alguna instrucción anterior, porque habrás notado que es medio vueltero el texto este. En fin, no hay que bajar los brazos cuando las cosas se presentan de manera un poco difícil. Lo más importante es la perseverancia, recordá eso. Y entonces nos acercamos al fin que nos propusimos. ¿Terminaste? Bueno, ahora arrancá.

Era de luces

Era que pregonaba individualismo
Era de luces, cámaras y acciones
No hubo quién, raro, en el abismo
Que en el show revelara direcciones
Tan siquiera un reflejo de ti mismo
Chimpancé que forjaba relaciones,
Se encariña con mascotas y exitismo
Le festeja al esquema tentaciones.
Hay verdugos del neoliberalismo
Que triunfan en todas las defunciones.
El aplauso ni tan sólo es eufemismo
Es un signo de una era de emoticones.

Espejos-Fotografías

El espejo refleja un momento de la existencia, un tiempo particular de la forma, de su apariencia. La fotografía hace lo propio, en canon invertido, y el tiempo da la sensación de que se ha logrado perpetuar la apariencia de índole temporal. El divague al que sucumbe el intelecto ante las impresiones recogidas hace creer que se ha logrado vencer el plano temporal de la existencia, o al menos da la pauta de que todo lo pasajero se puede retener por algún tiempo más de lo que dure.
Para ver un espejo, hay que asomarse a él; para salir en la foto, hay que peinarse.

Iniciación

Muchos dicen que la ciencia es la salvación.
Otros, la resurrección.
Hay quien dice que sólo cuenta la información.
Otros, la revolución.
Está aquél que a todo le busca la solución.
Otros, la corrección.
Y hay quien sospecha que la suerte es maldición.
Otros, la redención.

A todo esto, no recuerdo bien su pronunciación,
otros, la entonación.

Literatura que trasciende

No hay que decir cosas trascendentes en espacios intrascendentes como este…aunque pensándolo bien, hoy día cualquier intrascendencia toma carácter de trascendente y se propaga en espacios como este o redes. Sucede que lo que cambió es el sentido de lo trascendente dándole relevancia a aquello actual que contradiga la corriente intrascendente de la estupidez.
En síntesis, éste es un buen espacio para decir, por ejemplo, ¡qué frío, che!

Los números hablan

Yunta de bueyes
Trío de canarios,
Dos abecedarios
Un par de reyes.
Doce catequistas
Cuatro apóstoles
Cuarenta goles
Diez conquistas.
Cincuenta soles
Trece mitómanos
Dieciséis romanos
Tres mil frijoles.
Setenta palomas
Sesenta soldados
Veintidos clonados
Quince mil lomas.
Millón de cometas
Ocho barriletes
Quince billetes
Millar de planetas.

Brotan palabrotas

La fina finalidad final
Empieza por el principio
En el medio medianeras
Separan parándose,
El traslado a cada lado
De numerosos números
Deambulan en ambulancia,
Revelados dos velatorios
Confirmaron con sus firmas
Del célebre cerebro
La carátula del caradura
Rechazó con un hachazo
Que mató al quemado
Tomando el mando
El servil ser vil,
Quien escucha en cuchas
Cucharadas de cucarachas
Estrenando al entrenar
Zapatillas y patillas
Como dato en comodato
Que la tónica retórica
Vomitó sus mitos propios
Y enajenado en ajenjo
Suprimió a su primogénito
Reencontrándose en contraste
Con su modo consumado
Al perecer de pereza al parecer.

El beneficio de la duda

No saber qué va a pasar, como si algo pasara, tiene sus beneficios. Eso me decía Ahíto cuando le preguntaba acerca de nuestras excursiones, acerca de qué esperábamos encontrar, filmar, fotografiar u observar, sencillamente.
Salimos un viernes de abril y en el baúl cargábamos, entre telescopios y cámaras, la heladerita llena de cervezas. Recuerdo que atravesábamos la tarde cuando estábamos llegando al monte Pirámide, en el cordón serrano de las pampas. Junto con Véctor, los tres ascendimos al mismo hasta que nos encontró la noche, allá en lo alto.
-Ya estuve probando jonca –dijo Véctor, siempre dramático-. El M me queda chico, y según me dijo un médium de confianza, al más allá hay que viajar cómodo. –enfatizó- Así que ¡Vamos con el extra large!
-¡Cortala, boludo! –le paré el carro- Lo único que te queda largo son los años por vivir.
-Y si no es en el más allá, será en el más acá, otra vez. –añadió Ahíto.
-Ustedes no tienen sentido del humor, se les avejentó el espíritu.

Las primeras cervezas refrescaron nuestras gargantas. Ahíto colocó un telescopio sobre el trípode y comenzó la observación. ¡Era una noche magnífica! El cielo se puede apreciar en todo su esplendor en espacios abiertos, tanto que impresiona. Divisó un avión que surcaba los aires y le pedí que me dejara observar. Pude ver a un anciano vomitando con claridad. O lo intuí. Estrellas fugaces caían al norte y al oeste. Al otro lado, se mostraban algunas pequeñas nubes que impedían, momentáneamente, vislumbrar la Cruz del Sur.

Después Véctor se puso a boludear con el telescopio. Miraba el auto allá abajo, las luces de la ciudad a lo lejos, los vehículos que iluminaban la ruta…
-La próxima excusión es de pesca. –dijo, ya cansado.
No pasaba nada, solo la refrescante amargura de la cerveza por nuestras gargantas. Ninguno, ni siquiera Ahíto, esperaba que pasara algo, no éramos espectadores privilegiados de algún suceso. Era una noche de abril ( ¿Era abril?) que todavía no había traído el frío, eso explicaba las cervezas, la charla y el cielo despejado, una ventana abierta, indescifrable, para nosotros. Había dicho que era viernes pero la noche me permitió, al menos, dudar. Ante nosotros se desplegaba un calendario novedoso que nada tenía que ver con el gregoriano. Véctor vio una luz descendiendo sobre el campo que le llamó la atención y Ahíto se hizo cargo del telescopio, mientras me pedía que preparara la videocámara.
Aparentemente, la distancia del objeto de observación era de unos tres kilómetros y medio. Ahíto nos narraba lo que iba viendo:
-Una especie de avión plano… dos luces… hay movimientos. Aterrizó en el empedrado viejo.

Había en ese lugar un camino antiguo, abandonado por el gobierno, que atravesaba las rutas paralelas del cordón serrano. Nadie lo usaba, estaba muy estropeado por los años y la dejadez.

-Descargaron algo…cajas. –proseguía Ahíto.
Véctor y yo nos miramos con asombro, el asombro propio de esas situaciones que suceden, cuando nada pasa. La noche cobraba intensidad. La noche, la apacible noche, entraba en una fase de actividad neuronal.
-Se van. –nos dijo Ahíto. Y vimos despegar la aeronave en sentido opuesto al que la habíamos visto aterrizar sobre el empedrado.
Los tres nos pusimos a debatir qué acción emprender. Sentíamos total curiosidad por verificar lo que había sucedido. Ahíto decía que las cajas estaban allí, las habían dejado, lo cual nos inquietaba un poco. Resolvimos que teníamos que ir al lugar. Las opciones que teníamos eran dos: en auto, bordeando el cordón serrano, por ruta hasta llegar al empedrado; o caminando, atravesando el campo, bajando del monte Pirámide. Con la primera opción, estimamos, tardaríamos dos horas; la segunda, que fue la finalmente decidimos, menos de media hora.
Véctor se quedó a guardar los equipos, los telescopios y las cervezas que quedaron, en el auto, mientras Ahíto y yo emprendimos la misión, sólo con la videocámara y linternas.
En el camino nos asustamos cuando se nos apareció un pequeño zorro a unos metros, que quedó filmado con nitidez, para luego salir huyendo entre los pastizales. Cruzar una zona de cardos espinosos fue lo más complicado de la travesía. Estábamos a pocos metros del empedrado cuando Ahíto me pidió que filmara.
Finalmente, llegamos. Estábamos a unos doscientos metros de las cajas, según había estimado él. A medida que caminábamos las pudimos ver. Eran entre ocho y diez cajas, grandes, del tamaño de una motocicleta cada una.
Mientras no dejaba de filmar con intensa curiosidad, Ahíto con un cortaplumas abrió una. Lo que había dentro nos desconcertó. Entre blancos y rojos, pudimos leer claramente “Marlboro”. Rápidamente, abrió otra caja que estaba a un lado, para un resultado lapidario: “Phillip Morris”.
Me pidió que dejara de filmar. Bajé la cámara y la guardé en el estuche. Luego me la colgué al hombro, al tiempo que Ahíto abría otra caja.
-Camel. –dijo, yo había quedado un poco atrás.- Es un cargamento de cigarrillos.
-Podría haber sido peor. –le dije. Ahíto entendió.
-Vámonos antes que vengan. Esto se puede poner feo.
-Sí, mejor rajemos.
La llegada de un Vespa al empedrado desde el oeste no nos dio tiempo siquiera a poner los pies sobre el campo. Con las luces altas, atiné a responder con la linterna. Una figura desgarbada se bajó del auto, que mantenía las luces encendidas y el motor en marcha. Parado al costado del mismo, preguntó quiénes éramos y qué hacíamos allí.
-Bueno –respondió con displicencia Ahíto-, es un poco la pregunta que nos hacemos todos.
-¡Vamos! –retrucó la voz metálica y aguda- ¡No se hagan los tontos! Querían los cigarros.
-No, señor. Vinimos por curiosidad. –le dije sinceramente- No sabíamos con qué nos íbamos a encontrar.
El tipo bajó las luces y apagó el motor. Caminó unos pasos hacia nosotros y lo iluminé con la linterna. Tenía una cabeza triangular, de color verduzco, y en el centro un ojo pequeño. Vestía un sobretodo que le cubría toda la piel. No pude ver sus manos hasta que nos amenazó con un arma. Eran escuálidas.

-¡Lárguense! –nos indicó.
Comenzamos a andar, campo adentro, cuando nos llamó nuevamente.
-¡Un momento! Dénme el bolso ese. –se refería al estuche con la videocámara.
Se lo arrojé resignado. Caminamos otra vez, atravesando los cardos espinosos, y ya desde la espesura miramos hacia atrás, observando la sombra del tipo, subiendo el cargamento al carro que arrastraba el Vespa.
Ahíto había quedado enmudecido. Bordeamos el monte Pirámide, ya muy cansados, hasta llegar al auto. Véctor bebía cerveza, recostado sobre el capot.
-¡Muchachos! ¡Creí que los había raptado un marciano! ¿Qué vieron? ¿Qué había?
-Si te lo dijéramos, no creerías. –le dije con fatiga.
-¡Vamos! Concédanme el beneficio de la duda.
-Cigarros. –dijo Ahíto por fin.
-¿Cigarros?
-Es hora de largarnos de acá.
-Ya les dije, la próxima excusión es de pesca. –sentenció Véctor.

Hechizaba con su encanto

Están los que hacen bien, sin mirar a quién. Y están quienes hacen mal, sin mirar a cuál, o mirando a tal. Hay gente que ha hecho mucho por un mundo mejor, que es el presente; y si fuera peor, notoria sería su ausencia. Mas la presencia de algunos ofrenda la diferencia, marca el paso y el ritmo de lo que podría ser, o llegar a ser. Y están quienes se ofrecen como salvadores, con un currículum decorativo que oculta sus intenciones.

Entre todos, el mundo se mueve, avanza, se paraliza, retrocede. ¿Qué será de las naciones, imbuidas de cultura globalizada, sin precisiones? ¿Y será la información sólo nuestra salvación? ¿Tendrá cabida el arte, en este mundo, o en alguna parte? ¿Quién le dará la estocada a la patria estrangulada? ¿Será el amor tan genuino, como perla, tan divino? ¿Habrá un vivir natural, en los gestos, escultural? El desarrollo te envuelve, transcurre y se desenvuelve, te toca, te marea, te trastoca las ideas que se entremezclan en el pensamiento o en el horizonte de los sentimientos que buscan con tesón la tranquilidad del corazón. ¡Oh salvadores de la humanidad! ¡Salváos de la inhumanidad humana! Y la herida, como dice el refrán, si no sana hoy sanará mañana. Pues la vida que nos sofoca, que hierve, que nos provoca, es la misma que algún día nos colmaba de alegría, y hechizaba con su encanto, como el canto de un jilguero, tan profundo tan certero que quizá nos dejaba helados, derretidos y fascinados. Bello y puro el amanecer, mas luego se contamina, de ruido, vida también, de rutinas y quehacer que le van otorgando al día euforia y algarabía, murmullo, tal vez poesía; y se colma de colores, de luz, de ricos sabores, y también por qué no de olores, de humo y de bendiciones. ¡Oh salvadores! ¡Escuchad también las plegarias de aquellos que claman el fin, el fin de su sufrimiento! Que no tienen escarmiento, ni voz, ni voto, ni pluma. Que se pierden en la bruma, o en la espuma de la orilla, que encuentran en la parrilla un placer tan intenso, olvidando del inmenso mar y oleaje de la existencia, que no encuentran referencia para plasmar su vivencia, y adorando la opulencia pierde la paz su vigencia, obtendrán así la reverencia. Alzad la voz por los locos, por los pobres, por los pocos, y guiadlos con su estrella por un camino veraz, mas que no sea fugaz, pueril y perecedero. Es cuando veremos crecer, y en la tierra florecer, aquello que llamamos bueno, aún frágil, bello y ameno, como un roce de ternura, simple, del alma pura. Podremos decir, acaso: ¡Miren! ¡Es el ocaso! Nos queda, entonces, la inercia, si pueda la complacencia, quizás seguiremos andando, anhelando sueños, buscando, con el frío tiritando.